De cuando bruscamente la tarde se ha aclarado

Un relato inédito de Manuel Membreño (Managua, 1988). Una exploración de la infancia, la amistad y el dolor.

Crédito de imagen Ernesto Castro Mora

Sí, tu niñez, ya fábula de fuentes.

Jorge Guillén

 

Su recuerdo implora lluvia. Con el aguacero vino Simón. Estábamos dentro del aula con el cuaderno de la primera asignatura todavía cerrado, compartiendo esos instantes de tranquilidad previos a la rutina. Simón llegó tirado de la mano de su madre, empapados los dos. La maestra se acercó a la puerta con un paso lánguido pero armónico que todos celebrábamos, dueño de nuestra núbil adoración secreta. Las dos mujeres se saludaron con la mínima cordialidad exigida por una escena así. Simón se había quedado atrás, escurriéndose en el pasillo. Parecía inseguro, como si las paredes del aula, llenas con dibujos del sistema circulatorio y el sistema solar, le presentaran una lúcida amenaza. Llevaba un capote amarillo que caía hasta sus rodillas y botas de hule, amarillas igualmente, concediéndole un aspecto de girasol asustado. “Niños, parece que hoy tenemos una visita” avisó la maestra. “¿Qué le decimos a las visitas?” terminó de ordenar. Como rompiendo su encantamiento, Simón corrió hasta la puerta casi al mismo tiempo en que terminábamos de contestar amaestradamente: “¡Bueeeeeenoooooos dííííííaaaaaas!”. Simón no devolvió el saludo, tampoco su mamá. Parecía que esos tres jamás hubieran alcanzado juntos en el aula: el nuevo alumno, su mamá, y el miedo. 

Entrar por esa puerta fue un reto para Simón, un reto que deseaba perder con todas sus fuerzas. Temblaba. Lo recuerdo temblando. No es poco ser el único elemento ajeno en un grupo tan bien coincidido, tan segregado. Temblaba, estoy seguro, y no sería más por el frío de la mañana que por el suplicio de aquella situación. Con la mano en su hombro, la maestra aplicaba de nuevo su blando poderío: “Preséntese con sus compañeritos, por favor”, y le daba un empujoncito. Simón no dijo nada. Su mamá, consciente de su desorientación, se arrodilló a su lado y puso ambas manos detrás de su nuca. “Mi amor, hable, no tenga pena”, dijo. “Buenos días…. Me llamo Simón… Mucho gusto”. Poco faltaba para que empezara a llorar. Habría sido su ruina. 

No existe coincidencia sin daños colaterales. Simón tenía beca completa, yo media; Simón vivía en la Colonia Centroamérica, yo en Altamira; la mejor caligrafía del aula era la mía, así que la maestra me había ordenado prestarle mis cuadernos a Simón para ponerlo al corriente. El niño nuevo se había convertido en mi pez piloto. 

“¿A vos también te gusta Batman?” escuché desde atrás, sin mayor distinción que las obscenidades de los niños de quinto año o el subwoofer del microbús. “¡¿Que si te gusta Batman?!” gritaron esta vez. Dos sorpresas me llevé al atender, primero, que quien hablaba era Simón, pero no el Simón que había conocido horas antes y que se había pasado la mañana enmudecido, su atención jamás lejos de la pizarra, anotando desesperado cada palabra en su cuadernito de hojas cosidas. Había algo distinto: quizá un entusiasmo en sus ojos que no estaba antes, o la forma en cómo sus dedos sofocaban la cabecera de mi asiento, en fin, una fiereza que entonces no comprendía pero que años después llegaría a entender y hasta envidiar. “Sí, me gusta”, le dije, y sonrió como si hubiera reparado algo que daba por perdido. 

“¿Sabés por qué me gusta Batman? —siguió Simón—. Porque no pudo salvar a sus papás. Eso lo hace distinto de los otros superhéroes —hablaba y en sus mejillas florecían venas azules que parecían estrangular su boca—. A Bruno Díaz lo impulsa la culpa, la ira de saber que dejó que alguien matara a sus papás. El dolor es su único superpoder”. La tesis de Simón me aterraba. Viajamos el resto del camino en silencio.    

