Dos relatos de Manuel Aguilar Vanegas

Manuel Aguilar Vanegas es una de las voces emergentes más sólidas de la narrativa nicaragüense. A continuación presentamos una muestra de sus relatos.

Cúpulas. Fotografía de Manuel Aguilar Vanegas

AL OTRO LADO

La vaca estaba tirada en el pastizal sin ningún rastro de sangre o de picadura. En cuclillas, con una parsimonia inefable, examinó el cuerpo por todos lados sin encontrar razón del desvanecimiento. Nada. Solo la carne gélida del animal, como si se hubiera muerto de frío. Tenía los ojos abiertos y la lengua de fuera.  Ni para comer había quedado porque la carne estaba morada, y un tufo de amoniaco se desprendía del animal. Con los mozos quemaron el cuerpo en la quebrada y el amargo olor de la carne se tendió por los lados donde soplaba el viento. “Apesta” le dijo su mujer. “Apesta como si fuera una persona la que se está quemando”. “Pues tápese la nariz” le dijo Justino.

En la cantina con los pocos hombres que conocía contó lo que pasaba en la casa. “Ha de ser brujería” le dijeron. “¿Vos creés? Con la copa entre sus dedos, mientras saboreaba el ron blanco, se quedó masticando el silencio, mordiendo la duda.  Olvidó entonces las vacas muertas, el caballo y el gallo tendido en el gallinero. La música le pareció dulce e interminable, mezclada con el ron y los ojos melosos de la Mildred. La piel blanca y salpicada de pecas era apetecible a sus manos. Bailaron esporádicamente en toda la noche. Se rieron de las cosas funestas del pueblo, de las borrascas que se llevaron dos niños una tarde de lluvia y del hijo de la Mirna que nació con ojos saltones como de sapos. Hasta que la música fue cesando y la gente se difuminó en la densa penumbra. Entonces ellos también se perdieron. Acaballada sobre él en un rincón de la noche, copularon hasta que la brevedad del día les dio en la cara. “Me tengo que ir” le dijo a la mujer mientras se vestía. “Me di cuenta que tenés problemas”. “Ajá” le respondió sin volver la vista. “Si es de brujería como me dijeron, pues podemos ir donde la Marta. Vos sabés que es tía mía y ella sabe bastante de esas cosas”. Se levantó desnuda y lo abrazó por detrás. Ya estaba vestido y aun olía a ron. “¿Querés que vayamos? Preguntó. Su mejilla quedó junto a su espalda con una actitud de dulce sumisión mientras lo abarcaba con sus manos “Vamos” dijo entonces Justino.

Aun no clareaba el día mientras avanzaron “en la sombra”. Ahora ya sé porque le pusiste así, le dijo la mujer. Aquí en la oscurana de seguro parecés un espanto que se mueve solito. “Siempre me gustó el color de este animal” le dijo y vislumbró la casa de la vieja con las pocas luces que había. De seguro ya se levantó le dijo Mildred. “Parece” dijo bajándose del animal. La vieja estaba en el cocinero con una taza, tomando café y los vio venir desde que aparecieron en el recodo. “Ya te lo tengo” les dijo. “¿Qué cosa? Preguntó Justino sobresaltado. “Lo que venís a buscar. Yo sé muchas cosas, hombre. Por algo soy lo que soy” le dijo. Y lo llamó apartado para que la Mildred no escuchara. “Cumplí con todo lo que te digo. Vos solito. Nada de decirle a la gente lo que vas a hacer. Ni a la Martina”. “Tené”, le dijo imperativamente. Y sostuvo en sus manos una botella mediana. “Antes de las tres te salís en la oscurana de la madrugada, te vas a los linderos de tu terreno…” ¿Todos? Le interrumpió con la incertidumbre. La vieja lo vio con seriedad y con un amago de retirar la botella de las manos de Justino. “Siga pues, en todos, ya entendí”.  En papel arrugado casi como apretujado con violencia le entregó una breve oración para que a merced de la noche la dijera con hondo fervor. “Lo decís por todo el terreno, sin detenerse. Sin hacer nada más que eso, con la mano cerrada sosteniendo esta botella y cuando terminés de darle las diez vueltas al terreno y antes de que clareé el día, te bebés un poquito y arrojas lo demás diciendo: Entrego el alma si no se cumple”. “Haber pues” le dijo. “¿Y cuánto es?” “Nada” le dijo ella. Y se despidieron solo viéndose a los ojos. La vieja los vio perderse entre la maleza y después no vio nada.

El cielo se abrió en un azul pastel mientras amanecía. Dos zopilotes cruzaron las amarillentas nubes. “Aquí dejame” le dijo la Mildred y se volteó para preguntar ¿Vas a llegar a la cantina? “Pues será mañana, le dijo, déjame arreglar esto y ahí te busco.

