El descenso

Pieza perteneciente al libro Los jóvenes no pueden volver a casa (Managua: anamá, 2017).

Esta noche es la última noche con ella y por suerte mañana es sábado, piensa Jorge mientras sube las escaleras e imagina todo lo que debe hacer cuando Clara se haya marchado, cuando ella ya no sea una interrupción en su rutina. Hace tres años no pensaba lo mismo, hace tres años era ella quien pensaba que Jorge era una interrupción en su vida, un impedimento para irse a estudiar a México una maestría en Ciencias Políticas y luego un doctorado a la Universidad Libre de Berlín; pero ahora que ha vuelto es ella la que impide que Jorge siga su rutina como ha sido desde la última vez que se vieron y el drama fue protagonista de una relación que ya había terminado desde hacía mucho tiempo.

Estoy hablando del tiempo en que Clara quería irse a estudiar su maestría y no quería ningún compromiso. Ni con Jorge ni con nadie. Así se lo hizo saber a su entonces novio, y él no tuvo más opción que aceptar sus condiciones, pues le seguía pareciendo una mala jugada que ella no se quedara con él. Le había prometido volver, y sí, ella había vuelto, pero no de la manera que él esperaba.

Por otro lado, hay que decir que hasta entonces Clara sólo había vuelto dos veces al país, la primera cuando su madre sufrió un infarto mientras intentaba dormir una noche de octubre y la segunda, para enterrar a su padre. Fue en este segundo viaje cuando Clara aprovechó para decirle a Jorge que no podían seguir juntos. Al parecer Clara no soportó el peso de su propio engaño (suena atrevido decirlo), pero todo fue así:

Desde su primer viaje ella estaba segura de no querer nada con Jorge, pero no fue capaz de decirle la verdad. Así que la segunda vez no hubo compasión y le dijo: debemos terminar, loco. Él, como era de esperarse, preguntó si estaba segura de lo que decía; a lo que ella, sin prever lo que vendría luego, le confesó que tenía novio y que se llamaba Andreas, un alemán que estudiaba con ella en México y con quien, una vez finalizada la maestría, se marcharía a Alemania.

Esa noche en la habitación de Jorge –segundo piso–, la misma en la que ha vivido toda su vida, Clara sólo tenía puesto el calzón y fumaba un Windsor como si fuera el último cigarro sobre la faz de la tierra; lo contemplaba y lo cuidaba incluso más que las palabras que soltaba al momento de decirle a Jorge que no podían seguir; le explicó además que no se sentía segura de volver al país y que su inseguridad era más por un asunto laboral que sentimental. Se quedó en silencio, acaso pensando en sus padres, en su vida anterior, y en lo que vendría después. También pensaba en lo que había ocurrido. Su padre ya estaba muerto y su madre seguía recibiendo una escuálida pensión de la fábrica de zapatos donde había trabajado por más de doce años, y en cuanto a su hermano desaparecido, le deprimía la idea de volver al lugar donde ni siquiera sus amigos le eran ya cercanos. Clara buscaba una nueva vida, y estaba a punto de consolidarla, aunque años después terminaría volviendo a Managua para enterrar a su madre.

Esa noche, tras escuchar las palabras de Clara, Jorge pensó en retenerla haciéndole una propuesta indecorosa. A diferencia de ella, podríamos decir que él era un tipo anodino, un hombre de treinta y tres años intentando irse de la casa de sus padres y viajar y tratar de ser alguien importante en la vida de Clara.

Pasado un rato, en silencio, Jorge reanudó la conversación.

Pero dijiste que ibas a volver, comentó, de pie, en la oscuridad, mientras ella desde la terraza subía una pierna al barandal y respiraba profundo. Sí, lo sé, loco, respondió ella, pero la verdad no quiero nada. No con vos, como ya te dije: no sé si regrese y si regreso, ¿qué jodido voy a hacer aquí?

Jorge pensó en una respuesta inteligente, pero no encontró ninguna. Nunca tenía las palabras exactas para el momento adecuado y cuando las encontraba era ya muy tarde, como ocurrió esa noche, pues encontró la respuesta exacta cuando Clara ya se había marchado de Nicaragua.

