Noctívagos: Selección

Nos acercamos a la obra de esta autora salvadoreña. Los poemas acá publicados son parte de su libro inédito Noctívagos.
Foto por Justin Kern

ESBOZO DE CUSCATANCINGO


Porque es pacífico este hogar, temeroso,
y sólo al amor consagrado”
Carlos Martínez Rivas.


I


Allá
cuando del escabroso suelo
algunos recogen y rumian
y atrévense a ensalzar
sus colgajos
fanática escritura
que jamás ha visto
el ojo fatigado del desvelo
su parca lucecita del día siguiente

nosotros subimos la loma
           que de la patria pende
con la nada sana apabullez del tumulto
estorbándonos:
incólume pestaña
que se nos metiera entre los ojos
o incomodidad innata
que ya arde.


II


Arriba esclarece el aire
y el pecho puede aceptar la mano
que a la agitación mengua.


No hay otro mundo
sólo la fluidez del barco aparcado
donde el oído cierra paso
a la idiotez murmullante
que del canalla sale


la gota del agua del hombre
se desliza apresuradamente
como inexplicable tarea de gastar la existencia
lijarla
asirla en su punto más fino.


III


Hay nébula hierba
aventajando del paladar hacia las sienes
para elevar los seres
dormitados en la penumbra
           materia que se nos tornara nuestra
en ese espacio prodigioso.


Me inclino a pensar en
no dejo pasar a
el díptero larvático
acuchillando nuestra risa
sus patas regordetas
aspiradas en el abismo
como sustento
franco e irremediable.


Que es frecuente
esa gana de estar
cuando la languidez no merma
y retener todo el silencio
que mi voz no pronuncia.


NOCTÍVAGOS
 

Mientras el álgico vientre
retuerce su mandíbula entre las sábanas,
los que siempre han sido de noche, lo son,
ahora que en la negrura 
se yergue una virgen acéfala
sobre sus cráneos.
 
La fogata de los desperdicios diurnos arde,
desplaza el peso de las sombras
frente a sus espaldas,
prensadas de un ojo estrafalario,
que lo intuyen a él
       - el que suda la ausencia de un sedante
sin arremeter las filosas puntas de lo indeseable-.
 
Yo, desde adentro, también lo intuyo,
con sus pasos confusos,
atajando el espacio,
los bordes danzantes de una plaza
que se escabulle cuando amanece. 


NOCHE ALTA


No hay lugar para sostener raíces
y echarlas a correr por la garganta
es la palabra, aquí, que se amamanta
de azules, blancos, sombras y matices.


No hay lugar para mantener matrices
que aniden en la tierra que no canta
o que vayan envueltas en la manta
fabricada de lluvia y de lombrices.


No queda más que desterrar la sierra
y obligarla a saltar sobre tezontle,
darle, para que trine, otro cenzontle


que hiera con sus coplas gris morada,
que entregue en alta noche, madrugada,
las ganas de vivir sobre esta tierra.


SUEÑO DE TARDE


Despertarse
y oír los gritos
ensartados por la oscuridad;
el rechinar de la tierra
que ha seguido rodando.


Ver las horas de luz
perdidas
como espectros de sombra
desfilando por enfrente.


Devolver las horas de sueño
como si el aliento del mundo
estuviera en contra tuya,
por la tenaz determinación
de desafiarlo dándole la espalda.


Despertarse:
saber que ya no están
y castigarte con la cara
clavada en la pared.


DECIRES COTIDIANOS




Ausente,
obcecada en mirar sin ser parte de…


                            La firme columna que observa el esperpanto:
                              la engalanada mujer
                                      —­más, muñeca quebrándose
                            inhóspito maullido que ahuyenta,
                            voluntarioso cuerpo destinado a lo frío,
                            a las vueltas
                                              de ir
                                              y de venir
                            y no hacer nada.


Un hombre viejo
    —ufanoso él
el siempre-patriarca,
procreador sin par,
energúmeno y valeroso
ante el recuerdo del vano afán.

