Tropical Town and Other Poems

Selección del poemario publicado originalmente en inglés en Nueva York y Londres en 1918. Traducción de Alain Pallais.

Fotografía de Sergio Palma (ver galería completa).

Pueblo tropical

 
AZULES, rosas y amarillas son las casas, y a lo lejos,
un cementerio, donde verdes árboles respiran.
 
A veces ves pasar un perro hambriento,
y zopilotes siempre acechan desde el cielo.
A veces se escucha la campana mayor de la catedral,
un ciego es quien la tañe; y en ocasiones oís  
una ruidosa carreta de bueyes que pasa vendiendo leña.
Nada en el mundo rompería el antiguo hechizo
que mantiene al pueblo dormido, salvo, una vez al año,
la fiesta de Semana Santa….
                                                        
                                                         Yo soy de ese pueblo,
y cuando pierdo las esperanzas, y la desesperación
se vuelve una pesada carga, mis pensamientos viajan,
más allá de aquel tramo de calle apacible, hasta donde respiran
solitarios árboles verdes y tumbas blancas.  
 
Para la Sta. Eugenia L. V. Geisenheimer
 

 

Casa tropical

 
CUANDO llegue el invierno, te llevaré a Nicaragua-
¡Te encantará! –
Te enamorarás de mi hogar, de mi casa en Nicaragua,
tan hermosa y regia, con un aire arrogante
pareciera desafiar a las montañas, las montañas de Nicaragua,
– “¡Podrán rugir y hasta sacudirse, pero a mí poco me importa!”
 
Es una casa sombría y fría;
tiene un jardín central donde crecen frutales,
y las amapolas son un pequeño ejército en formación,
y los jazmines te recordarán la nieve,
son tan blancos y ligeros, tan tersos y frágiles,
¡cuando el viento sopla aletean y se van volando!
 
El baño está en el patio, tal fuera una piscina,
con paredes de madreselva y orquídeas a su alrededor.
Apacible es el sonido del incansable colibrí.
Por la noche un ruiseñor azteca canta.
Pero cuando sale la luna, en Nicaragua,
la luna de Nicaragua y un millón de estrellas,
son el corazón humano y el corazón de esta tierra los que cantan
al suplicante y doloroso son de guitarras.
 
Para la Srta. María Teresa Moreno.

 

 

Parque tropical

 
EL parque de León no es más que un jardín
donde las rosas crecen entre a la hierba,
sin ningún orden o guardián,
salvo el clima.
 
Los senderos son de una arena tan fina
que siempre están suaves y pulcros;
la luz del sol y la luna los hacen brillar,
como lo hacen con los pies de uno.
 
Da la sensación de andar sobre suelo encantado
reluciente, que susurra con curiosidad,
pues la arena, al pisarla, produce el sonido
del mar.
 
En ocasiones la banda, en una cálida noche,
toca su música en aquel parquecito,
y los amantes buscan, más allá de los luminosos
senderos, la oscuridad.
 
Apenas se adivina lo que hacen y dicen
por el sutil cotilleo de la arena, –
lo que tibios labios susurran, cómo juegan las miradas,
y la mano que busca su pareja.
 
 

Mañana tropical

 

POR las mañanas, – ¡ah, las mañanas tropicales
cuando las vertiginosas campanas llamaban a oración! –
Mi único deseo era observar, desde la esquina de mi ventana,
a las campesinas que venían del río con flores en sus cabellos.
 
Una llevaba
huevos frescos en cajas de mimbre
para la pulpería;
Otras, canastos de frutas; y algunas
pieles de zorros y gatos de monte
capturados con trampas caseras.
 
Les diría,
¡Dios bendiga el vientre que cargó
chavalas como ustedes!
Y otra mañana,
¡No hay ángel con el encanto
que ustedes poseen!
O, audaz con juvenil y pagano deleite,
¡Hay hombres fieles que adoran vírgenes
menos hermosas que ustedes!
 
Ellas responderían,
¡No te metás con mi madre!
Y, con mirada burlona,
¡No sos ningún santo de iglesia!
O, ácidas y secas,
¡Blasfemás contra el Cielo,
y en el infierno arderás!
 
Pasaban con tal solemnidad, caminaban con tanta gracia,
meciendo sus ágiles cuerpos, sus caderas ligeras,
sin duda una canción las meneaba, esa que se avivaba en sus senos
y era pizzicati en la yema de sus dedos!
 