Por un momento Jorge pensó que Clara se estaba inventando todo. Y podía hacerlo, tenía todos los insumos para hacerlo: estudiaba en la UNAM, tenía un compañero que se llamaba Andreas y tenía seguridad de que después se postularía a un doctorado en Alemania. Para entonces ya había hecho un viaje rápido a Alemania como investigadora externa de un instituto donde pasó seis meses y donde conoció a Andreas, quien después se convertiría en su compañero de clase cuando él se fue a estudiar un semestre a la UNAM.

De modo que esa noche él no supo cómo retenerla, se hundió en la tristeza y, después de cavilar una respuesta inteligente –que no hubo–, dijo algo así como «podemos seguir cogiendo». Clara se volteó y se puso a reír. Él agregó: cada quien por su lado, no habrá drama, lo prometo.

Ella continuaba riéndose, y después de un rato, cuando el cigarro se había vaciado en sus pulmones, se asomó a la ventana, cruzó los brazos y desde allí contempló la figura de Jorge: acostado, boca arriba, y con un brazo debajo de su cabeza.

Estás loco, ya te lo dije, respondió ella, riéndose en un tono totalmente sarcástico. Y luego, de tajo, sin compasión, sin pensarla dos veces, agregó: a la mierda, loco. 

¿Para qué querés estar con alguien que no te quiere? Esa fue la pregunta que quedó sonando en su cabeza... ¿Para qué, Jorge? ¿Para que te sigan humillando? ¿Para sentirte menos? ¿Para sentirte abandonado justo cuando estás con la persona a quien según vos amás?

Las preguntas iban y venían. Se dijo que Clara era una egoísta, que debía tratarla como a una hijueputa, pero no podía hacerlo porque en el fondo él la quería. Y si preguntaba por una oportunidad, aunque fuera de un modo indirecto, era porque deseaba estar con ella, acaso de una forma ilusa: casarse, tener hijos, y todas esas cosas que los padres esperan de uno. Pero para ella eso no tenía ningún caso. No quería ninguna relación, y si estaba con Andreas era porque con él había acordado  que cada quien hiciera su vida por separado. Ella estaba enamorada de Andreas y una vez finalizara la maestría, se iría con él, así que no, no había forma de volver con Jorge. Aunque en esa relación era Andreas quien dudaba si continuar o no con ella. El alemán quería seguir recorriendo América Latina, pensaba irse por Centroamérica, recorrer el Caribe centroamericano, liarse con las comunidades hippies que subían fotos de sus viajes por las sierras tarahumaras o por las ruinas de Copán o Machu Picchu. Todo esto, sin embargo, lo sabría Clara cuando regresara de su tercer viaje a Nicaragua.

Y esa noche, la noche de su segundo viaje, ella se quedó contemplando la silueta de Jorge en la oscuridad. Él agradeció que estuviera oscuro, sintió un golpe en el pecho, un golpe que se expandía cada vez más incluso en su estómago. Sintió que el abdomen se le encogía. De pronto la primera gota resbalando, como si nada pasara, como si todo siguiera normal. Clara se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Tomó su teléfono y con el resplandor de la pantalla alumbró la cama. Pudo darse cuenta. El rostro de Jorge desprendía un brillo húmedo en medio del reflejo.

Se sentó en la cama y se dejó llevar por el silencio con que sus pensamientos estaban fundidos. De vez en cuando soplaba el viento y entraba a la habitación y refrescaba el interior, pues hacía un calor de caldera que a veces el ventilador, en lugar de refrescar, intensificaba, como si escupiera fuego.

Jorge seguía llorando, ella no debía escucharlo. A Clara la escena le pareció patética, pues no estaba de más pensarlo, ella ya lo había advertido: estaba frente a un drama innecesario, algo que podía resolverse respondiendo que sí. ¿Sintió culpa? ¿Remordimiento? Nada de eso. O tal vez sí cuando se acercó a él y pasó su mano por la espalda y después se acostó en la misma posición y rozó con su mano izquierda su rostro. Entonces, y sólo entonces, sintió compasión por el muchacho treintañero con quien había tenido su primera experiencia sexual, por el primer hombre en su vida de quien de verdad se había enamorado.

