Tour nocturno en la sexta ciudad más segura de América Latina

Una anomalía en medio de la violencia centroamericana: Nicaragua se promociona como oasis de paz. Aunque las apariencias siempre pueden engañar...

Sí: Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica, pero esta noche salís a las 10.30 p.m. de un bar, y te disponés a buscar un taxi: se detiene el primero, no te lleva porque no va en la misma ruta, tampoco el segundo porque el precio te parece muy alto. Entonces llega el tercero y el conductor te dice que por setenta córdobas te lleva a casa, que va en la misma dirección, observás al conductor, primero ves su bigote, luego su rostro, su nariz ancha; en este momento no tenés tiempo para pensar que nada malo sucederá, sólo querés llegar a casa porque estás cansado, ebrio. Pasaste más de tres horas tomando, tus amigos querían despedirte: en un día tomarás un avión con destino a Alemania y, además, no importa la hora, no importa el lugar, recordá que estás en el país más seguro de Centroamérica.

 

Te subís al taxi, te acomodás en el asiento de atrás. El conductor te pregunta si todo bien, decís sí, todo bien, y finalmente arranca en dirección norte hasta llegar al primer semáforo, hay que esperar; un minuto después, el carro reanuda la marcha, gira a la derecha y sabés que esa es la ruta, podés estar tranquilo, vas destino a casa, hasta entonces —y sólo entonces— podés relajarte. Managua es una ciudad cuyas calles no tienen nombres, y sólo el citadino conoce muy bien sus nombres con referencias en el pasado, pero esta noche no hay de qué preocuparse. Sin embargo, cinco cuadras más adelante, advertís el peligro —¡maldita paranoia!—: dos tipos le hacen parada al taxi.

 

Se te ocurre proponerle al taxista que a cambio de que no suba a nadie más estás dispuesto a pagarle el doble, pero es muy tarde, el carro ya comienza a orillarse, no hay vuelta atrás.

 

Uno de los tipos, dirigiéndose al conductor, pregunta ¿a dónde vas?, a lo que el taxista responde Rubenia. Vamos a Carretera Norte, dice uno —lo dice el que lleva gorra y aretes a lo Nicky Jam. Simples reguetoneros, pensás, pero no, una vez que se suben, una vez que el carro se pone en marcha, dos cuadras más adelante, el tipo de atrás apaga la luz del interior y dice: vamos a empezar, y es cuando pensás: “nada malo va a pasar, y si pasa, pasará lo que tenga que pasar”. No es la primera vez que te asaltan en la ciudad más segura de Centroamérica; ya había ocurrido antes, y esa experiencia es lo que te hace más fuerte, una inescrutable esperanza dentro de vos; sin embargo, has escuchado historias; historias de historias cuyas víctimas son hombres y mujeres que corren con mayor o menor suerte, hay quienes aparecen hechos trizas en algún callejón, en algún basurero, pero vos tranquilo, a vos no te puede pasar nada porque de algún modo sos un sobreviviente de asaltos.

 

De un momento a otro sentís el hierro helado del arma, a ver hijueputa, dice, subiéndote la camisa. ¿Qué traés allí? Nada, respondés, ¿cómo que nada hijueputa?, si aquí veo que traés un billete de doscientos. Sólo eso, respondés, sólo eso, no me hagan nada, sólo traigo eso. A ver, sacate la camisa, levantate, ¿y esa cadena? No es nada, sólo un collar, y acto seguido te lo quitás y lo entregás, ¿y el celular? No, no traigo celular, ¿seguro que no? ¡Si estás mintiendo te meto un plomazo! Metéselo, dice el otro, el que va en el copiloto, el Nicky Jam nica, mientras el taxista, en su mejor papel actoral, se queja e intercede por vos: no le hagan nada al muchacho, a lo que su acompañante de actuación responde: vos callate, hijueputa, a ver taxista mierda, enseñá qué traés allí.  No traigo nada, dice el taxista, “sólo esto” y de inmediato escuchás un golpe contra el tablero del carro, luego una cascada de monedas cayendo al piso del carro.

 

Abrís los ojos y de inmediato, el primer golpe, directo en las costillas. No me hagás nada, suplicás, y la voz de tu interlocutor: cerrá los ojos, compadre, cerralos. No digás nada, colaborá y no te va a pasar nada.

 

Nicky Jam insiste: metele un plomazo, metéselo, ya, para qué estamos arriesgándonos.

 

No, loco, dice tu custodio, si este maje está colaborando.

 

Pasan varios minutos, y para asegurarse de que no volvás a abrir los ojos, el tipo de atrás te venda con tu propia camisa, y te dice: si los abrís, compadre, ya sabés, hijueputa: sos hombre muerto.

 

Las súplicas se vuelven constantes, ¿en qué pensás en ese momento? Nada malo sucederá, que ya te pasó una vez, ya te pasó otra, y este es tu primer asalto en un taxi. Así que tranquilo, no pasará nada, nadie tiene que enterarse de esto, porque al primero que se lo contés te va a decir que sos un idiota, un descuidado por no haber tomado tus precauciones. Así que toca confiar en tus captores, no te va a suceder nada. Sólo tenés que colaborar, porque aquí no es como Honduras, El Salvador, Panamá o incluso Costa Rica. Aquí la tasa de homicidios es menor que la de los países vecinos. Lo dicen las cifras, y ese es el cuento que el Gobierno y algunos medios han metido a la sociedad, pero cuando suceden estas cosas, ¿con quién quejarse? ¿Con la Policía? Ni verga, ellos no harán nada, solo tomarán tu declaración y no serás más que un loco que se inventó un secuestro exprés.

