La inmortal

En el año 2012 "La inmortal y otros poemas de amor" de Iván Uriarte ganó el concurso de publicaciones del Centro Nicaragüense de Escritores, en este libro de profunda raíz romántica aparece uno de los textos más poderosos de amor que se han escrito en Nicaragua: La inmortal. Este poema también puede leerse como una nouvelle​ en verso en el que el berenjenal desorden amoroso y la ciudad de París son los principales protagonistas.

Fotografía extraída de la película L’Immortelle (1963) de Alain Robbe-Grillet

I

REVISO MI BIBLIOTECA y encuentro de pronto

los libros que Marie Joëlle empastó cuidadosamente para

mi algún tiempo 

después de habernos conocido

en el tráfago veraniego

de aquel Paris intemporal

primavera de fuego que aún quema los espesos bordes

                               de mis pestañas cada atardecer.

Veo su fresco rosado pecoso rostro

sudando aquel  verano de 1971 bajo los toldos de uno de

los café del boulevard Saint-Michel

      donde nos encontramos .

Nadie entendía mi francés desde hacía semanas

y en los restaurantes pedía la comida señalando como un

bantú platos a la sipega en el

menú.

Milagros de la química: yo entendí su francés con la misma

claridad que ella entendió lo que

      pretendí decirle al  momento  de  abordarla.

Preparaba una tesis sobre Alejo Carpentier cuyo  barroquismo

no entendía para nada.

Fue allí donde  recuperamos (Los pasos perdidos)

(los de ella y los míos).

 

Mi  apartamento 138 rueTolbiac, tercer piso sin ascensor

fue el inicio ritual del verdadero aprendizaje de la lengua

francesa de tiempo completo

curso  recibido en un colchón puesto sobre el piso

donde las consonantes y múltiples vocales resonaban

verticalmente

en fumigantes chorros de semen  que  nos inundaban

 mutuamente.

Hay nutrientes  secretos que mantienen la vitalidad del

 sexo

secretando energías  nuevas que significan entrar o

marginarse en determinada cultura.

La cultura francesa que asimilé  en esos días de brama nupcial

se  redujo a queso, vino tinto y pan baguette.

En verano los quesos se salen de sus propias envolturas

y es entonces cuando los Bries,

Camanberts,Livarots, Munster,

Pont l‘eveque y todas las varie-

dades  de quesos de chevre et

brevis cobran su plenitud  de

entrega...

 

Salíamos al mediodía sin más desayuno que nuestra

 propia saliva, rica en minerales

y energía sanguínea.

Fue durante esos paseos que descubrí, guiado por ella,

la rue Mouffetard, el mercado

más estival y más parisino en todo

el sentido de  búsqueda  constante

que caracteriza  al francés en esa latitud .

 

No había culebras a la vista como en los mercados

 japoneses, pero había  quesos

retorciéndose

desmadradamente a precios de feria de productor de granja.

Ignoro en que medida las dietas macrobióticas o naturistas

pueden enardecerte

pero los quesos son llamas lácteas ardiendo en la noche

que elévanse a sacros rituales

que sólo el Kamasutra  parangona y

prescribe.

Esa redondez en ligeras envolturas  de madera se dispara,

en su amarillez de yeso vivo,

como fuente al infinito. Y el

queso no crece ni fecunda su

espacio sin el vino, pero del más

tinto de legítima solera.

Solera de corte popular  establecida como  pinard o petit

vin de table, los  Bordeaux, Cotes

 de Rhone, Beaujaulais village,

Chateauneuf  du Pape,Calvet…

que te salvan cualquier jornada con untuosos  canapés de

carnoso pan paysan o payase,

envolviendo tu lengua

manjar supremo que nunca otra  cultura te ofrece

                                      mágicamente en el lecho

si no es en sofisticada  cocina hotelera o provocando

                                     privadamente el ardor de

                                    más de un carbón a medianoche.

Buffet au lit, bouffer au lit  es oficiar sobre un estrecho

espacio de comprimida espuma

el rito de un chamán concentrado

que no deja ir a su  paloma

que no suelta a su halcona, mensajera  que aterrizo en

misión de definitiva entrega.

El queso le da a tu cuerpo olor a semen, olor a pubis, olor

a cuerpo en plena-darse-entrega.

Olor a titánica lucha entre sudorosas sabanas, olor a jabalí sanglier 

a  gavilán épervier auscultando a su gavilana

a primate enalteciendo las ramas de la arboleda

a  zorrillo corriendo para  despistar al perseguidor del cual

no se librará nunca más.

