Tradición y delirio: una conversación con Álvaro Enrigue

En este ocasión Yader Velásquez conversa con Álvaro Enrigue, ensayista y novelista méxicano, ganador del Herralde 2013 con Muerte Súbita.

Crédito: Antonio Nava / Secretaría de Cúltura de la Ciudad de México. Creative Commons.

Gordura y cursilería

La primera vez que supe de Álvaro Enrigue fue gracias a un video de youtube. Había viajado a Chile y leía una conferencia sobre Rubén Darío frente a un grupo de señores —entre ellos Raúl Zurita— en el marco de la Cátedra Roberto Bolaño. Tres cosas me llamaron la atención de su lectura: el reconocimiento de la cursilería del poeta —una idea ya enunciada por Paz en Cuadrivio, para alejar a Álvaro de cualquier malentendido nacionalista—, la referencia a su gordura, y el entusiasmo y sentido del humor con los que abordaba el análisis de los poemas. En esa operación, en el tratamiento ligero y al mismo tiempo inteligente, sin la solemnidad de los folklorismos locales a los cuales estoy acostumbrado en mi calidad de lector nicaragüense, la poesía de Darío se me reveló con una vitalidad y virtuosismo nuevos. Le cuento entonces sobre las diferentes formas del mito, la representación del poeta como símbolo nacional —ni asomo de su gordura por ningún lado, obviamente—, los certámenes de la Musa Dariana promovidos todos los años por el gobierno, la memorización obligatoria de sus textos, etc.

El concurso de las canéforas le hubiera encantado a Darío —dice Enrigue al otro lado de la videollamada, vía Zoom, que conecta Managua - New York—, la señorita Nicaragua Dariana. Yo entendí la grandeza de Darío —sigue— a través de José Emilio Pacheco y de Jorge Aguilar Mora. Y bueno, José Emilio era la diversión, la levedad. En su clase hablaba de la gordura de Lezama, de Darío. De cómo tuvieron que bajar el cadáver de Lezama por la ventana porque no cabía por la puerta. También es la herencia de algunos escritores mayores que tenían un acercamiento más informal a las grandes figuras de la escritura latinoamericana, una manera no filológica de abordar la escritura que implicaba ver humanamente a los autores.

A mi lo que me interesa de Darío son por supuesto los poemas —continúa Enrigue— y mi postura no ha cambiado un ápice desde que escribí ese libro —habla de Valiente clase media, una colección de ensayos dedicados a la relación de los escritores con el dinero y sus efectos en la escritura—. Darío me sigue pareciendo que está ahí arriba con Góngora, y ya, solito —dice—, en un olimpo. Luego, ya colgados de la capa, están por supuesto Sor Juana, Quevedo, Neruda, Vallejo, todo el cuerpo poético latinoamericano o hispano. Pero Darío me parece un poeta mayorsísimo, un superhéroe. Lo que hizo es sobrehumano. Hay versos que todavía hoy no podemos entender por qué funcionan, que han sido estudiados durante años por filólogos, por fonólogos. Versos que se leen en distintos acentos para ver si encontramos cómo es que logró dar medida de alejandrino a algo que parecería no tenerla. Hay que deshacerse de la noción de cursilería para leerlo porque sí era de una dulzura insoportable. Pero más allá de eso, formalmente, es insoportablemente bueno. Es realmente un poeta extraordinario, de una densidad única.

Enrigue, que desde hace varios años trabaja como profesor en una universidad del oeste de los Estados Unidos, me habla de la libertad que le proporcionan los géneros periodísticos para abordar estos tipos de temas. Refiere entonces a Suetonio y Las vidas de los doce césares —cuyo título me veo obligado a buscar en google—, una obra del siglo II en la que se reconstruye la vida de Julio César a través de los graffitis encontrados en los baños romanos doscientos años después de la muerte del dictador. Es el único registro documental vivo que tiene Suetonio —dice Enrigue— a partir de ahí entra a la figura del César y hace un perfil extraordinario.

Por supuesto que lo que me interesa de Gutierrez Nájera y Darío, y toda esa generación formidable, es la revuelta formal que organizaron —continúa— pero a diferencia de mis compañeros académicos no me da vergüenza usar géneros periodísticos. Creo que no es lo mismo pensar en Darío escribiendo el poema que te guste, que pensar en Darío escribiendo ese mismo poema sin dientes al final de su vida. ¿Por qué no entrar a la figura de Darío a través del problema de la gordura o el problema de la pobreza? Su eterna batalla por la calidad de vida, por tener un poco de paz, esa sensación que es muy fácil de entender para mí que debo pensar todos los meses en cómo voy a pagar el coche. 