Claro está que no podía ser el sonar de las campanas de la catedral,
aunque allí hubiera cirios ardiendo,
y el humo alzándose en nubes fragantes,
y una prodigiosa nostálgica oración.
 
 

Lluvia tropical

 

DICEN que en Nicaragua la lluvia es una bruja;
mete al mundo en su alforja y borra los cielos de un soplido;
y entonces, en cada hogar, los niños se reúnen,
corren como cachorros y se arrodillan junto a la madre,
tan asustados por el trueno que apenas pueden orar.
 
Dulce Jesú, Tú que calmaste la tormenta en Galilea,
ten piedad de los indigentes y los navegantes del océano;
ten piedad de los pajaritos sin nido, de los abandonados;
piedad por la mariposa; piedad por la abeja;
piedad por las rosas que son tan impotentes, por el desprotegido maíz,
y, también, ten piedad de mí ...
 
Luego, cuando haya escampado y los niños terminado su oración,
oh alegría de oscilantes palmeras coronadas de arcoíris,
de calles crecidas como ríos, del olor a tierra mojada,
de todas esas hormigas con repentinas alas que llenan el corazón de asombro,
mientras, a lo lejos, la tempestad se desvanece con un trueno ahogado
en el dantesco resplandor que irradia desde la boca abierta del Infierno!
 
 

Tarde tropical

 

SOLÍA observar las mujeres con sus tinajas
bajando hasta donde el agua nunca falta,
añadiendo un chisme fresco del pueblo
y remojando los viejos.
Así amaneceres y ocasos pasarían, las flores
brotarían y caerían: nunca les importó;
para ellas el incesante avance de las horas
era algo grandioso que las embellecía.
 
Así de simple son los vientos, hablan con libertad;
así de simple son los apacibles ríos al correr,
así son las hojas y raíces de un joven árbol
que se alimenta del viento, absorbe la tierra húmeda
y están tan familiarizadas con el diario vivir
que no les importa el curso de las aguas ni del viento.
 
 

Vida tropical

 

HAY una tumba donde yace mi padre,
pero prefiero imaginarme un sitio
tan sabido por sus ojos
como el rostro de su padre.
 
La calle flanqueada por antiguas casas
llega hasta el parque, y allí el sol
es un rebaño áureo que pasta
hasta final del día.
 
La pesada luz se mueve con tal lentitud
que a veces se amontona
y parece erguir enormes cabezas
que caen en un pensativo sueño.
 
Me pregunto si alguna vez vio la luz
de esta manera. Debió haber imaginado
cosas extrañas (y nunca las dijo, pero yo sí),
y allí de súbito me llega
 
al recuerdo de sus pensares
la idea de rebaños de sol
pastando en silencio entre sus días
hasta el fin de su vida.
 

 

Infancia tropical

 

JUGUETES yo tuve, soldados de plomo y una espada de estaño
y cometas y trompos; pero un día rompí aquella ridícula espada
y derretí los soldados, y rápido como gira un trompo
y alto como vuela una cometa, envié una nota
girando y elevándose: una pregunta. Era tan delgado
e inquieto, hablaba poco y apenas escuchaba
lo que el pueblo decía, demasiado atormentado
con aquella respuesta que a diario se aplazaba.
 
Y entonces crecí, y un día vi las lágrimas
que hicieron la mejilla de mi madre salada al beso,
y observé los años desvanecerse tras de mí,
y observé la ola que venía hacia mí,
y me supe una confusión de misterios
y la vida un torbellino corriendo a mi lado.
 
 

Mi Nicaragua

 

Te vas por la calle que pasa junto a la catedral
unas catorce cuadras subiendo la loma
pasás el puente de tres arcos hasta llegar
a Guadalupe. Ahí las casas no son
majestuosos palacios españoles, planos y perezosos,
como se ven en el centro de la ciudad,
pesados con unos tres siglos encima,
acostumbrados a la luz del sol y a terremotos,
desplomados, te imaginás, por estos eventos naturales;
ahí las casas son pequeñas, un poco feas y frágiles
con techos rojos y bajos, y puertas flojas y ásperas,
apenas mejor que una choza india;
no son pintorescas, son lúgubres y ordinarias,
tan ordinarias y lúgubres como los pisos
en estas ciudades donde vive tu gente humilde;
y, sin embargo, parecen tan felices de que el sol brille,
tan contentos cuando un poco de viento sopla,
tan puros y humildes que no lo expresan, –
y siempre temerosos de los volcanes,
contienen la respiración para que no despierten y los aplasten.
 