 

(En Francia hay un queso para cada día del año del

mismo modo que el santoral

católico enaltece cotidianamente

a un mártir o a un santo).

 

II

Ese  verano no fue un  verano  como los otros (con

lujosas piscinas, playas  de nudismo y hoteles

sofisticados que hacían la felicidad de los que no conocíamos)

precisamente porque el equilibrio de nuestra descentrada

gravedad se creó en un estrecho colchón

puente colgante de nuestros cuerpos desafiando al abismo

a las profundidades de un agitado mar

de encrespadas olas púbicas con calendarizados quesos y

torrencial vino tinto.

 

III

Cuando el otoño sobrevino y las hojas de los árboles nos

demostraron en su abatimiento

la crueldad del tiempo

nos refugiamos   cómodamente en un apartamento

moderno que un reciente

petit ami le había dejado mientras

hacia su servicio militar.

Alterné con ella mi estrecho cuarto de residente

universitario en la rue Dareau

(mientras asistía a  mis cursos de

derecho en la Sorbona)

con week-end infaltable en su apartamento donde

su magisterio acunándose  sobre el

lecho

deslechándome en cultura musical cada mañana:

Boris Vian, genio literario y mu

sical irrumpiendo con voz grave

entre el humor y la disidencia;

Jack Doué, enérgico y delicado

cantando con toda la nostalgia

medioeval perdida ;Serge Reggiani

 no recitando sino dándole voz a

Baudelaire y a Prévert.

George Brassens, el canta-autor más

francés después de Ronsard y

Villon;  Jacques Brel, evocando

de viva y enardecida voz a sus

putas de Amsterdam con las

manos  llenas de bonbones;

Jean Ferrat, cantándole a todas

las revoluciones del mundo sin

olvidar un instante su tierra roja

de l’Ardeche. Leo Ferré, toujours

blessé, Barbara, la solitaria de

Nantes, Mis Tanguet y todas las

buscadoras de millonarios de los

Gay Tuenty…

 

Conocí a su madre un fin de semana, Doña Agripina la Buena,

como la bauticé en

el momento de abrazarla

para exorcizar

el aura neroniana que rodeaba su

nombre de establecida profesora

de latín en la Sorbona.

 

(Fue un invierno de esos cuando conocí la tristeza de los

bouquinistes en la Rive gauche

del río Sena, abrigados lobos

marinos capitaneando un

congelado peniche lleno de libros

que había que levantar con bien

enguantadas manos).

 

IV

El verano del 72 fue un verano terrible, esplendente y

alegre. El Boulevard Saint-

Michel y el Barrio Latino se nos

convirtieron en una estrecha

esquina.

Por las noches, entre la cinemateca de la rue d’Ulm y el

pequeño cine  de la rue Cujas,

transcurrieron sucesión de films

en nuestras noches veraniegas,

con el sol que se resistía a ocul-

tarse en el horizonte.

Un festival de las películas de Allain Robbe-Grillet nos

conmovió los cimientos de ese

ardiente verano.

Había leído algunas cosas de él, como Les gommes o

Dans le labyrinthe, pero su

ojo cinematográfico de ciclope

arrastrando un sentido del absurdo

donde la filosofía sartreana

no tenía que ver ni mierda,

me sobrecogió: era el ser mismo

perdido en medio del torrente

como una trucha que vuelve

desesperada a su lugar de

origen. 

Le jeu avec le feu, L’homme qui mente, L’Eden et après,

pero sobre todo L’Immortelle, me refundieron en un

berenjenal donde el amor es

una fruta que todavía sigue creciendo lozana en el Paraíso.

Filmada en  Estambul en trascedente blanco  y negro (con

un grupo de amigos actores) es

el único film de amor sin clichés

alguno llevado al celuloide.

L’Inmortelle es ese amor que llevamos dentro sin darnos

cuenta, negándolo y arrastrándolo

como un  fantasma que nunca

recobra  su verdadero peso.

L’Inmortelle  es esa desconocida que dejaremos de ver

al bajarnos del tren que va

ninguna parte o simplemente al mirar

hacia un lugar donde su ojo

está presto a respondernos el

esgüince mientras  los vagones

siguen su inexorable marcha

porque sencillamente no es la

estación que  aparece en el

boleto que compramos...

