Rompecabezas Cerati

Una solicitud de entrevista que se volvió persecución detectivesca. Retrato íntimo del siempre recordado exlíder de Soda Stereo.

Tengo un amigo argentino que no ha dejado de intentar que a su novia española le guste la música de Gustavo Cerati. Le habla del artista, le pone sus discos, le comenta todas sus vivencias relacionadas con cada canción y hasta le compra entradas para los conciertos, sin ningún éxito. La mujer, simplemente, no se deja. Sólo hace algún tiempo pudo ganar una notable batalla en esta guerra a muerte: el hombre se llevó el disco Sueño Stereo y lo puso como banda sonora de una memorable noche de pasión con su media naranja. Sólo y únicamente esa vez en su historia de amor pudo escuchar en boca de su novia una frase que para él supo a gloria: “En el fondo, no es tan malo el tipo para amenizar esto que acabamos de hacer”.

Es una lástima que yo no tenga el mismo cerebro de mi amigo para negociar. También es una bendición que esa misma táctica empleada no me pueda servir para convencer a Cerati a sentarse conmigo, y me ofrezca una entrevista personal. Lo único que pude arrancarle hace poco, y en medio de mi ignorancia sobre el poder afrodisíaco de su música, fue esto: “Imagino que algunos temas míos sí sirven para hacer el amor, aunque no para mí. Me desconcentraría escucharme”. Desconozco si lo comentó de buen o mal humor.

Mis intentos por entrevistar personalmente a Cerati, aunque suene insólito, han pasado por siete años, cinco periódicos, tres países, seis conciertos, dos ruedas de prensa, cuatro llamadas a un teléfono celular porteño y nueve correos electrónicos. Debo reconocer que siempre han fracasado, aunque eso no quiera decir que nunca lo he tenido cara a cara. De hecho, la primera vez que lo vi fue en un baño del Hotel Caracas Hilton. Era la época del último concierto de Soda Stereo y Gustavo quiso realizar una pausa antes de salir a la playa con sus compañeros. Fuera de ese episodio en el urinario de un cinco estrellas, esa sería la única ocasión en lo que llevo de vida que lo tuve tan cerca como para abordarlo. Pero, como es normal, a la gente hay que dejarla tranquila en ciertos momentos de su vida privada.

De resto, la historia se plaga de desencuentros. Viejas ruedas de prensa de Soda en las que no se presentaba, una larga estancia que consumí en Buenos Aires sin poder concretar el diálogo mientras saboreaba enormes cantidades de asados y alfajores, y otras tantas tentativas para poner la grabadora de periodista en el Madrid castizo. En todas las ocasiones planeó la casi total seguridad del encuentro, pero al final siempre se caía la tentativa, como si se tratase de una virtual reunión con Bin Laden. Cerati no podía, no tenía tiempo, se le había traspapelado la fecha, recomendaba un cuestionario por correo electrónico, etc.

Mi vida periodística del músico, como no podía ser de otra forma, terminó por limitarse a lo que leía por la prensa, a lo que me comentaba algún colega, a lo que decían sus canciones, y a un frío cuestionario contestado que recibí con ánimo de derrotado en mi dirección electrónica. Muy atrás quedó la necesidad de captar sus gestos, replicarle a una respuesta jugosa, oír el timbre de su voz, advertir su indumentaria y percibir alguna cosa reseñable en el ambiente. Vamos, que hacer un perfil en esas condiciones era humanamente imposible.

Quizás por esa razón sé, como hecho aislado y con casi ningún contexto, que su deporte favorito es caerse a su piscina sin querer, que ahora está escuchando el Compact Point Sessions de Grace Jones, que al último concierto al que asistió fue al de los argentinos Miranda!, que tampoco ha sido tan admirador de Moby como yo pensaba y que no ha leído ningún libro últimamente. Lo que más me duele de todo esto es lo de Moby, de verdad. Hasta donde llegaban mis informaciones, Gustavo en su momento le había regalado el disco Play a Charly García, no sin sus muchas recomendaciones.

