Cinco poemas de Ted Hughes

Presentamos cinco poemas de Ted Hughes, traducidos por el poeta nicaragüense Alain Pallais. 
Sylvia Plath y Ted Hughes, 1960
Luna llena y la pequeña Frieda
 
Una tarde fresca se redujo al ladrido del perro y al ruido metálico de un balde -
Y tú, muy atenta.
Una tela de araña, tensa para el tacto del rocío.
El balde ya alzado, quieto y repleto - Espejo
que tienta una estrella temprana a temblar.
 
Las vacas se van a casa por aquel sendero, enrollando setos
con las cálida espirales de su respiración -
Un oscuro río de sangre, montones de peñascos,
hacen equilibrio sin derramar la leche.
'¡Luna!' gritas de repente, 'Luna! ¡Luna!'
 
La luna da un paso hacia atrás
como cuando un artista maravillado contempla una obra
y esta lo señala con asombro.

Los perros devoran a tu madre
 
Eso no es su madre, es solo su cuerpo.
Se arrojó desde nuestra ventana
y allí cayó. Esos perros que la desgarran
no son perros. ¿Recuerdas aquel esbelto sabueso
corriendo por el sendero, llevando colgados en carne viva
y muy en alto los pulmones y la tráquea
de un zorro? Pues ahora verás quiénes
se pondrán en cuatro patas al final de la calle
y vendrán a divertirse con tu madre,
tirando sus restos, con sus labios
levantados como los labios de un perro
en nuevas posturas. Protégela
y te destrozarán
tal fueras una parte más de ella.
Te hallarán en cada uno de sus bocados
tan suculenta como a ella. Es demasiado tarde
para salvar lo que tu madre fue.
La sepulté en el mismo sitio donde cayó.
Jugabas alrededor de su tumba. Colocábamos
conchas marinas y guijarros veteados
que trajimos de Appledore
como lo haría ella. Pero una especie
de hiena llegó gimiendo a barlovento.
La desenterraron. Ahora se aferran
a la cornucopia
de su cuerpo. Incluso
arrancan a mordiscos la faz de su lápida,
engullen los adornos de su tumba,
se tragan la tierra. Así que déjala.
Que sea ella su botín. Ve a introducir
tu cabeza en los ríos nevados
en la Cordillera de Brooks. Cubre
tus ojos con los dolorosos remolinos
de las planicies de Nullarbor. Déjales
menear los muñones de sus colas, que se ericen y vomiten
durante sus simposios.
Mejor imagínatela
extendida en las alturas con pulcro cuidado
para que los buitres
la devuelvan al sol. Imagina
esos hocicos rompehuesos,
esos hocicos laborando para el escarabajo
que la llevará rodando de vuelta al sol.




Pensamiento-Zorro
 
Imagino el bosque en este instante de media noche:
Además de un solitario reloj
y esta página vacía que mis dedos recorren
algo vivo anda rondando.
 
No hay estrella tras la ventana:
Algo muy cercano
pero también muy adentro en lo oscuro
ahora ingresa en la soledad:
 
Frío, como nieve oscura,
el hocico de un zorro roza una ramita, una hoja;
dos ojos dirigen el avance que ahora
y otra vez ahora, ahora, y ahora
 
va dejando impecables huellas en la nieve
entre los árboles, una lisiada sombra
se rezaga con cautela junto al tocón
y en la oquedad de un cuerpo que se atreve
 
a cruzar los claros del bosque, un atisbo,
un profundo verdor ensanchándose,
brillante, enfocado,
viene a lo suyo
 
hasta internarse, con un repentino y penetrante hedor de zorro,
en el oscuro agujero de la cabeza.
Tras la ventana aun no hay estrellas, el tictac del reloj.
Se imprime la página.


Aullido de lobos

Es algo sin mundo
¿Qué es eso que arrastran y estiran con sus largas traíllas de sonidos
disipándose en el silencio del aire?
 