La Marina estaba sentada en la entrada con los brazos cruzado.. El hombre no se había bajado del animal cuando ella le señaló el establo. ¿Otro? Preguntó con la angustia en el pecho. Otros, le rectificó. Dos vacas con dos terneros estaban tirados a medio camino. “Mierda” pensó. Y apretó la botella mediana en su bolsillo izquierdo. “Todavía no”, se dijo.

El lúgubre canto de un pájaro la despertó  la madrugada. Cuando estaba en sí supo que no había otro sonido que el del viento entrando por los resquicios de la casa. Oyó el lejano retumbo del potro en la tierra dura y se levantó al instante.

La Marina lo sintió levantarse apresurado, como si había olvidado alguna tarea. Desde la ventana alcanzó a ver por el camino el negro caballo de su marido que se perdía en la eterna noche de la sabana.

Por impulso y con la ropa de dormir ensilló la mula y salió apresurada. El viento contra la cara le daba una sensación de sueño. Cruzó el terreno baldío y de frente le apareció el rio como un gran lagarto acostado, brillando con la luz de la luna. La mula se detuvo en secó. La apresuró dándole con su fino y desnudo talón en las costillas de la bestia pero el animal no siguió. Era como si las aguas le detuvieran, como si al otro lado, en lo seco, la vida fuera distinta a la opuesta. Ofuscada se lanzó de la mula. La música de la cantina le llegó pura y sin filtros. Sus pies tocaron el barro acuoso y se adentró al rio.

En las primeras calles del pueblo tuvo la certeza de que su marido estaba muerto y corrió hacia la cantina, que abarrotada de gente, permanecía entorno al cuerpo de un hombre muerto. Marina caminó desconcierta acercándose, apartó con solemnidad los cuerpo que la miraban casi con indolencia, y se abrió paso hasta que el cuerpo le quedó expuesto a sus ojos llorosos y cayó de rodillas con un profundo respiro de alivio cuando descubrió, que ese rostro casi descompuesto por los golpes, no era el de su esposo.

Justino apenas daba la media vuelta al enorme terreno que se extendía más allá de la loma. “Se me va a hacer de día” pensó y siguió caminando bajo la noche que se empeñaba en encender las sobras por donde quiera que miraba. Escuchó  voces, vio animales que se escabullían por entre los matorrales y siguió diciendo la oración sin detenerse a ver las sombras. Hasta que una figura se le apreció de frente casi a dos metros bajo la oscuridad del cedro. ¿Qué querés? Le dijo. Pero la sobra no se inmutó. Inerte como si fuera parte de la  tierra sintió que lo vio desde donde estaba. “Apartate pues” volvió a decir, y quiso retroceder pero recordó las palabras de la vieja “tenés que hacerlo completo”. La sombra se desvaneció.  Entonces sacó de la alforja una botella de ron y prendió un cigarro, cruzo las piernas y se sentó como cuando cargaba bananos en aquellos grandes consorcios. La luna fue su compañía y se recostó a contemplarla. Cerró los ojos. Se quedó dormido.

Clareaba el día cuando la Marina lo encontró tendido boca abajo, boqueando quien sabe que cosas con un leve sonido de una respiración agitada, pálido y con los ojos en blanco. Los mozos la ayudaron y cargaron al hombre. El cuerpo cedió y las manos se extendieron ligeras y sin peso y cayó con prontitud la botella mediana aún con parte de líquido. ¿Y eso? Preguntó uno de ellos. “Nada” les dijo y les ordenó con bonhomía que se llevaran a su marido a la casa. Ella recogió con desdén el recipiente, lo levantó a la altura de sus ojos y escrutó el contenido. El líquido verduzco parecía moverse con vida. ¡La sangrecristo! y arrojó la botella. Apresuró el paso y alcanzó a los hombres cuando depositaban con docilidad el cuerpo del hombre.

Dos días estuvo viniendo el padre Benito. Días después las hermanas de la caridad y por último los hermanos de la iglesia de la profecía donde el sobrino de Marina era pastor. Hasta que una mañana llegó un doctor que examinó con una enfermera al hombre. La muchacha lo recostó de lado mientras el hombre de la bata blanca lo auscultó con la frialdad del estetoscopio. Parecía muerto, con los pulsos apenas perceptibles, pálido y con la eterna mueca de desgracia en el rostro. No había día en que la gente llegara a verlo, tanto por compasión como por el morbo de ver el cuerpo del hombre casi desfallecido. El doctor le aplicó un medicamento, pero el cuerpo del hombre parecía inexpresivo. Como si el alma estuviera en otro lado.

Hasta que se acostumbraron a los días. Y la gente aprendió vivir con el cuerpo sobre el catre que parecía sin vida uno días y parecía vivo otros.