(Es un film donde los ruidos y las voces, así como los

diálogos sordos, los gestos y la mirada de los transeúntes,

se convierten en nuestra propia mirada, en nuestra voz que

ha estado en vilo hace tanto tiempo)

 

V

Ir a Estambul y así continuar un sentido del amor que ya

nos habíamos planteado

temerosos cada día, comenzó a ser

obsesivo.

Ese film nos  agotaba, se nos adelantaba, iba más allá

de lo que no  nos atrevíamos

a preguntarnos.

Teníamos que tomar una decisión, ignorando desde

luego, la profundidad del abismo.

Fuimos al restaurante Chez Jack al día siguiente después

de ver el film por doceava vez

como para  continuar un sentido que ya no  tenía ningún

mero sentido cinematográfico ni

mucho menos.

Éramos ella y yo los protagonistas, los amantes con velo

en el rostro buscándose desespe-

radamente.

Mientras caminábamos por las

estrechas calles que conducen

más allá de la Puerta Saint-

Denis donde comienza el

Zoológico Sexual más completo

para iniciados, pornógrafos

y erotómanos como era para mí

ver enjauladas en tersas vitrinas

a las más bellas y mejores cotizadas

putas de Paris hasta justamente

llegar al antiguo café-concierto

que recibía cotidianamente

a centenares de hambrientos,

prestos cocodrilos a tirarse al agua

con más  fauces que dinero.

Tomamos la decisión al salir del restaurante

y sólo me detuve en algunas boutiques del Boulevard

Saint-Michel pleno de saldos

para finalmente comprarme un conjunto  de chaquetilla y

pantalón celeste de algodón des-

lavado y manchado.

No recuerdo si me compré zapatos, calcetines o

calzoncillos

pero me armé de pequeñas cosas como lámparas para

despertar a la oscuridad después

de cualquier pesadilla.

Un viaje al dedo solo ofrece ventajas que conciernen con

tu cuerpo,

Nunca deben avizorar, por ejemplo, tu exagerada gordura

ni tu abundante promiscuo equi-

paje.

Lo  nuestro no era equipaje era algo más parecido o

enajenante al desequipamiento

      continuo.

Recordaba haber escrito mis primeros versos en Jinotega,

impregnado de la atmósfera de

vagabundaje de los poemas de

Blaise Cendrars traducido

por Coronel Urtecho.

Con dos tomitos del gran manco francés editados

chez Gallimard en su colección

Poesie, con Au coeur du monde

y Du monde entier, me lancé a

la aventura. Pero también iba

armado de un par de novelas

polard de San-Antonio (una de las

lecturas relajantes de Marie Joelle

y que me introdujo a la matriz

del slang parisino), Frederick

Dard, otro suizo que reinvento la

lengua francesa como Cendrars

mismo lo hizo en su libro sobre

puertos: Bourlinguer.

 

VI

En Ginebra no pudimos encontrar albergue u hotel al

alcance del exiguo presupuesto

de viaje

y sólo la estación central de trenes pudo refugiarnos como

viajeros de un tren que se empe-

cina  en llegar y que súbito aparece

al amanecer inútilmente.

 

 

VII

LA POLENTA sacada del horno frente a nuestras narices

 nos despertó en el  norte de Italia

como en una ópera que Verdi nunca escribió pero que

de pronto resonaba plena de

armonía tonificando nuestro paladar.

En Trieste, cansados de tanto deambular, trasegar

vehículos, equivocarnos de ruta

después de nuestro  lento despe-

gue en Paris, un gentil y solitario

militar libanés se encargó de

nosotros.

Los oscuros edificios de Trieste fueron la última mirada

de un mundo europeo que se me

apareo con Joyce e Italo Svevo,

años  atrás, más encarcelados que

el mismo Pound en Rapallo.

Los gigantescos yugures de Yugoeslavia fueron casi un

saludable amanecer en un pue-

blo de pastores transhumantes

centenarios.

Vi Zagreb de lejos  como todo viajante sin itinerario

preciso alguno. Tabernas oscuras

y gente triste mirando por encima

de mesas llenas de moscas me

retrotrajo al colonizado y aban-

donado mundo de mis ancestros.

Yugoeslavia es tierra  sin fin llena de aldeas y ciudades

que me depasaban la abertura

del ojo

donde al finalizar un día despertamos frente al amplio

colorido de un convoy de carretas

turcas bien pintadas y repletas

de sandías que  sólo se me hicieron

reales al compararlas con las

cebollas y tomates que cultivó

en sus andinas eras el Inca Gar-

cilaso de la Vega.

