Carta abierta a la Nicaragua rebelde

«No puede ser que no logremos reconocer que el odio entre hermanos y amantes corre en nuestra sangre colectiva...».

Foto de Grethel Paiz.

Ahora que comenzó otro año escribo estas palabras para una Nicaragua rebelde, para una juventud ansiosa de libertad, hija de un pueblo que demanda justicia. Yo solo soy una más, nací en los 90, crecí en los barrios orientales de Managua y tuve el privilegio de una educación decente. Viví los meses de la insurrección como otra entre las masas que se tomaban las calles, quemando los símbolos de la dictadura, llevando víveres, insumos médicos, haciendo pintas en las calles, hablando con la gente en el barrio; durante poco más de ocho meses he sido testigo del terror, pero también he presenciado de cerca la solidaridad y la fuerza de la esperanza. No pretendo hacer un análisis político de la situación, solo quiero hablarles desde mi experiencia porque tengo algo que decirles.

Comienza un año después de la crisis y creo que no solo a mí me cuesta creer todo lo que ha pasado. Muchas relaciones (de familia, amistad, amor, trabajo) cambiaron drásticamente, me atrevo a decir que otras no tanto, pero lo innegable es que han sido cambios profundos a nivel personal. Para que me ubiquen, si se atreven, mi familia nunca fue sandinista, a la plaza solo fui cuando no había nadie y para aprender a manejar, no crecí escuchando las canciones revolucionarias que tanta gente se sabe de memoria, ni me sé de memoria a los comandantes (sí, existimos) … Lo cierto es que si mi familia es algo dirían que son católicos, apostólicos y romanos; yo no, pero ese es casi otro tema. Por mi parte, no siento la necesidad ni tengo el más mínimo interés en rescatar el sandinismo o el orteguismo o como-quieran-llamarle-que-para-mí-es-igual-la-delincuencia, aunque sí quiero urgirnos a informarnos sobre las figuras históricas de Nicaragua, sea Sandino, sea Rosario Murillo, sea Josefa Toledo. Quienes queremos pensar en imaginarnos el sueño de una sociedad distinta en Nicaragua, tenemos la tarea enorme de rescatar las historias y los símbolos que los enquistados grupos de poder han manipulado y distorsionado a su antojo. No quiero sonar ilusa ni inocente, estoy clara de que las contradicciones atraviesan nuestras historias y eso hay que rescatarlo de alguna forma.

Cuando comenzó el genocidio en Abril yo reconocí el rostro de la política en Nicaragua. Ya lo había visto, en carne propia y en los libros me enteré, eran la violencia y el abuso que pululan en todas nuestras relaciones (entre humanos, con animales y la naturaleza -véanse los femicidios, los perros maltratados y la basura que abunda en las calles-). Los sandinistas cometieron atroces crímenes de lesa humanidad otra vez. A mí, como a otras personas, me sorprendió que la reacción ahora no fuera la completa indiferencia que nos tenía ahogados desde antes de esta insurrección. Pasé mi infancia escuchando las mismas historias sin poder desenterrar los silencios alrededor de ellas. No entendí lo que me parecía una fascinación enferma con la guerra por parte de los adultos y sé que a muchos de mi generación nos pasó. Naturalmente, no la vivimos y hay una fractura, la reconozco; son muchas de hecho. El alcoholismo es nuestra enfermedad social por excelencia; la violencia intrafamiliar es el pan de cada día. La discriminación por raza y por clase están dolorosamente presentes; la educación sentimental es prácticamente inexistente y aprendemos a las malas pensando que es la única forma. El acoso que sufrimos las mujeres en las calles y en las redes nos pesan terriblemente, porque las formas que toma la violencia cuando se manifiesta contra una mujer son perversas y ubicuas. Los abusos de poder han estado a la orden del día desde que camino por las calles de este país y lo triste es que abusamos de cualquier pedazo de poder que cae en nuestras ansiosas manos. Ahora que pienso mi infancia y escudriño mis recuerdos, me doy cuenta de que crecí viviendo una mentira, pero me ha impactado cuánta gente también la vivía.

