Vivimos felices durante la guerra [Selección de Ilya Kamismy]

Ilya Kamismy es uno de los poeta en lenguas inglesa más importantes de los últimos años. A continuación presentamos una selección traducida al español por el poeta y traductor nicaragüense Alain Pallais.

Odessa por miszmag | Flickr | CC

 

Vivimos felices durante la guerra

 

Y cuando bombardearon las casas de los otros, 

 

protestamos,

pero no lo suficiente, nos opusimos, 

 

pero no lo suficiente. Estaba 

en mi cama y a su alrededor América

 

se desplomaba: una casa invisible tras otra casa invisible tras otra casa invisible. —

 

Salí con una silla a contemplar el sol. 

 

A los seis meses 

de un desastroso reinado en la casa del dinero 

 

en la calle del dinero en la ciudad del dinero en el país del dinero, 

nuestro grandioso país del dinero, nosotros (perdónanos) 

 

vivimos felices durante la guerra.

 

Acerca de las bodas antes de la guerra

 

Sí, te compré un vestido de novia tan grande que nos cubre a ambos

Y en el taxi camino a casa

me pasaste una moneda, de tu boca a la mía, con un beso.

 

La casera habría notado

los pringos que ensuciaron las sábanas —

los ángeles lo harían con más cuidado,

 

pero no. Aun me queda tu

ropa interior, ¡mi culo

es más pequeño que el tuyo!

 

Me das palmaditas en la mejilla, 

sonríes —

¡podrías ganar la lotería y gastarlo todo en cirugías!

 

Pero eres dos dedos más hermosa que cualquier otra mujer —

No soy poeta, Sonia,

quiero vivir en tu cabello.

 

Saltaste sobre mi espalda, salí 

corriendo hacia la ducha,

y sí, me resbalé en el piso mojado —

 

Te observo brillar en la ducha

sosteniéndote los pechos

con una mano —

 

dos leves explosiones.

 

Hicimos un bebé antes de la guerra

 

Besé a una mujer

cuyas pecas

despertaban a los vecinos.

 

Tenía un lunar en el hombro

que mostraba

como medallas a su valentía.

 

Sus temblorosos labios

me decían ven a la cama.

Su cabello al caer en medio

 

de una conversación me decía

ven a la cama.

Entré a la barbería de mis pensamientos.

 

Sí, la llevé a la cama en la silla

de mis brazos vellosos —

pues sus labios abiertos

 

me decían muerde mis labios abiertos.

Acostado bajo la frescura 

de sábanas. ¡Sonia!

 

Las cosas que hicimos.

 

Mientras soldados obstruyen la escalera

 

Mientras soldados obstruyen las escaleras —

mi esposa 

con sus uñas pintadas rasguña

 

y rasguña

la piel de su pierna, y puedo sentir

la dureza del hueso que está debajo.

 

Me llena de fe.

 

Mientras el niño duerme, Sonia se desnuda

 

Me restriega hasta que escupo

agua jabonosa.

puerco, y sonríe.

 

Un hombre debería oler mejor que su país —

tal es el silencio

de una mujer que habla en contra del silencio, sabiendo

 

que es el silencio lo que nos motiva a hablar.

Lanza al aire

mis zapatos y mis gafas

 

¡Soy de los sordos

y no tengo país 

sino una bañera, un bebé y una cama matrimonial!

 

Enjabonarnos

lavarse los hombros el uno al otro

es algo sagrado.

 

Coger con cualquiera puedes

 — pero ¿con quién te atreverías a sentarte

en el agua?

 

Lo que no podemos escuchar

 

A la fuerza metieron a Sonia en un jeep militar

por la mañana, una mañana, en una mañana de marzo, una reluciente mañana —

 

la empujan

y ella zigzaguea y gira y tropieza en silencio

 

que es el ruido del alma

Sonia, quien una vez dijo, El día que me arresten estaré tocando el piano.

