ÍSTMICAS - Dolorosa primavera de las hermanas de Kafka

Uno de sus trabajos más recientes, premiado este año en Panamá. Se incluye libro completo en pdf.

Fotografía de Mayerling García. Más de su trabajo en Instagram.

 
Ístmicas es una serie de libros electrónicos publicados por Álastor con el propósito de acercar la poesía de autores contemporáneos centroamericanos a lectores de todas las latitudes. Con la antología de poesía salvadoreña reciente compilada por Vladimir Amaya como antecedente (ver aquí), iniciamos esta colección con un recorrido por la obra del costarricense Juan Carlos Olivas hecho por el mismo autor (aquí). Y ahora nos enorgullece presentar este libro del panameño Javier Alvarado, cuya primera edición ha decidido el propio poeta que aparezca bajo nuestro sello. En esta página puede leerse una muestra; este enlace lleva al volumen completo.

Los editores.

 

***

 

La muralla china

 

 

 

Construye una muralla
Y deja una puerta entreabierta.
Quizás entre los miles de bárbaros
Quiera entrar una extranjera, una mujer reencarnada
Entre los bambúes
Que resulte ser la luna,
Una mandarina,
Una osa panda,
Una grafía, una abstracción, una pregunta de jade
Para los dioses oscuros
Que habitan las sucesiones del color en la porcelana;
El ying y el yang sobre la concha del caracol
Arrastrándose sobre las gibas montañosas
Y los monzones,
Deletreando un rastro de plata,
Un colmenar con su saliva
Sin delimitar muros y fronteras.
 
Ya muerto,
No puedo entreabrir puertas
Ni ofrecer defensas.
Pensé llegar a la gran muralla; extraviarme entre cada roca
Y entre cada muro, protegiéndome
De las tribus invasoras.
Pensé en servir al Emperador, en escribir las sagas del imperio,
Pero morí atravesado por una lanza enemiga, no hubo piedra
Para proteger mi cuerpo,
Allí recibiendo pisadas en el polvo,
Como una ofrenda de arroz o una lámpara flotante en la agudeza del río;
Allí donde el fuego revele
Su milagrosa agonía,
Donde una y otra vez
Me despierte esa foránea
Haciéndome muralla en la tierra,
Crisis migratoria en el orbe,
Un gusano de seda armando una invasión
En la astronomía de las hojas. Yo guerrero ocupante
Abrazado con la forastera invasora
Posando
Sin ser percibidos
Ante el flash de los excursionistas.

 

 

 

 

Poema de dolorosa primavera de las hermanas de Kafka

 

 

Aunque la primavera entra en mi corazón como un dolor,
No me quejo. Algún día seré bienaventurado.
J. C. Bloem
 
-1-
 
Nunca he sentido compasión por la primavera.
Las lluvias caen como un fonema gris, como un concierto que han desechado los arpistas,
Puedo tener deseo de abrir una puerta y dejar el corazón colgado como un ramillete de arroz en las fiestas de año nuevo,
Como naranjas oscuras que el tiempo agrieta;
Extrañar a los amigos que aún me llaman
Y que sin embargo siguen habitando mi conciencia
Con una profunda nostalgia como si estuviesen allí apilándose para la confrontación de la esfinge y las arenas.
 
Las hermanas de Kafka me agitan el pañuelo desde las filas de la Shoa
Elli, Valli y Ottla,
Como si atravesara un puente sin pilotes;
Pues ante la traición es mejor a veces levitar en el aire,
Oír el silbato de un tren
Como un espejo que se ha dejado caer en decenios,
Donde no se aparquen los amores pasados
Ni las naves que olfateen la niebla salitrosa del puerto.
Me abro un umbral en el vientre donde está nuestra madre y nuestro padre con sus rosas de juventud. Me apresuro a escribir el libro de los dolorosos y fatigantes momentos.
 
-2-
 
Hermanas:
 
Yo me he retrasado antes de colocar estas imágenes como el tiempo bosteza el nimbo de su polvo,
Gaviotas ebrias andan en mi conciencia con sus sílabas cortadas
Parecen niñas sin cuerdas vocales que juegan a buscar un plenilunio deletreado
O una falsa gravitación del café, cuando nos volvemos a sentar para recibir una visita
O la charla de un viejo amigo.
Hermanas:
 
Han partido al Holocausto con maletas de piel de conejo, ahí pueden caber la infancia, los miedos, los traumas, las risas en los cumpleaños de los niños, las escenas familiares. Queda un hueco para rellenar con la fecha y las cualidades de sus muertes: el frío y el hambre penetrando en la boca, la fatiga de los trabajos forzados o la lucidez voltaica de la necesidad, el fusilamiento de sus cuerpos judíos o la aspiración de la exégesis de gas.
 