Llegamos a su casa, cerca del Hogar Zacarías Guerra. La señora encargada del recorrido le preguntó si esa era la dirección correcta y le abrió la puerta. Antes de bajar, sin ningún disimulo, Simón me sometía a mi primer contrato indeseado. “Mañana hablamos, prix”, y bajó. Como única respuesta abracé mi mochila de Batman. Mi segunda sorpresa fue cuando creí haber visto a la mamá de Simón salir de la Plaza del Café con un gesto de desamparo tal que siempre he pensado que ella sospechaba ya lo que estaba por venir[1].  

No había sonado la campana al día siguiente cuando Simón ya cumplía con sus obligaciones nomológicas. Sin negociar, vertió el contenido de su mochila sobre mi pupitre: una tras una fueron saltando portadas coloridas y maltrechas, como parásitos que escapaban de una barriga congestionada. Jamás había tenido un verdadero cómic en mis manos; había traveseado, sí, con las revistas de Condorito que uno encontraba en la sala de espera de los dentistas, con viejos pasquines que compraba por quince córdobas y luego canjeaba por cinco en el Mercado Oriental, pero jamás había gozado de la experiencia real de un cómic. Mi aprendizaje había sido sobre todo gregario: lo que conocía se lo debía a la televisión. Gasté tantos sábados atendiendo la pobre programación matutina de Fox Kids que por mucho tiempo creí que eso era suficiente. Eso y Bill Bixby desgarrando sus camisas, el ingenio de Burt Ward, Nicholas Hammond balanceándose entre edificios, John Wesley Shipp rodeado de velocidad, y Teri Hatcher salvando a Dean Cain, pero nada me había preparado para esto. Fue un renacimiento, una revelación. Si alguien me pidiera definir la felicidad, o algo capaz de sobrepasarle, mi respuesta sería roja, grabada con corrector, y marca JanSport. 

“Te los presto todos —dijo con autoridad— pero con una condición”. “Ajá, ¿cuál?”, pregunté, sabiendo bien que aceptaría lo que fuera. “Desde mañana vas a pasar los dos recesos conmigo”, sentenció. ¿Con qué recién descubierto poderío este niño mimado me chantajeaba de una manera tan serena y repugnante? “ּ¿Para qué?”, le interrogué. “Para que seamos amigos”, dijo, y casi por un segundo su respuesta me pareció tener sentido. “Dale pues —dije—, trato hecho”, y nos dimos la mano como lo hacían los adultos cuando ponían la decencia encima de la desconfianza. 

Nunca supe por qué Simón recurriría a mecanismos tan imprudentes para acercárseme. Después de todo, y por si hubiera que aclararlo, éramos muy parecidos. Hubo un atributo suyo que jamás dejó de espantarme: su desarraigo. Unos niños de secundaria empezaron a molestarnos en el recorrido, ese ecosistema cruel. El asedio empeoraba cada día. Una tarde viajábamos sentados, comiendo tortillitas y hablando de Linterna Verde, cuando un niño de cuarto año le propinó a Simón un galletazo tan salvaje que hizo que su cabeza rebotara contra la ventana. Los estúpidos reventaron en carcajadas; Simón no dijo nada, no se llevó las manos a la cabeza, no demostró dolor, nada. Enfurecido por la indiferencia de su víctima, el imbécil amenazó de nuevo: “¿Qué? ¿Querés otro?”, y levantó la mano en perfecta hipérbola. Secreto, impenetrable, Simón se dio la vuelta y lo miró. Jamás olvidaré la expresión del niño grande: era como si algo que siempre creyó suyo por derecho le hubiera sido arrebatado. El idiota se sentó y nunca más nos volvió a molestar; del resto de la tropa energúmena no puedo decir lo mismo.

