Yo también soñé con gasolina /y/ con los puños en alto /y/ fui cursi

Siete poemas.

«Masatepe, Masaya. Niño jugando bajo el sol de mediodía». Foto de Víctor Ruiz.

Todo gato fue niño alguna vez

 
Mi gato precioso, bohemio de alfombra,
como la rata,
no es de ninguna raza importante.
No es más afín al queso o al cordón
que al humor de Schopenhauer.
 
Su atuendo le es indiferente.
Es más gato
por no tomar conciencia de sus pelos.
 
Mi gato es mío porque a él
me someto,
y a su gesto indescifrable.
 
Es cafecito por fuera,
y negro por dentro,
con algunas manchas de silencio.
 
Sigiloso, escapó a todos los nombres.
Yo le puse Poe,
pero en casa le decimos Patches.
Y, a pesar de todo, en su inocencia de gato,
como no me entiende,
todavía conserva su nombre.
 
Mi gato, avión en reposo,
es una isla en el ombligo del mundo;
un ojo que fosforece en la noche.
 
Sus maullidos rebotan por la casa,
mientras él persigue un mundo
escondido en un rayo de sol.
 
Mi gato es mueble,
valija silenciosa
de travesuras que tropiezan.
 
Mi gato, que en realidad es gata, no tiene género.
Pues ayer cumplió dos años muerta.
Pero, entre todo lo muerto,
su recuerdo es lo más vivo en esta casa.
 
 

Se busca

 
Ayer perdí mi sombra.
Yo, que la sacaba a pasear
y la cubría cuando la luz le dañaba los ojos,
la perdí.
 
Pero la sombra de todos los hombres se parece.
Quizá no la he perdido,
tal vez me la robaron.
¿Pero cómo saberlo?
¿Cómo saber si la sombra que tengo
es la que nos han dado?
 
¿Cómo saber si la nítida silueta,
entre todas las que hay, es la correcta?
 
Quizá tengamos la sombra de otro
y otro tenga la nuestra,
y nunca lo sabremos.
 
Quizá yo soy la sombra de mi sombra
o la sombra de otro hombre.
Quizá yo también esté perdido
y quizá nadie me esté buscando.
 
 

Asubhã III

 
Y es ahora cuando el invierno abre mi pecho.
            Es ahora que algo húmedo entra en mis ojos
y como cera se deshace en mis mejillas.
           
No se está solo, se es la soledad.
 
Yo me licencié porque mis padres nunca pudieron,
ni mis abuelos tampoco. Todo el bosque cayó en mi hoja.
            Todo el mar buscó mis zapatos.
                        Bodegas de ayer. Bodegas de hoy. Bodegas de noche.
            Un tambor de horror perseguía mis pasos.
 
Oh Nicanor Parra. Oh Tomas Gösta Tranströmer, alguna vez grité,
            borracho, tu nombre, mientras tus versos  le devolvían la vida,
con un CPR, a mi alma desplayada entre la aurora.
           
No se está solo, se es la soledad.
 
A través del espejo del tiempo, me recuerdo, con los pulmones en alto
            y la adolescencia hasta el cielo, tirando tomates
a la rectoría del pasado, pateando las puertas de los libros,
            un día domingo, ignorando que es día de fiesta.
Yo pesadillaba con los Heraldos Negros que tejen zanjas grises en el alma,
            cuando solo tenía dieciocho años.
Y creía en Vallejo y su Dios enfermo. Yo sí creía que Dios tenía catarro
            y que le había durado hasta mi nacimiento.
Deseaba una segunda Babel, pararme en sus hombros
y limpiarle los mocos al cielo.
            Pero el cielo cayó como toro espeso en mi corazón de Breton.
 
            La Biblioteca, La Huelga de Barrenderos, El Comunismo,
                        todo fue corazón de juventud, ala clavada en la voz de un pájaro,
            mancha de luna en la ventana.
 
            Cuando se es joven, uno tiene tantos sueños que se duerme en las aulas.
 
Al leer la hoja de vida, la piel ya no se reconoce
en sus latidos, en sus miradas, en sus identidades
que se buscan, brincan y acechan.
 
Llega el día en que uno se despierta y se toca el cabello,
            pero se toca la calva, y a uno se le ocurre que tal vez han despertado
a uno diferente y que el verdadero yo sigue durmiendo
en las pesadas aulas de papel bond.
            Llega el día en que uno ya no cabe en su cuerpo
 y que la sensación de frío toca todas las palabras
 y que el corazón ya no parece tan blindado y que el polvo de la piel
            regresa como tormenta del Sahara.
Y la cerradura de la memoria deviene enmohecida en la pipa del reproche:
            sexos de múltiples patas, árboles podados de consciencia,
briznas de yo, trajes de ayer y muerte; todo percudido,
todo barnizado en una helada capa de culpa.
            Es la burocracia del otoño, el rascacielos de los años,
                        la vida demente que cavila sobre el olor pestilente del cadáver.
            Atrás quedaron las estaciones de sexos abiertos al final de la cama,
                        los trenes perfumados con vagones de nombres diferentes.
            Atrás quedó la boda blanca donde juré ser más casto que Domingo Savio.
                        Las vitrinas con falda son ahora delantal con estufa.
            La vida segrega su venganza en nuestras manos que friegan pañales
                        y corbatas contra el fregadero recostado en el corazón.
            Mientras la consciencia sigue durmiendo en un escritorio
                        de filosofía o de ciencias médicas.
            Es ahora que un silbato de puerto trae consigo la carta ceniza del tiempo,
                        solo para descubrir, en una hoja del MP, que pateaste a tu esposa;
            que en Bora Bora, París y Londres no te pudiste encontrar;
                        que eres huérfano y también lo son tus padres,
            que tu consciencia es un cadáver dormido
frente a un pizarrón en rectoría.
            ¿Dónde quedó tu juventud soñadora que soñó alguna vez
                        no soñar que despertaba?
            ¿Dónde quedó el vagón del verano,
de cuyo rumbo te burlaste tanto?
           