 

Un teoría de la novela

Estas mismas operaciones presentes en los ensayos de Valiente clase media son llevadas al terreno de la ficción en algunas de sus novelas. El rigor de la investigación, la levedad y la irreverencia se combinan para dar como resultado obras en las que el ensayo y los personajes históricos son vistos desde otros ángulos. Sus libros cuentan entonces la crónica de un partido de tenis entre Quevedo y Caravaggio (Muerte súbita, premio Herralde 2013) o los exabruptos de un San Pablo fanático y epiléptico en plena Jerusalén del siglo I (Vidas perpendiculares, Anagrama, 2008).

Acabo de terminar una novela en la que sale Montezuma hasta el huevo de hongos todo el tiempo —dice Enrigue, que por alguna razón vuelve al tema de los psicotrópicos prehispánicos después de haberlo tratado también en Muerte Súbita—. Hay una tensión en mi formación de escritor entre dos figurones de la literatura mexicana. Por un lado está Carlos Fuentes, que es la solemnidad, la toxicidad masculina. Pero por el otro está su maravilloso adverso, Jorge Ibargüengoitia, que no le tenía ningún miedo a meterse con los grandes temas de la patria, no para despedazarlos, sino para traerlos a tierra. Yo leí Los pasos de Lopez de Ibargüengoitia en un momento clave de mi formación. Me acuerdo que me deslumbró esta idea de ver a los próceres en tierra. Otra vez pensando que yo crecí con la solemnidad mexicana, la solemnidad del PRI en la que todo era monumental, todo era de oro.

La conversación de pronto cambia de tono y arroja una serie de ideas sobre la literatura. Para Enrigue la escritura es un método de conocimiento capaz de generar hipótesis sobre la realidad. ¿Por qué carajos perdieron los Aztecas?, se pregunta para sí mismo, a modo de ejemplo. 

Yo creo que es perfectamente válido rascarse la cabeza como autor —dice—. Sí tengo una preocupación formal por producir una escritura literaria que esté anclada en el archivo y que proponga una lectura de la historia que los historiadores no pueden responder, aunque se mueran de ganas, porque tienen que responder a pruebas matemáticas y sistemas de comprobación científicas. Me parece que lo que hace una novela, de Cervantes en adelante, es proponer una hipótesis y demostrarla, no mediante las herramientas del método científico sino mediante las herramientas de la tradición renacentistas que aún eran caras para Cervantes: las herramientas del humanismo clásico, en las que está sobre todo el archivo.

En Muerte Súbita, por ejemplo, Enrigue narra una serie de episodios sobre el barroco europeo y americano: la fabricación de una pelota de tenis con los pelos de Ana Bolena, conspiraciones papales, mitras de filigrana luminosa tejidas por indígenas michoacanos —hasta el huevo de hongos, para variar—, todo perfectamente documentado a modo de investigación histórica.

Ese parentesco entre el ensayo y la novela —continúa—, que sí está en mis libros, que sí es intencional, lo único que quiere es expandir las posibilidades propositivas de un pensamiento teórico a través de la ficción. Tratar de entender las cosas. Yo creo que una novela no es nomás un cuento. Creo que una novela cuando es buena —y es otra vez la lección de Cervantes— propone una serie de teorías sobre la realidad, sobre cómo funciona el mundo, y lo hace utilizando las herramientas de la tradición renacentista. Es curioso que todavía exista como instrumento de análisis. Es un app del siglo XVII que sigue funcionando. Es raro.

 

Puntos de fuga

Así, las novelas de Enrigue no tienen ningún problema en abordar los grandes periodos de la historia: la conquista, la reforma, la revolución mexicana, etc. Pero no me parecen eso que llaman novela histórica —le digo—, siempre hay como un punto de fuga hacia el presente. Quizás sea mi impresión por el lenguaje, quizás tiene que ver con que Quevedo hable como chilango.

