II. Los vivos

Continuación de Los muertos, novela escrita en el proceso generado por las revueltas populares y consiguiente represión estatal en Nicaragua este año.

Fotografía de Sergio Palma (ver galería completa).

[Para leer la primera parte, en este enlace]

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Nos persiguieron en la noche

nos acorralaron

sin dejarnos más defensa que nuestras manos

unidas a millones de manos unidas.

Nos hicieron escupir sangre,

nos azotaron;

llenaron nuestros cuerpos con descargas eléctricas,

y nuestras bocas las llenaron de cal,

nos dejaron noches enteras junto a las fieras,

nos arrojaron en sótanos sin tiempo,

nos arrancaron las uñas;

con nuestra sangre cubrieron hasta sus tejados,

hasta sus propios rostros,

pero nuestras manos

siguen unidas a millones de manos unidas.

Michéle Najlis

 

Managua/20.4.18

1.

No los podemos dejar morir. Son nuestros muchachos. Y nosotros, más que nadie en este país, somos responsables de que ellos estén allí. Es nuestro fracaso como generación el que ahora están pagando. Hoy me desperté temprano, como cualquier viernes, pero no es cualquier viernes, y desde anoche tenía claro lo que debía hacer. Desayuné y salí, sin decir nada. Porque si le digo a mi esposo y a mis hijas adónde ando se van a poner como locos. Tampoco sospecharon. Porque nosotras sabemos compartimentar bien estas cosas. Especialmente las que anduvimos en estas andanzas hace ya tantas lunas. Las que anduvimos y ya casi nunca pensamos en ello. Pero estos últimos días sí he estado recordando aquellos tiempos. O –¿para qué me miento?– me he estado acordando de Rodrigo. Y es cierto que ya nunca me acuerdo de él. Tal vez porque su recuerdo fue tan doloroso que, desde aquellos tiempos que ahora parecen otra vida, decidí meterlo en un lugar recóndito, inaccesible y oscuro de la memoria. O su recuerdo se arraigó en mí de tal forma que se llegó a confundir con el telón de fondo de mi memoria. Han sido 39 años, que no son pocos ni muchos y, aunque una cambia, hay una especie de hilo muy íntimo que nos mantiene atados a todos los que estuvimos metidos en aquella lucha. Los que compartimos aquellos miedos y aquellas esperanzas. Muy a pesar de las guerras, las paces, las transiciones, las neoliberalizaciones (económicas, culturales e íntimas), la búsqueda de la estabilidad familiar, a pesar de los pesares y las alegrías, a pesar del tiempo y sus cambios, hay un hilo que nos une a todos. O que mantiene unidos a aquellos muchachos que fuimos, pero a los que ya no nos parecemos en nada. Los mantiene unidos en un tiempo que quedó como descolocado del Tiempo. En junio Rodrigo cumple treinta y nueve años de desaparecido. Fue de los que nunca encontramos. Él era prole, pero se cruzó a la GPP poco antes de la unificación de las tendencias. La Guardia se lo llevó herido durante un operativo en una finca de San Ramón, en Diriamba, y nunca volvió a aparecer. Él tenía 24. Yo 19. Poco menos de un mes después, cuando de pronto alcanzamos el triunfo, me lancé a buscarlo. Rebatí cárceles, hospitales, casas de seguridad, fosas comunes, archivos de la OSN. Era un triunfo agridulce para mí, porque Rodrigo no estaba en la plaza para abrazarlo, para fundir nuestras lágrimas y gritar en mitad de la multitud ¡PATRIA O MUERTE! Sin temores, a pulmón abierto. Con un pueblo entero respondiendo ¡VENCIMOS!, como tantas veces fantaseamos en el campamento guerrillero, o como cuando prometimos mantenernos con vida y juntos para ver el triunfo, antes de que él saliera para Diriamba y yo para Masaya. “Yo cumplí. Y allí estuve, sin vos”, quise decirle por tantos años. “Estuve sola en la plaza, llorándote, alzando tu imagen y gritando tu nombre. Algunos respondían ¡PRESENTE! Algunos que no te conocían, que no sabían cómo el peso del mundo se había disminuido desde que vos no estabas en él”. Y todo eso quería decirle de nuevo, tantos años después. Hoy por la mañana, a mis cincuenta y ocho años, siendo empresaria y representante de una cámara gremial, con un esposo y tres hijas (la mayor tiene la edad que tenía Rodrigo cuando desapareció, y estudia Antropología en Berlín), no pude evitar estremecerme hasta el tuétano cuando, mientras terminaba mi desayuno, prendí la televisión de la sala, y vi las declaraciones de uno de los muchachos que estaban atrincherados en la UNI. Los ojos negros y vidriosos, la mirada afilada por el entrecejo fruncido asomándose sobre la pañoleta negra, el pelo crespo cayendo sobre la frente. No se parecía, si no que era Rodrigo. Fue algo inexplicable. Me estremecí, me mareé, algo que se sintió como una inyección de sangre fría me recorrió las extremidades, pero lo logré disimular. El muchacho estaba atrincherado junto a varios otros, desde la noche anterior, en la Universidad Nacional de Ingeniería. Relataba cómo habían resistido los ataques de AK y gases lacrimógenos de la Policía Nacional durante horas, en medio del pánico de sus compañeros. Ya contaban varios heridos de bala, pero decía con voz firme que no iban a claudicar. Que no iban a dejar su recinto. Y que pedían el apoyo de la población, con víveres, con gente para hacer barricadas, con insumos médicos, con lo que fuera que les permitiera resistir el embate. Me levanté, tomé las llaves del carro y me despedí. Cuando mi marido preguntó a dónde iba tan temprano, sólo dije que a hacer unas compras, y que no tardaba. “Ok. Con cuidado”, me dijo, y yo asentí. Me monté al carro, sintonicé la radio y empecé a llorar. Ahora manejo por las calles de Managua. Es 20 de abril, de dos mil dieciocho, y gran parte de la ciudad ha salido a protestar a las calles, a pesar de la represión cobarde, violentísima de la Policía Nacional y las turbas del gobierno. Es increíble cómo vemos a Ortega repetir el guion. Las paralelas históricas de las que hablaba Carlos. En fin. Este país tiene algo de surreal. Estoy llegando a PriceSmart, para llenar mi carro de agua, comida enlatada, vinagre, bicarbonato, y todo lo que pueda servir a nuestros muchachos para resistir. El tráfico es escaso para ser las ocho y media de la mañana. En el grupo de WhatsApp de mis amigas avisaron que el punto de acopio estaba en la Catedral, y que se estaba convocando a movilizaciones en la UNI y en Metrocentro, para apoyar a los muchachos. Nosotros somos los culpables de este embrollo, y vamos a estar con nuestros muchachos en la calle para que no nos los vuelvan a desaparecer, nunca. No los vamos a dejar morir. Yo no los voy a dejar morir.

