Congratulations

Con ironía, pulso narrativo y una mirada crítica sobre la familia, la escuela y el fanatismo cotidiano, este cuento de Aldo Vásquez retrata la adolescencia como un territorio de resistencia y contradicciones frente a los prejuicios de la comunidad.

Noche fría, de Jennifer Dávila

La profesora ordenó que los estudiantes se separaran, dos “pisos” de distancia entre cada pupitre. El chirrido del metal oxidado no se hizo esperar por toda el salón. El calor de una tarde de verano en el Instituto Público de Esquipulas y el polvo que llegaba desde una de las canchas resultaba insoportable. Pay atention, please. La profesora leyó las instrucciones del examen y ante los rostros de incomprensión de los estudiantes se vio forzada a traducir oralmente las indicaciones a español. Frunció el ceño.

 

Gabriel entendió todo a la primera lectura. No representaba un reto para él. Pasaba horas escuchando música en dicho idioma. Su gusto musical se bifurcaba entre la ambientación instrumental de los videojuegos con los que creció y la brutalidad atmosférica del metal más extremo. Como toda ave que emigra a otro territorio, su plumaje cambió de la ñoñez a una pretendida postura de rudeza al convertirse en un adolescente.

 

Aunque ampliamente cuestionado por su familia, su gusto era la clave para entender las preguntas del examen, sus compañeros lo sabían, a pesar de hacerle burla por su tendencia a usar brazaletes de cuero negro, parches de bandas de rock en su mochila e incluso y más polémico: les escandalizaba que bajo su uniforme escolar, portara un crucifijo invertido, el cual había sido un regalo de su tía al haber recibido la primera comunión. Gabriel terminó el examen antes que el resto. Se aburrió. 

 

Mario hincó a Gabriel con un lápiz en las costillas. Gabriel lo observó.

ー Dame la respuesta de la segunda pregunta. Susurró nervioso Mario.

Gabriel negó con la cabeza y amenazó con decirle a la profesora sobre el intento de fraude. Momentos después se repitió la escena. La solicitud fue denegada. Una sonrisa burlesca se dibujaba en la boca de Gabriel.

 

Gabriel volteó su examen y el espacio en blanco marcado por su propia escritura empezaba a inquietarlo. Sacó una regla de plástico de su mochila y empezó a trazar unas líneas, primero una horizontal, en los extremos trazó otras dos líneas de forma diagonal, cuya mayor inclinación se abría hacia el centro. Trazó otras verticales más cortas y por debajo de la mitad de estas, trazó otras pequeñas líneas horizontales. Ni el calor, ni el polvo, ni otro hincón de Mario lo sacaban de su trance creativo. 

 

Five minutes left! - exclamó la profesora Estrada. Gabriel vio su obra, se sintió conforme y entregó la hoja a la maestra. Durante el receso, Mario le reclamó por no ayudarle, a lo que Gabriel fue indiferente y acordaron que, en la tarea de Literatura nicaragüense, sí le iba a ayudar a cambio de invitarlo a beber gaseosa durante el resto de la semana. Mientras se tomaban sus refrescos y comían “tortillitas” Ana se acercó a él.

 

ー Te dije que te sentaras detrás de mí ー Sus ojos cafés buscaban el mínimo rastro de culpa en los ojos oscuros.

ー Viniste tarde, la gorda de la Carla se te adelantó ー 

ー Mentira, no te quiso dar la copia, es un gran mierda ー Vociferó el sudoroso Mario, aún ofendido por no recibir ayuda y porque evidentemente iba a reprobar la clase de la maestra Estrada.

ー Sos mala onda, yo te iba a invitar a mi fiesta de cumpleaños este sábado, pero ya no.

ー Igual, no me gusta la música de mierda que vas a poner ー Ana se enfadó con él.

ー En mi casa no adoramos al diablo como vos, sos un loco. 

ー Sí, pero le entiendo a la clase de inglés y ustedes no, mierdas. 

