Selección de «Este que habla» (1962-1964)

A medio siglo de distancia, conviene ver qué ha hecho el tiempo con esta poesía.

«Panóptico e geometría». Foto de Víctor Ruiz.

Mi sangre

 
Este que habla
que soy yo
que aúlla
que da un alarido
que se mira la cara en un charco
que es semejante a una tempestad o una nube
que es encorvado, torcido,
que chorrea sangre por dentro
como el adorable líquido de un muerto,
que sonríe porque sueña conocerse algún día
para saber quién es,
para saber si vive bajo o debajo,
para saber si una ciudad es tierna, fresca,
si tiene algo vestido
en su forma de hoyo encerrado de miedo,
donde el hombre es mejor que la muerte,
donde la luz se termina una vez y otra
como el horrible deseo de vivir,
de saber si yo sueño o vivo
si tú sueñas o vives
como yo sueño
que eres cuando sueñas,
o si te alegras como yo cuando soy un animal rejuvenecido
que quiere gustar y amar su deseo
saltando sobre sitio de mármol, lana o harapos,
o si te mueres como nunca he querido morirme
cuando muero y me transformo
creyendo no morirme ni transformarme.
Pero al fin,
queriéndolo o no queriéndolo,
yo llego a ser siempre:
yo que ahora cierro mi amargo círculo de miedo,
yo que no soy inmortal,
yo, que me llamo Iván,
me llevo hacia abajo,
hacia el precio de mis maniobras,
donde mi puño de carne no muere como el otoño,
como el invierno,
como el verano,
como el ruido de El Bien y El Mal.
 
 

Lázaro

 
Los perros se acercan y me lamen
me besan la boca
y yo los quiero porque me incitan,
porque somos la misma sustancia humana
y no blanca loza,
ni tiestos de plata,
ni mierda ni seda.
Yo los quiero
fieramente sentados
echados sobre mí con su osamenta convexa,
mudando de alma uno tras otro
como un desfile de niños
 a los que yo, sentado
para siempre, espero aquí.
 
 

Retrato de un hombre muerto

 
Desterrados fuera de nuestro cuerpo
como piedras melladas después de la batalla
como carne descompuesta en un solo de cigarra
como santas mujeres desnudas en la frente
como cabellos rotos en una tormenta de cristales
como telones rajados a la fuerza
como calzones ajustados para concluir un cuento
como zapatos remojados en aguas minerales
como tapices
como dioses ahogados en amianto
como papeles vomitados
como circo salido de una cloaca
como  legendarios molinos de dientes
como condecoraciones repartidas en una compra de avestruces
como hombre y mujer y como mujer y hombre
como girasoles dando vueltas alrededor del cuerpo
de Van Gogh
como águilas en las bodas de Jesucristo
como demonios con los labios de un perro moribundo
como payasos con la Lámpara de Aladino
como aullidos de un féretro
como petates con una credencial del hambre
como despojos o puestos a los despojos
como colillas de sangre
como huéspedes muertos por fin en medio de un bombardeo
como nervios encendidos sobre la hierba
como la espuma de un lagarto que murió por una
referencia cabalística
en la imaginación de un mártir
Como las Buenas Noches de este retrato de un hombre muerto.
 
 

Poeta sobre una piedra

 
Ayer escribí un poema
para mí,
donde era el príncipe,
el bien amado,
el chico bien;
un poema donde estaba yo
solito
fumando un cigarrillo
y cantando una canción.
 
 

Amor pecho de pájaro

 
Amor pecho de pájaro
con un pequeño sombrero de palma
con una sonrisa de niño,
todo vestido de negro
en medio de lo malo y lo bueno.
Amor mío y del mundo
amargo camarada que ahora me subes tembloroso a los ojos,
amor negocio sucio que vuela dulcemente
que grita al caerse,
al golpear su seno de niño tristemente burlado.
Amor gastado a cada Km.
en las rutas de afuera y en las rutas de adentro,
amor crucificado por la verdad y la mentira,
amor que es cosa formulada y recetada,
muchedumbre, estafa, magulladura,
Amor que en cada esquina
Pst…Pst…Pst…
 
se enloquece como un canario al salir de la jaula.
Yo te llevo como un niñito
que un día decidió hacerse hombre,
que un día decidió ser todos los días.
Amor que siempre me llevas la delantera
y corres por las ciudades de todos los mundos.
 
 

Los ojos de los Amantes

 
Pienso, amor, que alguien acecha los tejados
ahora que el vuelo de los pájaros nocturnos
se detiene junto los focos de luz en la autopista.
Desde lo blanco de nuestros cómodos colchones
la noche nos junta,
y nos juntan los ojos de los amantes.
Escucha, amor, en la noche sostenida por las estrellas
sollozos de los que aún no duermen,
escucha el amor de las putas sobre el pasto
como abejas productoras de miel,
escucha el roce casi imperceptible de nuestros muslos,
mira el cielo donde como estrellas lejanas
vivimos errando hasta encontrar esta dulce morada,
donde la Osa, la Cruz del Sur,
tú y yo, somos una misma cosa.
 