 

2.

La noche que hemos pasado no se la deseo a nadie. Ver así a mi mama, destrozada la pobre. Mi hermano era los ojos de su cara. El que siempre les ayudó con la casa. El primero que se fue también, pero que siempre llegaba para estar con ella. Para ayudarle en cualquier trabajo que hubiera que hacer. Y tenía un corazón grande mi hermano. Agarrar a los dos hijos de la mujer que tenía y criarlos como si fueran de él. En el barrio lo rebanaban, que era pendejo por estar manteniendo entenados. Pero él ni siquiera pensaba así. Ni siquiera se ponía malo. Sólo se reía con los chavalos, y aceptaba la broma. Lo querían, todo mundo en el barrio. Era bien servicial, bien atento con todos. No tenía vicios. No tenía problemas con nadie. Y era súper trabajador. Dejó de estudiar en tercer año, como a los dieciséis, y empezó a vender los nacatamales que hacía mi mama. Se ponía afuera de la UPOLI y fue haciendo amistad con varios de los chavalos que estudiaban ahí. Por eso ayer que venía del Palí y se encontró con el alboroto de antimotines en el vergueo con los chavalos y con la gente del barrio se quedó para ayudar. Yo estoy en un grupo de Whatsapp con varias compañeras de clases. Ahora sólo lo usamos para compartirnos información de lo que está pasando con las protestas, porque ya en varios barrios la cosa se estaba poniendo fea. Y en eso mandan un vídeo, dicen que es el primer muerto, que cayó en el sector de la UPOLI. Un hombre tirado en el suelo, sobre unos ladrillos rajados, con una camiseta cubriéndole parte de la cara, con el pecho desnudo, y un muchacho agachado sosteniéndole la cabeza. El cuello abierto por dos heridas enormes, por un lado se le sale algo, una vena me imagino, la yugular. De pronto alguien se arrodilla y empieza a tratar de reanimarlo. Otro le levanta la cara y le tapa la nariz. Entonces es cuando lo veo bien, ahogándose desesperado, con los ojos abiertos, sin entender qué es lo que le está pasando. Veo la mochila que anda, la faja, es él, es Darwin. La vista se me puso negra por dos segundos. Estaba aturdida, como si me hubieran pegado un buen vergazo. No podía creer que ese fuera mi hermano. Después pasaron dos fotos donde se miraban los zapatos, el pantalón, la camisa que andaba puesta. No había duda. Era él. Era Darwin. Entonces empiezo a escribir en el grupo que ese es mi hermano, que no es posible, que alguien me diga qué fue lo que pasó. Entonces una amiga responde “lo siento mucho. Él era uno de los que estaba protestando afuera de la UPOLI y la policía le disparó. Dicen que con una escopeta”. Me quedé helada. Tiesa. La vista se me ponía negra de nuevo. Temblando, marqué el número de mi mama. Cuando me contestó, empecé a llorar. “Darwin, mama... Darwin...”. Del otro lado sólo había silencio. “Darwin, lo mataron. Ya sé”, me dijo de pronto, “no me digás nada. No quiero hablar”. Y me colgó. Ahí nomás me fui para su casa, para estar con ella, para ver qué había que hacer. Allí estuvimos. Mi mama llorando casi en silencio. Llevaba así horas. Mi papa, sentado en una esquina, en la oscurana, sin moverse. Llamé a una prima para que me acompañara al Hospital Alemán, pero cuando llegamos nos dijeron que Medicina Legal ya se había llevado el cuerpo. Regresé a la casa, poquito después de medianoche, y mi papa estaba de pie en la puerta, con cara de arrecho y con una raja de leña en la mano, viendo a cada lado de la acera. “Vino el hijuelagran mil puta secretario político del barrio con la vieja de los CPC, a decirnos que no diéramos declaraciones en los medios, que no anduviéramos queriendo investigar cosas que no nos convenía saber, cosas que más bien podrían comprometernos, porque la situación en la que murió Darwin es confusa y que no sabemos a qué nos podemos meter. Yo sólo les dije que no fueran tan sapos. Que respetaran el dolor ajeno y que se fueran a la verga. Y el hiejueputa secretario político me dice que bueno, que ellos querían ayudarme pero si yo me quería meter a clavo era cosa mía, y se fueron. Aquí estoy esperando a ver si vuelve ese hijueputa a faltarme el respeto de nuevo”. Le dije lo que me habían dicho en el Hospital. Entré a ver a mi mama, que estaba rezando en su cuarto, pero no la quise molestar. Después me fui con mi prima para el Instituto de Medicina Legal, en un taxi de confianza. Llegamos como a las dos de la mañana de hoy viernes 20. Ya van queriendo ser las diez, y nada que nos entregan el cuerpo. Desde que vinimos escuchamos a los trabajadores decir comentarios sobre un policía que tenían ahí muerto, uno de las fuerzas especiales. Lo pasaban diciendo a la orilla de donde yo estaba, como para que los escuchara y entendiera que ahora se iban a desquitar con nosotros. Y varias veces entró y salió una patrulla con un inspector que se bajaba a hablar con gente en las oficinas, y se volvía a ir. Hace como dos horas vinieron tres policías de civil. Dos entraron a la morgue. Uno se me acercó y me preguntó si yo era familiar del muchacho de la UPOLI. Le dije que era su hermana. Me pidió que lo acompañara. Salió por la puerta principal, bajó las graditas y se quedó de pie junto al redondel que está por la entrada. Encendió un cigarro, echó el humo y me quedó viendo. Le dije que sólo quería que nos entregaran el cuerpo de mi hermano para ir a enterrarlo. Que mi mama estaba destrozada, que se pusiera la mano en el corazón. Me dijo que los que habían matado a mi hermano habían sido los mismos estudiantes, que en realidad no eran estudiantes, si no un poco de vagos. Que ellos ya habían hecho sus investigaciones. Y que lo que más me convenía era poner la denuncia contra los grupos de delincuentes que están en el sector de la UPOLI. Que las cosas no estaban para andar buscando problemas donde no los había, y que si poníamos la denuncia, la Policía se iba a encargar de darle seguimiento y agarrar a los culpables. Le repetí que lo único que quería era que me entregaran el cuerpo de mi hermano y que no quería saber nada más. Entonces me dijo que ya lo que faltaba en Medicina Legal sólo era un sello. Que estaban esperando a un doctor para que desenllavara la gaveta donde estaba, y que mientras tanto él mismo me puede acompañar a la estación para interponer mi denuncia. Le dije que no. Que me iba a quedar aquí, esperando hasta que me entregaran a mi hermano. Que eso era todo lo que quería. Entonces me dijo que tuviera cuidado, que esos mismos delincuentes que mataron a Darwin cualquier día podían pasar rafagueando la casa o haciendo cualquier locura. No le respondí. Me tragué el encachimbamiento y regresé conteniendo las lágrimas donde estaba sentada con mi prima. Me enseñó el celular y me dijo que los chavalos seguían protestando, que ya les estaban volando bala a unos que estaban en la UNI, pero que un montón de gente estaba llegando a la Catedral para recoger medicinas y comida y apoyarlos, y que en el barrio ya estaban levantando barricadas para que la policía no pudiera pasar.