 

Gabriel se retiró a sentarse en una banca lejos de ellos, sacó un pequeño radio de bolsillo que apenas podía recibir una señal débil en FM. Presionó los botones plateados una y otra vez hasta dar con Radio Futura. You made feel like the one, the one… La campana anunciaba el fin del receso y todos volvieron a su respectiva aula. 

 

Al volver a casa, la madre de Gabriel lo saludó con la misma frialdad de siempre. Él presumió su hazaña en la clase de inglés, se jactó de entender a la maestra cuando esta habló y de haber sido el primero en terminarlo. Ambos esperaban la mejor nota y el glorificante elogio Congratulations! en la hoja del examen a la par de un 100. 

 

Karina preparó la cena para su hijo y se retiró al cenáculo a la que pertenecía. Todos los jueves a las 7:00 P.M. se reunían en la casa de doña Marcia. Una sexagenaria cuya sala poseía más ángeles y querubines que el techo de la Capilla Sixtina, en cambio, su jardín apenas mantenía el color verde gracias a los residuos del invierno pasado. 

 

Muchas personas tomaban posesión de la sala de Marcia: madres de familia solteras como Karina, algunos hombres que en la recta final descubrieron la iluminación de las santas escrituras, a pesar de que su juventud se hundió en los rincones más sombríos de la bebida. También había espacio para los jóvenes que, obligados por sus familias, asistían a los rezos. Incluso, había lugar para aquellos que descubrieron en la retórica del perdón y el arrepentimiento y amor al prójimo, un chance para seducir a las jóvenes más incautas de la comarca. La sala de Marcia era un arca que resistía la tempestad de los apocalípticos días modernos.

 

A la mañana siguiente, Karina se fue a trabajar. Antes se aseguró de que Gabriel estuviera despierto para recordarle que había desayuno en la cocina y almuerzo en la refrigeradora. Se despidieron. No se verían hasta entrada la noche. Ella nunca fue una figura autoritaria, aunque a veces se reprochaba por no serlo. Él no era un mal muchacho, pero muchas veces pensaba todo lo contrario, porque le gustaba estar encerrado en su cuarto, porque le aburría rezar todos los días y que le echaran la culpa por algo que un par de imprudentes, según un cuento bíblico, cometieron desde el principio de los tiempos.

 

Al llegar a la escuela, Ana lo saludó desde la fila de mujeres, también Alejandra y Lucia. Esta última era una muchacha que se sentía muy atraída por Gabriel, aunque hablaban poco, bastó para que ella lo considerara un buen partido: inteligente y apuesto. 

 

Ana advirtió a Lucia sobre las ideas “raras” de ese rockero, contra todo pronóstico Lucia parecía comprenderlo con empatía: Gabriel era una oveja descarriada que debía volver al rebaño.

El viejo portero dio la señal para que los púberes empezaran a caminar. Su ojo avizor repasaba minuciosamente las camisas, zapatos, cortes de cabello; debían estar planchadas y prensadas con el pantalón, lustrados y varoniles en el caso de los muchachos. Las muchachas no debían mostrar la rodilla y mucho menos las pantorrillas; debían portar una camisa blanca debajo de la blusa del uniforme para ocultar los senos que ya captaban la atención de los alumnos más grandes. 

 

Al sonar la campana de mediodía todos se reunieron en la pequeña plaza de la escuela, los profesores González y Valverde recordaban sus días en el ejército al ver las filas perfectamente alineadas. Como carceleros, rondaban en medio de los alumnos buscando la más mínima señal de insubordinación, bajo el sol del mediodía o bajo la lluvia repentina del clima nicaragüense, el acto cívico del día viernes debía realizarse con total miramiento. 

 

Una vez que empezó la primera clase, no podía haber alumnos en los pasillos, cancha o bar. Tras veinte minutos de la clase la vieron llegar, anunciada por el sonido de sus tacones y su respingada nariz, la subdirectora Ivania avanzaba implacable hacia el aula número tres, el octavo grado B. 

 

ー Profesor Valverde, ¿acá está un alumno que se llama Gabriel Rosales? ー El silencio se apoderó del salón de clases, había confusión en el rostro de los alumnos y el profesor de turno. Born in a burial gown… She was born in a burial… Mario, asustado, le tocó el hombro a Gabriel porque este no se percató del llamado, ya que, estaba escuchando música en un pequeño discman. Se quitó los audífonos sin comprender lo que pasaba.