Luego he recibido más datos y pistas, pero que me aterra dar como ciertos. Ante su cacareada relación con la cantante colombiana Shakira, el músico ha sido tajante. Habla de su cooperación artística y hasta frena cualquier intento de rebelión por parte de sus seguidores más radicales: “Me guío por instinto y no comparto ese prejuicio. La invitación me sonó interesante y punto. Con Shakira la idea es coproducir parte del disco y también componer algún tema. Primero probamos trabajar juntos en Bahamas con un track y como nos gustó el resultado, ahora vamos por más”.

Por más siempre quise ir yo también. En una nota venezolana había leído que una de las mejores cocineras de ese país moría por hacerle una cena de lo más inspirada a Cerati. Su razón era bastante de peso: amaba la poesía circular del compositor. El término no era nuevo en la figura de Gustavo, ya antes lo había utilizado en la letra de “Sweet sahumerio”, de su disco Dynamo, un álbum que él mismo me confió como lo mejor que había grabado con Soda Stereo junto con Signos y Canción animal. Sin embargo, ahora su opinión es otra hacia sus versos: “No es poesía. No tengo la habilidad de escribir historias, así que me resulta más natural describir emociones. A mí me atrae más que el oyente complete la cosa que dársela servida tipo noticiero”.

Si hay algo en la música de Cerati es que, de tan sublime, necesita palabras sueltas que apelen a estados sensoriales. Sería inimaginable escuchar sus trabajados arreglos sonoros y su voz aterciopelada recitando versos de protesta, relatando episodios jocosos o señalando a la evidencia. Si existe un músico que siempre ha mostrado una tremenda inquietud por desmarcarse del resto y probar otros caminos es él. A diferencia de muchos de sus colegas, no ha apostado al pop fácil, al rock edulcorado o a mutarse en otro Jim Morrison, Manu Chao, Mick Jagger o Bob Dylan austral. Su trabajo es más personal y rompedor, aunque por ello algunos fanáticos de su país le hayan hecho cruces como si fuera una especie de anticristo. Su propuesta es delicada y exquisita en unas ocasiones y rabiosa y guitarrera en otras. Como él mismo me respondió, en sus letras descansa una forma de escritura fragmentada a lo Burroughs que le interesó, pero también entra W. Blake, Borges, Pizarnik. Su sentencia es más que elocuente: “A la hora de componer es la música la que me trae las palabras. Se trata de canciones”.

Ciertamente, su música responde a todo el nervio de su trabajo. Aunque sus comienzos con el grupo Fricción, y sus primeros años con Soda, se ubican en una tendencia new wave, con alegres sintetizadores ochentosos llenos de mal asimiladas influencias de The Police y The Cure; con el tiempo la elegancia y el riesgo comenzaron a desarrollarse como un sello personal muy a la par de su admirado Luis Alberto Spinetta. Si en Signo y en Doble vida ya son notables los avances, la colaboración con el músico experimental Daniel Melero en el álbum Colores santos fue casi decisiva: “Es verdad que mi inclinación hacia la electrónica se potenció en todos los trabajos que hicimos juntos, pero interés por las máquinas siempre estuvo. Me siento igual de cómodo componiendo con una guitarra o con una laptop. Son diferentes los resultados, pero dentro de mi formación musical es tan válido Led Zeppelin como Kraftwerk”.

De esta última vertiente Gustavo sabe lo suyo. Ha formado grupos paralelos de música electrónica, como fue el caso de Plan V, Ocio y Roken. Realizó una banda sonora (+ Bien) con ecos de Brian Eno. Reconoció estar embelesado con lo último de los franceses Phoenix y de los ingleses Zoot Woman. Incluso tiene un proyecto con el alma de Wunder: “Sí, estoy grabando un disco con Joerg Follert, un músico del que soy muy admirador. Él vive en Alemania y lo estamos completando vía e-mail. Y todo eso sin contar el deseo o mejor dicho la disposición para colaborar con los mexicanos Café Tacvba, un grupo con el que ha compartido escenario en algunas ocasiones.