“¿A vos no te gusta Supermán, verdad?”, me preguntó después. Simón había vuelto a su oasis de fantasía. “Claro que sí”, respondí. “Igual a mí —siguió en voz baja—, pero a mi mama no”. “¿Por qué?”, quise descubrir. “Porque no y ya —las palabras de Simon exigían cierta rabia que allí no estaba—. ¿Vos sabés que no tengo papa, verdad?”. “No, no sabía, nunca me habías dicho”, dije. “Se murió”, reveló. Era invierno pero la ciudad se ahogaba como un asmático. El conductor del recorrido le subía a la radio que sonaba por segunda vez en media hora un indescifrable himno de dancehall. “Mi pésame”, agregué, pero a Simón no le importaba mi pretendida compasión, ese pasaporte falso para quien decide cruzar la frontera del duelo. “Ya viene mi cumpleaños, es en Halloween —dije—. Vamos a hacer una fiesta de disfraces en mi casa, para que vengás”. “Okay”, fue todo lo que dijo. Pensé que había cometido algún tipo de ultraje: Simón me enseñaba al fantasma que llevaba alrededor del cuello, y yo le invitaba a tolerarlo con reguetón y arroz chino. Pero nuestra amistad siempre tuvo espacio para una trampa más: “Me quisiera disfrazar de Supermán”, me confesó. “¿Y por qué no lo hacés?”, propuse. “Porque a mi papa lo mató Supermán en la guerra con los sandinistas”. 

Octubre llegó con más aguaceros y ficciones. Simón y su mamá, que se llamaba Blanca, llegaron a mi fiesta. Simón estaba disfrazado de Guepardo; yo era Spider-Man. Hasta en nuestro escapismo lográbamos coincidir. La fiesta no era algo asombroso: mesas en el patio, salsa en el equipo de sonido, globos reventándose, el ron con pasas en el freezer, y mis tíos tomando en las esquinas: los que se quedaron, los que volvieron; los que hablaban de imperialismo y leían sobre Túpac Amaru, los que usaban Reebok y escuchaban a Tupac Shakur. La mamá de Simón se aseguró de ser la colaboradora de mi madre esa tarde, y atendió a los invitados como si fueran propios, les ofrecía otro vaso de gaseosa, otro platito de pastel, una cervecita. Más de uno de mis tíos intentó algún acercamiento resabiado, pero solo consiguieron contestaciones flojas, tópicos barajados con desánimo; por nuestra parte, Simón y yo dejamos a los adultos ser adultos, y volvimos a nuestro éxodo voluntario, ahora en mi cuarto.

Una balada de Laura Pausini anunciaba el término de la tarde. Salimos del cuarto cuando ya casi no quedaba nadie, solo algunos compañeros de trabajo de mi madre, un tío durmiendo la borrachera en el sofá, y la mamá de Simón. Estaba sentada en el comedor, con mi madre; una botella de Extra Lite dominaba el espacio entre las dos mujeres como el monolito de algo más sagrado. La mamá de Simón, Blanca, fumaba. Las luces estaban encendidas, pero la habitación había ganado repentinamente un aspecto tan lúgubre que no cabía ni una sola sombra más. Lo único distinguible eran los cigarrillos de Blanca y la ceniza que dejaba a su suerte sobre el mantel de plástico. Estábamos los cuatro pero también había alguien más desentumiéndose, quitándose el bozal. Simón y su mamá nos habían llevado hasta allí, tocaron la melodía y entramos al bosque, y ahora nos obligaban a saber, a pertenecer. 

«Nos conocimos en el ochenta y cuatro. Él venía de una familia muy humilde: su mamá era empleada doméstica y también lavaba y planchaba por aparte, y su papá era zapatero. Eran de San Judas. Yo lo conocí estudiando; había conseguido una beca para estudiar en Alemania pero no quiso irse porque dijo que no quería dejar a sus viejos. Su mama, doña Hilda, lloró y se culpó, pero creo que al final realmente no quería que se fuera —hizo un pausa y miró el reloj de pared como si aguardara algún anuncio importante, la llegada de un invitado sin confirmar—. Como se quedó, se metió al ISCA[2] y allí lo conocí yo. Él era mayor que yo y era el monitor de mi grupo. A mí me gustó de inmediato; él decía que yo también le gusté pero que le daba pena hablarme porque tenía cara de arrecha. Empezamos a jalar y todo era bonito, nos queríamos mucho. Después vino el Servicio[3].