 

ー ¿Vos sos Gabriel Rosales?

ー Sí. 

ー Por favor acompañame a la dirección. 

 

Las manos de Gabriel empezaron a sudar, ni siquiera conocía la oficina del director Pantoja. Le pareció extraño que lo llamaran y una sonrisa nuevamente se dibujó en su rostro, pensó en el examen del día anterior y en su demostración de talento del idioma inglés. Pensó en sí mismo y se sintió un dios entre insectos monolingües. 

 

Era una oficina de color verde algo deteriorada. Tenía una mesa de color rojizo ya desgastada por las décadas de uso y sobre ella una máquina de escribir, decenas de carpetas y una pizarra llena de afiches que decoraban la pared detrás del escritorio.

 

ー Gabriel, te traje para que hablemos sobre la clase de inglés.

ー Bueno, dígame. La sonrisa nuevamente asomaba bajo su rostro que, inútilmente, trataba de ocultar su nerviosismo ante las figuras de autoridad. 

ー La profesora Ligia Estrada está un poco alarmada por tu examen.

ー ¿Por qué? Yo respondí perfectamente sus preguntas. Frunció el ceño y apretó el puño derecho.

ー No son tus resultados lo que le preocupan. Es algo más.

ー No entiendo, subdirectora. ¿Qué fue lo que hice? 

 

La imagen vino tan clara a su mente, el logotipo al reverso del papel: Lucifuge Rofocale. La mujer clavó sus claros ojos sobre el delgado muchacho que empezaba a temblar y a gesticular confusión en su rostro. La mujer sacó un papel de la gaveta izquierda y lo extendió ante el muchacho.

 

ー ¿Qué significa este símbolo?

ー Eso no es nada, es solo un dibujo que hice porque terminé el examen y estaba aburrido. Me gusta mucho dibujar.

ー … Pues la profesora no está muy convencida con esta explicación y tampoco yo.

ー ¿Por qué?

ー Porque no es normal que un muchacho de tu edad ande dibujando cruces invertidas y pentagramas al reverso de un examen, ¿sabés lo que esto significa?

 

Gabriel, ahora impulsado por la indignación de que lo consideraran un ignorante, respondió de manera cortante.

 

ー Sí, subdirectora. Sé lo que es, por eso lo dibujé. 

ー Es un símbolo satánico, es brujería o algo peor. ¿En qué andás metido, chavalo? ¿Qué es lo que le pasa?

ー No me pasa nada, solo es el logotipo de una banda que me gusta mucho. Solo es música, eso es.

ー ¿Música? Pues música satánica debe ser, tu profesora está asustada. Cree que es una amenaza y que sos un diabólico. Ayer vino alarmada a entregarme esta cochinada. ¿Quién más anda metido en esto junto con vos?

ー Nadie más, es mi dibujo. Solo eso es y no, no soy satánico ni quería amenazar a la profesora. No fue mi intención. 

 

Gabriel estaba nervioso, a pesar de la firmeza con la que defendía su postura. Como todos los que pasan por el banquillo de los acusados, no sabía con claridad de que lo estaban acusando. 

 

ー Gabriel, sus compañeros dicen que usted no cree en Dios, que no le gusta ninguna religión y que se burla de todos los creyentes… que porta un crucifijo invertido bajo su uniforme, ¿es cierto eso?

ー Lo del crucifijo es verdad, subdirectora, pero no soy satánico ni le quiero hacer daño a la maestra.

ー Ya escuché suficiente. Mañana espero acá a su mamá. Cuando usted salga de la oficina la secretaria le va a dar un citatorio, mañana espero a su mamá.

ー Pero… 

 

Fue inútil, el bello rostro de la mujer tornó en un rostro despectivo ante lo que veía: una oveja rebelde. Gabriel regresó al aula, Mario, Ana y Lucia le interrogaron sobre el suceso, cuando les narró lo ocurrido, Mario estalló en una carcajada:

 

ー Sos un gran caballo, te pasa por no darme copia. Cerote. 