            Al final todos acabamos pintando sacos y corbatas en el tímido muro
                        del anarquismo universitario.
            Yo también soñé con gasolina. Yo también soñé con los puños en alto,
                        con la cordillera revolucionaria que caminaba mordiendo frío.
            Yo también fui cursi. Yo también rugí los versos cursis de O. R. C.
 
            Y aquí estoy, veintidós años después, como un buda de piedra, muerto,
con Hitler y Freud, mientras un diván me cuenta sus problemas.
 
 

Estrategia

 
No corras por la calle
solo para buscar a una mujer
Entra discreto sin anunciarte
No pidas reservación
Ni servicio de cuarto
 
Ella podría entrar en cualquier momento
caminando de puntillas
con los tacones en la mano
silenciosa
con cuidado de no despertar
al niño que llevas dentro
 
Para hallar a una mujer
hay que saltar de los sueños
sin paracaídas
con el motor en marcha
 
No te aferres a la quiromancia del pesimismo
Para besar a una mujer
hay que tomar los trenes largos
no subirse en ellos sino seguirlos
contemplarlos sin fe
como una catedral abandonada
sin cura ni santos
 
 

Ministerio de la Poesía

 
La buena y la mala poesía están conectadas.
 
Adivino un Ministerio de la Poesía,
con altos funcionarios literarios,
burócratas culturales
y académicos diputados.
A su cargo tienen encomendado
mantener vivas todas esas flores,
rosas y travesuras que hay en los poemas.
Porque si no, ¿quién alimentará a los tigres de Borges,
al elefante de Maiakovski
o al loro de siete lenguas de Parra?
 
Pienso en un Ministerio dividido en secciones,
con sindicato y secretaría.
Los funcionarios novatos
—o güizaches, como suele llamárseles—
se encargan de los poetas menores,
de los malos poemas
y de sostener las pretensiones
de algunos hombres
que visten sombrero,
hablan de otros poetas a sus espaldas
y de vez en cuando se dignan a escribir
algo que llaman «poema».
 
Los más veteranos, los burocráticos,
se encargan del papeleo
de los grandes poetas.
Son los que no saben dónde colocar
tanto libro, tantas antologías
y nuevas ediciones en otros idiomas
que por correo llegan.
Las abandonan por aquí, por allá,
cerca de la ducha.
A veces suelen asignar grandes edificios
para almacenar la obra de un solo poeta,
de allí el edificio Mallarmé, la casa T. S. Eliot
o el Bulevar Modernista.
Pero siempre se las apañan.
 
De vez en cuando reciben alguna solicitud
de algún poeta menor
necesitado de un premio, un festival
o la traducción de sus libros al italiano.
Pero el Ministerio viejo, el burocrático,
ya está cansado de las puestas de sol,
de la locura cervantina
o la precocidad creacionista
de los poetas menores.
A veces ya no saben qué hacer
con tanto trámite, tantas exigencias
o cartas de recomendación,
y no desean admitir otro poeta al club.
Porque eso implicaría más trabajo,
más papeleo, polvo y moho.
 
Pero a veces, solo algunas veces,
los poetas son tan insistentes
que los dejan entrar.
Quizá por eso el Ministerio de la Poesía
prefiere a los malos poetas,
que no llaman, no escriben
ni pelean por las becas
o los premios;
ni osan levantar la voz.
 
 

las zarzas

 
mi madre:
el bello arbusto
que mi padre regaba con penitencia
 
yo también fui esa calle
donde las aves se incendian con el sol
 
y mi padre cuando camina
me recorre a mí
en busca de mi madre
 
 

Palabras

 
Hay un monumento en mi paladar,
ladrillos lingüísticos que no lograron romper
el ventanal del silencio.
Mis orejas son cuevas de roble
taladas por los puños de mi padre.
 
La puntuación me falla cada vez que el agua de un vaso se rompe.
En las manos de un cigarro mi vida se va consumiendo.
 
No lo entiendo,
hice todo lo que me dijeron:
fui amable, fui valiente,
fui cordial, fui humilde;
incluso cuando el mundo no lo fue conmigo.
V                           o
         u           l
               e
 
Las palabras son muerte que emitimos,
así nos deshacemos del síntoma en la cabeza.