 
Hermanas:
Ya no puedo con mi obra. Ya no puedo interpretar una canción.
 
 
 
 
Hermanas:
 
 
No me gusta emborracharme y veo cada infierno en las botellas,
Cada trago ha de ser alguna falsa recompensa o esa timidez de reconocer lo que no se alcanza.
Veo los restos de cenizas en la chimenea y me dan ganas de llorar carbones
De escarbar entre los ladrillos y buscar el materno fuego.
A veces cuesta observar la vida y al amor sobre una mesa de disección,
Abrir los cadáveres del sueño y con un escalpelo ir hurgando en las luminosidades y en las tinieblas
Pesando los órganos y los momentos y quedarse con la ausencia de los muertos. Errante yo en la sed de los limbos.
 
Hermanas:
 
Hay que aprender a diseccionar lo que viene antes de que venga y sea como un objeto, concreto, contundente.
Liberad a los insectos.
 
Hermanas:
 
Ignorad los disparos, ignorad a los gendarmes.
 
Aquellos extintos pueden levantarse a vivir y enseñarnos cómo hacerlo.

 

 

 

 

Julie Wohryzek

 

 

Vida y lino lo mismo ata la hebra.

Una mujer en el silencio cose, cose, cose…

Luis Vidales

 

 

Prohibido amar a una costurera. El apellido no se puede colocar sobre una tela y evitar que se traspongan alfileres. Ese es el destino doloroso de la costura ante la belleza: tantas perforaciones para dar paso a la rigidez, a las coronaciones del color. Hoy sobrevivo en mi escritura como si fuese un pájaro vegetado en el invierno, un puente desbarrancado hacia el Mar Negro o hacia el Báltico donde reposan las almas de los ahogados. No hay vacío para la guerra, no hay torpedos ni balas que atraviesen la rosa enemiga. Soy un niño con manos de jardinero, las tijeras de su taller han dejado sobre el suelo mis cabellos y estrategias de navegar junto a usted en una barca en medio de una proa de inocentes. Recorte estas nociones de escribir y cósalas a una capa para recorrer todas las calles de Europa, todas las veredas de América, los mercados de Asia, los puertos de Australia y en el África quedarme en una aldea con su humilde paja y su eterno fogón incrustado en el suelo. Así la veo en su cuarto de costura, de nube en nube, de páramo en páramo, decapitando en su cortar mis ansiedades en la tela. Un hombre en la algarabía, escribe, escribe, escribe; una mujer en el silencio cose, cose, cose. En un hospital de tuberculosos, una costurera y un escritor, tosen, tosen, tosen. Ambos han sido desahuciados en el examen de esputo. Nos apresuramos a amar, nos apresuramos a coser y a escribir. Una tijera y una tela y muchas cuartillas, no tienen la aprobación de un padre. Una mujer baja según su oficio. En mi máquina de escribir ya todos duermen, en mi lecho ya todo se congela.

 

 

 

 

Epitafio fuera del estado de sitio

 

 

Veo una corneja que brilla sobre la rama de un abeto 
mientras pienso en tu apellido (oh Franz Kafka) y medito:

Dolan Mor

 

 

 

Ahora que regreso del estado de sitio y de la guerra,
Que me pongo a contemplar las imágenes en la cara del relámpago
Que me atizo oscuro como un mendigo que me expropiara de sus hambres
De su vestigio de danza ante la intemperie, como un llanto funeral o el escape de la muerte en el circo;
Apaño estos aplausos o estas glorias muertas de los soldados que castraron otras familias
Cuando empieza la segunda década del siglo y no tengo una costra en donde recostarme
Apunto al poema de Dolan Mor:
a. Donde revolotea un cuerpo y se esgrime una corneja.
b. Donde aprendemos a estar solos y a sembrar en la memoria algún abeto, alguna canción en alemán o la partitura de un violín que se quema, que se agiganta, que se hace volatilidad ante el oído.
c. Donde hay una arrendadora de piezas sumida en la desesperación, en su chimenea cubierta de nieve, donde no hay voces, donde no hay lenguaje.
d. Donde te importamos de una lengua a otra, desde tu cuervo alemán hasta la cornejita del Cid, que espolvorea
romances
y décimas
o sonetos
en la composición de lo absurdo
y nos encontramos propagando la sed en los hierros, las enormes caravanas que deambulan destruyendo los salvoconductos a la eternidad y a las plazas donde converge la escritura inacabada.
 
Y una y otra vez volvemos a cambiar de sitio, de estrategia, de estocada en el alma, trastabillando en la espalda de las puertas, esas trabas y esas aldabas que vuelven de la rarefacción del hierro y de la carne, oh mortales sueños, oh mortales sucesos, rencor viejo astillado en el polvo que se vuelve camino, eternidad precisa entre mis derrotas de hombre, agrimensor del cielo para que se caiga en palabras, en campanas implacables que vuelven al sueño después de despertar el mundo de la música que invade el cortinaje de las aves.
 
