Nota para una muestra del arte pictórico de Douglas Téllez

El poeta y crítico literario Iván Uriarte nos introduce al arte visual del artista visual y poeta Douglas Téllez

Muestra artística de Douglas Téllez

Esta muestra de la obra pictórica del nicaragüense Douglas Tellez (2 acrílicos, 1 acuarela y un fotomontaje) nos introducen y transportan al variado y obsesivo mundo de este multifacético artista, que además de dibujante y escultor es también narrador.

El título de su primer libro de poemas (Inscripciones en una pipa sagrada-para los muros del Empire State y otros poemas), con una ilustración de Maigritte, Ceci n’est pas une pipe, nos revela la búsqueda del mito desacralizado desde el surgimiento y violencia de la tecnología e industrialización hasta la actual era digital. La negación de Maigritte (pintar una pipa y a su vez decir que no es) es la confirmación de un desparecido ritual, que la pipa misma y el título del poemario amalgaman.

El arte moderno hasta nuestros días, intenta, como sabemos, insertarse en el sistema del conocimiento científico, en el corazón mismo de la tecnología e industrialización, buscando desde la subjetividad la reconstrucción del desfasado mito.

Continuando la trayectoria del surrealismo y dadaísmo y su rehusarse al sometimiento de leyes y normas racionales, Téllez explora en lo más profundo de sí, de su propia subjetividad. Así, pues, los acrílicos, “Verano” y “Bello verano” crean planos de lectura a diversos niveles.

En “Verano” confrontamos a una robusta nadadora muy bien equipada con gorro de hule para sumersión y anteojos tanto para desafiar al sol como para bucear. Sus ojos, a causa del oscuro color de sus anteojos, son inescrutables, no sólo para ocultarlos sino también para ignorar la realidad, la realidad que se refleja en la oscura mika que oculta su visión: centrales nucleares acelerando el cambio climático y poniendo en peligro al género humano. Observamos que hay un pez que la rodea y otro que ocupa, simbólicamente, el lugar de su corazón, encerrado en una pecera donde se asfixia. Los dos peces transitan angustiada muerte, probablemente por estar sumergidos en aguas contaminadas. Pero hay algo más: ellos arrastran consigo su destrucción acarreando en su trayecto todos los objetos contaminantes: plásticos en sus agallas, tapas metálicas de botellas de gaseosas y cervezas, así como aros que cierran herméticamente los envases de bebidas enlatadas, el mundo submarino es inundado por los desechos del consumo cotidiano que irradian desde puertos y playas. Finalmente el color de los peces moribundos, labios y gorro de la aparentemente atlética nadadora, coinciden con el horizonte rojizo-mortuorio de las centrales nucleares que se reflejan en los siniestros anteojos de la nadadora veraniega.

 

“Bello verano” nos muestra, en un primer plano, 5 hermosas bañistas armoniosamente alineadas (como en el film protagonizado por Esther Williams, Escuela de sirenas), llenas de alegría y listas para disfrutar de las intensas primorosas azules aguas, con un fondo de esplendido celaje. Frente a la abundancia de esas tentadoras aguas, en un segundo plano, en apariencia paralela, constatamos un chirre hilo de agua, donde 3 personajes que no disfrutan de las aguas del “Bello verano”, la envasan en bidones de plástico que ruedan con la fuerza de sus piernas. Ellos carecen de agua y por tanto  esta no es un placentero baño sino intensa necesidad para aplacar la sed.

Los restos de un barco, probablemente pesquero, hundido en la arena, indican y denotan que ese hilo de agua, ya casi seco, fue un poderoso río. Téllez nos muestra como si todo aconteciera en un plano. En realidad NO y el vidente que confronta al cuadro debe leer las dos realidades, o bien se conforma con la felicidad de las bañistas sin osar preguntarse ¿Y los que no tienen agua?

“La guerra”, acuarela de contrastes terribles en una primera mirada: un círculo de fuego en el que 3 escenas nos estrechan: el niño, en un medio principal plano, insinuado como un gran muñeco que ha perdido su brazo, nos parece una reminiscencia simbólica. Pero en medio, si uno acerca el ojo, se ven unos soldaditos que de algún modo sugieren y confirman un juego trágico del infante, cuando alguna vez este jugó a la guerra y más tarde perdió su brazo. Ese círculo de llamas revela cómo funciona la violencia en un fondo primer terrible plano: el tenebroso caballo parado en dos patas, tan demoniaco como el jinete mismo semidesnudo y con cadavérica cabeza. Aquí surge el mito de como las cabezas maléficas escenifican su destructiva presencia: Atila, el rey de los Hunos, Hitler desde sus búnkeres planeando y ordenando nuevas armas de guerra. Todo eso figurado por incandescentes llamas, y la guerra de los soldaditos que siguen escenificando su presencia en la mente del mutilado niño. El jinete y el caballo rivalizan o se igualan en su sentirse victoriosos de haber reducido el mundo a llamas. “La guerra” debe visionarse en 3 planos: contradictoria, trágica y demoníaca.

“Erase una vez “, un collage, funciona como un descenso-descanso a la imaginación: basta de Dalí, de Chirico, Maigritte y Bacon. Vamos al “Melange”, al “flasch back”, y por qué no al monólógo joyceano de Téllez mismo: las grandes peleas boxísticas, los inolvidables films, incluyendo al rey del “rock and roll”, ¿Y las ruinas del coliseo de Roma? ¿Y los muchachos de Matagalpa, confirmando frente a la cámara de Susan Maysela su valentía, que el devenir de intereses mezquinos los desfasaría políticamente, reivindicándolos frente a una historia en marcha? ¿Quizá Popeye y el Che Guevara equilibran las contradicciones de la historia sin fin?

El “Verano” y el “Bello verano” son, y constituyen una denuncia, una ardua protesta para incomodar a una clase más que social económica, que se limpia el culo con los problemas que el planeta enfrenta. Los anteojos de la veranera que ignora los peligros del planeta, las bañistas que creen que el agua no es ya una crisis planetaria. El caballo negro y agresivo con su jinete no anticipado por Blasco Ibáñez, podrá surgir y reducirnos a llamas no vislumbradas, así como tampoco Alemania no advirtió la ferocidad del nazismo naciente montado ya en su agresivo caballo que sedujo a un gran y dinámico pueblo al desastre.

 

 

      

 

Iván Uriarte

Nacido en Jinotega, Nicaragua, en 1942, es doctor en Literatura Hispanoamericana del siglo XX por la Universidad de Pittsburgh (1980). Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Rubén Darío en dos ocasiones: 1999 y 2016. Su bibliografía incluye más de una docena de libros, entre ellos los poemarios Este que habla (1969); Los bordes profundos (1999); Cuando pasan las suburban (2001); Genealogía de las puertas (2011); La desnudez perdida (2016); la colección de cuentos La primera vez que el señor llegó al pueblo (1996) y el ensayo La poesía de Ernesto Cardenal en el proceso social …

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