Instantáneas

En 1970, Joe Brainard publicó Me acuerdo un libro que se mueve entre el aforismo, fragmentos de memorias e imágenes cotidianas. Cada párrafo de este exquisito libro inicia con "me acuerdo" y en cada partícula se nos revela lo luminoso que puede a veces ser la vida. En 1978, George Perec homenajeó a Brainard con Je me souviens. Al leer ambos libros nos sentimos tentados de escribir nuestros propios me acuerdos a partir de nuestras experiencias y es lo que hace Víctor Ruiz en el siguiente texto.

Fotografìa de Víctor Ruiz

Me acuerdo de mi padre a finales de los 80, cargaba una bolsa llena de billetes, creí que éramos ricos.

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Me acuerdo del primer Córdoba oro en los 90. Con él pude comprar helados, polvorones y aún me sobró para algunas chibolas.

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Me acuerdo que los momentos más divertidos en la escuela eran cuando había simulacros de invasión gringa y nos llevaban a las trincheras.

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Me acuerdo que de niños jugábamos a apostar con billetes hechos de cajetillas de cigarros, habían muchas marcas y las más extravagantes valían mucho. Un casino valía 1. Un Windsor 5. Un Belmont 10. Pero un Camel alcanzaba la impresionante suma de 100. Yo siempre fui malo para el juego, por eso, durante una navidad vendí todos mis autos de metal por cajetillas de cigarro, nunca me sentí tan dichoso en mi infancia. Aún recuerdo la cara de mi madre cuando le dije que era rico. Al día siguiente me obligó a ir casa por casa a recuperar los juguetes, así terminó mi espíritu emprendedor.

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Me acuerdo de las batallas campales con bolsas llenas de agua, algunos mezclábamos el agua con orina.

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Me acuerdo de una época en mi vida que fui tartamudo, entre los 5 y 7 años; vaya poética del destino: en la foto de mi graduación preescolar me acompaña el cerdito Porky.

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Me acuerdo que de pequeño soñaba con caramelos que escondía para que mis hermanos no me los robaran. Al despertar corría a buscarlos. De grande me pasa lo mismo pero con libros.

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Me acuerdo de que en mi trabajo de empacador en un supermercado estaba prohibido leer, no me importaba, lo hacía cuando no había clientes y la supervisora no me observaba, varias veces me atrapó, fueron las lecturas más apasionantes de mi vida.

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Me acuerdo que fue trabajando como empacador que conocí la canción To love somebody de los Bee Gees.

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Me acuerdo de una vez que me invitaron a una discoteca, no me explicaron que tenía que vestirme a la "moda", algo muy lejano a la forma en la que me vestía y me visto. Me batearon por hippie, pero mis compañeros se solidarizaron conmigo y nos fuimos a un bar donde me embriagué por primera vez hasta perder la conciencia; al día siguiente amanecí en un barrio que queda a las orillas del lago de Managua (Acahualinca); lo recuerdo muy bien por el olor a frijoles fritos que casi me hace vomitar, desde entonces, en las resacas, no soporto el olor a comida.

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Me acuerdo de la muchacha de la que me enamoré perdidamente en la secundaria: era alta, pálida, ojerosa, tenía el pelo más negro que he visto en mi vida y una risa que aún recuerdo con cierta ternura y nostalgia.

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Me acuerdo de una muchacha que conocí en el mar y con la que conversé hasta el amanecer, compartimos teléfonos pero nunca nos llamamos.

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Me acuerdo de los bolis, con una chupada quedaban sin sabor pero no dejaba de comprarlos.

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Me acuerdo de los zapatos “chinos”. No me acuerdo si todos los niños los usábamos porque éramos pobres o porque amábamos las películas de Bruce Lee y esos zapatos que él también usaba nos hacían sentir como expertos guerreros del karate. Creo que ambas.

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Me acuerdo que una vez pedí dinero por cuidar autos en el estacionamiento de un supermercado. Fue un día de excursión en la escuela donde estudiaba mi preescolar. Nos habían llevado al parque. Me aburrí y decidí regresarme por mi cuenta. Para volver a la escuela tenía que pasar obligatoriamente por el supermercado, ahí observé que unos niños pedían monedas cada vez que las personas se acercaban a sus carros. Los imité. En vez de dinero me regalaron caramelos. Al llegar al salón estaba cerrado con candado. No quise esperar a la maestra, así que me fui a casa. Cuando llegué, mi madre me preguntó por mi mochila, que en realidad era una bolsa que ella hacía porque mochilas no habían en el mercado y tampoco dinero para comprarla. No supe responder. Entonces me tomó de la mano y volvimos al colegio. No recuerdo el castigo, pero sí a mi madre regañando airadamente a la maestra.

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Me acuerdo de las visitas de mi abuela a quien le decíamos tía porque se consideraba demasiado joven para ser abuela, por las noches cubría con sábanas los espejos porque decía eran portales por donde entraban o salían los demonios. Aún veo con recelo los espejos por las noches.

Víctor Ruiz

Víctor Ruiz. Poeta, fotógrafo, crítico literario y docente universitario, autor de los poemarios La vigilia perpetua (2008) y La carne oscura de lo incierto (2017). Su poesía ha sido incluida en las antologías Cruce de poesía, Salvador-Nicaragua (2006), Novísimos, poetas nicaragüenses del tercer milenio (2006) y Poetas, pequeños Dioses (Leteo, 2006). Ha brindado talleres de creación poética.  Miembro del Comité de Redacción de la Revista Poéticas. Colaborador de la revista de literatura el Hilo Azul, Revista de Lengua y Literatura del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias y Carátula. Jefe de redacción de la revista Alastor.

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