ー Ya callate, baboso. Ni a mí me la dio, pero no seas mala onda - dijo Ana, preocupada.

ー No jodás, mi mamá se va a enturcar cuando le dé esta mierda ー exclamó Gabriel, irritado ー  

 

Luego extendió el citatorio ante sus amigos. Los ojos de Mario se posaron en las palabras “símbolos satánicos… urgente”. Volvió a estallar en una carcajada. Gabriel también se rio de la situación ante la mirada confusa de Ana.

 

Esa tarde de viernes, Mario se quedó jugando fútbol en la plaza de Esquipulas, Ana se quedó a ver el partido. Gabriel decidió no abordar el bus que lo llevaba a casa. Quiso caminar sobre la carretera principal y perderse entre el ruido de los carros y sus luces al caer la noche. Meditaba en esto cuando la voz de Lucia lo sacó de sus pensamientos.

 

ー Acompañame a mi casa, vivo cerca.

ー Sí, ya sé, ¿y la Ana te dejó botada?

ー Sí. Dale, no seas mala onda.

ー Dale pues. Gabriel no habló mucho, sabía que Lucia era una loca religiosa, que los padres de ella la obligaban a ir a la iglesia. Él no pensaba en pisar la casa de ella, al girar en la entrada que dirigía hacia la casa de la muchacha, él se detuvo. A pesar de la insistencia en que entrara a tomarse un fresco, agua o en que hablaran más, él no aceptó.

ー Dale. Vamos, mis papás son buena onda.

ー Es que ya tengo que irme, voy a caminar hasta mi casa.

 

La oscuridad nubló su vista, la cálida humedad de unos labios besaron los suyos. Sin tiempo a reaccionar, los brazos blancos de Lucia rodearon el cuello de Gabriel. Él le correspondió y la tomó por la cintura. Sutilmente, ella sintió el bulto rozar en sus piernas, tembló. Se besaron por unos minutos. Hasta que alguien gritó desde una mototaxi: Dale duro animal, matala hijueputa.

 

ー Me gustás, Gabriel.

ー ¿Por qué, si todos dicen que soy un gran satánico y tu familia es bien católica?

ー Ay, vos no sos así, solo estás confundido.

ー ¿Confundido? 

ー Sí. No sabés quién sos ni lo que querés. 

ー Ajá, ¿y vos si sabés quién sos?

ー Sí lo sé, y te puedo ayudar a descubrir quién sos realmente. Vení conmigo, dale.

 

El rostro de Gabriel era una mezcla de gracia e indignación. Le sonrió, volvió a besarla. Frotó nuevamente su erección sobre la falda de Lucia. La observó, ella entrecerró sus ojos, dilatados, excitados por el calor del cuerpo del muchacho. Ella confiaba en convencerlo. Cerró los ojos nuevamente para besarlo.

 

ー A ustedes les pica el culo. 

 

Lucia se quedó atónita. Él se marchó sin esperar una respuesta. Caminó, el tráfico desbordaba la autopista, miraba a las personas por las ventanillas de los buses. Sintió asco de todo, los horarios, los deberes, las matemáticas, la historia, la subdirectora. Solo la música le daba el consuelo que nadie más parecía brindarle. 

 

Llegó a casa y su mamá ya se había marchado al cenáculo de los viernes. Sintió alivio y aunque postergaba lo inevitable, dejó el citatorio bajo un pequeño florero blanco donde su madre guardaba pastillas. Se encerró en su cuarto y reprodujo el primer casete que encontró a mano, la melodía no se hizo esperar: las guitarras estridentes, el doble bombo hacía vibrar los parlantes de la vieja Aiwa. La voz gutural y el interludio con el solo de guitarra llevaban a Gabriel a un orgasmo musical. El único al que podía aspirar sin usar sus manos.

 

Escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Le bajó el volumen a la música y saludó a su mamá. Ya había cenado y lavado todos los platos. 

 

ー¿Cómo te fue hoy? ¿Qué pasó con tu examen de inglés?