Dejó que él terminara de llorar y después, cuando ya no había ningún resquicio de humedad en su rostro, lo abrazó por detrás y rozó sus pechos contra la espalda hasta que todo terminó con un orgasmo que sería recordado como «memorable» por ella.

Pero esa era la segunda vez que se reencontraban.

Y ahora, la tercera vez que vuelven a verse en mucho tiempo, quizá dos años, vale verga, piensa Jorge, no importa, porque ahora mete su mano debajo de las sábanas y ubica la entrepierna de ella; recuerda con precisión todo lo ocurrido durante el segundo viaje de Clara a Nicaragua. Ya sabemos lo que ocurrió, piensa Jorge, así que esta vez siente morbo con nada más pensar que está cogiendo con su ex ahora comprometida con un alemán.

Resbala la lengua por su espalda y le habla al oído, y es en este momento que podemos decir que los papeles se han invertido. Parece la escena de una mala película, pero Jorge sigue pensando que ella ha regresado por él. Pobre ingenuo, si supiera. Sin embargo, desde hace un mes y medio no piensa en otra cosa más que escribir su carta de motivación para postularse a una maestría en literatura en una universidad gringa, y si es aceptado ella lo verá con otros ojos, es decir, ella querrá quedarse con él y mandará al carajo al alemán. Entonces ya no tendrá que seguir escribiendo reseñas de libros y tesis de estudiantes mediocres de una carrera mediocre.

La vida de Jorge, a diferencia de la de Clara, no ha sido tan interesante. A él no le han ocurrido cosas importantes, como viajes o becas o asistencias a congresos literarios. Es un oenegero puro, dedicado a su oficio de reseñista de libros y autor de tesis universitarias. Siempre ha pensado que Clara no se quedó con él porque ella no vio una vida de viajes a su lado.

Y para ser más exactos, han pasado nueve días desde que ella regresó por tercera vez a Managua y a él le cuesta creer que todo fue tan de repente. Como si de pronto algún dios pagano hubiera devuelto lo que una vez –según él, en su mente loca– le pertenecía. Pero cuando piensa en que todo fue sin previo aviso, se refiere a que no esperaba volver a verla, menos en esas circunstancias.

A lo mejor cree que Clara está arrepentida, al menos eso pensó cuando se enteró de que ella regresaba por tercera vez al país. Pero no. La verdad es que regresó por tercera vez porque la invitaron a dictar un taller de liderazgo en una comunidad del norte, donde ha pasado cinco días compartiendo algunas técnicas de liderazgo comunitario.

De modo que cuando le confirmaron su viaje a Nicaragua, no dudó en escribirle a Jorge para decirle que volvería al terruño y, puesto que no tenía dónde quedarse, esperaba que él le ofreciera hospedaje.

Ese día, Jorge, un tanto extrañado, leyó varias veces el mensaje y esperó varias horas para escribir su respuesta, la cual fue algo así como: «Vos sabés que aquí  tenés un lugar donde quedarte», a lo que Clara respondió después: «Me quedaré nueve días, pasaré cinco en una comunidad y los demás en Managua, ¿qué haremos durante los días restantes?».

Jorge no respondió de inmediato. Esperó que se acercara la fecha, tal vez tres o cinco días antes de que ella pisara suelo nicaragüense.

Fue a buscarla al aeropuerto y la primera noche durmieron juntos. Intentaron guardar el deseo de sentir sus cuerpos distantes en una cama caliente. Al comienzo algo se los impedía. Él estaba contra la pared, dándole la espalda a ella, y ella, en un arrebato de locura –porque no pudo describirlo de otra manera cuando se lo contó a Andreas–, le besó la espalda. Jorge se dio la vuelta y de inmediato se vieron como la primera vez, compenetrados y sin otra salida que terminar lo que ya había comenzado.