Mirás a través de las puertas entreabiertas y observás las paredes
con imágenes sagradas, santos y ángeles, –
como pequeñas ventanas que se abren al Cielo, –
vendidas a mi gente, reverenciadas por ellos.
Y ves a los niños, jugar, pelear, soñar,
Oh, como lo hacen los niños del resto del mundo.
Y ves a fieles esposas, barriendo o remendando,
poniendo la mesa, haciendo las mil cosas
que hacen las mujeres en sus casas
que nadie menciona, pero son todo el sentido de sus vidas.
Y si aguzás el oído, las escucharás cantar:
¡No hay mejor canto que el suyo!
Se eleva y deshace como humo de incienso,
y pueden, si se aprieta los suficiente contra el corazón,
brotar densas gotas que son las lágrimas de todas las mujeres.
 
Pero si contratás un guía, a ninguno
se lo ocurrirá llevarte solo a ver
esta deshonrosa expresión del diario vivir
y es el suelo que las raíces de la belleza reconocen.
La antigua catedral que los españoles construyeron,
con altares tallados a mano para dos mil santos;
la fortaleza en ruinas donde dicen que Nelson
perdió su ojo izquierdo cuando era solo un pirata –
Oh, quebradas pilas de mampostería obsoleta,
restos y basura de objetos que alguna vez tuvieron valor,
olvidados capullos donde las mariposas
del amor a la patria y del amor de Dios
crecieron, y luego desaparecieron entre lejanos campos!
 
Los adorados hoteles con palmeras en el jardín
y un piano automático tocando rags,
donde bebes limonada y tu cerebro se retuerce
pensando: ¿Qué diablos son los Trópicos? –
Las tiendas de alemanes, ingleses y franceses;
las recepciones de la clase dominante adornados
con el mismo mal gusto de Nueva York, –
¡Ese nunca fue mi país! Pero las filas
de casitas de tierra donde habitan mujeres y
hombres tan ocupados viviendo sus vidas
para pensar en fingirla, ese es mi país,
¡Mi Nicaragua, madre de grandes poetas!
 
Y cuando ves eso, ¿qué? Pues a pesar
de las revoluciones publicadas periódicos,
la diferencia del clima y de tradiciones
los abuelos de la raza,
mi gente y la tuya son la misma:
gente llena de preocupaciones y esperanzas,
que trabaja duro por el pan, por algo más
que siempre varía, que nadie podría nombrar –
Y para averiguar esto el viaje vale la pena.
 
 
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El libro completo puede ser leído, en su versión original en inglés, en este enlace.

Tropical town

 

Blue, pink and yellow houses, and, afar,
The cemetery, where the green trees are.
 
Sometimes you see a hungry dog pass by,
And there are always buzzards in the sky.
Sometimes you hear the big cathedral bell,
A blindman rings it; and sometimes you hear
A rumbling ox-cart that brings wood to sell.
Else nothing ever breaks the ancient spell
That holds the town asleep, save, once a year,
The Easter festival….
                                                      I come from there,
And when I tire of hoping, and despair
Is heavy over me, my thoughts go far,
Beyond that length of lazy street, to where
The lonely green trees and the white graves are.
 
For Miss Eugenia L. V. Geisenheimer.
 

 

Tropical house

 

WHEN the Winter comes, I'll take you to Nicaragua
You'll love it! –
You will love my home, my house in Nicaragua,
So large and queenly looking, with a haughty air
That seems to tell the mountains, the mountains of Nicaragua,
– "You may roar and you may tremble, for all I care! "
 
It is shadowy and cool;
Has a garden in the middle where fruit-trees grow,
And poppies, like a little army, row on row,
And jasmine bushes will make you think of snow,
They are so white and light, so perfect and so frail,
And when the wind is blowing they fly and flutter so!
 
The bath is in the garden, like a sort of pool,
With walls of honey-suckle and orchids all around.
The humming-bird is always making a sleepy sound.
In the night there’s the Aztec nightingale.
But when the moon is up, in Nicaragua,
The moon of Nicaragua and the million stars,
It’s the human heart that signs, and the heart of Nicaragua
To the pleading, plaintive music of guitars.
 