»Nos escribíamos, tratamos de no perder contacto. Así supe de las expediciones, de las semanas que pasaban caminando; me dijo que la primera vez que creyeron ver a la Contra todos se cagaron. Me contó de cuando salieron para Wina y cuando bajaron a Yaoska. Eso fue en diciembre. Luego los mandaron para Wamblán, y de allí al Cerro La Colonia, y luego otra vez para Mollejones, que es como una caminata de diez o quince días por la montaña. Me dijo que otros BLI[4] hablaban por la radio de un avión tan rápido que no lo podían ver, solo escuchar —mi madre no preguntaba nada ni prestaba lugar a la discrepancia, permaneció ecuánime escuchando la invención de Blanca—. Después solo supe que su batallón, el Simón Bolívar, se internaría en un operativo de ataque, que se llamaba Interarmas, y que atacarían por sorpresa un campamento de la Contra que estaba al otro lado del Coco. Eran como más de tres mil Contras; los del Simón Bolívar eran doscientos, pero tenían el elemento sorpresa y varios BM–21 en Wamblán a su favor. Ya esa fue la última carta que recibí. Los mataron días antes del ataque. Uno de los muchachos que sí volvió a Managua me contó lo que pasó. 

 »Habían acampado cerca de Wamblán. Esa noche una ráfaga de viento les botó todo el campamento. Era de noche y no podían ver bien. Un bulto cayó del cielo e hizo una gran bulla. Primero pensaron que era una bomba. Los que hacían posta no alcanzaron a avisar, les rompieron el cuello. Le dispararon pero las balas le rebotaban. Uno a uno los agarraba y los retorcía del cuello como pollos, los descuartizaba —tomó la cajetilla y, haciéndola girar con sus dedos, sacó otro cigarro—. Alguien avisó por radio a Wamblán y empezaron a disparar los BM–21; el mismo muchacho que me contó esto me dijo que ese fue un error, porque también le estaban disparando a su propia gente. Me dijo que no sabía cómo había sobrevivido al bombardeo, pero que cuando recobró el sentido estaba enterrado debajo de un montón de cadáveres. El cuerpo de él nunca lo recuperé, y cómo. Yo ya estaba embarazada de Simón.

»El muchacho me dijo que los había atacado Supermán. Claro que al principio tenía mi desconfianza, pero qué ganaba con engañarme. Nunca nos entregaron los cuerpos a los familiares; supimos de otra gente que recibió muñones quemados. Y si te ponés a pensar, hay un montón de otras cosas que seguro habrá hecho él: los ataques en Corinto, San Juan del Sur, Puerto Sandino. Ese era el verdadero Pájaro Negro[5]. Imagináte lo cerca que estuvimos de ganar la guerra para que los gringos tuvieran que mandarlo a él, puchica. Estaban cagados. Reagan hijueputa estaba cagado».  

Blanca encendió el otro cigarro, complacida. Mi madre sorbía atónita su Extra Lite con 7–Up. Sentí vergüenza de ponerla en esa posición, de obligarla a soportar sus disparates. Esa misma noche mi madre me prohibió hablarle a Simón en la escuela. “Pero, mama —traté de hacerla entrar en razón—, él es el único amigo que tengo”. “Yo sé, mi amor, pero ese niño no es bueno para vos”, dijo, con agobiante calma.

En el primer receso del lunes traté de hablar con Simón pero decidió ignorarme. Hizo lo mismo en el segundo receso; tampoco me hablaba en el aula. Escogió irse adelante en el recorrido, al lado del conductor. Pasaron los días y Simón había dejado de hablarme. Consideraba injusto que nuestro vínculo fuese amenazado por las inseguridades de dos mujeres solitarias, así que ese viernes después de clases le cerré el paso en el aula con la pretensión de que me hablara, que dijera algo, pero solo hizo el amago de golpearme. Quise hablar con mi mamá al respecto, pedirle que revocara su decisión, pero reconocí antes una certeza que había preferido ignorar: la mamá de Simón también le había prohibido hablarme.     