Si hablamos de escenario podemos convenir en que los conciertos de su recopilatorio Canciones elegidas serán las delicias de sus seguidores más acérrimos. Cerati se acompaña por un batería, un bajo, una corista y dos tecladistas-programadores; y se pasea por todo su repertorio por más de una hora y media de recital. Como no podía ser de otra forma, ese fue mi último encuentro con él en Madrid, aunque Gustavo no lo haya notado… Cuando digo que es una gira para sus seguidores más acérrimos es porque Cerati aparece con un look muy similar al de la época Soda, reversiona muchos temas de su carrera, los manipula hasta hacerlos irreconocibles, se marca eternos solos de guitarra, estrena canciones y, lo que es mejor aún, toca las joyas más oscuras e inusuales de su repertorio (“Rombos”, “Fue”, “Ameba”, y “Ahora es nunca”, entre otras). No se sabe el porqué de todo este giro, pero quizás haya alguna pista dentro de la respuesta que me dio sobre la razón de este álbum de éxitos: “Generalmente estas cosas las hacen las mismas disqueras cuando tu contrato terminó o cuando estás muerto. Me gustó hacer la selección porque tuve así cierta mirada retrospectiva de estos años, cosa que no hago muy a menudo”

Yo, desde otro de mis exilios, sigo esperando la entrevista en persona con Cerati. Hay momentos en los que pienso en tirar la toalla de forma definitiva, pero luego me acuerdo de la vez que tanto Andy Summers como Stewart Copeland de The Police le pidieron al argentino colaborar en un futuro. Esto fue cuando Gustavo realizó, junto con el guitarrista del extinto grupo de Sting, una envolvente versión de Bring on the night (Tráeme la noche) para el disco tributo en español. Dado el singular resultado, el manager de los ingleses le propuso hacer una gira con ellos dos: “Incluso viajó a Buenos Aires a tratar de convencerme, pero la fecha coincidía con la salida de Bocanada, así que tuve que decidirme y finalmente deseché la invitación, aunque me sentí muy halagado por ella… Ocasionalmente, me cruzo algunos e-mails con Andy, pero ahí quedó la cosa por ahora”.

Cuando leo esa última confesión que me hizo Gustavo, no puedo negar que me entra algo de consuelo. Y la razón es simple: ¿si tampoco ha concretado nada con los Police qué quedará entonces para mí? Por lo menos, Andy siempre tendrá el consuelo de cruzarse algunos e-mails con el talentoso y siempre escurridizo Gustavo.

 

 

Daniel Centeno Maldonado

Nacido en 1974 en Barcelona, es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Su ejercicio literario se ha dividido entre la ficción, el periodismo, la edición, el ensayo; con una vida transcurrida en geografías y realidades tan diversas como las de España, Estados Unidos y Venezuela. En este último país, en cuya Universidad Andrés Bello cursó estudios de pregrado, fue director editorial de Alfaguara. Su obra incluye títulos como Postmodernidad en el cine: Romeo y Julieta como espejo de la sociedad contemporánea (Premio Carlos Eduardo Frías 1999), Periodismo a ras del boom: otra pasión latinoamericana de narrar (Universidad de Los Andes, 2007), Retratos hablados (Debate, 2010) y Ogros ejemplares (Lugar Común/UANL, 2015). Fue finalista del XV Premio Internacional de Relato Breve Julio Cortázar y de la XXX edición del Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo. Es docente en el departamento de lenguas de la Universidad de Texas, donde antes obtuvo un MFA mientras fungía como editor en jefe de la revista literaria Río Grande Review. Ahora continúa viviendo en El Paso y coordina el Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea que organiza la misma institución.