 

Nada será como antes

 
Ahora nada será como antes
y yo sé que todo será igual siempre
y que solo en mi cuarto
estamos de pie junto a la vieja lámpara
no mirándonos
no teniéndonos
sino esperando
Pero como toda historia de amor es simple
Pero como en toda historia de amor siempre debe
                                                     haber lo mismo
el tiempo no cuenta
y lo venidero está muerto
y lo pasado espera y lo que tiene que durar pasa
y lo que tiene que ser se olvida para siempre
 
Más todo
si no tiene que permanecer
muere para nacer constantemente
para seguir lo que el viento aún no lleva consigo
aunque la ciudad gima
aunque un hombre grite desde la más alta cumbre
lo que siente
lo que ha perdido
lo que no hallara nunca
lo que tiene con dolor en su pecho
 
Más todo fue como si nunca debió
y así precisamente fue
mientras todos morían en una ciudad
donde tú y yo amor siempre vivíamos
mientras todos morían
en una ciudad
donde tú y yo recorríamos calles
que jamás habían existido
que jamás habían acogido a ningún ser humano
calles que se deslizaban como un sueño
en el que nada se ha perdido
y que lo real transparenta
en dicha matinal
en breve sol y tiempo detenido
 
Ah! y la gente dichosa que logra levantarse
ver todo de un golpe
calla para tomar sus ropas frías
y su desdicha
y su pezón ido
y su pesar de lecho de cuantas noches
de cuantas lágrimas
sin encontrar consuelo junto a los amigos
ni tampoco con el tiempo
ni con las tardes
ni con nada que recuerde negras nubes
turbadas dichas
y confín en el que sin esperar concluir
despertamos definitivamente.
 
 

Ciudad

 
Aquí vivo yo.
Entre, tenga la bondad.
Siéntese.
Un cigarrillo, encienda.
Mi abuelo tenía el diablo pintado en el pecho,
tenía mulas cargadas de cosas
que nunca le sirvieron;
cambiaba diamantes por palabras
y fue el carbonero más rico del mundo
(algunos dicen que no ha muerto,
que aún vaga por los campos,
aunque sin mulas, cabizbajo y solitario).
Pero no viene al caso.
Un trago.
Siempre bebo,
así me fastidia menos
esta triste ciudad de Managua.
Ciudad de un perro,
una cerveza,
un hombre.
Sabe,
algunas veces pienso que todas las ciudades son tristes,
que en todas nos cansamos de ser ángeles pendejos,
mientras Dios,
siempre en su mismo sitio
invernado con las pieles de los osos.
Sí.
Eso.
Nos cansamos de ser ángeles
dispuestos a morir en el centro del torbellino.
 
 

Uno se encierra

 
Uno se encierra a escribir en su cuarto
para que otros vivan,
para que otros gusten su espectáculo.
Uno apaga la luz,
se persigna,
piensa:
hay que tener principios,
verse la cara,
contemplar el pescuezo de la ciencia,
hacer señales a los muertos,
pero no con el talento de los vivos
ni la unidad de las bacterias,
sino con el pálpito, la verdad, la neurastenia,
lo que acontecimiento ordena.      (Ejemplo:
rojo bochorno
en malestar descolorido.)
Y además:
quien por ijares a la lengua del vecino
se encarama el zapato
se violenta con maña
se resfría de miedo
se astra, se muele
o se maniata,
por pura decisión o indecisión
en longevidad de seducida tierra?
Casi diríase:
torcaz a tus riñones
nostalgia olvida la mentira.
Pero en verdad, uno,
como Dios parado en seco
yace tristemente satisfecho
con la humana cara poblada de animales.
 
Octubre, 1963
 
 

Prévert en Saint-Paul de Vence

 
C’ etait un Jour de Fete
Et Dieu Sait si les Fetes Sont belles dans le midi…
                                         Jacques Prévert
 