Quisiera decir algo inteligente sobre la amistad. Algo hermoso. ¿Para qué? Para justificar el delirio de Simón, de su madre. No vale la pena. Simón terminó el cuarto grado y se cambió de colegio, por allí había escuchado que se fue a estudiar con los lasallistas, también que se había ido del país. Como fuera, solo podía sentir resentimiento. Simón me había abandonado. Me dio algo que me había sido negado y luego me lo quitó sin más. Como Supermán, se alejó del campamento en llamas, mientras una caterva de cuerpos chisporroteaba entre el fango y la mierda, dejando atrás la montaña que era roída por la noche como un fruto apetitoso, sin otro sonido que no fuera los huesos y la piel salpicados por el fuego. 

Ha parado de llover. Me separo de la laptop y me asomo por la ventana: la tarde tiene un aspecto sucio, indecente. Pareciera que el cielo trata de decirme algo. Camino hasta la caja que he dejado sobre el desayunador. Busco un cuchillo y la abro: su contenido no podría enorgullecerme más. Ediciones de lujo en pasta dura de mis cómics favoritos. También títulos independientes, perfectos para cualquier ñoño con coartada de intelectual posmoderno. El truco está en la rotación: Dark Night: A True Batman Story, y A Study in Emerald; Future Quest volúmenes 1 y 2, y Sabrina; The Sheriff of Babylon, y Black Hole. Pretender cambiar de discurso con facilidad, de lo vulgar a lo culto, es mi mayor fortaleza. Mientras todos esperan los estrenos, mientras buscan la escena escondida, la referencia perdida, yo leo cómics. Leo cómics y a nadie le importa. Yo domino un lenguaje secreto que nadie conoce. Esto me vuelve especial. Este es mi superpoder.    

En la caja hay más. Meto la mano y algo me pica. El escorpión del pasado. Saco All–Star Superman en edición paperback. Grant Morrison y Frank Quitely. Ya tengo este libro. El arte de Quitely en la portada me embriaga: Kal-El ascendiendo con el pecho saturado, la sonrisa transparente, la mano casi estrangulando al sol. Un hombre como ningún otro hombre. Un dios caminando entre ateos. 

Imagino que Simón habrá alcanzado la pubertad y sus fatigosas consecuencias; habrá tropezado con los verdaderos avatares de la vida, desencantándose de la distopía y sus falsos modelos de bienestar al igual que yo: marido devoto, casa grande, hijos obedientes. Me pregunto hasta qué punto habrá soportado el engaño de su madre y cuál sería su castigo. Se me ocurren varios métodos: no hablarle más; buscar por su parte la verdad que enterraba a su padre; dejar que todo se disipara como un pobre sueño. Una última alternativa me acosa y termino tomándola como absoluta: Simón aun cree todo. 

Reviso nuevamente el mismo archivo de Word: sigue sin salvarse. ¿Valdrá la pena terminar? Una revista centroamericana acaba de abrir una convocatoria para cuentistas de la región, el premio es una estadía de treinta días para escribir en una universidad de México. Un mes para pasear, tomar fotos, comer tacos. ¿Representa la demencia de Simón una verdadera oportunidad para mí? ¿Qué pasa si lee esto y me busca para protestar por una sincerísima invasión a su trauma? No me sorprendería si de verdad lo leyera. El internet es un estacionamiento muy solicitado. ¿Perdería los estribos? Con qué coraje. ¿Intentaría hacer algo? Nunca me encontrará. Simón se vuelve una nadería, pero no su padre. El viejo seguramente vive y leerá el relato. Ya no importa. Su historia no le pertenece. Es solo un personaje que desaparece luego del primer capítulo. Un misterio amplificado por la mentira. Un hombre como ningún otro hombre. Un padre que cualquiera hubiera estado orgulloso de perder.   