For Señorita María Teresa Moreno.
 
 

Tropical park

 

THE park in León is but a garden
Where grass and roses grow together;
It has no ordinance, and no warden,
Except the weather.
 
The paths are made of sand so fine
That they are always smooth and neat;
Sunlight and moonlight make them shine,
And so one’s feet.
 
Seem ever tread on magic ground
That glistens and whispers curiously,
For sand, when tread it, has the sound
Of the see.
 
Sometimes the band, of a warm night,
Makes music in the little park,
And lovers seek, beyond the bright
Foot-paths, the dark.
 
You can almost tell what they do and say
From the soft gossip of the sand, –
What warm lips whisper, how glances play,
And hand seeks hand.
 

 

Tropical morning

 

IN the mornings, – ah, the tropical mornings
When the bells were all so dizzily calling one to prayer! –
All my thought was to watch, from a nook in my window,
Indian girls from the river with flowers in their hair.
 
One bore
Fresh eggs in wicker boxes
For the grocery store;
Others, baskets of fruits; and some
The skin of mountain cats and foxes
Caught in traps at home.
 
I would say,
God bless the womb that bore
The likes of you!
And another day,
Angels could not be more
Lovely than you!
Or, wild with youth, and heathen-gay,
Faithful men adore
Virgins less beautiful than you!
 
They would reply,
Leave my mother alone,
And, with a mocking eye,
You are not saint of stone!
Or, sour and dry,
Blasphemer against Heaven,
In Hell you will atone!
 
They all passed so stately by, they all walked to gracefully,
Balancing their bodies lithe, unstable hips,
Surely, a music moved them that swelled in their bosoms
And was pizzicati at their fingertips!
 
But it was never the music of cathedral bells,
Though there were tapers burning there,
And smoke that rose in fragrant clouds,
And a wonderful wistfulness of prayer.

 

 

Tropical rain

 

THE rain, in Nicaragua, it is a witch they say;
She puts the world into her bag and blows the skies away;
And so, in every home, the little children gather,
Run up like little animals and kneel beside the mother,
So frightened by the thunder that they can hardly pray.
 
Sweet Jesu, you that stilled the storm in Galilee,
Pity the homeless now, and the travelers by sea;
Pity the little birds that have no nest, that are forlorn;
Pity the butterfly; pity the honey-bee;
Pity the roses that are so helpless, and the unsheltered corn,
And pity me…
 
Then, when the rain is over and the children’s prayer is said,
Oh joy of swaying palm tree with the rainbows overhead,
And the streets swollen like rivers, and the wet earth’s smell,
And all ants with sudden wings filling the heart with wonder,
And, afar, the tempest vanishing with a stifled thunder
In a glare of lurid radiance from the gaping mouth of Hell!
 
 

Tropical afternoon

 

I USED to watch the women going down
With earthen jugs where water never fails,
Summing the daily gossip of the town
And making new remembrance of old tales.
So suns might set and mornings rise, and flowers
Blossom and fall: these never gave them care;
To them the ceaseless toiling of the hours
Was but a pretty thing to make them fair.
 
The winds are just that way, that talk so free;
The pleasant rivers, running, are that way,
And all the leaves and roots of a young tree
That feed on wind, suck the wet earth, and know
Such familiarity with every day
They care not how the wind and waters go.
 
 

Tropical life

 

THERE’s grave where my father lies,
But I mind me rather of a place
Was as familiar to his eyes
As his father’s face.
 
The street that’s bounded by ancient houses
Runs to the park, and there the sun
Is like a golden flock that browses
Until day is done.
 
The light is heavy, and moves so slow,
And sometimes huddles in a heap
And seems to lift large heads and go
To thoughtful sleep.
 
I wonder if he saw the light
This way. He must have thought strange things
(And never told them, that I might),
So fast there clings
 
To my remembrance of his ways
A memory of herds of sun
Pasturing quietly through his days
Until life was done.
 
 

Tropical childhood

 

TOYS I had, soldiers of lead and a sword of tin
And kites and tops; but I broke the silly sword
And melt the soldiers, and fast as a top may spin
And high as a kite may fly, I sent a word
Whirling and soaring: asking. I was so thin
And restless; scarcely spoke and hardly heard
What people gossiped, too busy with the din
Of what one answer that daily was deferred.
 