Esa vez, después de que Jorge le acariciara los pechos, Clara, sin pensarlo dos veces, le preguntó si tenía condones. Jorge no contestó, se levantó en silencio y fue a buscar a la gaveta los últimos que quedaban, pues una semana antes de que ella llegara, se había pasado encerrado varios días con Hilary, una periodista gringa de Washington que había vivido durante un año en el país.

Regresó a la cama con la impresión de quien está a punto de coronar.

Después de coger no se volvieron a dirigir la palabra y al amanecer Clara se fue a San José de Bocay, y no volvió sino hasta cinco días después. Fue por ella a la terminal de buses del Mayoreo y, de camino a la casa, le propuso que fueran a dar una vuelta por la ciudad. Clara dijo que no tenía ganas, que podía encontrarse a algunos familiares y que por eso quería ir fuera de Managua; mejor vamos a la playa, salgamos de aquí, ojalá podamos salir, dijo.

Puesto que Jorge no tenía nada que lo retuviera, además, desde hacía varios meses estaba enfocado en un proyecto mucho más productivo que escribir y corregir tesis mediocres de estudiantes mediocres de una universidad mediocre, aceptó la propuesta de Clara.

Esa misma mañana metieron en dos mochilas ropa y cosas prácticas que fueran a necesitar durante los siguientes cuatro días en la playa. Salieron a eso del mediodía rumbo al Roberto Huembes, más tarde tomaron el bus y llegaron a San Juan del Sur a eso de las cuatro y media.

Los días en San Juan del Sur no tienen mucha importancia, pero huelga decir que no salieron de la habitación del hotel durante los primeros tres días, y sólo al cuarto día caminaron por la playa y se sentaron a escudriñar el atardecer. De pronto se vieron frente a frente rememorando lo sucedido. Evaluaron todas las veces que habían tenido sexo. Fue Clara quien los clasificó. Para ella el último había sido el mejor. Me diste como si no hubiera mañana, dijo luego, apoyada con sus codos en la arena.

Se quedaron tirados en la playa hasta que el cielo quedó completamente oscuro, y fue hasta ese momento que se pusieron a repasar qué había sido de sus vidas. Jorge no soltó los nombres de sus amantes, Clara, en cambio, enfatizó que después de él sólo había estado con Andreas. No hay nadie más en mi vida, sólo Andreas, insistió.

Más tarde él se preguntó por qué no le contó los detalles de sus aventuras así como ella había contado todo sobre Andreas. Por algún momento pensó en contarle de Matías, su hijo de dos años producto de una relación con una abogada dedicada a la docencia, y que llevaba año y medio escribiendo una novela y que esa era la razón de que le urgiera escribir su carta de motivación para que por fin alguna universidad gringa lo aceptara. También esa era la razón de que todo terminara al día siguiente, porque al fin se sentaría a escribir y corregir los primeros párrafos de su carta, y seguir escribiendo su libro, su novela, su gran novela.

Su vida de negro literario de estudiantes universitarios le aburría, y no sólo eso: lo ahogaba en la más puta de las desgracias, pues no tenía cómo pagar la pensión alimenticia de Matías. Las tesis versaban sobre las obras de Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, o el simbolismo en la obra de Darío, o la resignación en la Generación del Desasosiego. Su intención, sin embargo, era dedicarse a escribir su libro, pues la necesidad de escribir, le había dicho una vez a Clara, me carcome: es una obsesión permanente, una necesidad que me ronda desde la infancia. Todos sus amigos se habían marchado, algunos estudiaban en universidades extranjeras, otros simplemente se habían ido en busca de un mejor empleo lejos de las fronteras de Nicaragua, y él seguía siendo el hijo mimado y abnegado que se resistía a irse de casa.