Notas

1. Maravillado por la manera en cómo el pequeño montículo de cocaína mantiene su forma entre los senos siliconados, Arnoldo Alemán aspira con aprobación. Camina hasta el sillón y se dejar caer con fastidio. Alcanza la botella en medio del revoltijo de platos sucios y tarjetas de crédito, y se sirve otro trago. Las dos mujeres en la cama apenas atienden lo que pasa en el resto de la habitación. Lo mismo da para ellas el Ritz que una callejuela. Alemán termina su trago y empieza a servirse otro cuando piensa en la conversación que tuvo horas antes en el bar del hotel: “Los bancos que quiebran son como enormes outlets¸ Señor Presidente: uno todo lo puede comprar más barato, casi regalado, y nadie puede hacer nada para detenerlo”.  “Pero ¿cómo quiebra un banco?”, pregunta Alemán. Dos años antes, uno de sus emisarios sostiene una reunión con socios del Banco del Café (Bancafé). El capital total del banco es de aproximadamente 16 millones de dólares. Su emisario lleva un mensaje cardinal: el Presidente desea ser otro accionista más del banco. Los socios, complacidos, informan al emisario el costo de las acciones, y este propone otro tipo de oferta: el Presidente demanda un escaño sin invertir ni un solo centavo. Los socios se niegan rotundamente. El extraño, sentado en la barra que alguna vez perteneció a Fitzgerald, a Hemingway, y ahora a Alemán, responde: “El Presidente es usted”. Alemán relame ebrio el resabio de cocaína en una black card y toma el teléfono de la habitación. “Comuníqueme inmediatamente con el Gobierno de Nicaragua”, ordena, demasiado rápido como para darse cuenta que el recepcionista no entiende ni una sola palabra de lo que ha dicho. Dos días después, celebra un asado en El Chile, su hacienda. Entre los asistentes están Noel Ramírez, Presidente del Banco Central de Nicaragua (BCN) y accionista del Banco de la Producción (Banpro); Noel Sacasa, Superintendente de Bancos; y Esteban Duque Estrada (Ministro de Hacienda y Crédito Público). Desde la piscina, Alemán les comparte una idea: iniciar investigaciones contra ciertos bancos a través de la SIB para buscar anomalías, como pérdida de capital o alta concentración de créditos y atraso en los pagos de los mismos, e intervenir de ser necesario para acelerar su ruina. Luego, designando y controlando las Juntas Liquidadoras, y a la cabeza de los organismos reguladores, podrían decidir a quién vender lo que quedara de los bancos y a qué precio. Sugiere intervenir al Bancafé; Sacasa propone comenzar con otro. “Para hacer esto hay que hacerlo bien”, justifica. En total deciden intervenir cuatro bancos: el Banco Intercontinental (Interbank), el Bancafé (por pertinacia de Alemán), el Banco Mercantil (Bamer), y el Banco Nicaragüense de Industria y Comercio (Banic). Hablan de un quinto banco pero todos concluyen que este representaría un adversario demasiado insolente: el Banco de Finanzas (BDF), controlado por el Ejército Nacional. “Bueno, uno para cada uno, es lo justo”, celebra Duque Estrada, y los cuatro reúnen sus vasos y oficializan el complot con un brindis. Ramírez interroga a Alemán por el extraño de París, pero está tan intoxicado que no puede recordar su nombre, tampoco su rostro; tan intoxicado que no puede salir de la piscina cuando comienza a gritar: “¡Llamáme a la Fernanda!... ¡Fernanda!... ¡Fernanda!... Cantáme la Paloma, amorcito... ¡Cucurrucucuuuuuu, paaaaloooomaaaa!”; tan intoxicado que al salir de la piscina ni le importa la calzoneta en sus tobillos. Nuevas leyes bancarias que modifican sustancialmente el funcionamiento del sistema financiero son impulsadas, y los bancos empiezan a ser intervenidos. El proceso es premioso pero implacable. El encono de Alemán no conoce alivio: el mismo emisario es enviado de nuevo al Bancafé y ofrece ahora dos millones de dólares por el 50% del banco. Los socios cierran la puerta en la cara del Presidente por última ocasión. La SIB interviene al banco y ordena su liquidación forzosa el 17 de noviembre del 2000 por presentar capital negativo y una grave situación de liquidez. Años