 

3.

Algo tenía que decirle. Cualquier cosa para enfriarle la cabecita y que se quedara en la casa, que no se fuera a meter más a esos alborotos que nada tienen que ver con él. Desde ayer se fue a mover cosas para los vagos esos que andan protestando. Y, como le digo, yo me quiebro el culo para que nosotros estemos bien, no para que mis hijos anden de pendejos en las calles. Lo senté, porque ya iba de viaje de nuevo, pero le valió verga. Me rebatió, con argumentos que serían los míos, si tuviese su edad. Si no supiese cómo terminan estas pendejadas. Le dije, hay que enfriar las cabezas con el tema de las reformas al INSS, que eso no sólo es algo del gobierno. Que el FMI puso la presión, porque las reservas no iban a pasar de 2019. Que el Cosep puso su presión. El gobierno tenía que estar bien con dios y con dos diablos. Incluso, el FMI quería aumentar la edad de jubilación, y el gobierno se negó, en protección de los sectores desempleados de tercera edad. Le dije que sus amiguitos deberían saber eso, pero ni siquiera se informan. Y lo que provocó la discordia fue que el gobierno decidió poner mayor peso sobre los empleadores en lugar de sobre los empleados. Es 0.75 lo que se está aumentando a los contribuyentes. La manzana de la discordia es el 2% que se le está aumentando al sector privado. Es una política socialista, porque el gobierno, mal que bien, busca la justicia social. Pueden tener mil fallas, pero en este caso, esos que andan en la calle prácticamente están protestando para defender los intereses de los grandes capitales. Entonces me interrumpió y me respondió lo que era lógico, lo que yo ya sabía, que si el INSS entró en crisis en primer lugar fue por el despilfarro, la corrupción y el pésimo manejo de sus arcas por este gobierno, por las exoneraciones que daban a través de su alianza con los empresarios, porque la mayor parte de la gente se lanzaba al trabajo informal. Y que no sólo era eso. Que eran muchísimas cosas que estaban mal, y que iban a estar peor, y que era su generación la que la iba a tener que aguantar. “Muchísimas cosas”, que enunciaba de forma vaga, quizá sin comprenderlas por completo, pero que yo sabía perfectamente. Y sí, este gobierno ha hecho de esta sociedad una podredumbre. Ha hecho del Estado una mafia y del partido un nido de gusanos. Pero también ha reducido la pobreza, ha mejorado la economía. Y es importante que los que comprendemos lo difícil de esos logros, los que hemos dedicado la vida a este proceso, nos mantengamos en sus filas. En mi caso, como consultor externo en temas agrícolas. Siempre aportando mi visión, mi posición. Claro, cuando se puede. Y la verdad es que casi nunca se puede. Pero uno trata de mantenerse vivo. De cuidar de su familia, para que estos chavalos no tengan que meterse de nuevo en toda esta mierda. Así se lo he hecho comprender a la Fernanda, a mi otra hija, pero esa es un caso perdido. Esa es la rebeldía por la rebeldía. Sí, muchas cosas están mal en el país, pero yo me he quebrado el culo para que mis hijos estén bien, para que él esté bien, para que a ella en medio de sus mierdas no le falte nada, y así se lo dije mientras desayunábamos, que sólo tenía que terminar la carrera para irse del país. Que si ya su hermana había decidido mandar a la mierda sus oportunidades, él no podía hacer lo mismo. Que era un año lo que le faltaba. Pero le valió verga. Se levantó. Me dio un beso en la cabeza y me dijo que él sabía que en el fondo yo lo comprendía. Y es cierto. Pero yo ya entregué dos hermanos a este país, y no sirvió de mucho. No voy a entregar a mis hijos.

 

4.

Al chile te lo digo, compadre: esos hijuelacienputas no le van a tener piedad a nadie. Vos sabés cómo caminan taloneándolo a uno estos sapos ¡De todo están pendientes! Todos estos CPC del barrio. ¡Ah!, pero después, cuando hay bonche, son los más cagados. Los hijueputas dicen que están para cuidar el barrio ¿Y dónde hallaron los tanques de gas que se le robaron al viejo Concho el día que puyaron al zepol que pepsicolea la cuadra? ¿No fue en la casa de campaña de estos sapos? Y aquel cerote de Geyson, el hijo de la vieja concejal que vive por el puente, ¿ya sabés? El hijueputa le dejó ir dos güirrazos a un chavalo de Managua que vendía aquí en el mercado, porque creía que se le andaba bajando a la jaña ¿Y qué le hicieron al hijuelatres mil puta sapo? ¿No lo dejaron libre? Ni la noche pasó en la estación el mierda, y ahí no más lo sacaron. Y al Chiri, porque bien bolo se robó una pala vieja, le cayeron todos los CPC, lo turquearon al pobre chavalo, como que no saben que tiene problemas, y de ajuste lo llevan a la estación, haciéndose los héroes los hijueputas. Haciéndose los huevones. Te hablo al chile, compadre. Poneme a cualquiera de esos hijueputas taco a taco, maje. A cualquierita. Vos sabés que los desculamos, por dere, compadre. Simón, verídico lo que dice Chicha. Aquel chavalo, hijo del viejo sapo de la pulpería camina vendiendo tilas y ñoña. Como que no sabe todo mundo en Tipitapa. Y miralo si se lo llevan. Y a uno no lo pueden agarrar con un bate en la cancha para ir a jugar la perrera bien proyectado porque lo desculan y se lo llevan a la estación. No, compadre. Ya es mucho vulgareo el de estos hijuelacienputas. Y ahora miralos a los perros cómo le andan disparando a los chavalos en las protestas. Te lo digo al chile, compadre. Esos chavalos sí se están rifando. Aquí vienen esos pescas y nos ponen pálidos y chirizos. Pero esos chateles sí salieron rifados, compadre. Aquí tenemos a todos los sapos contra uno. Que porque uno es vago. Que porque uno no quiere andar metido en las mierdas políticas de ellos. Esos hijueputas sí son los vagos. Los que andan acarreando en las camionetas. Y no es de ahorita. A los puenteros llevan años ya sacándolos cada vez que hay alguna marcha en Managua ¿Y a qué los llevan? ¿No es a garrotear chavalos que no andan buscando pleito? Y regresan los hijueputas, como gran verga, enseñando los celulares que se pelaron. Contando cómo desturcaron a un fresita o cómo le agarraron todo el gancho a una jañita. Y queriéndolo alucinar a uno con las hechizas que les dejan andar los pescas. Te lo digo al chile, compadre. Su madre esos puercos hijos de la setenta mil millones de la gran puta. Su madre esos chavalos culiados que andan de sapos con la pesca y con los CPC. Ahorita es que los tenemos que descular a esos hijueputas. Mirá esos chavalos, maje. Cómo están volando verga en las universidades. Hay que apoyarlos, compadre. Aquí ya estamos una buena pelota. Yo digo que nos vayamos de una a la UNI. Chepe dice que tiene cuatro tubos. Allá que nos den morteros. Estamos ocho. Los otros cuatro ahí se descobijan tirando lajas, como que no supieran, je, je, je. Los tubos sólo para los que los saben usar. Que nadie vaya a estar cuadreando. Y nos vamos organizados, compadre. Sin vulgareo. A apoyar a los chavalos y a bajarnos a alguno de esos perros. Mirá cómo palmaron a ese brother aquí ayer en la Alcaldía. Yo no me voy a quedar aquí en el barrio esperando que me vengan a palmar, al chile te lo digo. El viejo Chele dice que nos puede llevar hasta la propia UNI en el camión con la arena, porque va para los lados del Zumen. Sale cuarto para las once. En veinte minutos. Ahí nos vamos como que somos los trabajadores y encaletamos los tubos en la arena. Sobre pues, perros. Démonos la abierta. Vivos ahí. A montarle Catarina a estos mierdas.