Luego el llanto de un niño, en este bosque de famélicos silencios,
atrae a lobos en carrera
la nota de una viola, en este bosque tan sensible como el oído de un búho,
trae a lobos en carrera- a esos agresivos cepos babeándose,
acero revestido con piel para evitar que el frío lo fracture,
ojos que ignoran cómo han llegado
a tener que vivir esta vida,
 
esa que deben vivir
 
la inocencia reptaba entre minerales.
Una ráfaga de viento, el encorvado lobo tirita.
Ahora aúlla, nadie sabe si de agonía o de pleno gozo.
 
La tierra yace bajo su lengua,
es un peso muerto de oscuridad intentando ver a través de sus ojos.
El lobo vive de la tierra.
Pero es un lobo diminuto, de poco entender.
 
Va de aquí para allá arrastrando sus patas traseras, gimiendo trágicamente.
 
Tiene una piel que alimentar.
 
Está nevando estrellas esta noche y la tierra cruje.



El azor se posa

Me poso en la cúspide del bosque, mis ojos cerrados.
Quietud, no existen falsas ilusiones
entre mi encorvada cabeza y mis patas arqueadas:
pues en mis sueños ensayo mi forma perfecta de cazar y de hartarme:
¡Qué conveniente son estos altos árboles!
el boyante aire y el rayo solar
son mi ventaja;
el rostro de la tierra se alza para mi inspección.
Mis garras se aferran a la áspera corteza del árbol.
Tardó toda una Creación
elaborar mis patas, cada pluma:
ahora sujeto a la Creación con mis garras

asciendo en vuelo y lentamente revuelvo todo-
cazo donde me place porque todo esto me pertenece.
Mi cuerpo no es nada sofisticado:
arrancar cabezas son mis modales–
repartir la muerte.
Pues el trayecto único de mi vuelo es directo
a través de los huesos de quienes viven.
Ningún juicio defiende mi razón:
llevo el sol en mi espalda.
Nada ha variado desde que empecé.
Mi mirada no ha permitido cambio alguno.
Dejaré las cosas tal como están.



 
Full Moon and Little Frieda

A cool small evening shrunk to a dog bark and the clank of a bucket -
And you listening.
A spider's web, tense for the dew's touch.
A pail lifted, still and brimming - mirror
To tempt a first star to a tremor.

Cows are going home in the lane there, looping the hedges with their warm
wreaths of breath -
A dark river of blood, many boulders,
Balancing unspilled milk.
'Moon!' you cry suddenly, 'Moon!  Moon!'

The moon has stepped back like an artist gazing amazed at a work
That points at him amazed.

The Dogs Are Eating Your Mother

That is not your mother but her body.
She leaped from our window
And fell there. Those are not dogs
That seem to be dogs
Pulling at her. Remember the lean hound
Running up the lane holding high
The dangling raw windpipe and lungs
Of a fox? Now see who
Will drop on all fours at the end of the street
And come romping towards your mother,
Pulling her remains, with their lips
Lifted like a dog’s lips
Into new positions. Protect her
And they will tear you down
As if you were more her.
They will find you every bit
As succulent as she is. Too late
To salvage what she was.
I buried her where she fell.
You played around the grave. We arranged
Sea-shells and big veined pebbles
Carried from Appledore
As if we were herself. But a kind
Of hyena came aching upwind.
They dug her out. Now they batten
On the cornucopia
Of her body. Even
Bite the face off her gravestone,
Gulp down the grave ornaments,
Swallow the soil.
So leave her.
Let her be their spoils. Go wrap
Your head in the snowy rivers
Of the Brooks Range. Cover
Your eyes with the writhing airs
Off Nullarbor Plains. Let them
Jerk their tail stumps, bristle and vomit
Over their symposia.
Think her better
Spread with holy care on a high grid
For vultures
To take back to the sun. Imagine
These bone-crushing mouths the mouths
That labor for the beetle
Who will roll her back into the sun.


The Thought-Fox

I imagine this midnight moment's forest:
Something else is alive
Beside the clock's loneliness
And this blank page where my fingers move.