Cuando abrió los ojos. Aún la luna brillaba como candil encendido. Al principio contempló la noche hasta que recordó la tarea. ¡Jodido! Se va a hacer de día. Y se levantó de prisa y siguió el camino repitiendo incesante la oración. La noche entonces permaneció incambiable, y sus pasos se volvieron a la tierra, a caminar por entre la impenetrable negrura, volviendo el rostro hacia el camino y como oyendo la voz de la mujer que le recordaba, como fustigado por las palabras, la imperiosa tarea en la que se había agobiado. Sintió sus pasos arraigados, como que la tierra lo reclamaba y cuando intentó alcanzar la aurora, la noche se le volvió eterna.

“Tenés que ir y decirles” le dijo la Mildred a la Martha. “Mirá que por vos está como muerto el hombre”. “Yo nada tengo que ver”, le dijo la vieja mientras se abanicaba sentada a lado de la casa. En el patio los chagüites parecían grandes pipilachas meneando las alas. “A lo mejor y quedó atrapado” dijo en un angustioso llanto la Mildred. “A lo mejor” dijo  la vieja sin ningún gestó.

Nada se hizo. Un día después a la Mildred la encontraron colgada de un naranjo, en el camino que daba hacia el lupanar, el cuerpo inerte tenía la leve expresión de un consuelo con la creencia pueril de que encontraría a su amado en el otro lado, pero para ella solo hubo un vasto campo de negrura que la consumió de poquito.

Una mañana la Marina vio como que le salía una mariposa negra de la boca de su marido. Justino tosió, quiso abrir los ojos pero se fue quedando pálido como si la sangre se le fuera saliendo en cada respiro, hasta que se escuchó como un quejido. La Marina se santiguó y el animal quedo papaloteando como queriendo alzar vuelo.

16 de mayo de 2020 – 13 de noviembre de 2020

 

LA BREVE ETERNIDAD DEL TIEMPO

A Erick, lógicamente.

Un eufórico estruendo te hace volver la vista. Tus manos se alargan, repartes saludos, y una extenuante mirada se riega por toda la sala. Desde lejos, unas mujeres te lanzan esporádicos besos que se pierden en los bullicios de la noche.  De pie, en la estrepitosa música todos te aclaman. Han podido extenderte la mano. Tu primo, al otro lado de la mesa también te extiende el saludo. Verónica lleva el vestido azul arriba de las rodillas, tallado, adherido a las intensas curvas que se vuelven sus piernas, y sus zapatos escarchados, tacón alto, que no deja descubierta la piel de sus pies. Sorbe lentamente la cerveza de su vaso y te ha hablado sobre Elena y las tres muchachas al lado de tu primo. “Las tres son de Altagracia, ¿Has estado ahí? Claro que has estado. De ahí es tu familia, tu primo, y sus hermanas. Elena se crio en esa casucha al lado de la iglesia, la casa que parece una extraña pintura arcaica que se vuelve cenicienta en las noches de invierno. Esa misma casa, de esa puerta envejecida salió Elena, y claro que lo sabes. Le sonríes, y miras a tu primo, acribillado por las miradas lascivas de las tres mujeres. Él te ve, con la chica del vestido, y con Elena a tu izquierda sosteniendo una botella de agua mientras juega con su pelo.

Entonces piensas en llevarlas a la cama, en las tres mujeres, en la chica de los labios perfectos mientras la despojas de su vestido azul, en la perfecta fantasía de tener a Elena, como aquella vez después de salir del instituto en esa casucha envejecida, en donde besaste sus dos volcanes erguidos llamándolos con ternura maderas y concepción, esa vez que ella te mordió el cuello, excitada e invadida por el placer, soltó un gemido sibilante que jamás pudiste olvidar.

¿Y si hoy vuelve a pasar? Ahora más decididos, más mortales y sin recato. Porque esa primera vez solo tuviste la decencia de explorar sus piel sin copular, de morder y girar la lengua alrededor de los vértices de sus pechos como si se pudiera deslizar sobre sus conos perfectamente alisados, y a duras penas sentiste la humedad entre su ropa interior. Intentaste, sentiste el encaje de su ropa que se curvaba entre sus piernas e hiciste, como si antes hubieras ya explorado, a un lado sus calzones, en un principio la yema de tus dedos se impregnó de humedad, y te detuvo la respiración agitada de Elena con una voz que supiste en ese instante como súplica “no metás el dedo, por favor”. ¿O en verdad ella deseaba que lo hicieras? No lo sabes, pero ahora con ella en la mesa esa duda podría desvanecerse.

Fue la primera vez que llevaste tus manos a la nariz para saber a qué olía el sexo, restregando tus dedos en las ávidas fosas para aspirar con pasión. El olor te recordaba la piel morena y salada de Elena, esa vez, que a lo mucho no cruzaban ni los catorce años. Pero ahora la posibilidad de saborearla estaba más próxima y con certeza sería evocable. Quizás la piel de Elena te sabrá a noche, o a la brisa pesada que venía del lago.