 

5.

Yo no estuve en la protesta del 18 en Camino de Oriente. En realidad, la semana anterior seguí el breve movimiento #SOSIndioMaíz con cierta distancia, angustia y escepticismo. El incendio era como una metáfora solidificada sobre esa extraña parálisis de la cual padecía últimamente el devenir histórico de Nicaragua. Una parte vital del país ardía, literalmente, y una gigantesca cortina de humo se alzaba ante nosotros, las clases medias urbanas. Parecía haber poco o nada por hacer desde los espacios públicos de nuestras pequeñas urbes: algunos pocos muchachos agitaban pancartas en la calle, con un empuje admirable, pero con una ingenuidad que dolía ver; habíamos quienes lanzábamos tuits incendiarios contra el gobierno, y nada más, tuits que estallaban en nódulos de redes que movilizaban la opinión pública de la clase media en el espacio virtual; otros llevaban a cabo una campaña de asistencia y apoyo a las comunidades afectadas a través del acopio de insumos. El escepticismo, por otro lado, me venía de una desconfianza hacia las fuentes ideológicas y los medios que articulan el ideario político de estos jóvenes (lo sé, porque muchos son mis alumnos), casi siempre influenciados por tendencias de las redes sociales que, en el mejor de los casos, son una transcripción de interpretaciones de algunos “problemas de primer mundo” impuestas de forma irreflexiva a ciertas realidades muy selectivas del espectro político y social de Nicaragua. En concreto, desconfiaba de la genuina convicción política de estos muchachos, de su comprensión de las causas sistémicas y concretas que sostienen lo que es apenas una expresión de nuestra lamentable cultura política. Por eso, la mañana del 18 de abril escribía un tuit donde ponía en duda que estos jóvenes se fuesen a movilizar de la misma manera ante un problema tan complejo y específico de la realidad política del país, como lo era el decreto emitido por el consejo administrativo del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, y ratificado por el Ejecutivo esa misma mañana. Felizmente me di, como decimos en buen nica, con la piedra en las tapas. Pero por la tarde del mismo día fui espectador, junto a miles de nicaragüenses, mediante lives de Facebook y el par de canales de televisión que no pertenecen a la familia Murillo-Ortega, de cómo un grupo de jóvenes y adultos más nutrido, quizá más unido de lo habitual pero, en definitiva, con mucho menos miedo, alzaba, de la forma más espontánea, un plantón cívico a lo largo del tramo de Carretera a Masaya que colinda con Camino de Oriente. Pero entonces no tenía idea, me atrevo a decir que nadie la tenía, de lo que estaba por venir en los siguientes días. Junto a miles fui testigo de los ataques cobardes de las turbas del régimen contra manifestantes pacíficos y periodistas independientes. Era el cuadro de siempre. El cuadro de represión que no se había visto en las calles de Managua durante los últimos cinco años, no por una apertura del gobierno al disenso social, si no por una desarticulación y desmovilización total de cualquier expresión del mismo. Pero esta vez fue un poco más allá. Luego que las turbas se replegaron, dejando varios heridos, un cordón desproporcionado de antimotines empezó a reprimir a los manifestantes, haciéndolos retroceder hasta la rotonda de Galerías, donde una vez más fueron sitiados por las turbas. Al mismo tiempo, un grupo de jóvenes que levantaban un plantón en las afueras de la UCA fueron atacados y obligados a resguardarse en el campus. Era el cuadro habitual, pero tanto el despliegue innecesario de fuerza por parte del gobierno, como la tenacidad de los jóvenes que protestaban, eran bastante mayores que en otras ocasiones. Ayer, 19, una atmósfera inusual cubría Managua. Las convocatorias a las concentraciones parecen surgir de forma espontánea. Diferentes focos de protesta cada hora, en distintos puntos de la capital: Metrocentro, pista Jean Paul Genie, Las Colinas, UNA, UNI, UCA (mi alma máter y, desde hace casi un año, mi centro de labores), UPOLI. También en municipios de Rivas, Carazo, León, Estelí, Boaco, Granada. Algunos focos se concretan, otros no. Al final la movilización es generalizada.  Ayer también cayeron los tres primeros muertos de esta dictadura:  Darwin Urbina, un trabajador del Palí que decidió apoyar las protestas de la UPOLI, con la garganta destrozada por un escopetazo; Hilton Manzanares, oficial de la Dirección de Operaciones Especiales de la Policía Nacional, muerto por impactos de bala en la UPOLI; Richard Pavón, de 17 años, quien participaba en protestas cerca de la Alcaldía de Tipitapa. Ayer, 19 por la tarde, decidí ir a la UCA, donde varios estudiantes convocaban a una concentración. Hace cuatro años me gradué como sociólogo en esa universidad y me estrené como docente en el segundo cuatrimestre de 2017, poco después de culminar mis estudios de postgrado en el exterior. Desde el inicio de mi carrera, me movilicé por distintas causas. La último fue  #OcupaINSS, donde fui secuestrado por turbas del régimen, y pasé dos noches en El Chipote. Eso, en 2013. Desde entonces decidí desmovilizarme de toda actividad política o cívica. Pero ver desde ayer de nuevo a estos muchachos, menores que yo, ahora expuestos a las balas, a la represión brutal del aparato de Estado, y verlos decididos a resistir a toda costa, sin siquiera considerar abandonar la lucha, sino más bien preparándose para una tercera jornada de protesta, cuando la represión sólo arrecia... No pude quedarme como espectador a través de las redes sociales. Decidí que tenía que ir con ellos, e insistir mucho en la organización. Tratar de captar a elementos confiables, y tratar de realizar una organización mínima, para mantener comunicación fluida, para coordinar desplazamientos a puntos de protesta. Son jóvenes valientes, llenos de buenas intenciones, pero con un tremendo analfabetismo político. Son una generación post-ideológica, consumista y ensimismada, esclava del placer, en las clases medias y altas, o de la explotación social, en el resto. Una generación aislada de la política por la generación de sus padres. Des-ideologizados por la hiper-ideologización de las generaciones previas. Necesitaban organización mínima para vertebrar sus buenas intenciones, que surgía en pequeños focos. Y eso había que formar, pequeños grupos autónomos, que se mantuviesen alertas de la situación, y listos para articular acciones mayores. Y siempre pendientes de no entregar la organización, el músculo social a actores de los que uno no puede confiarse “ni tantito así”, como la empresa privada, el gran capital, la iglesia católica, los partidos tradicionales. El valor de esto es su espontaneidad y su autonomía. Por eso, ayer por la tarde me fui a la UCA. Pero a los cinco minutos de haber llegado, un grupo de antimotines empezó a dispersar, con gases lacrimógenos y balas de goma, a unas quinientas personas que ya nos concentrábamos en el lugar. Cayeron por todos lados, y trataron de rodearnos. Algunos logramos saltar la barda de Metrocentro, y ahí nos refugiamos. Otros corrían despavoridos por la calle. Con cierta complicidad disimulada de los guardias de seguridad de Metrocentro, logramos abrir los portones. Entonces ya éramos alrededor de veinte reunidos en el parqueo de Metrocentro. Les pedí que nos ordenáramos, que tratáramos de encontrar un lugar seguro, o de resguardarnos en el interior de la UCA. Alguien dijo que los portones estaban cerrados, y que no estaban dejando entrar. Los guardias de seguridad decidieron que yo era el líder, y me pidieron que moviera a mi gente, porque estábamos exponiendo a quienes acudían por otros motivos a aquel centro de compras, y sobre todo comprometiéndolos a ellos. Nos ordenamos en escuadras de cinco personas y nos desplazarnos, despejando cada esquina, para asegurar el avance de la siguiente escuadra, siempre en dirección al portón oriental de la UCA.  Pero sólo logramos llegar a una casa cercana a la Avenida Universitaria, donde otros muchachos que se nos juntaron en el camino nos informaron que estaban dando atención de primeros auxilios y refugiando estudiantes. Nos recibió una señora, con su hija de unos 20 años.  Entramos rápidamente, vigilando que nadie nos mirara. Dentro del garaje había alrededor de cincuenta personas. Un pequeño grupo iba y venía llevando bolsas con aguas e insumos médicos, sorteando los cordones de antimotines y los gases lacrimógenos, a los muchachos que resistían dentro de la UNI. La atmósfera dejaba sentir una tensa calma que nos hacía conjeturar todo tipo de escenarios. Entonces empecé a pedir que los que estábamos ahí, los que ya nos habíamos visto las caras, nos anotáramos en una hoja, para crear un grupo de Whatsapp, y luego subgrupos según área geográfica. Todo esto pasó ayer, durante la segunda jornada de protestas. Y los grupos nos permitieron monitorizar la situación en casi toda Managua, y ponernos de acuerdo para vernos hoy, de nuevo, en Metrocentro, y desde ahí movernos todos juntos hacia la UNI, la Catedral o cualquiera que fuese el punto de concentración de los varios que se han convocado espontáneamente a través de las redes sociales. Ahora son poco más de las diez de la mañana, y voy saliendo de mi apartamento en Carretera a Masaya para reunirme con los muchachos y sumarnos a esta tercera jornada de protestas y lucha cívica. Realmente es un viernes extraño, un tanto distinto a otros viernes.