ー Salí bien, fui el mejor de la clase. 

ー Enseñame el examen. Quiero verlo.

ー El examen se lo quedó la profesora para ponerlo como ejemplo a la otra clase. Creo que me van a dar un premio. Eso me dijo la subdirectora.

ー Ajá, mirá, con vos, hasta no ver no creer.

ー Dice que tenés que llegar el lunes para hablar con vos.

ー Ay, no. No puedo la próxima semana. Vamos a tener que hacer horas extras en la tienda. 

ー Bueno, le voy a decir que no podés. 

ー No le digás eso, ¿cómo se te ocurre? En cuanto pueda yo llego.

 

El lunes llegó, también, el martes y los demás días, sin embargo, Gabriel no se presentó a la escuela. Cuando Karina buscaba una pastilla se encontró con el citatorio, habían pasado unos días ya, pero el impacto no fue menos al leer las palabras: “Actitudes sospechosas de satanismo… música no apta para un joven… urgente su presencia”.

 

ー Ay, Diosito lindo. Si no es una cosa es la otra, este chavalo y esa hijueputa música del diablo, señor. Ojalá que fuera como su padre que ya tenés en tu santa gloria. 

 

La mujer se llevó las manos al pecho y se arrodilló ante un retrato de Jesús que había en la sala.

 

Gabriel se encerró en su cuarto. Sabía que su mamá tomaba pastillas para poder dormir y evitar que hablara sonámbula sobre el recuerdo de su exesposo. Sin embargo, esa noche fue distinta. Ella tomó un rosario y se arrodilló ante un pequeño altar que ella misma elaboró en su dormitorio. Rezó hasta que el cansancio la venció. Gabriel yacía dormido, en sus audífonos seguía sonando un piano atmosférico alternado por una voz gutural que cantaba en algún idioma extraño; incomprensible hasta para él. 

 

A la mañana siguiente, Gabriel fue despertado por conversaciones de personas en su sala. Desorientado, se dirigió al lugar con evidente fastidio. Todos le observaban con nerviosismo y al centro de la muchedumbre estaba su mamá armada con una biblia. Marcia, parecía hablar en algún lenguaje jamás documentado por ningún filólogo en la faz de la tierra. Llevaba puesto un velo negro que le llegaba hasta la cintura sobre un vestido caqui, de una sola pieza, que terminaba en sus tobillos. Un atuendo que la hacía ver más  enjuta y escuálida de lo que ya era. Un crucifijo enorme con la medalla de San Benito le colgaba entre los pechos pequeños que ningún hombre había tocado en años.

 

ー Hijo mío, no hay nada que temer. Estamos aquí con tu mamá para sacarte de la senda del diablo ¡Satanás dejá esta alma inocente! 

 

Gabriel entró en pánico. Regresó a su cuarto, presionó con fuerza el play de su radiograbadora, la estridencia del black metal espantó a las personas que de inmediato se persignaron. You have been spellbound by the devil.

 

El joven tomó ropa y sus ahorros. Salió por la ventana del cuarto. Cruzó el patio trasero de dos vecinos, tomó algunos atajos y llegó a la calle principal en la cual, oportunamente, pasaba un bus que abordó. Una vez en Esquipulas solo se le ocurrió buscar a Mario. Lo despertó y al contarle lo ocurrido, le propuso ir a la nintendería “El coyote” aunque la idea no fuese del agrado de los padres de Mario. 

 

Una mesa de madera sin pintar, reforzada con unos tornillos para gypsum ya oxidados, soportaba el peso de cuatro televisores de tubo y cuatro consolas, en las que de vez en cuando saltaba una gallina intentando poner huevos y rápidamente era espantada por el dueño del local. Pasaron juntos la mañana y parte de la tarde. Al caer la noche Gabriel decidió caminar de regreso a casa. 

 

Compró una gaseosa y sintió la curiosidad de fumar un cigarro. Caminó, su silueta se perdía entre el humo y las luces de los vehículos que atestaban las vías de la carretera panamericana. Al fin y al cabo, un adolescente caminando por un bulevar solo era una silueta sin rostro o un destino claro.