 
Prévert en Saint-Paul de Vence
con los pies fuera del Match
en la alegre fiesta de San Lorenzo de Maroni
(cojo con su pijama de playa al mediodía, ambulante
con 3 altares de mano y la víspera de su reloj de pulsera)
me recuerda un desayuno en
Cruz
sobre el combate del ángel.
Con mis ojos cerrados lo veo
sobre el serrín de la capilla Sixtina imitando a Jesucristo,
con un periódico en la mano
leyendo su propia canonización como Napoleón sobre un
ferrocarril viendo
pasar la Legión de Honor en hombros de las hormigas,
lo veo con su colorado kepis dirigiendo un descanso naval
bajo la sombra de un superviviente durmiendo en una
guillotina;
lo veo saltar en sus enaguas de muchacha
cantando como un cosaco la danza húngara de un
encantador de serpientes
con cara de niño triste,
lo veo galán como un húsar
en medio del Arca de Noé hablando con la familia
de las pascuas celebradas en los junglares de Notre-Dame
en medio de una asociación de Benedictinos con sus sables
de cartón
para un bazar de caridad
donde tómbolas de tíos muertos y vivos
le pasan sobre la próstata como procesiones
de ojos caminando a lo largo del Sena,
de lagartos repitiendo lo que Hegel le dijo a Novalis
de uñas disfrazadas de Espíritu
de magos parecidos a Mandrake
de omnibuses regresando llenos de flores como carros
fúnebres con ancianos conducidos a un
 gran depósito
de barrios enteros en persona gritando Ayes de rodillas
a la patria muerta de viruela
de mujeres desgupadas conducidas en trenes de lujo
de militares con la cara de papa y mama y todos los hijitos
buena voluntad
de judíos con el retrato de Hitler danzando un Te-Deum
bajo un sol de cálido verano
de naves espaciales con las zapatillas de Luis XV
de
un clown exhibiendo sus pantorrillas hasta el ojo del pie
un soldado maestro en condecoraciones
un Papa con el calendario de Richelieu
un pájaro vendiendo versos para ganarse la vida
un loco con una estilográfica de venta
un ángel con nalgas de suicida
un hombre con su pie derecho
un rebelde con su sepultura en el bolsillo
un verano un invierno un día cuatro semanas
un niño con el sexo rojo de un entierro
un Obispo resucitando a los muertos
una epidemia hablando de fiebre amarilla
una caja de ahorros del tamaño de un aparato de risa
llevada al gran espectáculo al gran
desfile al gran rally
una carreta de jockeys con melones y frutas de gran
tamaño para la digestión de todos los
jefes de estado
unos enterradores cantando la Marsellesa con los niños de
la Cruz de Madera
una comitiva de salvamento
una carrera de encostalados
camiones militares
guillotinas-salvavidas
bayonetas y cañones
guardias romanos muertos
afeitadores veteranos, pederastas maestros de esgrima
y en fin toda una zarabanda interminable de ruidos
golpes y malos tratos de la Humanidad
Entera comentando la Divina Comedia entre
los huecos de sangre de una catástrofe atómica
con citas exactas de la patrística y
de las profecías de San Juan con su colección
 de sellos duplicados para mayor difusión
           de la plaza Vaticano
 
 
Prévert
en medio de tanto poema
piensa que Saint-Paul de Vence es el Valle de lágrimas
y se pone a llorar
y se acuerda de los poemas de Péguy
del San Pedro de Claudel crucificado patas arriba
de las fugas de Bach y la cantata 51 rompiéndole el cielo
de la boca
de las pinturas de Picasso caminando en las paredes
de las piernas de Lautrec hablando por teléfono
del cheque x 25.000 francos del Aduanero
con su menú de lágrimas y violines
en un banquete de genios desmemoriados.
Se acuesta, canta el Padre Nuestro de rodillas en perdón de
todos los poetas del mundo
“creo en Dios Padre, Creo en Dios Padre” repite
recita la Biblia de memoria y advierte no haberla leído nunca
saca de sus bolsillos millares de novenas del Espíritu Santo
y por fin concluye que las verdades del Padre Chardin se
hacen ciertas de vez en cuando
se siente más gordo que Santo Tomás
y escribe un poema llamado “Gran Suma Teológica”
tiene las pesadillas sexuales de San Agustín
los golpes de Lázaro después de la resurrección
las negaciones de Pedro
los dolores de San Sebastián
las pedradas en el pecho del Doctor San Jerónimo
las blancas palabras de San Juan Crisóstomo el Boca de oro
recuerda la aparición de Lourdes y vuelve a verla sin decir
nada
con los brazos estúpidamente en Cruz
vuelve a recordar a Péguy y exclama:
“Oh noche, hija mía, noche la más religiosa de mis hijas, la
Más piadosa”
mientras las nubes se amontonan como ejércitos de
 marabuntas
comiéndose el viejo Arco del Triunfo.
 
Febrero, 1962.

Iván Uriarte

Nacido en Jinotega, Nicaragua, en 1942, es doctor en Literatura Hispanoamericana del siglo XX por la Universidad de Pittsburgh (1980). Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Rubén Darío en dos ocasiones: 1999 y 2016. Su bibliografía incluye más de una docena de libros, entre ellos los poemarios Este que habla (1969); Los bordes profundos (1999); Cuando pasan las suburban (2001); Genealogía de las puertas (2011); La desnudez perdida (2016); la colección de cuentos La primera vez que el señor llegó al pueblo (1996) y el ensayo La poesía de Ernesto Cardenal en el proceso social centroamericano (2000).