 

6.

La comisionada Granera habla y habla pero aquí nadie la está escuchando. Primero porque aquí todos sabemos quiénes son los que mandan. Segundo, porque todos tenemos la mente y la vista puesta en Hilton, el compañero asesinado en cumplimiento de su deber por grupos delincuenciales de la derecha que pretenden tomar el control en el sector de la UPOLI, y que ahora está metido en ese ataúd al que ahora rendimos homenaje. Tercero, porque muchos de aquí estamos cansados, desvelados, pero sobre todo encachimbados, y queremos estar en la calle. Porque nos han humillado. Nos han irrespetado. Han salido a las calles y nos han dicho de todo. Se nos han puesto de frente, como si no supieran que podemos aplastarlos como a cucarachas, si tan sólo nos dieran la orden. Pero ahora sí, estos criminales van a conocer lo que es la Policía Sandinista. Y van a conocer lo que es la DOEP. Y sobre todo van a conocer lo que son los TAPIR. Esta rabia, que también puedo ver en los rostros de todos mis compañeros, es la que nos une en estos momentos. La que nos hace más fuertes. Sobre todo ahora que nos tocaron a uno de los nuestros. Ahora sí van a saber lo que es meterse a jugar de insurrectos. ¡Plomo! Eso es lo que quieren, y eso es lo que repetimos todos en nuestras cabezas, desde nuestra formación: ¡Plomo, plomo, plomo, plomo! Y eso es lo que les vamos a dar. Porque vamos a defender esta Revolución con las armas en las manos. Vamos a defender este gobierno con todos los fierros. La mamá de Hilton llorando, agarrándose del ataúd cuando los cadetes de la Walter le ponían las banderas, aquí en la entrada de Plaza el Sol, nos da más valor, más mística para seguir adelante. Fueron veintiún descargas disparadas en honor de nuestro compañero, y cada una hacía que nos hirviera más y más la sangre. ¡Plomo!, corre por nuestras venas, retumba en nuestros pulmones ¡Plomo!, que van a escupir nuestras armas contra todas estas ratas. La comisionada está dando su discurso, pero del otro lado del muro de la institución, cruzando la calle, escuchamos detonaciones de morteros en la Catedral, consignas falaces, gritos de las turbas de la derecha, haciendo y deshaciendo a sus anchas. Estos delincuentes creen que no podemos entrar ahí para partirles el culo. Pero ya van a saber lo que es la Policía Nacional de Nicaragua. Sabemos que varios compañeros antimotines están tratando de replegar y capturar a los criminales. Dicen que hay casi mil personas en la Catedral, y alrededor de doscientos chavalos con piedras, morteros, machetes y hasta armas de fuego tomándose las calles. No vamos a permitir que, incluso en la solemnidad de este acto, se infiltren sus consignas. Nos retan. Nos ofenden: “¡Que se rinda tu madre! ¡Patria libre! ¡Policías cobardes!”. Nos dicen asesinos, nos dicen maricones, nos dicen redondos y se ríen de nosotros. Tienen que agradecer la paciencia del Comandante. Tienen que agradecer que no ha dado la orden de fulminarlos a todos. Podríamos barrer con todos estos delincuentes que andan en la calle en un par de horas. Levantarlos como cucarachas. Tenemos la capacidad. Pero no nos dan la orden. La orientación es disparar a estos delincuentes, pero desde puntos ciegos. Distraerlos con cordones de antimotines, con gases, con balas de goma, para que nuestros efectivos los cacen desde posiciones de francotirador, o donde no pudiesen determinar de qué lado procedían las balas. Tenemos francotiradores en el estadio nuevo, y desde ahí pueden blanquear a cualquier hijueputa que esté en el campo de la UNI o en la calle lateral de la Catedral. Terminando este acto, vamos todos a la calle. Y ahora sí, ya van a saber lo que es cajeta estos culitos rosados.