 

Regresan a Managua hoy viernes, y puesto que mañana es sábado, Jorge sigue pensando en Clara y en cómo será la despedida. Clara sigue boca abajo, sin dirigirle la palabra. Él está sentado contra la pared, en la misma posición que Clara estuvo la vez anterior. De pronto se ve allí, inútil, sin hacer nada, por un momento pensó que iban a coger, pero lo cierto es que la última vez fue en San Juan del Sur, y para Clara ya todo terminó; no quiere saber nada; sólo espera a que amanezca y así agarrar sus maletas e irse en busca de un taxi. Sin embargo, Jorge prepara en su imaginación la despedida, «debe ser una despedida solemne», piensa con esmerado énfasis; se le ocurren varios escenarios: él se levanta temprano –el vuelo de Clara sale a las dos de la tarde– y prepara el desayuno, el último desayuno con Clara, y después de desayunar baja las maletas del segundo piso, atraviesa la sala, llama a un taxi y la despide en la puerta; le dice adiós y agrega algo como ojalá volvamos a vernos, entonces ella comienza a llorar y le pide que vaya a Berlín, que puede quedarse en su casa, pero luego desiste y descarta este escenario, pues le parece completamente ridículo. 

Por un momento deja de pensar, pues estando allí, sin hacer nada, lo hace sentir estúpido, así que se levanta y da un rodeo por el cuarto, se queda en una esquina de la habitación, luego sale al balcón y piensa en otro escenario, «uno menos patético», piensa: Él la acompaña hasta el aeropuerto y espera a que Clara haga el check in en el mostrador de la aerolínea; mientras tanto, él la espera del otro lado, sentado en una mesa y con un café, se queda pensativo viendo el color del café... entonces llega Clara, y ella le pregunta en qué piensa. Él le responde que en nada, y ella insiste en saber qué está pensando, pero la verdad es que él nunca ha compartido sus pensamientos con ella, y si los cuenta, sería una enumeración de mentiras o verdades a medias. Nunca lo hace, no lo hará esta vez, y si lo hiciera, sería como entregar su única defensa. Entonces están en una cafetería del aeropuerto, la invita a sentarse; le pregunta si quiere algo, ella dice que no; argumenta que tomar café antes de viajar la pone más ansiosa, entonces él recuerda su primer viaje juntos a Corn Island y la ansiedad que ella pasó antes de abordar el avión y también recuerda la vez que se perdió en un concierto de Milly Majuc y la encontró dos horas después llorando en la acera de un edificio en la Carretera a Masaya.

Se convence de que todos los escenarios suceden en situaciones ingenuas; ninguno le parece el más adecuado, así que se concentra en retomar lo que estaba intentando, se regresa donde ella y le acaricia la espalda, al tiempo que busca con su mano los pequeños pechos temblorosos, y se mete bajo las sábanas. Esta vez nadie pregunta por los condones, además, piensa Jorge, sería abandonar todo ahora. Así que le recita versos, y a Clara esto le parece patético, pero no le dice nada porque su concentración está en llegar al primer orgasmo. Ella juraba que no volvería a acostarse con él, y ahora que viene, que llega el último orgasmo con Jorge, borra todo pensamiento negativo y se concentra en su silencio, en las palabras lejanas de su amante que vienen como una estampida de potros salvajes a estrellarse contra el abismo.

Cuando por fin lo logra, avienta a Jorge contra la pared, le pide que no termine dentro y le interrumpe su coito; un coito frustrado. ¿Te viniste?, le pregunta asustada. No, dice él. Ella se levanta, y Jorge permanece sentado contra el respaldar de la cama. Clara entra al baño y no sale de allí, lleva más de quince minutos; pasa media hora. Entonces él se levanta, se viste y baja al primer piso. Sale al patio, y se queda sentado en una hamaca con la mente en blanco; a ratos escucha los ronquidos de su padre que duerme con su madre en el cuarto contiguo de la primera planta, y a quienes no ha visto en varios días.

Cuando son más de las once, siente las picaduras de los mosquitos, se levanta, sube las gradas y piensa: por suerte mañana es sábado y esta noche es la última noche con ella, entonces voy a tener tiempo para trabajar en mi novela y en la carta de motivación.

Va subiendo los escalones con cuidado, no quiere hacer ruido, abre la puerta de la habitación, se mete a la cama, intenta abrazar a Clara, pero ella lo rechaza. En realidad no lo rechaza, ella está durmiendo profundamente y él sigue pensando en cómo será mañana cuando amanezca y tenga que verla a la cara.