 

Vemos a cuatro hombres

empujarla —

 

e imaginamos a cientos de pianos seniles formando un puente

desde Arlemovsk hasta la calle Tedna, y ella

 

espera a cada piano —

lo que queda de ella es

 

una marioneta

que habla con sus dedos

 

lo que queda de una marioneta es esta mujer, lo que queda

de ella (te tomaron, Sonia) — es la voz que no podemos escuchar — la voz más cristalina. 

 

Plaza central

 

Los arrestados son obligados a caminar con los brazos en alto. Como si están a punto de dejar este mundo e intentan sentir el viento.

Para que se deleiten con una manzana, muestran a Sonia, desnuda, bajo el póster LAS TROPAS

LUCHAN POR TU LIBERTAD. La nieve se arremolina en sus fosas nasales.

Los soldados hacen un círculo con un lápiz rojo alrededor de sus ojos. El joven soldado apunta en el círculo rojo. Escupe. Otro también apunta. Escupe. El pueblo vigila. Alrededor de su cuello se lee: ME RESISTÍ AL ARRESTO.

Sonia mira hacia el frente, hacia donde están alineados los soldados. De repente, desde el silencio sale su voz, ¡Listos! Los soldados levantan sus rifles a su orden.

 

Yo, este cuerpo

 

Yo, este cuerpo en el que se hunde la mano de Dios,

con el pecho vacío, erguido.

 

En el funeral —

mamá Galya y sus titiriteros se levantaron para estrecharme la mano.

 

Empaco a nuestros hijos en una servilleta verde,

el obsequio preciso

 

Te fuiste, mi esposa la que da portazos; y yo,

un tonto, aun vivo.

 

Pero la voz que no escucho cuando hablo conmigo es la más cristalina:

cuando mi esposa lavaba mi pelo, cuando besaba

 

sus dedos del pie:

en las calles vacías de nuestro distrito, un viento leve

 

llamando a la vida.

Una esposa secuestrada, un hijo

 

con menos de tres días fuera del útero, en mis brazos, nuestro apartamento 

vacío, en el piso

 

la nieve sucia de sus botas.

 

Sobre los azules techos de hojalata, la sordera

 

Nuestros chicos desean una ejecución pública en la plaza iluminada por el sol.

Arrastran a un soldado borracho, alrededor de su cuello se lee: 

ARRESTÉ A LA MUJERES DE VASENK

Los chicos no tienen idea de cómo matar a un hombre.

Alfonso dice en señas, lo mataré por una caja de naranjas.

Los chicos le pagan su caja de naranjas.

Echa un huevo crudo en una taza,

olfatea un chorro de naranjas sobre la nieve.

Se echa el huevo a la garganta como un trago de vodka.

Se lava las manos, se pone calcetines rojos, se pone la lengua

donde ha tenido su diente.

Las chicas le escupen la boca al soldado,

Una paloma se posa en la señal de alto, y la hace balancearse.

Un chico idiota

susurra ¡Viva la sordera! y escupe al soldado.

En el centro de la plaza

un soldado de rodillas suplica mientras la gente del pueblo dice no con la cabeza y señala sus oídos.

La sordera se suspende sobre los azules techos de hojalata

y aleros de cobre; la sordera

se alimenta de abedules, de postes de luz, de techos de hospitales, de campanas;

la sordera descansa en los cofres de nuestros hombres.

Nuestras chicas dicen con señas, que comience.

Nuestros chicos, húmedos y pecosos, se persignan.

Mañana estaremos expuestos como costillas finas de perros

pero esta noche

nos importa tan poco como para mentir:

Alonso salta sobre el soldado, lo enrolla con el brazo y le atraviesa un pulmón.

El soldado vuela por la acera.

El pueblo observa los ruidosos huesos del animal

ante sus rostros y perciben el olor a tierra.

Son las chicas quienes se roban las naranjas

y las esconden bajo sus camisas.