                             y el otro,
                             el embebido de su propia máscara,
                             el incicuérvido
                             que de puntillas cae
                                                           hasta tus ojos.


En el fondo,
la rueda de aficionados,
erguidos de ansia
mordiendo su vil estafa,
inhalándose y exhalándose,
innata ociosidad
que asoma su cabeza
entre los hombros.


                                Aquí,
                                larva, vapor, astilla.
                                encerrada en mi humo,
                                prefiero: sola.      


A ANNA SANTOS


Ahora que ya toda palabra
es remota posibilidad
del fiel especulante,
el peso de tu cuerpo huele a sangre,
a miedo tus ojos vivarachos,
acorralados ellos
ante la fragilidad de las cosas,
ante el transparente nombre
que un día pronunciamos.


No quiero intuir acierto o desazón.
Tan sólo imaginar
aquellas horas
en que tu espacio
guardaba el aire por más tiempo
-lánguido aire-frío
que subía y bajaba-
enmudeciendo al animal nocturno
que siempre rondó tu mente.
Y escudriñar el acento,
la mano temblorosa
que palpó la harina


            -compacto polvo que
            ardía entonces
            en tu aliento amargo-.


Te has ido, Anna,
palíndromo infinito
que juega a poseernos,
mientras adentro se escuchan gritos
y la escofina sigue limando
la capa moribunda de tu hastío.  


OTRAS CONTEMPLACIONES


Que no se diga más, se me dijo; y dile vuelta al reloj con aire veloz, como quien quiere sufrir las gotas de la espera: las arengotas, las arenosas gotas frías que, cuando niño, acicalan el tiempo segundo a segundo, ritmo infinito que puntea incertidumbre. Llegó el día y volvieron, volvieron los días en que, sentados a mi mesa, devoramos el pan cotidiano; el sabor ausencia que aún sentíamos en nuestros labios avinados; avenidos encuentros y despedidas, lo que se habló. Y se jugó a las cartas y se vivió con desfachatez la bebida espontánea que ya del ambiente emanaba. Hubo ese tiempo y reímos y fuimos a derrochar la edad que apenas asomaba en nuestros ojos. Pero también llegó la hora en la que algunos ya daban empujones, pujotes de puntapiés invisibles sobre la madrugada, cuando el sueño es profundo y la tierra calla. Levantaba yo mis brazos para sacudir cansancios, y un harem de dedos hincaba las costillas, y las astillas volaban, y yo retorcía mis músculos adormitados. Hube entonces de erguirme y vigilar y comprobar con pesadumbre la frigidez de la falacia, pues fue la lumbre de la certeza la que pedía a gritos, ya confundida o indignada, un poco de tierra que pisar, un trozo de alfombra para aterrizar. Hay que decirlo: se me volteó el panorama, el primer mundo, ese mundo era el primero en aplastarme; su blanca sangre vertía caliente entre mis ojos; sus manos delgadas estrangulaban las venas, mis hieráticas venas insaciables que aún se atragantan. Lo que miré y no deseé haber mirado: los rostros burlescos y amenguados, los aguados rostros, los de aquí y los de allá, alienados, juntándose para mirar a otro lado, para oscilar al lado donde mi sombra de animal se perdía desahuciada. Y no me conocieron, se hubieron de ir sin dar un céntimo de lo que habían recibido, me han dejado aquí, ablandando la carne, dejando que salga cualquier raíz que de mí quiera agarrarse. Porque habré de soltar la carne de la carne, y ser unas manos, una simple y sencilla mano que dibuja el rencor para hacerlo visible.
 

Ana Gabriela Padilla

Nació en San Salvador, El Salvador, en 1984. Ha sido miembro del equipo organizador del Encuentro Permanente de Poetas de El Salvador. Es autora de un poemario inédito titulado Noctívagos. Colabora con revistas literarias centroamericanas y, además de poesía, escribe cuentos, artículos y reseñas literarias.