He venido a morder la tierra

Cinco poemas de la autora de Detener la historia (Heredia, Costa Rica: Espiral, 2015). Breve recorrido por su obra.

Foto por camaleoni. (Ver galería completa).

 

Euclides

 

Una mujer
estudia la geometría,
la distancia más corta
entre un cuerpo y el suyo
el trazo de una paralela
con que dos bocas
dibujan una conversación al infinito
Mide
—una a una—
las formas del temor
la velocidad y la fuerza
con la que se hace girar el corazón
como un derviche
Una mujer
aferra a su pecho un astrolabio
y estudia el sueño como un eje sereno
y meditabundo
sobre el abismo de una sábana
El tiempo
a veces
ofrece un insecto bello y desvanecido
o cualquier objeto habitable
de una cifra sagrada
El misterio
es refugio y arpón
para la fría desnudez de un cuerpo
Solo
un cuerpo se pregunta
un cuerpo reza
por el eco, el impacto
el sentido
que ocasionó otro cuerpo sobre el suyo

 

 

 

Reconstrucciones

 

a Luis Solórzano

 

I
Venís a explicarme, con tus siete años, cómo se lavan las tumbas de toda una ciudad. — ¿Son muchas? pregunto. —Mira el cielo, respondes para dejarme otra vez en silencio, con mis ojos atados a tus pies diminutos. Me vuelvo pez. Vos también. Observo cómo embestís la calle honrando con tu trabajo de niño los epitafios del casco viejo de la ciudad.
 
II
Vuelvo a hincarme frente a la cama y repaso la lección de la escuela mientras el cuadernito soviético recibe mis garabatos en una noche de 29 grados de Nicaragua. Es tarde. A esta edad es difícil comprender las horas. Siento vergüenza de quedarme dormida y no esperar a que regreses.

 

 

 

Falsa Promesa de olvido

(Causa final)

 

 

“Fue un pequeño dios recién nacido
El que creó el primer instrumento:
La dulce vibración de la mente, la mente,
La mente confinada a su órbita”.
Robert Pinsky
 
 
Hace 4,543 miles de millones de años
a pesar de las leyes de la Física
de su perpetuo desdén
al fi nal de cada noche,
la Tierra vuelve el rostro hacia el Sol
dominada
por su deseo de materia en arder.
 
 

 

Extrañar la lluvia

 

 

Remojá tus labios heridos
que se abra camino por tu cuerpo
el agua
–perfecta homicida–
salta obstáculos
abre impostoras cicatrices
cínica, insolente.
 
Dejá escrito
que te reconociste.
Sola.
Ajena al cardumen de Tiempo
mientas asomada a una vitrina
procuraste encontrar un rastro
alguna señal de tu rostro deformado
por la lluvia
que en vano se empeña en lavar las heridas de tus manos.
 
No intentés limpiarte
exhibí con descaro
cómo la noche fraguó en vos a la mendiga perfecta
escondida bajo la blanca moneda de la noche
sin entender qué podrías trasegar con la
oscuridad y una Luna de tu lado.
 
Cercada por el agua en ascenso
–Sin emitir una sola palabra–
tu único acto de voluntad
será apartar del plato de porcelana
–tranquila–
 
una a una tus lágrimas, de las mareas sin tregua.
No te importe
la lluvia que arrecia
que se ensaña en dejarte muda mientras sube.
 
No hagás caso de su voz
percusión de témpanos.
 
Olvidá la mesa y los papeles
la taza fría del café
nada tienen para vos
mientras observan el agua entrar por tu cuerpo
un profanador que lo hace ceder, aún contra tu ira.
 
Escribí.
Dejá nota de esto.
 
Pronto dejarás de escuchar cómo rompe y se filtra por tu cuerpo
este veneno necesario
con que la rabia te hizo
ciclópea y compasiva.
 
Un día,
el último,
extrañarás la lluvia.

 

 

 

Apología a Francisco Auyón

 

 

I

[Un pájaro que no necesita nombre]

 

La mesa de pino, la mesa grande del Centro
de tu esternón corsario de tu coleccionista de
inocentes, es la semilla de agua. ¡A qué decir
agua Niña si tenemos lágrimas!
Voy a obsequiarte un pájaro que no necesita
nombre, que viene solo y que no necesita ser
llamado como la Muerte.

 

II

[La mesa de pino]

 

Un pequeño pájaro de carbón, un pájaro de tinta que vive de la mirada
Generoso (que canta dentro de un saco).
Vos sos el pájaro y la Virgen de la Soledad que mira desde lo alto de un piso 16
Mi mesa de pino, la más grande y vacía.
 
Vos sos la Virgen de la Soledad
el signo, este pueblo enjaulado que busca la salida por tus ojos.
No llore princesa, no llore mona.
Voy a dibujarte, sin desprender la pluma del papel sin
apartar mi alma de la pluma
sin desprender de la pluma la noche y de la noche el vacío
sin desprender del vacío los nombres que habitan las columnas de la Catedral sin
soltar de la Catedral las campanas
y de las campanas sus palomas y el Tiempo.
Sin desprender de sus cabezas ocultas, el sueño
sin liberar
de tus ojos
el pájaro que vive en ellos

 

III

[La Soledad]

 

A tu ventana heredaré la noche y el buen proceder del viento
Para que no hiera al pájaro que canta dentro del saco
de la soledad que nace de tu cabello.
Para vos su estremecido reposo
el coro de sus plumas agitadas
Un solo pájaro
sello de color y espacio.
 
Ofrendaré a tu rostro
el vuelo matutino y su trazo nocturno
la estación de sus plumas de pino, su rezo plural.
Su secreto de pájaro
su Secreto.

 

IV

[Memento mori]

 

Sí.
 
Voy a obsequiarte un pájaro que no necesita
nombre que viene solo y que no necesita ser
llamado como la muerte.
 
La Muerte de la única
y de las miles
que sos.

Alejandra Solórzano

Nacida en 1980, su historia de vida está marcada por el exilio y la migración política de su familia; Costa Rica, Guatemala, Nicaragua y México son algunos de los países que respiran en su poesía. Es autora de los libros De vez en cuando hablo con ella (Folio 114, Guatemala), Detener la historia (Espiral, Costa Rica) y Todo esto sucederá siempre (Espiral, Costa Rica). Forma parte del colectivo Memoria, Dignidad y Justicia, dedicado al activismo cultural por la justicia y los derechos humanos. Desde el año 2007 reside en Costa Rica, donde trabaja en proyectos de producción y gestión artística en el Ministerio de Cultura y Juventud; es, además, actriz y profesora de Filosofía en la Universidad Nacional.