Vuelve a tu otoño y a tu primavera que se mengua en la ceniza, en los estados de la materia que se respiran ante los divorcios de las parejas que descubren la infidelidad de los metales, golpea esta carne en los surcos, esta compulsión de objetos vibrando en los estornudos de las escaleras. Vuelvo, me vuelco a Dios y a un espantapájaros para cantar con las rimas de todos los poetas griegos, de todos los poetas de Latinoamérica ante el fracaso del pensamiento y de las obras incompletas, las honras fúnebres del fuego y el hielo, oh, ese maravilloso gotear de la sangre veteada, de los números y los fenómenos tan expectantes como las mareas que cambian de rumbo, que cambian de luna, que fertilizan mi vientre y mis manos y que rotan en arena y lenguaje.
 
Aléjanos de esa quemadura extasiada,
Vuelve a controlar tus gestos.
No vuelvas a intentar una prerrogativa con el padre.
Nos engendramos solos sin escoger a nuestra progenitura.
Esa es la contienda de un tiempo dentro de otro.
Esa es la suma de todos nuestros ADNS, de generaciones pasadas y generaciones posteriores.
Yo reconozco el camino de las arrieras,
Combustiones de dioses que muerden la contemporaneidad de los miembros.
Un fruto pudriéndose en la primavera que concibo, los frutos son los senos y los testículos de las plantas. Yo trato de no pensar en el sexo de las multitudes. Sobresale mi miedo y el sol con profundidad.
Las células florecen ante la cercanía de los fósforos.
Temblamos más que las imágenes. Nos sacudimos de las monedas que acuñan pesadillas y rostros de conocidos que nos traicionan a diario
o por temporadas de olvido.
 
El horizonte es sonoro como la muerte de un caminante.
 
El poema de Dolan Mor con su corneja y el abeto es creación de una compatibilidad con el espíritu. Los insectos nos inician en su cópula y en su melodía. Ah, como no amar a Franz Kafka e incubar un témpano en la lengua, una estirpe de huevecillos blancos y verlos reventar con sus alas y antenas; las antenas que transmiten lo absurdo y lo real de nuestros ansiolíticos. Todo se trashuma en claridad, en caravanas que se desordenan en nivel.
 
Hay reinos para nuestros psicólogos, hay retretes e inodoros para nuestros psiquiatras, drogas para nuestros terapeutas. Dientes de león que soplamos para que los aspiren nuestros neumólogos. Todo escritor es su propia enfermedad.
 
La salud no es de nadie.
 
Estoy aquí con lunas que me apetece comer en la manía lupina que alborota la lluvia con sus singladuras en el espejo. Conviérteme en un caballo para llegar hasta tu muerte y que el caballo en su fábula vuelva a la libélula para posarse en tu pecho y retornar hacia tu carne.
 
¿Por qué todo al fuego, Herr Kafka?
 
¿Por qué no lanzar sus manuscritos al agua y que sean alimento para peces?
 
¿Por qué no llevarlos a la vertiginosa espiral del molino y moler el papel de las situaciones concretas y abstractas?
 
¿Por qué no enterrarlos y esperar la imantación de las raíces arriba como abajo?
 
¿Por qué no dejarlos brotar para que sean propiedad de las dietas vegetarianas y veganas?
 
Tosa y cúbrase la boca, Herr Kafka.
La tos es la calefacción de los sanatorios.
Tosa y tosa, recurriéndonos la herida.
 
e. Recordaremos esa herida como el vaho de las propagandas o los focos de comercio en donde me pongo a existir eternamente judío, mientras escribo novelas y relatos, muchas veces inconclusas obras donde no me encuentro;
cuando hay más inclinación ante el dolor y ante mi propia lágrima
cuando me invoco a escribir,
 
Herr Franz Kafka,
 
 
 
META-
MORFOSEADO
en un
ENORME
e
INCOMPRENDIDO
in
sec
to.

 

 

 

 

Javier Alvarado

Nacido en 1982 en Santiago de Veraguas, Panamá, es un poeta multipremiado: Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño (en cuatro ocasiones); Premio de Poesía Pablo Neruda 2004 y Premio de Poesía Stella Sierra en 2007; mención de honor en el Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010; Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011; Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua; Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012; Premio Medardo Ángel Silva 2014 a obra editada por su libro Carta Natal al país de los Locos, con un jurado conformado por los poetas Antonio Gamoneda, Rodolfo Hinostroza y Julio Pazos; Premio Ricardo Miró de poesía 2015 (máximo galardón de las letras panameñas); Premio Hispanoamericano de poesía de San Salvador 2017. Es autor de cerca de una veintena de títulos.