 

7.

Miro fijamente el hilo de humo que asciende desde la brasa en línea recta, hasta caracolear a la altura de las persianas. Del otro lado, una nube cubre el rectángulo gris de cielo de Managua que se alcanza a ver desde mi ventana, pero desaparece, engullido por la negritud, cuando parpadeo, cada vez más prolongadamente. Cada parpadeo es como hundir el alma en un pozo de sueños indiscernibles. Sin embargo, cualquier sensación, cualquier ruido, por mínimo que sea, es suficiente para expulsarme de vuelta a la vigilia. Y me percato de que me estoy volviendo a quedar dormida. Entonces abro los ojos tanto como puedo. Mis pupilas son como dos hoyos negros engullendo la realidad. Realidad que contrasto violentamente con la última fracción de sueño, con el último parpadeo, y sólo entonces sé que, al menos por segundos, he soñado. Sé también, pero de pronto lo olvido, que Ramiro duerme a mi lado. Y trato de mantener los ojos tan abiertos como puedo. Agarro otro cigarro del paquete que tengo junto a la cama. Miro fijamente el hilo de humo que asciende desde la brasa en línea recta, hasta caracolear a la altura de las persianas. La nube ya pasó y un haz de luz atraviesa la ventana, pero no nos toca. Rebota, más bien, contra el espejo y dibuja un trapecio de luz en el suelo, pasando perpendicular a nuestros cuerpos, mi cuerpo y el de Ramiro, que duerme a mi lado. Y lo observo. Observo cómo la línea de su nariz, de su frente, sus labios entreabiertos son engullidos de nuevo por la negritud, por un parpadeo cada vez más prolongado. Hasta que su cara se hunde en el pozo negro de los sueños. Se disuelve y se mezcla con el amasijo de imágenes indiscernibles que hormiguea del otro lado de mis párpados, hasta que el ruido de un camión o de un vendedor ambulante que pasa por la calle me arrastra de vuelta a la vigilia, evapora la negritud de mi párpados y en un instante (en el cual la cara de Ramiro reaparece, todavía lustrosa, lamida por la brea del sueño, y el cigarrillo que arde entre los dedos de mi mano se tambalea y cae al suelo, haciendo un pequeño alboroto de chispas y cenizas sobre los ladrillos rojos de la vigilia) la realidad, o el sueño de la vigilia, re-aparece. Pero parpadeo otra vez, y vuelvo a hundirme, a flotar, a rodar sobre el tablado negro del sueño. El motor de una moto me vuelve a despertar. Y vuelvo a caer dormida. Y a despertar. Hasta que me pasa lo de siempre: que no sé cuál Fernanda es la que despierta cuando Fernanda despierta, si la de los sueños o la que sueña.  No sé si despierto en el sueño o en la vigilia, y eso me pasa más a menudo desde que me empecé a meter ácido. Pero esta vez creo ser yo, la que sueña, pero que ahora está despierta. Que ahora decide levantarse de la cama. Entonces aparto el brazo de Ramiro que rodea mi cintura, y me incorporo. Recojo el cigarro y lo pongo en mi boca, mientras me miro en el espejo, rodeada todavía por las alimañas de mis sueños. Luego salgo del cuarto. Ramiro está despertando y, justo cuando cierro la puerta, dice algo que no me preocupa demasiado entender. Ramiro sabe perfectamente sobre mi condición. Sobre mi bipolaridad y sobre mis brotes psicóticos, y sobre mis ataques de pánico. Llevamos un año prácticamente viviendo juntos, y algo así es casi imposible ocultárselo a una pareja. Se lo conté la segunda vez que nos vimos, que también fue la primera vez que cogimos. El maje me dijo que llegara a la Loma de Tiscapa, a un parque que había en la parte de arriba, donde está la silueta de Sandino. Me gustó la propuesta. No era la invitación normal de un maje que te quiere coger de una. Esos majes normalmente te llevan a un bar porque saben que, para que les parezcás interesante, tienen que picarte antes. O, si se sienten más seguros de sí mismos, te dicen de un solo que llegués a su casa, “a fumar y chillear”, “a ver una movie y chillear”, “a tomar algo, platicar y chillear”. Siempre los mismos cuentos, las mismas propuestas. Un par de meses en Tinder, y una puede darse cuenta de que hay un patrón bien limitado, bien sencillo, compuesto por cinco o seis variaciones, que se repite y repite entre los chavalos de Managua al momento de abordarla a una. Pero me aburrí de Tinder. Fue alegre. Un año alegre. Un año que conglomera casi la totalidad de mis experiencias sexuales. Pero me aburrí. Antes de Tinder, y antes de Ramiro, sólo tuve un novio. Una relación que fue un maldito infierno. Y Ramiro fue el último maje de Tinder con el que salí. Era raro no habernos conocido antes. Ambos estudiábamos en la UCA, y teníamos algunos amigos en común. Frecuentábamos los mismos bares, consumíamos las mismas drogas, incluso teníamos el mismo dealer de coca. Pero quiso el destino que nos conociéramos en Tinder, un primero de abril de 2017 (soy buena recordando fechas, edades, números de placas, números de teléfonos; también estableciendo patrones y secuencias, distintas relaciones entre las personas o situaciones a quienes corresponden cada número; soy buena identificando qué número es bueno y qué número es funesto, y también sé cómo interactúan las cifras entre sí; sé todo esto porque las cifras son de vital importancia; si alguien se hubiese preocupado por llevar un registro riguroso de ciertas cifras, esto que está pasando ahora, y lo que se viene, no nos agarraría por sorpresa, y sabríamos qué hacer en cada instante, ante la emergencia de cada acontecimiento). Pero Ramiro... Desde ese día, el día que hicimos match, me invitó a salir.  