antes, accionistas del Bancafé y del Bamer habían intentado negociar una fusión para salvar al banco, pero esta no fue permitida por la SIB. La propia SIB, para asegurar la ejecución de las resoluciones ordinarias, designa a Carlos Matus, ex–gerente del Banco de América Central (BAC), como gerente del Bancafé antes de la liquidación, y luego como miembro de la Junta Liquidadora. Matus goza de beneficios tales como un salario mensual de $13,500 libres de impuesto, un vehículo Mercedes Benz valorado en $59,000, una tarjeta de crédito Platinum, una póliza de seguro de $740,000 para su esposa y sus tres hijos, y participación porcentual del 1% sobre el monto de cada préstamo arreglado con la SIB y otras utilidades mensuales. Cuando las utilidades empiezan a disminuir, como es de esperase de un banco en quiebra, Matus renegocia otros $7,000 mensuales y un contrato de dos años. También tiene potestad de despedir a todo el personal ejecutivo del banco por debajo del nivel de vicegerentes, y reclasifica la cartera del Bancafé de A a D. La venganza de Alemán concluye. También su período como Presidente de Nicaragua, pero no sus planes. En 2002, un acuerdo interinstitucional firmado por el entonces Presidente del BCN, Mario Alonso Icabalceta, y Eduardo Montealegre, actual Ministro de Hacienda y Crédito Público, ordena que la subasta de los activos recibidos por el BCN de las Juntas Liquidadoras se efectuaría conforme a valores determinados por el mercado, pero en el año 2003, esta norma no es acatada y muchas de las propiedades liquidadas son vendidas no más allá del 50% de su valor. Algunas propiedades son compradas al 0.1% del valor en libros. Inversiones Zum, por ejemplo, sociedad de la que Eduardo Montealegre forma parte junto a Roberto Zamora Llanes, accionista del adquiriente banco Bancentro, compra el hotel Lomas de Guadalupe, de Matagalpa, por $243,689, mientras su valor en libros es $1,218,447, es decir, al 20% de su valor. Todos los bancos adquirientes cuentan con amigos, familiares, socios, allegados, y testaferros de Alemán, Sacasa, Ramírez, y Duque Estrada, entre sus filas. Los bancos adquirientes evalúan la cartera de los bancos absorbidos, dicha calificación es avalada después por la SIB y el BCN. Este último, para cubrir la brecha de activos y pasivos subastados, inyecta capital en forma de Certificados Negociables de Inversión, o Cenis. De esta forma, el Gobierno otorga a los bancos adquirientes los recursos necesarios para pagar los depósitos de los cuentahabientes que no podían ser cubiertos por los préstamos y propiedades adquiridos. El pago de los Cenis es tomado del Presupuesto General del República, junto a salud, educación, e infraestructura. Pero es imposible proteger a todos los cuentahabientes. El Bancafé, luego de ser liquidado, solo puede asegurar las cuentas con saldo menor a C$20,000, o su equivalente en dólares. Las personas que deseen recuperar sus ahorros deben presentarse a la sucursal central del banco, la llamada Plaza del Café, el martes siguiente a la liquidación para llenar un formulario y tres días después recibirán C$10,000 de los C$20,000 prometidos. Si bien la SIB promete que esta medida protegería al 90% de los clientes del banco, jamás advierte sobre la longevidad de las filas. Pero Alemán, echándose agua en el lavamanos de su habitación de hotel en París, no sospecha la magnitud de los eventos que acaba de poner en marcha. Entra a la ducha y abre toda la llave para pensar con sobriedad. Sale en bata y, como un gato recién nacido, anda a tientas en la habitación oscura, descubriendo el mundo circundante a través de toqueteos y tropezones. Llega hasta la cama donde había olvidado a las dos mujeres; despiertan y sienten su cuerpo cerca, su presencia en las sombras, le quitan la bata y toman sus genitales. Sus manos son tibias, benévolas. Mientras una toma sus testículos para metérselos en la boca, la otra empieza a masturbarlo; Alemán no hace más que quedarse de pie e inhalar con violencia lo que puede del aire frío que aun no se ha convertido en niebla. 

2. Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias. 

3. Servicio Militar Patriótico. Decreto No. 1327, aprobado el 13 de septiembre de 1983 y publicado en La Gaceta No. 228 del 6 de Octubre de 1983. Derogado por el gobierno de Violeta Barrios. 

4. Batallones de Lucha Irregular.

5. “Un Lockheed SR–71, un perfeccionado avión espía norteamericano que se conoce mundialmente como Pájaro Negro, rompió ayer la barrera del sonido mientras sobrevolaba territorio nicaragüense. El característico estampido se oyó nítidamente en Managua, Masaya y Corinto, causando gran alarma en esta última población, que el día anterior había sido testigo nervioso de las evoluciones de dos fragatas estadounidenses que se internaron hasta a cinco millas del puerto siguiendo al carguero soviético Bakunarian que, según Washington, transportaba aviones Mig. El canciller nicaragüense Miguel d'Escoto Brockmann ha enviado una nota de protesta al Secretario de Estado, George Shultz, por la presencia de las fragatas de Estados Unidos que acosaron al buque cuando se acercaba a puerto nicaragüense. En el curso de este incidente, un avión norteamericano Hércules C–130, cuya matrícula no pudo ser identificada, sobrevoló la zona en dirección Norte–Sur, y las baterías antiaéreas nicaragüenses efectuaron varios disparos preventivos. Este es el primer enfrentamiento armado directo entre el Ejército Sandinista y naves de Estados Unidos. El 31 de Octubre pasado, otro avión espía norteamericano sobrevoló el territorio nicaragüense. En medio de una psicosis de preguerra como la que vive este país, muchos se han sobresaltado creyendo que una invasión está en marcha. El Gobierno de Nicaragua teme que la administración del Presidente Ronald Reagan, bajo la euforia de su reciente triunfo electoral, está tratando de provocar algún incidente que le sirva de pretexto para intervenir en el país. En su nota de protesta, Miguel d'Escoto Brockmann también ha exigido que Estados Unidos cese de cualquier acción militar contra Nicaragua, según lo dispuesto por el Tribunal Internacional de La Haya. El Secretario de Estado, por su parte, insistió que su país ‘no tolerará un desequilibrio de fuerzas en la región y continuará la vigilancia para impedir la llegada de aviones a Nicaragua’. Otra versión indica que el contenido del carguero era en realidad helicópteros de combate MI–2. El senador demócrata Daniel Patrick ‘Pat’ Moynihan, del Comité Selecto de Inteligencia del Senado, declaró que Estados Unidos ‘ha llegado a un acuerdo’ sobre lo que debería hacer si se entregan aviones Mig a Nicaragua, y añadió que, en ese caso, ‘no se puede descartar el uso de la fuerza’”. Un avión espía norteamericano causa alarma en Nicaragua al romper la barrera del sonido, Jesús Ceberio, El País, 9 de Noviembre de 1984. 

 

Manuel Membreño

Nacido en 1988 en Managua, es poeta, narrador y editor. En 2011 obtuvo el premio de relato Joaquín Pasos de la Universidad Centroamericana de Nicaragua y al año siguiente, venció en el Certamen Ipso Facto de poesía convocado por la Editorial EquiZZero de El Salvador. Obra publicada: Flojera (Centro Nicaragüense de Escritores, 2012; relatos) y Poemas sin Esquinas (EquiZZero, 2013). Con su poemario El acto de amor de las cucarachas (inédito) mereció en 2014 el segundo lugar del premio nacional María Teresa Sánchez convocado por el Banco Central de Nicaragua; ese mismo año viajó a México auspiciado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de ese país y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, donde participó del Programa de Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica y Haití. Actualmente es editor del proyecto cartonero Ediciones La Chancha.