 

Pasan cinco, diez o veinte minutos, no podés saberlo; llevás los ojos vendados, siguen dando vueltas por las mismas calles sin nombres y que por las noches se vuelven más inhóspitas de lo que comúnmente son de día. De pronto escuchás que el tipo de adelante le dice al taxista que acelere, que no se cabree, que si te cabreás compadre, te jodiste, nos jodemos todos. Luego entendés por qué le dice eso: están pasando por una estación de policía, y sólo varios años después vas a pensar: la cúspide de lo absurdo. Pasar por una estación de policía, con los ojos vendados, y con dos tipos armados que te llevan a quién sabe qué lugar.

 

No tenés precisión del tiempo. ¿Qué me van a hacer?, te preguntás. Debí haberme tirado del carro antes de que el taxista se detuviera, pensás luego.

 

Hartos de tenerte dentro del carro, sin saber qué hacer con vos —no tenías dinero compadre, tampoco celular, ¿qué vamos a hacer con vos? Un plomazo deberíamos meterte por no andar nada. ¡Ajá, hablá, hijueputa! ¿No vas a decir nada?

 

Rogás que no te hagan nada, el ruego no es sólo a ellos, también a todos los santos, a toda la corte celestial. ¿Qué harán? Nicky Jam le da instrucciones al taxista, le dice que doble en la siguiente esquina, luego a la derecha, sin mates, ¿oíste, taxero? Si te me ponés cabreado, te jodo a vos y al hijueputa ese. No hombre, no haré nada, dice el taxista y se queja de que no le ponga el arma tan cerca de la costilla.

 

Entonces advertís lo peor; lo pensás cuando escuchás que tu custodio insiste que es demasiado, que el chavalo se va a cagar del miedo: “dejémoslo por aquí”. El carro comienza a orillarse. Nicky Jam discute con tu custodio. Metámosle el plomazo, y lo tiramos por ahí, loco, dice. Y tu custodio, acaso compadecido de vos, dice que no, que has colaborado. Finalmente Nicky Jam accede, y le instruye al taxista que siga conduciendo.

 

Se detienen en no sabés qué lugar, abren la puerta, te sacan, uno de ellos te guía con el arma y te dan las instrucciones: vas a caminar en sentido contrario, dos cuadras, sin voltear, si volteás sos hombre muerto, ¿me estás escuchando, hijueputa? Y cuando llegués a la esquina doblás a la derecha, sin voltear. ¡Sin voltear, hijueputa! Es más, no vas a caminar, vas a correr, y si volteás te metemos un plomazo.

 

Entonces te quitan la camisa de los ojos, empezás a correr, son dos cuadras, tan solo dos putas cuadras, ya vas a llegar, y recordalo, si volteás te joden, así que corrés más fuerte hasta que llegás a la esquina, doblás a la derecha. Te tocás el pecho y te recostás en un poste de luz. ¿Y ahora qué? Caminás despacio, hacia la otra esquina.  Se te ocurre pedir ayuda, pero estás en un barrio que a leguas se ve peligroso, calles de tierra, casas de cartón y una que otra de ladrillos. ¿Y si vas a pedir ayuda a la de ladrillos? No, mejor a la de cartón. Pero no. A ninguna de las dos, nadie te va a creer, van a pensar, incluso, que sos un maleante: no traés camisa y aparte todavía se te siente la patada a guaro. Te van a mandar al carajo.

 

Entonces decidís regresar, caminar por el mismo camino que corriste en sentido contrario. No te va a ocurrir nada, los maleantes ya se fueron, ya podés buscar el camino seguro de regreso a casa. No te pasará nada, lo peor ya pasó, recordá que estás en la sexta ciudad más segura de América Latina. Sin pensarlo, metés tu mano en uno de los bolsillos del pantalón, y como si de una broma de algún dios pagano se tratara, encontrás dos córdobas con cincuenta centavos. ¿Qué vas a hacer? Eso cuesta subirse a un autobús. Pero a esta hora no hay autobuses, es de madrugada (o quizás no, no podés precisar, no tenés más opción que caminar en medio de la oscuridad). De cuando en cuando escuchás los ladridos de los perros que asoman en la lejanía, quizá vienen de alguna casa, de alguna calle de este barrio —esto lo sabrás después— llamado  “El Reparto Schick”, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad más segura de Centroamérica.

Mario Martz

Nacido en 1988 en León, Nicaragua, es autor del poemario Viaje al reino de los tristes (Managua: Centro Nicaragüense de Escritores, 2010) y la colección de relatos Los jóvenes no pueden volver a casa (Managua: anamá, 2017), así como coguionista de los cortos experimentales Vano urbano (2014) y De donde fue el infierno (2012). Las antologías Queremos tanto a Claribel (España: Valparaíso, 2014); Instantáneas de la poesía centroamericana (México: Literal, 2013) y Los 2000, autores nicaragüenses del nuevo milenio (Managua: Leteo ediciones, 2012) recogen muestras de su trabajo, que también puede encontrarse en las revistas Carátula, NotiCultura, El Hilo Azul, Rara, Cuadrivio, entre otras. Actualmente reside en la frontera mexicano-estadounidense (El Paso-Ciudad Juárez), donde estudia la maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas en El Paso y coedita la revista Río Grande Review.