Le dije que ahí veíamos, que no tenía mucho tiempo, pero que le iba a avisar. Pero la verdad sí tenía tiempo. Lo que no tenía eran demasiadas ganas. Porque la noche anterior había salido con un canadiense, a quien llamaremos Ryan, con el que llevaba algunas semanas escribiéndome en Tinder. Ryan vivía en Granada, en el hostal de un amigo de infancia, otro canadiense, a quien llamaremos Bob, quien había llegado al país hacía nueve años, atraído por las playas de surf y los bajos precios de las tierras. Pero, tras conocer a quien sería la madre de sus dos hijas (una rivense que trabajaba como mesera en un pequeño bar de Tola), Bob decidió instalarse e invertir en Nicaragua. Hasta entonces, no me había rifado a ir hasta Granada sólo para ver a Ryan, por varias razones: primero, porque no me encantan los cheles, o los extranjeros en general, mucho menos del tipo que suele venir a Nicaragua (si me interesé en este canadiense en específico, en primera instancia es porque era negro, y en realidad era muy guapo, y su perfil de Tinder me transmitía confianza; luego, cuando intercambiamos packs, vi que la tenía enorme. Quizá la más grande con la que, hasta entonces, me había topado). Segundo, porque el maje me decía que me fuera en bus, y no es que me fresee de andar en bus, para nada, siempre me muevo a la U o donde sea en ruta, pero qué hueva agarrar un interlocal hasta Granada, teniendo otros buenos polvos cerca, en Managua. Para para esos días, cuando hice match con Ramiro, una amiga cumplía años, y decidió celebrarlo en un bar de La Calzada, en Granada. Así que tenía el ride. Varios amigos se iban a quedar, y cuando se lo comenté a Ryan, me sugirió que alquiláramos habitaciones en el hostal de Bob, que seguro nos podría hacer un buen precio. Le comenté la idea a mi amiga, la cumpleañera, y le pareció estupendo. La gira era en el carro de su novio. Íbamos ellos dos, otra amiga y yo. Luego de ir a casi cada bar de La Calzada, regresamos al hostal, borrachos pero encalichados, alrededor de las tres de la madrugada. Bob abrió unas botellas de vino y Ryan preparó una bandeja de ketamina en el hornito eléctrico. El novio de mi amiga, la cumpleañera, sacó una bolsa con más o menos medio gramo de coca, y lo puso sobre la mesa. Entonces tomamos, platicamos y aspiramos coca y keta por buen rato. Esa madrugada cogí con Ryan. Y también con Bob, y con su esposa proletaria... y con mi amiga, la cumpleañera, y su novio, el del carro. La situación de pronto escaló hasta eso, sin más, y yo, en ese momento, y todavía ahora, lo quise ver como una especie de cierre. Mi primera orgía fue mi última experiencia en Tinder. Y Ryan sí que la tenía enorme, y también el novio de mi amiga. Pero en fin, un par de días después cogí con Ramiro y, aunque no la tenía tan grande, sí hubo algo a lo que se le podría llamar “buena química” entre nosotros. Podíamos platicar por horas, de cualquier cosa, como esa segunda cita cuando me empezó a contar sobre el suicidio de su papa, y sobre el asesinato de su abuelo, y a decir cosas sobre el infierno como un bosque de malinches en flor y demás. Creo que a cualquiera le hubiese parecido raro, en el mejor de los casos, y hubiese buscado cómo terminar la cita lo más pronto posible. Pero la verdad es que estaba harta de andar en ella, y yo también tenía algunas cosas que decir. Entonces, en esa ocasión también le conté sobre mi condición, sobre los problemas que me había acarreado, pero no sobre el infierno de mi relación previa, luego de la cual terminé recurriendo a Tinder. Una relación que duró tres años, al final de la cual quedé embarazada. Me hice el aborto, en medio de una situación de abuso físico y mental de lo más mierda con ese imbécil al que llamaremos Estéban, a quien entregué esos años de mi vida. A la clínica semi-clandestina me acompañó mi mejor amiga. El aborto lo pagué con dinero que conseguí vendiendo coca, una semana después de cumplir diecinueve. Estéban había sido mi primer novio, y hasta entonces mi única pareja sexual consensuada. También ha sido el único que me ha golpeado. Y el único de quien yo creía haberme enamorado. Y me golpeó ya no sé ni cuántas veces. Pero siempre regresábamos. Y yo siempre usaba la culpa que él aseguraba sentir en su contra. Una culpa en la que ninguno de los dos creíamos, pero que hacíamos como si lo hiciéramos para establecer una especie de dinámica enferma de poder. Y entonces toda la relación se fue llenando de pequeños juegos de poder, de vigilancias y controles, de necesidades afectivas mal encauzadas. Me pegaba casi siempre por celos, sin que jamás le hubiese sido infiel, sin que hubiese dado siquiera motivos de sospechas. Luego me enteré de que él sí se anduvo cogiendo a media Managua. Y no es como que mis amigas no me lo hubieran insinuado o dicho de la manera más clara varias veces, sino que yo permanecía cubierta por una especie de membrana de estupidez y masoquismo que se rompió para siempre luego del aborto. Luego de que, sabiendo que estaba embarazada, habiendo acordado, como tantas veces antes, enmendar los errores y crear un hogar sano para nuestro hijo o hija, volvió a golpearme. Y lo hizo con cuidado de no golpearme el vientre. Sólo me dio en la cara, hasta dejarme boqueando en el piso entre gargajos de sangre, con el labio reventado y la ceja partida, rogándole que parara. Yo creía que estaba enamorada y quería creer que él también. Después de esa vergueada, se fue, y me dejó sola, llorando. Entonces llamé a mi mejor amiga, y le pedí que fuera por mí. Esta vez sí me llevé todas mis cosas del apartamento que estábamos alquilando. Cuando salí, algunos vecinos me vieron con cara de lástima, pero con alivio por verme partir de una vez por todas. Entonces hablé con quien había sido mi dealer, y le dije que me urgía hacer plata, que me rifaba a vender coca por un par de semanas en los bacanales a los que iba, que tenía un montón de brothers y que fijo la iba a mover rápido. Me dijo que nos viéramos para negociar, pero cuando me vio la cara desfigurada, y el estado emocional en que me encontraba, prefirió no hablar mucho y decirme que no había falla, que a él le tenía que regresar cierta cantidad por cada bolsa, y