And so I grew, and one day I saw the tears
That made my mother’s cheek salty to kiss,
And looked behind me at the vanishing years,
And looked before me at the approaching tide,
And knew myself a turmoil of mysteries
And life a whirlwind rushing at my side.
 
 
 
My Nicaragua

 

YOU take the street that runs by the cathedral
And go some fourteen blocks and up a hill
And pass the three-arch bridge until you come
To Guadalupe. There the houses are
No stately Spanish palaces, flat and lazy,
As in the center of the town you see,
Heavy with some three centuries upon them,
Accustomed to the sunlight and the earthquakes,
Half bored, you fancy, by these ways of nature;
But little things, ugly almost, and frail,
With low red roofs and flimsy rough cut doors,
A trifle better than an Indian hut;
Not picturesque, just dreary commonplace,
As commonplace and dreary as the flats
Here in your cities where your poor folks live;
And yet they seem so glad the sun is shining,
So glad a little wind begins to blow,
Too humbly, purely, glad to say it, –
And all the while afraid of the volcanoes,
Holding their breath lest these should wake and crush them.
 
Look through the doors ajar and see the walls
With holy pictures, saints and angels there, –
Like little windows opening to Heaven, –
Sold to my people, reverence by them.
And see the children, playing, wrangling, dreaming,
Oh, much the way that children are elsewhere.
And see the faithful wives, sweeping or mending,
Setting their tables, doing the thousand things
Hardly worth noticing that women do
About their houses, meaning life to them.
And if you listen, you may hear them sing:
Not anywhere are better songs than theirs!
That rise and melt away like incense smoke,
And can, if pressed too hard against the heart,
Drip heavy drops that are all women’s tears.
 
But if hire a guide, no guide will ever
Think of directing you to see this mere
Unhonoured dailiness of people’s lives
That is the soil the roots of beauty know.
The old cathedral that the Spaniards built,
With hand-carved altars for two thousand saints;
The ruined fortress where they say that Nelson
Lost his left eye when he was but a pirate-
Oh, broken piles of masonry outworn,
The shreds and trash of things that were of price,
Cocoons forgotten whence the butterflies
Of love of country and of love of God
Rose, and were lost among the fields afar!
 
The dear hotels with palm trees in the garden
And a self-playing piano drumming rags,
Where you drink lemonade and rack your brains
Thinking: What in the devil’s name is Tropics? –
The shops of German, English and French owners;
The parlours of the ruling class adorned
With much same bad taste as in New York, –
That never was my country! But the rows
Of earthen little houses where men dwell,
And women, all too busy living life
To think of faking it, that is my country,
My Nicaragua, mother of great poets!
 
And when you see that, what? That in despite
Newspapered revolutions and so forth,
The different climate and the different
Traditions and grandfathers of the race,
My people and your people are the same:
Folks with their worries and their hopes about them,
Toiling for bread, and for a something more
That ever changes, that no one could name –
And this is worth the journey to find out.
 
 
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The whole book can be read following this link.

Traductor: Alain Pallais

Poeta, traductor, ilustrador y soldado nacido en Managua en 1975. Estudió arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería de Nicaragua y diseño gráfico en Los Angeles City College, California. Como soldado ha adquirido diversas preparaciones técnicas y militares. En el 2004 estuvo movilizado con el US Army en Irak, donde dedicó parte de su tiempo libre a escribir poesía. Sus traducciones, poesía y gráficos han sido publicados en Álastor, Círculo de Poesía, Des Honoris Causa, Revista Hispanoamericana, La Prensa Literaria, Nicas en el Exterior. Actualmente reside en California, donde alterna la literatura con su trabajo técnico en el Departamento de Defensa.


Autor: Salomón de la Selva

Poeta nicaragüense bilingüe, ensayista, diplomático y político nacido en León (Nicaragua) en 1893. Sirvió como soldado raso durante los últimos meses de la Primera Guerra Mundial al servicio del rey de Inglaterra Jorge V en el Royal North Lancashire Regiment, experiencia esta que sirvió de inspiración para su poemario El soldado desconocido (1922). Otros de sus títulos a destacar son Tropical town and other poems (1918), Evocación de Horacio (1949), Evocación de Píndaro (1957) y Versos y versiones nobles y sentimentales (1964). Murió en París en 1959.