Amanece y Clara es la primera en levantarse; él sigue dormido, intenta despertarlo, él pregunta qué hora es. Clara responde que las siete y le propone que siga durmiendo, Jorge ni siquiera se inmuta y se da media vuelta. Clara baja su maleta y atraviesa el porche. Regresa a la habitación, piensa en levantarlo, pero al final desiste. La verdad es que no quiere ninguna despedida y agradece que Jorge siga dormido; así podrá cerrar la puerta y caminar por el andén en busca de un taxi.

Durante el camino sonríe y no deja de pensar en Jorge. Ahora es en él en quien piensa y sigue pensando en él incluso después de abordar el avión.

En cuanto a Jorge, se levanta después de las dos, enciende su computadora y encuentra varios mensajes de estudiantes que le solicitan escribir un artículo sobre Walter Benjamin. Lo mismo de siempre, piensa entonces. Cierra el correo y abre el archivo de Word de la carta de motivación, escribe algo, lo borra, luego abre el archivo de su libro, tampoco es capaz de escribir siquiera una sola palabra.

No le gusta nada de lo que ha escrito, elimina el archivo, la carta, y se levanta en busca de un libro. Es un libro de poemas. ¿Por qué poesía? Porque tiene la costumbre de leer un poema cada mañana, y, ahora, en lugar de avanzar en su novela, se le atraviesan por la cabeza varios versos. Desde hace rato que le vienen sonando en la cabeza, la prosa se torna verso, las palabras eligen su camino y entonces, en lugar de convertirse en negro literario de su personaje, calibra las emociones a través de las palabras que saltan sobre la pantalla: Estoy viejo, me pesan los años y mis botas ya no soportan tanta juventud.

Los lee de nuevo, y entonces borra, reescribe y vuelve a escribir sobre los primeros versos: Mi juventud pesa como pesan los años en los libros de Historia. Tampoco le gusta. Agarra el libro de Nietzsche, Así habló Zaratustra, que hace una semana empezó a leer, y están allí, las palabras que definen mejor su estado. Lee a golpe de emoción. Ahora la imagen de Clara quemándole el pecho. Recupera los archivos de Word de la papelera y los relee, pero no saldrá nada; además, es muy tarde, pues en cinco horas vence el plazo para subir su postulación y es una lástima: este año tendría que ser el año de su maestría en Estados Unidos, pero decide que es mejor quedarse en casa, buscarse un trabajo decente y mantener a su hijo, pues no hay otra cosa más importante que su hijo. ¿Y su libro? ¿Y los viajes? Algún día habrá tiempo para eso, piensa, ya un tanto resignado, por no decir invadido por un vacío abismal y la autoflagelación por dejar a última hora su postulación; en lugar de haberse ido con Clara debió quedarse revisando y escribiendo su carta de motivación. Ya no hay tiempo extra que valga. Por ahora debe enfocarse en las solicitudes de los estudiantes mediocres que le piden que escriba un artículo académico, debe entregarlo a primera hora del lunes, y puesto que es sábado, lo mejor será que comience ahora mismo a redactar las primeras líneas, al menos servirá para algo, al menos para aflojar la mano, al menos para convencerse de que «la verdadera vida» parece estar lejos de casa.


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Mario Martz

Nacido en 1988 en León, Nicaragua, es autor del poemario Viaje al reino de los tristes (Managua: Centro Nicaragüense de Escritores, 2010) y la colección de relatos Los jóvenes no pueden volver a casa (Managua: anamá, 2017), así como coguionista de los cortos experimentales Vano urbano (2014) y De donde fue el infierno (2012). Las antologías Queremos tanto a Claribel (España: Valparaíso, 2014); Instantáneas de la poesía centroamericana (México: Literal, 2013) y Los 2000, autores nicaragüenses del nuevo milenio (Managua: Leteo ediciones, 2012) recogen muestras de su trabajo, que también puede encontrarse en las revistas Carátula, NotiCultura, El Hilo Azul, Rara, Cuadrivio, entre otras. Actualmente reside en la frontera mexicano-estadounidense (El Paso-Ciudad Juárez), donde estudia la maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas en El Paso y coedita la revista Río Grande Review.