Díaz Blaitry, traductor

Poemas de T. Merton, Ch. Wright, C. Gilbert, M. Strand, L. Glück, P. Levine, Ch. Simic y J. Brodsky.

«Siluetas en Masachapa». Foto de Víctor Ruiz.

Thomas Merton

 

El desnudo viajero

 
Estira, contra el amanecer de hierro,
Las cuerdas de arco de sus ojos
Y muere de hambre en la sierra loca.
 
Pero los durmientes,
Prisioneros en un amoroso mundo de hierbajos,
Lanzan un pequeño y rojo llanto,
Y cambian los sueños.
 
Orgulloso como la melena del aire relinchante,
Y sin embargo humilde como las escamas de agua
O las lascas de la piedra de sol, el viajero
Es clavado a la colina por la luz del navajazo de marzo;
Y cuando el desierto ladra, en una furia de amor
Por el momento culminante del eclipse,
Yace con la garganta cortada en un cráter congelado.
 
Entonces, los durmientes,
Prisioneros de una fuerza de mareas protegidas por la luna,
Muertos por la quietud de sus propias meditaciones,
Se yerguen, en sus tumbas, con un blanco llanto,
Y mueren de terror por el asesinato del viajero.
 
 
 

Elegía para Ermest Hemingway

 

Ahora por la primera vez en la noche de tu muerte tu nombre es mencionado en conventos, ne cadas in obscurum.

Ahora en una verdadera campanada tu historia llega al final.  Ahora hombres en monasterios, los hombres de réquiems, acostumbrados a la muerte, te incluyen en sus oraciones.

Tú permaneces anónimo entre miles, esperando en lo oscuro en grandes estaciones en el borde de países que se sabe rezan solitarios, donde lo fuegos no son inmisericordes, esperamos, y no sin fin.

Tú pasas brevemente a través nuestro. Tus libros y escritos no han sido consultados.  Nuestras oraciones son pro defuncto N.

Y sin embargo algunos miran arriba, como si entre un grupo de prisioneros o personas desplazadas, ellos reconociesen a un amigo conocido una vez en un lejano país. Porque el sol también se levantó después de una guerra olvidada sobre un idioma que tú hiciste grande.  Ellos no te han olvidado.  En tus silencios tú eres todavía famoso, no una sombra de ritual.

Qué lentamente dobla esta campana en la torre de un monasterio, ser toda una época, y por la rápida muerte de una dinastía impreparada, y por las valientes ilusiones: el yo aventurero!

¡Porque con un solo disparo la caza toda ha terminado!

 
 
 
 

Charles Wright

 

La generación silenciosa

 
Tardes en el patio, nuestras vidas como fotografías
Amarillando por allí,
                                                                 En el álbum de alguien.
En secreto, los vientos sureños de enero
Dispersándose fácilmente a través de las negras ramas de los árboles frutales.
 
Qué era aquello que nunca teníamos que decir?
                                          Quién puede recordar ahora
Algo acerca de los males del mundo,
Algo acerca de la manera en que nos sacudíamos de ellos como de la lluvia
En un campo abierto,
                                                Convencidos de que el rayo no caería.
 
Estamos con los brazos enlazados con arrepentimiento, ahora el pie
Izquierdo, ahora el derecho.
Damos al diablo lo que le debemos.
Caminamos de arriba abajo en la tierra,
                                                           Tomamos nuestra carne en nuestros dientes,
Cuando morimos, morimos.   El viento borra nuestras pisadas.
 
 
 
 

Celia Gilbert

 

Semilla desnuda

 
Mira esta piña, Padre,
Verdes ecamas abiertas, donde
Las semillas sin carne de fruta esperan ser soltadas.
Gymnosperm, los griegos la llamaron: semilla desnuda.
 
Gotas transparentes, picantes
Y pegajosas, adornan la corteza del pino.
Dondequiera que ha sido desgarrada
La resina rezuma y se endurece para cubrir la herida.
 
Qué consuelo alcanzamos al formar conexiones,
Sobrias o salvajes,
Llamando a la resina la progenitora del disturbio
Con sus ofrendas
De incienso y mirra.
 
La protección se adhiere en las capas
De los hechos que envuelvo a mi alrededor:
La brea que calafatea los barcos
Y lleva los hombres al pillaje
Sazonando su vino con su veneno.
 
Sagrado para Dioniso, el pino
Cuidó a las Ménades.
 
Llevó a Penteo a su muerte
Y sin embargo derrama lágrimas
Como las nuestras ----que limpian
Y purifican, como lo hacen los finales.
 
Así es que pretenderé que tú escuchas mis palabras
Debajo de su sombra, conmigo,
Ahora que te encuentro en todo,
Ahora que no estás en parte alguna.
 
 
 
 

Mark Strand

 

Aquí

 
El sol que platea todos lo edificios aquí
Se ha escondido detrás de una nube, y dejado el aire que un día fue brillante
Algo menos que azul.  Sin embargo, todo es claro.
A través del camino, algunas muertas plantas cuelgan desde cuartos
Desocupados por meses, dos calles vacías convergen
En un parque central, y en un cercano cerro algunas tumbas,
Medio enterradas en un pedazo de hierba salvaje, aparentan mezclarse
Con las casas en el filo del pueblo.  Una brisa
Levanta un poco de polvo, y vira una o dos páginas, entonces muere.
Todas las avenidas están delineadas con árboles sin hojas.
No hay perros olfateando alrededor, no hay pájaros, ningunas moscas zumbantes.
El polvo se reúne por doquier en bancos y en botellas en las cantinas,
En repisas y colgaderas y vestidos en las tiendas,
O en los tableros de los carros abandonados.
Adentro de la iglesia, cuyas masivas puertas podridas
Permanecen abiertas, hace frío, así es que si un visitante entra inadvertido
Puede relajarse fácilmente, arrodillarse y rezar,
U observar la sucia luz que se vacía a través del baldaquín
O pensar acerca del calor del exterior que no se va,
Lo que puede explicar porque no hay gente allí—quién sabe-
O acerca del dragón que él vio cuando llegaba,
Enrollado delante de su caverna en reposo taurino,
Y acerca de cuán bueno es haber sobrevivido.
 
