Me acuerdo

En 1970, Joe Brainard publicó Me acuerdo un libro que se mueve entre el aforismo, fragmentos de memorias e imágenes cotidianas. Cada párrafo de este exquisito libro inicia con "me acuerdo" y en cada partícula se nos revela lo luminoso que puede a veces ser la vida. En 1978, George Perec homenajeó a Brainard con Je me souviens. Al leer ambos libros nos sentimos tentados de escribir nuestros propios me acuerdos a partir de nuestras  experiencias y es lo que hace Madeline Mendieta en el siguiente texto.

Fotografía de Víctor Ruiz

A mis Hermanos cómplices de esta aventura.

Me acuerdo de que, para asistir a la escuela primaria, teníamos que pasar por el cementerio general. Muchos de los estudiantes evitaban pasar a la orilla, la cual en esa época tenía una malla para separar las tumbas de la calle. Para mis hermanos y yo, era un lugar enigmático que no podíamos evitar.

Me acuerdo de que, a la salida de la escuela, comprábamos helados de coco, cocoa o frutas y aunque le habíamos jurado a nuestra mamá que no entraríamos el cementerio, lo hacíamos.

Recuerdo que me gustaba leer las lápidas ver que, en las bóvedas lujosas, estaban los nombres de familias enteras. Tocaba con mis pequeños dedos, las letras en bronce que adornaban las planchas de mármol verdoso, negro o blanco con las pequeñas pringas de realce que tiene, las que me detenía a observar por largo rato. Los ángeles, cruces, copias de la piedad de Miguel Ángel, los cristos crucificados y las pequeñas capillas con estilo gótico, me transmitían un hálito enigmático y apacible. No existe lugar más tranquilo que un cementerio. Hasta el viento sopla distinto, los pájaros trinan de otra forma como si nos dijera que en ese lugar reposan secretos y memorias.

Me acuerdo de una frutilla salvaje que crecía en forma de enredadera, esa era la verdadera y única motivación por la cual entrábamos al panteón, comer catapanzas. Morder con los dientes la corteza y escuchar el crac de la ruptura para absorber las semillitas dulces que envolvían la cáscara.  Muchas veces nos acompañaban algunas primas que también estudiaban en la escuela, porque les contábamos los hallazgos de mangos, tigüilotes, una fosa abierta repleta de sapos que nos gustaba tirar piedras, las carreras de las lagartijas cuando golpeábamos con una vara las ramas o el monte crecido, pero nuestra fascinación era el espectáculo de saltamontes verdes y rojos.

Me acuerdo de que estaba en quinto grado y llegó a mis manos el libro de “Las Aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn”, tiempo después vimos la película. Yo quería ser como Tom o Huckle y esa escapada con mis hermanos me hacía soñar que de alguna manera lo éramos, lo fuimos. Nos sentíamos muy fuertes y valientes cuando los amigos nos preguntábamos si no sentíamos miedo.

Recuerdo que lo único que nos asustaban eran los cuidadores de tumbas, los enterradores cubiertos de polvo café y lodo. Sus escuálidos cuerpos, sus costillas resaltadas, siempre estaban sin camisa por eso miraba estos detalles, pero lo más aterrador era que empuñaban un machete. En más de una ocasión, alguno nos gritó algo y corríamos hasta una abertura que tenía la maya y salíamos en dirección de nuestra casa. Nuestras rodillas siempre nos delataron, porque al pasar por el resquicio entre la malla y el muro, nos raspábamos y aunque sacudiéramos el pantalón de mi hermano quedaba la huella. Una vez mi falda quedó engarzada en uno de los alambres, que me ocasionó además una herida que tuvimos que esconder para que mi madre no nos regañara.

Me acuerdo de que algunas veces vimos entrar sepelios, con el carro fúnebre y rostros cabizbajos apretujándose del dolor. Mi hermano mayor, nos incitó a acompañar a uno de tantos. Como fantasmas nos colamos entre la gente, que lloraba a su deudo y nosotros expectantes de ver qué sucedía. Nuestra curiosidad nos llevó a ese límite y comprendimos que a pesar de que éramos tres niños, nuestro corazón se compungía entre el sollozo, las paladas que golpeaban el ataúd y deshojar las flores encima de un cuerpo encerrado en una caja. Una vida que concluía un ciclo.

Madeline Mendieta

Licenciada en Literatura, Poeta y Promotora Cultural. "Inocent Lengua" Editorial Amerrisque 2007, es su primer poemario bilingüe, traducido por el catedrático norteamericano Rick McCallister. Ha sido publicada en suplementos y revistas literarias nacionales. Ha colaborado con el programa Cultural de la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua desde 2005. Colabora con el Festival Internacional de Poesía de Granada desde el 2007. En el 2008 fue seleccionada para aparecer en antología hispanoamericana "Mujer Rota" en homenaje a Simone de Beauvoir, presentado en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México.

Más del autor

Relatos cortos

Un par de relatos de Omar Elvir, exclusivos para Álastor

These Many Rooms [selección de Laure-Anne Bosselaar]

Presentamos una selección de poemas de Laure-Anne Bosselaar extraídos de …

Cuando solo el fracaso regresa a casa

Tras un año en la Universidad de Texas en El Paso, …