Lo que no hemos dicho de nuestra madre

Una reseña sobre la novela Amado monstruo  (Anagrama, 1985) de Javier Tomeo.
Francis Bacon: "Autorretratos"
Amado Monstruo, de Javier Tomeo
 
Javier Tomeo, escritor aragonés (1932 - 2013) es autor de más de una veintena de obras. Pero más allá de inmiscuirme, de manera atrevida y absurda en su vida personal, me ocuparé en estas líneas de acercarme un poco a uno de sus libros, Amado monstruo. Es necesario darles una advertencia a los lectores antes de iniciar la lectura de esta novela, no es apta para aquellos de corazones sensibles. Y es que Tomeo exorciza, de manera auténtica la realidad y la vida, no solo del lector, sino de toda la sociedad contemporánea. Si alguien aún mantiene las creencias sobre los valores éticos, morales o de cualquier índole, Tomeo se los arrancará y pateará sin misericordia alguna en cada línea. Pues todos, de una u otra manera hemos sufrido por amar a un monstruo. Quien no lo ha hecho, que lance la primera piedra.

La historia es sencilla, dos vertientes que desembocan en un mismo denominador común. Por un lado está Juan, personaje central de la trama novelística, quien al llegar a los albores de sus 30 años, toma la fatal decisión de trabajar como guarda de seguridad en un banco. Esta determinación funciona como detonante en la relación  que este ha mantenido toda su vida con su madre, pues su pequeño jamás ha trabajado en la vida. Esta, preocupada por la idea “absurda” que se le ha metido en la cabeza a su hijo único, recurre a una serie de estratagemas para evitar, al precio que sea, que este consiga materializar sus sueños.

Krugger, por otro lado, muestra la otra cara de la moneda. Este construye su vida a partir de la memoria. De manera muy acertada Borges nos dice que “solo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos”. Sobre esta idea precisamente versa el desarrollo de la cotidianidad de Krugger,  es lo que le permite sentirse vivo, en permanente búsqueda del recuerdo. El punto en común, por ende, en el que convergen las tortuosas vidas de ambos personajes es la madre. Mientras una aprisiona a través de la demagogia, la otra lo hace mediante la reminiscencia.

¿Cómo conocemos las vicisitudes que estos hombres padecen?

Tras un escritorio, Krugger, Director de del Departamento de Personal, se encarga de entrevistar a los aspirantes a trabajar en  banco en que labora. La entrevista es solo el pretexto que este emplea para conocer los espacios de la mente más custodiados por los candidatos a puestos de trabajo en la institución. Es una especie de examen sicológico en el que exorciza no solo la miseria que carga el hombre, sino también para exorcizar sus mismos miedos. El nuevo aspirante lleva por nombre Juan. Durante largas horas se establece un juego de palabras, cargadas con una ironía sutil y hasta envidiable, miradas, gestos e incluso hasta silencios. Todo esto con una sola finalidad, la necesidad por develar los miedos, ansiedades y demás estados sicológicos que ambos comparten. Así, como un feligrés se confiesa ante el sacerdote para expiar los pecados más aborrecibles con los que carga, en busca del perdón, Juan se presenta ante Krugger. Sin embargo, en el desarrollo de las confesiones ambos son sacerdotes y a la vez los pecadores.
 

Edgar Rivera

Edgar Rivera (Managua, 1989), docente de Semiótica del Arte y la Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Textos suyos han sido publicados por la Revista de Lengua y Literatura del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de la UNAN, Managua.