En la nueva novela el chamán que le lleva hongos a Montezuma habla como un dealer chilango —dice Enrigue, e imita los gestos de un dealer chilango—. Mi preocupación es el presente —continúa— pero me aburriría muchísimo escribir sobre el mundo contemporáneo porque todos lo conocen, no está este juego de generar un mundo en la mente de otra persona, que alguien pueda ver como era el desierto de Arizona a mediados del siglo XIX, gracias al labrado lentísimo de frases que un autor hace. Ese es un privilegio al que me cuesta mucho renunciar. Pero mi preocupación no es la recreación de la historia, sino el presente. Creo que todos mis libros están apuntados hacia la contemporaneidad y que hacen la crítica del momento. La última que publiqué (Ahora me rindo y eso es todo, Anagrama, 2018) es la novela de un mexicano que vive en la época de Trump aunque suceda durante la guerra apache del siglo XIX. Es un libro sobre borrar identidades, sobre preocupaciones muy actuales que teníamos en la academia hace diez años y que ahora tiene twitter. Vidas perpendiculares es una novela sobre el conflicto del padre, sobre un país que se quedó sin PRI. Las preocupaciones con las que están escritas son completamente actuales. Ruego a los dioses de lo literario que cuando pasen, las novelas puedan sobrevivir.

Es claro que para Enrigue es muy difícil que un autor pueda sustraerse de su propio tiempo. Observamos entonces una conciencia política de la escritura y una reivindicación de los privilegios de la imaginación. Yo no quiero escribir novelas —dice— sobre un señor de 52 años que nació en Guadalajara, creció en Ciudad de México, vive en Harlem y tiene cuatro gatos. Pinche novela tan aburrida como mi vida. Creo que hay que defender a muerte el derecho a estar en el lugar del otro y a inventar la voz de otros.

Álvaro hace una pausa y enciende otro cigarro. Se rasca la cabeza, reflexiona, y luego continúa: a mi lo que me gusta es leer —dice—, me divierto mucho escribiendo pero a mi lo que de verdad me gusta es leer. No sé si lo hago de verdad. Soy un lector desorganizado y he leído muchísimo menos de lo que debería. Aún así la única cosa permanente que ha habido en mi vida ha sido la lectura. Leo muchas horas todos los días, y pues, es obvio que eso está en los libros que escribo.

 

Tradición y delirio

En la narrativa de Enrigue es posible reconocer dos movimientos: la búsqueda de una forma, un tono o un registro más o menos contemporáneo —la estructura de Vidas perpendiculares como una novela que se deshila en varios cuentos que incluyen a un Saulo de Tarso con olor a cabra y a un cazamonje napolitano, por ejemplo— y una concepción de la literatura enmarcada en la tradición, en el reconocimiento y el diálogo con los clásicos. Le digo que ese choque me interesa, que me ayuda a recordar que los clásicos también están llenos de historias delirantes.

Los cazamonjes existían, es un archivo histórico —dice—, era un trabajo. Yo me voy a la universidad a dar clases, estos weyes salían a cazar monjes. Ese mundo delirante está ahí. En la historia de Saulo hay un personaje robado: un legionario romano que flagela a Cristo y tiene unas depresiones tremendas. Es un personaje de Mijaíl Bulgákov, de El maestro y Margarita. Los libros se comunican entre sí, funcionan como infecciones.

Uno de sus gatos se acerca a la cámara y Enrigue aprovecha para acariciarlo. El ruido de la ciudad se cuela a veces por la ventana.

Pero hay otro tema ahí —continúa—, yo creo que la tradición sí existe. Creo que es una postura legítima que como poeta o escritor el mundo empiece con tu vida. Me parece perfectamente legítimo, celebrable y hasta envidiable. Pero yo tengo la impresión de que ando cargando un bulto muy denso que se llama la tradición mexicana. Existe esta cosa desde el periodo colonial, y que se expresa cuando finalmente existe una clase social educada que puede articular ideas en lenguaje europeo y dialogar de tú a tú con la tradición barroca española, la tradición de Sor Juana, de Sigüenza y Góngora, y demás. Esa idea ya está ahí, clarísima. La noción de que este territorio que ocupamos tiene un pasado clásico tan respetable como el europeo. Eso se ha traducido en esta pasión por los clásicos que está en toda la escritura mexicana. Solamente le rascas un poquito y bota a Alfonso Reyes. Y creo que es un peso que importa. Está en autores importantes, rebeldes y amantes del delirio como Ibargüengoitia. Conocer a los clásicos o quererlos conocer o posar de conocerlos si tu quieres, pero está en la tradición.

Álvaro aleja la mirada de la pantalla y piensa. Atrás se observa una pared llena de libros y algunas plantas, una habitación limpia y bien iluminada como diría cierto escritor gringo. Entonces habla sobre el filtro del tiempo. Sobre regresar constantemente a Virgilio, a San Pablo, a San Agustín. A mi me parece que las reglas del juego están establecidas ahí —dice—, es el tipo de escritor que decidí ser. 

El gato salta a los sillones y Enrigue apaga su cigarro. Lo que sigue después es una conversación sobre dictadores y ciudades. Pero ese es otro texto.