 

VIII

Estambul es una ciudad de cromados minaretes donde

refulge la luz  de los pasteles y

delicadas reposterías luciendo

su esplendor en el Top-Kapi ro-

deado de calles inundadas de

bandejas olorosas con tintinean-

tes vasitos de té excitando al

extraño transeúnte a  una ofrenda

callejera nunca esperada

misteriosa ciudad donde todo es tan irreal como los

turbantes y los velos que se

cruzan a tu paso confirmándote que

no estás en tu casa y que todavía

tenés oportunidad de regresarte.

Experimenté un botellón de narguilet y baños de mármol

donde parecía abatirse sobre mi

cabeza una tormenta de vapor

aclarándome la apariencia de un

mundo que cada vez me hundía

en la fantasía.

 

(No importa qué grupo o banda de saltimbanquis pareció

seguirnos aparentemente sin

objetivo en una ciudad donde siempre

te acompaña música para

dormir serpientes).

 

Nos escapábamos de los laberintos de la ciudad

para comernos un pescado a la parrilla

a la orilla del Cuerno de Oro,

apadrinados por los dioses de todas

las mitologías marítimas

congregadas

y después regresar a nuestro hostal, donde la camisa y

ropa interior sudada nos hacían

sentir el cuerpo real que todavía

nos quedaba.

Todos los hostales de juventud fueron nuestro santa

y seña para ignorar los hoteles

de ejecutivos y turistas dañinos

rompiéndonos un esquema

personal cada vez que

los encontrábamos en las calles

bajándose de limusinas o hablando

pretenciosas mierdas que nunca nos

incumbieron.

Dormíamos en literas y nos sentíamos en nuestros sueños

más importantes que Chilo

Chilone recorriendo las calles

de Roma tal como acontece en las

páginas de Quo Vadis?

de Enrique Sienkiewicz,

porque nuestro sueño era la realidad de una ciudad que

tocábamos todos los días como

si se tratara de una romería que

todavía no cumplíamos.

 

Saliendo de Estambul vía Esmirna un camionero que nos

dio ride pensó desde que nos

recogió que Marie Joëlle era

una puta domiciliar porque andaba

de short y que yo como buen

promotor la exhibía por el mundo

poniéndola a la disposición del

primer inesperado cliente que

nos saliera en el camino.

Consecuentemente se la quiso coger mientras yo me bajé

a mear un instante.

 

 

IX

Las ruinas de Esmirna, uno de los grandes bastiones de

la civilización romana, se nos

presentó de pronto como la

búsqueda esperada de nuestro

viaje, porque fue como si

comenzáramos a filmar

interiormente un pasaje del film

de la cual ya éramos protagonistas,

con tumbas, lápidas y antiguos

mausoleos precisamente cuando

la barca desliza en las aguas

iluminadas del Bósforo (del

Bósforo de Robbe-Grillet)

con ella, la Inmortal, en la proa deslumbrada

corporalmente contempla las votivas

criptas como visión constante

de un amor renovándose a cada

 momento frente a la muerte.

 

X

Las islas griegas fueron nuestro última visión encantada

de ese mundo frente un pez

gigantesco  puesto sobre una

balanza de oro en un lujoso

restaurante de Corfú.

 

 

XI

Ahora contemplo por fin los libros que aquellas manos

devotas adosaron noches enteras

para preservarme deteriorados antiguos textos que como

ejemplares únicos yacen ahora

como en vitrina propia

textos que me traen su voz hablándome al oído mientras

cruzábamos las misteriosas

aguas del Bósforo

textos que cuando los miro me digo: ¡Ah Restif de la

Bretone, Crevillon, Lautreamont,

Villon y el Viaje al Oriente de

Gerard de Nerval ,

sumergiéndome en todo lo que ella nunca supo ni

conoció a fondo en aquellos días!

 

Septiembre l999, Octubre 2OO4.

Iván Uriarte

Nacido en Jinotega, Nicaragua, en 1942, es doctor en Literatura Hispanoamericana del siglo XX por la Universidad de Pittsburgh (1980). Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Rubén Darío en dos ocasiones: 1999 y 2016. Su bibliografía incluye más de una docena de libros, entre ellos los poemarios Este que habla (1969); Los bordes profundos (1999); Cuando pasan las suburban (2001); Genealogía de las puertas (2011); La desnudez perdida (2016); la colección de cuentos La primera vez que el señor llegó al pueblo (1996) y el ensayo La poesía de Ernesto Cardenal en el proceso social …

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