Recuerdo bien la reacción en Abril ante el horror: gritamos y nos quisieron callar, gritamos más fuerte. Fue la sangre joven derramada una vez más lo que dio pie para que por fin le creyeran a Zoilamérica porque le dieron la espalda cuando denunció, para que la empresa privada tomara una posición que no priorizara sus intereses porque tampoco se habría visto bien quedarse impasibles, para que se destaparan tantas mentiras… Fue por el horror, eso fue lo que movió a la mayoría, el miedo que nos recetaron cuando se vinieron con todo y que nos hizo reaccionar de maneras tan distintas. El odio floreció y el luto era insoportable. Recuerdo claramente ese duelo colectivo de las primeras semanas, recuerdo los extasiados discursos callejeros improvisados en las protestas y marchas: hombres y mujeres que tomaban el micrófono y daban rienda suelta a su dolor, mientras el aire que respirábamos nos intoxicaba de angustia, congoja y disgusto. Sé que la mayoría no hemos podido sanar ese dolor. He escuchado de personas con más posibilidades, que han tenido más espacio para respirar, pero a ellas y a ellos también les duele. Mis vecinas la pasan mal, tienen poco que comer; si antes se las rebuscaban, ahora no sé cuánto tiempo más aguantarán y la verdad es que cuando el hambre aprieta no hay chance de sanar. Por ahora conservo la esperanza. Lo que dijimos tantas veces en Abril se cumplirá, no me abandona esa certeza: de que se van, se van.

No es eso lo que me preocupa: es que una vez que se vayan, ¿qué? Me pregunto cómo vamos a enfrentar nuestras historias de violencia. No puede ser que no logremos reconocer que el odio entre hermanos y amantes corre en nuestra sangre colectiva y que a pesar de eso (y por eso mismo) tenemos que aprender a convivir; me pregunto cómo podremos hablar de reconciliación cuando esa palabra se siente ahora tan sucia. En Abril no cambió la íntima fibra de la violencia que nutre al sistema que nos oprime de tantas formas. Una cosa es sobrevivir al terrorismo de Estado y otra muy distinta es fundar una sociedad con valores y creencias distintos, sobre todo en un país tan desigual como Nicaragua.

Escribo esta carta porque también cargo una preocupación constante y quiero saber si resuena. Creo que el arte es la mejor apuesta que tenemos para despojarnos del dolor, pero temo que caigamos en la trampa de la revolución robada, cuando unos cuantos se adueñaron de las instituciones políticas y otros tantos de las culturales. No quiero que solo quienes accedieron a las mejores escuelas y estudiaron en el extranjero (Somoza-style), o quienes no tienen que arrebatar el micrófono y saben que sus voces serán escuchadas, no quiero que estas personas narren las luchas de la gente de a pie (las del pueblo que algunos ahí ni saben reconocer) porque entonces el protagonismo se va a desviar y nos van a quedar medias verdades, de nuevo mentiras. Si han de usar sus plataformas que sea para visibilizar otras historias que ayuden a darle sentido a tanta violencia atravesada. El micrófono tiene que pasar de mano en mano como en Abril, pero tenemos que aprender a escucharnos y a dialogar, que la comunicación no continúe siendo un imposible.

La música, la literatura, el baile, todas las expresiones artísticas en medios digitales y manuales son las semillas que podemos plantar como generación, es lo que les quería decir. Lo más probable es que no veamos los frutos, pero así es esto. Por ahora quienes tengan las herramientas que las compartan y quienes tengamos el ánimo para volvernos más fuertes, que así sea; quienes no lo sientan ahora, que sepan que está bien solo resistir, que lo que interesa es que creemos las condiciones para vivir con dignidad en todos los sentidos. La Nicaragua rebelde en la que pienso no es una juventud indiferente y egoísta, sino aquella que se tomó las calles con el grito de libertad, quienes sentíamos la opresión desde antes y vemos el largo camino por delante.  Toca ser pacientes y continuar exigiendo y trabajando por educación integral y de calidad, respeto a las diferencias y a los derechos humanos, el reconocimiento de la dignidad de todos los seres. Tomemos fuerzas porque falta el reto en el cual fallaron las generaciones anteriores: aprender a convivir, a respetar y a trabajar en comunidad, sin más caudillos que se impongan -sean ideas o personas-, sin más abusos de poder -sea como sea que se manifiesten-. Empieza el año siguiente al que nos cambió las vidas: ánimo, que no decaiga la energía para que podamos volver a caminar por las calles de los barrios, las ciudades, en la playa, por los caminos de los campos.

Midna Guerrero

Nica que respira y resiste, en busca del diálogo necesario y doloroso.