 
 
 

Louise Glück

 

Lirio dorado

 
Me parece
Que muero ahora, y sé
Que no hablaré de nuevo, que no
Sobreviviré a la tierra, que seré
Llamado fuera de ella, todavía
Ni siquiera una flor, una espina solamente, sucia tierra
Pegada a mis costillas, te llamo
Padre y dueño: alrededor
Mis compañeros desfallecen, piensan
Que tú no ves.  Cómo
Pueden ellos saber que tú los ves
A menos que nos salves?
En el crepúsculo del verano, estás
Tan cerca como para oír
El terror de tus hijos?
O no eres tú mi padre,
Tú que me has criado?
 
 
 
 

Philip Levine

 

La voz de mi hermana

 
Medio dormido en mi silla, pigo
Una voz que hace temblar el ventanal,
El mismo alto grito de miedo que primero
Oí al lado del Guadalquivir
Cuando desperté por el viento y la lluvia
Y grité a alguien que no estaba allí
Y no oí respuesta.  Eso fue en España
Hace veintiséis años.  Era su voz,
La de mi hermana, y ahora vuelve
Para preguntar cómo estamos sin ella.
Esa noche al lado del gran río
Me vestí en la oscuridad y solo
Dejpe mi familia y caminé hasta que el amanecer
Llegó, congelante, en el borde oriental
De las montañas.  No encontré respuesta,
Ni aprendí nunca a preguntar,
Porque el viento se contesta si tu
Esperas lo suficiente.   Se vuelve a un lado,
Luego al otro, los árboles se doblan,
Se enderezan, las grandes hierbas ondean y saludan,
Todas las voces que has oído
Vuelves a oírlos hasta que sabes
Que no has oído nada.  Y así esperé
Inmóvil, y mientras el aire se calma,
Mi pequeña, hermana perdida vuelve a aquietarse
Tan tímida como lo fue en vida.
Recuerdo cuando yo regresaba aquella noche
En Sevilla después de los patios del ferrocarril,
Tratando de sostenerme en cada palabra
Que ella habpia hablado mientras las palabras huían
De mi boca.  Las máquinas cambiavías
Hervían en el frío.   El centinela
Con una gorra oscura se paró para estirarse
Y despertar, y sin fuego,
Sin humano grito, sin canto de pájaros,
El día estalló sobre todas las cosas.
 
 
 
 

Charles Simic

 

Tres fotografías

 
Despierta.  Ahora te pareces a aquel niño
En la vieja fotografía de la escuela media
Que encontré en una tienda de cosas viejas.
Su cara inocente cuidadosamente marcada con un círculo.
 
En otra, una vista del puente de Brooklyn
Y al lado el techo de una casa de viviendas
Con palomas voladoras y niños con largos postes
Tratando de alcanzarlas entre las nubes.
 
En la tercera un viejo con la boca llena de agujas
Arrodillado delante de una mujer alta y sin cabeza vestida de blanco.
Desafortunadamente, era la hora de cerrar.
Yo estaba buscando mi camino
Inseguro hacia la salida en la oscuridad de la tarde.
 
 
 
 

Joseph Brodsky

 

Törnfallet

 
Hay un prado en Suecia
Donde yazgo golpeado,
Los ojos manchados de nubes
Blancas adentro y afuera.
 
Y cerca de ese prado
Deambula mi viuda
Tejiendo una guirnalda
De tréboles para su amante.
 
Yo la tomé como esposa
En una parroquia de granito.
La nieve le prestó la blancura,
Un pino fue testigo.
 
Ella nadaba en el ovalado
Lago cuyo espejo de ópalo,
Enmarcado en helecho,
Sen sentpia feliz roto.
 
Y en la noche el terco
Sol de su cabello castaño rojizo
Brillaba desde mi almohada
En el poste y el pilar.
 
Ahora en la distancia
La oigo cantar.
Ella canta “La golondrina azul”,
Pero no la puedo acompañar.
 
La sombra de la tarde
Le roba al prado
Su tamaño y su color.
Está haciendo más frío.
 
Y mientras me acuesto muriendo.,
Estoy mirando
Las estrellas.  Aquí está Venus:
Nadie entre nosotros.

Traductor: Tobías Díaz Blaitry

Nació en la ciudad de Panamá en 1919 y falleció en 2005. Fue profesor de filosofía y lógica en la Universidad de Panamá y secretario perpetuo de la Academia Panameña de la Lengua. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró en cuatro ocasiones, con los libros: La Luna en la mano (1943), Poemas del Camino (1947), Pájaros de Papel (1980) y Sueños ante un espejo (1997). En 2001 recibió el Premio Ricardo J. Bermúdez por toda su obra poética y trayectoria como escritor. En 2007 su obra poética (1943-2002) fue editada póstumamente bajo el título Tiempo de luz y de sombra.


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