Through the window I see no star:
Something more near
though deeper within darkness
Is entering the loneliness:

Cold, delicately as the dark snow
A fox's nose touches twig, leaf;
Two eyes serve a movement, that now
And again now, and now, and now

Sets neat prints into the snow
Between trees, and warily a lame
Shadow lags by stump and in hollow
Of a body that is bold to come

Across clearings, an eye,
A widening deepening greenness,
Brilliantly, concentratedly,
Coming about its own business

Till, with a sudden sharp hot stink of fox,
It enters the dark hole of the head.
The window is starless still; the clock ticks,
The page is printed.


The Howling of Wolves

Is without world.

What are they dragging up and out on their long leashes of sound

That dissolve in the mid-air silence?

Then crying of a baby, in this forest of starving silences,
Brings the wolves running.
Tuning of a violin, in this forest delicate as an owl’s ear,
Brings the wolves running—brings the steel traps clashing and slavering,
The steel furred to keep it from cracking in the cold,
The eyes that never learn how it has come about
That they must live like this,

That they must live

Innocence crept into minerals.

The wind sweeps through and the hunched wolf shivers.
It howls you cannot say whether out of agony or joy.

The earth is under its tongue,
A dead weight of darkness, trying to see through its eyes.
The wolf is living for the earth.
But the wolf is small, it comprehends little.

It goes to and fro, trailing its haunches and whimpering horribly.

It must feed its fur.

The night snows stars and the earth creaks.


Hawk Roosting

I sit in the top of the wood, my eyes closed.
Inaction, no falsifying dream
Between my hooked head and hooked feet:
Or in sleep rehearse perfect kills and eat.

The convenience of the high trees!
The air's buoyancy and the sun's ray
Are of advantage to me;
And the earth's face upward for my inspection.

My feet are locked upon the rough bark.
It took the whole of Creation
To produce my foot, my each feather:
Now I hold Creation in my foot

Or fly up, and revolve it all slowly -
I kill where I please because it is all mine.
There is no sophistry in my body:
My manners are tearing off heads -

The allotment of death.
For the one path of my flight is direct
Through the bones of the living.
No arguments assert my right:

The sun is behind me.
Nothing has changed since I began.
My eye has permitted no change.
I am going to keep things like this.









 

Traductor: Alain Pallais

Alain Pallais (Managua,1975), poeta, traductor, ilustrador y soldado. Estudió arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería de Nicaragua y diseño gráfico en Los Angeles City College, California. Como soldado ha adquirido diversas preparaciones técnicas y militares. En el 2004 estuvo movilizado con el US Army en Irak donde dedicó parte de su tiempo libre a escribir poesía. Sus traducciones, poesía y gráficos han sido publicados en Álastor, Círculo de Poesía, Des Honoris Causa, Revista Hispanoamericana, La Prensa Literaria, Nicas en el Exterior. Actualmente reside en California donde alterna la literatura con su trabajo técnico en el Departamento de Defensa.

Autor: Ted Hughes

Ted Hughes (Reino Unido, 1930 –  1998), entre sus obras sobresalen The Hawk in the Rain (1957), Lupercal (1960), Crow (1970), Selected Poems 1957-1981 (1982), and The Birthday Letters (1998), libros más que suficientes para ser considerado el poeta más importante de su generación. Hughes, fue víctima de acusaciones y ataques que no lo dejaron gozar su vida como debía. En numerosas ocasiones sus lecturas fueron interrumpidas por gritos acusadores: “¡Asesino!”, sus manuscritos destruidos y robados, su casa asaltada e incendiada, su trabajo literario marginado. ¿Hasta dónde deben los lectores involucrarse con la vida privada de los escritores? A pesar de todos estos infortunios Ted logró triunfar en la poesía, el teatro, la narrativa infantil, el ensayo; obtuvo premios y reconocimientos durante cuatro diferentes décadas; en el 2008 la revista The Times clasificó a Hughes como cuarto en su lista de "Los 50 mejores escritores británicos desde 1945". Pero no son estos reconocimientos lo que le dan el verdadero valor a su trabajo, en realidad es su trabajo literario en sí. Por tanto debemos leerlo obviando ese índice que señala acusativamente y apunta a la discriminación, al prejuicio, a la imagen ofrecida por una historia malintencionada.