Era yo, una mañana de diciembre
Integrada en esta selección de Poesía espirituana, la multipremiada escritora Dalila León Meneses dota a la antología de una lírica íntima y marcadamente doméstica. Sus poemas rescatan con hondura los retazos de la juventud, el dolor punzante ante la pérdida de la figura paterna y la vulnerabilidad de la mujer, transformando espacios cotidianos y rutinas como la costura o el baño en potentes revelaciones poéticas.
Fotografía de Neva Becerra tomada de Pixabay
Vintage
No era satín, madre, ni terciopelo.
Era la necesidad reciclada
sobre tu máquina de coser.
Eran tus piernas hinchadas
en el pedal de la Singer,
impulsando a la aguja
hacia arriba y hacia abajo,
puntada a puntada, sin descansar.
Era yo, una mañana de diciembre,
hilvanada con retazos de tu juventud.
Tengo que blanquear el encaje –señalaste–
cuidado con los alfileres.
Eran los últimos ajustes, madre,
del vestido que estrenaría
en mi cumpleaños.
Primer llanto
1ro de enero de 1980.
El año terminaba
y mi madre seguía de parto.
Las enfermeras presionaban
y ella insistía adolorida,
llamándome una y otra vez.
Pero mi cabeza desconfiada y torpe
no se aventuró hasta el amanecer.
Me sacudía y lloraba sin parar
mientras cortaban el cordón.
La enfermera notó mis uñas,
largas y dobladas hacia arriba
de tanto escarbar el útero.
Esta niña no es buena –murmuró.
Pero mi madre, sonriendo,
le deseó un feliz año nuevo
y me arrebató de sus brazos
abrigándome en los suyos
por primera vez.
Espacios
Esa mañana
mientras guardaba en el closet la ropa limpia
advertí una percha vacía y recordé:
La última vez que la sostuve
mi padre aún estaba vivo.
Esto es la muerte, pensé,
torpes espacios que te golpean
dejándote noqueada,
cuando menos lo esperas.
Vapor
Cuando una poeta rasura sus piernas
en la habitación de un hotel,
no piensa en su último libro publicado
o por publicar.
Piensa
en la frialdad que se cuela por la puerta entreabierta,
en el vapor que nubla el espejo donde escribe
el nombre y apellidos del hombre que la lastima.
Piensa que ya es tarde
y sale de la ducha, se sirve otro trago
y se viste, se peina
y observa cómo se evapora el nombre
mientras pinta sus labios,
e intenta sonreír
antes de cerrar la puerta.
Revelación
Fue en el mercado,
en el zumbido de las moscas
que sobrevolaban las vísceras.
En la oscura mancha del delantal
o en la mirada del carnicero
al espantar los perros.
Fue en el mercado,
mientras mi padre regateaba por la carne
donde se me reveló la poesía,
por primera vez.