Giras y ves a tu primo, las chicas han sido más atrevidas, se han despojado de sus nimiedades, y han ahogado a tu primo en una eufórica escena de tres mujeres queriendo comerse a besos a un solo hombre. La chica del vestido se lleva un dedo a la boca, y lo muerde en señal de lujuria. ¿Qué vas a hacer? ¿Esperar que se aburran de ver la escena o lanzarte sobre cada una de ellas? Entonces te decides. La fiesta es un enorme bullicio que se extiende en la noche, pero la casa de la tía Brenda es extensa y perfecta, las amplias habitaciones albergan la brisa del lago, y la concupiscencia hace eco en cada rincón. “La fiesta del treinta y uno” se acuerda tu primo. Evocas entonces a las hermanas de Santiago, Herminia y Milena, ambas fornicaron intensamente con ustedes una madrugada después de la fiesta de año nuevo. Y recuerdas los rostros ebrios de ellas, y cómo se fueron desvistiendo, Milena, blanca, de pechos medianos que parecían aflorar bajo la blusa rosa y sin sostén, como dos firmes y erigidos cerros que se ablandaron en tus manos, y Herminia, un poco menor, casi los dieciocho años, sin reservas, una máquina de follar que compartiste con tu primo, porque después probaron a cada una, y los pechos de Herminia, aunque más breves, te supieron más deliciosos.

Fue en el fragor del recuerdo que tuviste la decente idea de volver a la casa de la tía Brenda. ¿Cuándo se iba? Pregunta tu primo. No sabias a ciencia cierta si era ese mismo día o al día siguiente. Confirmas la hora en el viejo reloj del bar. Las dos y veinticinco. Dudas entonces si oíste que se iría ayer u hoy. Te levantas, pasas la mano sobre los hombros desnudos de la chica del vestido azul, recorres con la punta de la lengua el borde de su ropa y la imaginas tendida en el suelo, con ella a tu costado, y los brazos de Elena, por fin tendidos sobre tu torso desnudo. “Hay que ir”, te decides. Tres kilómetros en moto en la fría madrugada serán breves. Al poco tiempo estarás de regreso, convenciendo a las chicas de irse con ustedes, y fornicar por lo que reste de la madrugada, entonces sabrás a qué sabe la humedad de Elena. Morirá la duda de saber  si aún sabe salada la piel que probaste esa tarde en esa casa antigua que olía a humedad y a tristeza.

Lanzas la mirada a tu primo. Lo has convencido. “Vamos, comprobamos, regresamos y las convencemos”. “El cuarto que da al lago es mío” dice tu primo. Pero antes de abordar la moto lo tomas del brazo y dices: “Don Sebastián está de turno ahora ¿Crees que nos deje entrar? “Como la última vez” te calma tu primo. Se sonríen, han pactado en silencio una madrugada de sexo y alcohol.

La noche se mueve lenta porque la fermentación de las cervezas ha comenzado a hacer efecto.  Te acercas a Elena, le dices unas cuantas cosas, y te vuelves a la chica del vestido azul, le besas la mejilla y se despiden de las tres chicas. Tu primo enciende la moto, avanzan. La noche te parece más pesadas que las otras noches. Se desvanece entonces la idea de la cama con las dos mujeres y la escena donde las follas, se envuelve en una ruidosa ventosidad. Acelera la moto, los árboles en la noche son una borrosa mueca que se mueve tan rápido que causa vértigo, como si la vida se desvaneciera en la negrura de la isla. Entonces todo es oscuro, y un silencio atraca en tus oídos, y empieza a nacer un chillido agudo que se extiende en un dolor espantoso, agónico y quebrado. Quieres gritar, pero tus piezas dentales yacen en el pavimento, en la acuosidad de la sangre que brota de tu cabeza. Tu primo, a pocos metros, agoniza sin poder entregar su alma a quien mejor pague. No logró ver en la espesura de la noche el camión estacionado en la orilla de la calle, a medio metro de la salida hacia Altagracia, en el camino hacia el lago, donde nadie pasará hasta las seis de la mañana cuando encuentren sus cuerpos.

 

13-11-2020

 

Manuel Aguilar Vanegas

Nacido en 1989 en San Marcos, Carazo, es narrador y fotógrafo. Graduado de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, sede Carazo, como licenciado en Ciencias de la Educación con mención en Lengua y literatura Hispánicas, ha participado en talleres impartidos por Sergio Ramírez y en el taller de novela negra con el escritor español Juan Bolea, en el marco de Centroamérica Cuenta. Actualmente tiene un libro con diez narraciones inéditas.

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