que la diferencia yo la establecía, y esa era mi ganancia. De ahí saqué para mi aborto, justo en la décima semana. Luego me dirigí a la Comisaría de la Mujer y la Niñez, a interponer una denuncia contra mi ex. El día de la mediación, por alguna razón estúpida me apiadé de él, y sólo pedí una orden de restricción. Antes de entrar, nos hallamos en el estacionamiento de los juzgados. Él llegó con su mamá y su abogado. Yo, sola. Se me acercó, y me dijo que se iba a alejar de mí, pero que tenía que dejarlo hacerse cargo de los gastos del embarazo, estar con el bebé cuando naciera y etcétera. Mientras me hablaba, yo hurgaba en mi bolso hasta sacar una prueba de embarazo con resultado negativo que la metí en la bolsa de la camisa. “Ya no hay bebé, imbécil”, le dije, y entré a la sala. A Ramiro lo conocí, casualmente, una semana después de cumplir veinte. Un año después de todo aquello. Un año en el que pude disfrutar de hacer y ser con plena libertad eso de lo que Estéban me acusaba una y otra vez, y por lo que trataba de hacerme sentir el ser más despreciable del planeta: ser una “zorra”, esto es, una chavala que vive su vida sexual en plenitud y libertad. Responsablemente, sin más estupideces. Porque lo que menos quería era otro aborto. O, mucho menos, alguna enfermedad. En eso en realidad soy casi una excepción, porque la mayoría de mis amigas tienden a ser de lo más estúpidas e irresponsables con su vida sexual. Cogen sin condón con cheles que conocen la misma noche o con fuckboys de Tinder. Dejan que se vengan adentro y andan tomando PPMS como estúpidas. Pero en fin. Mi vida y mi cabeza puede que sean un desturque, pero con mi sexualidad, desde mi aborto, he procurado ser responsable. También durante ese año busqué terapia por primera vez, lo cual en realidad fue una mejor decisión de lo que había pensado. Luego de unas cuantas sesiones, mi terapeuta me remitió a un psiquiatra, quien me diagnosticó trastorno bipolar tipo II. Me explicó el cuadro clínico, los ciclos y cómo manejarlos. Me dijo que tenía que cuidar las manías, pues según lo que le contaba, podría estar tendiendo hacia cuadros de ansiedad y episodios psicóticos. Me recetó Wellbutrin, Lamictal y Risperdal, y me mandó de regreso con el terapeuta. Entonces fue un año de libertad y de ponerme en orden. O al menos en relativa paz conmigo misma. Y después, cuando ya me estaba aburriendo de Tinder, cuando ya me sentía mejor, más estable para estar con alguien, conocí a Ramiro, y hubo una especie de clic. Y nos vimos en el parque de la loma de Tiscapa, y me contó del suicidio de su papa y del martirio de su abuelo, y de sus nombres, y de los malinches que íbamos a ver en mayo. Y yo le conté de mi bipolaridad, y de mis dibujos, y de lo harta y arrepentida que estaba de mi carrera. Pero esa vez no le conté sobre mi aborto, ni sobre mi ex, ni sobre mis abusos. Eso se lo he ido contando poco a poco. Y él me ha escuchado, y ha llorado conmigo y me ha aceptado con todas mis cagadas, sin juzgarme. Ha compartido algo de mi dolor conmigo. Y lo he convertido en mi refugio. Quizá a veces sólo en eso. Pero también lo quiero, y también me gusta. Y también lo escucho, y sobre todo lo leo. Una vez que salimos con sus amigos poetas, a uno de esos bares a los que van los chavalos poetas de Managua, ya cuando estaba algo borracha, le dije que ellos lo que buscaban en las mujeres no eran parejas, si no cheerleaders. Dos de ellos se carcajearon, y estuvieron de acuerdo. Ramiro fingió una sonrisa y cambió de tema. Los escritores, sobre todo los poetas, especialmente cuando son muy jóvenes, son seres patéticamente ególatras e inseguros. Aunque hasta cierto punto es un egotismo inofensivo, siempre y cuando lo evacuen escribiendo. La cagada son los poetas ególatras que ni siquiera escriben. Al menos Ramiro escribe. Y yo creo que sus poemas son buenos. Y también algunos de los cuentos que ha empezado a hacer. Como el que empezamos a trabajar en colaboración, yo ilustrando, él haciendo el guion, en forma de novela gráfica. Y ahí vamos con el proyecto. Tenemos esas cosas juntos. Y nos queremos y nos respetamos. Y eso para mí significa mucho. Pero tampoco significa que a veces no me sienta atraída hacia otros hombres. Ni que en el fondo esté aburrida de llevar todo un año sólo cogiendo con Ramiro. Pero ahora vivimos juntos, y estamos bien, y vuelvo a abrir la puerta del cuarto, para ver qué era lo que estaba diciéndome. “Buenos días baby”, balbucea ya un poco más despierto, “¿vas a hacer café?”. Asiento y vuelvo a cerrar. Pero voy al baño antes de entrar a la cocina. Me pongo una camiseta que cuelga de un gancho. Me echo agua en la cara. Hago gárgaras con enjuague bucal. Tomo mis pastillas, y salgo de nuevo hacia la cocina. Tengo sueño, pero ahorita no hay tiempo para estar cansada. Hoy regresamos alrededor de las tres de la mañana. Primero estuvimos en la UPOLI, trasladando parte de lo que se estaba acopiando en Catedral, y ayudando a montar el puesto médico dentro de la Universidad, porque mi hermano mayor está en su último año de medicina en la UNAN, y desde la mañana de ayer se ha organizado con otros compañeros para atender emergencias que surgen durante las protestas. Nosotros lo andamos apoyando en lo que se pueda. Fuimos de la Catedral a la UPOLI, varias veces, por vías alternas, siempre bajo el peligro de ser interceptados por una patrulla de la policía (quienes empezaban a detener vehículos para decomisar cualquier tipo de víveres o productos médicos) o por las turbas de motociclistas del régimen. Fue una noche larga y cansada. Ahora me siento un poco más despierta. Son poco más de las once. Pongo a hervir agua y busco el tarro de café molido. Luego me acodo en el desayunador, enciendo la pipa que dejamos cargada antes de ir a dormir, y reviso Twitter, para ver cómo amaneció la situación.