Lo que sabemos del tal Ulises

Dos de los miembros de nuestro consejo editorial retratan a Ulises Juárez Polanco, quien fuera su amigo y su editor.

Fotografía de Ernesto Castro Mora, artista invitado en este número (ver galería).

Los libros y las convicciones

Por Carlos M-Castro
 

¿Que cómo conocí a Ulises?

Ulises era los libros. Antes de verlo por primera vez, en el 2008, para un coloquio sobre «Literatura Joven Nicaragüense» que organizó el Departamento de Español de la UNAN-Managua dentro de un congreso más grande, donde estuvimos también Eunice Shade, Ana Gabriela Padilla, Víctor Ruiz y yo, acompañados por Iván Uriarte, todos bajo interrogatorio de Ricardo Orúe Álvarez, Ulises era los libros. Recuerdo de esa mañana de agosto la sensación de intrusismo que cargaba conmigo, halo invasivo que me venía del hecho de haber entrado no mucho antes a la escena pública con la edición de una revista que por entonces tendría quizá dos o, máximo y exagerando, tres números impresos [una revista, Voces Nocturnas, que para el siguiente año vería sus últimas ediciones y que habíamos fundado como órgano difusor de un colectivo de autores convocado, bajo el mismo nombre, por un {aquellos años} estudiante de Banca y Finanzas que firmaba sus textos literarios como Mario Martz] y que acentuaba con esa condición de alumno de la universidad de ingeniería que, pese a haber iniciado ya en paralelo la carrera de lengua y literatura y ocupar una plaza de corrector de estilo en un diario nicaragüense, tardé un buen rato en exudar. Además de por las Voces..., mi intromisión en una fiesta que había empezado hacía más de cinco años se dio tanto por vía del Círculo caótico —libro editado en 2007 por Uriarte en el que siete de sus discípulos presentábamos una muestra de los poemas escritos en su taller, con un tiraje casi totalmente embodegado en la oficina de cultura de la Universidad Nacional de Ingeniería, que lo había financiado—, como a través de la publicación, en junio de 2006, de un generoso espacio que Marta Leonor González había dedicado en La Prensa Literaria al «nuevo grupo de jóvenes escritores» en el que yo me movía; pero, quizá, sobre todo gracias a las presentaciones públicas del colectivo, entre las cuales una en particular, que había gestionado en 2007 Delena Arias —de las nuestras— con apoyo —me parece— de Héctor Avellán en el Palacio Nacional de la Cultura —que nos involucraba a ella y a mí ejecutando un, vamos a decir, performance con nuestros versos—, nos terminó de acercar al centro de ese bailongo que llamamos literatura en Nicaragua: ahí conocimos, entre otros, a Francisco Ruiz Udiel, quien se interesaría por el grupo y se haría amigo de varios de nosotros. A partir de entonces comenzó una serie de colaboraciones con él, unas más formales que otras, unas más públicas que otras, y un día de tantos, me parece que ya habiendo comenzado yo segunda carrera y oficio editorial —es decir, entre fines de 2007 y mediados de 2008—, Mario —a través, creo, de Francisco— pasó a varios del grupo un extenso listado de libros que un tal Ulises Juárez Polanco, de quien hasta ese momento yo solo había oído hablar, ponía a nuestra disposición en calidad de préstamo. Cada título acompañado por una breve descripción y las señas de su ubicación (caja número tal, estante equis, por ejemplo), dispuesto todo en riguroso orden alfabético, era para mí, presa ya de las manías que suelen padecer los que se dedican al control de calidad, una verdadera carta de presentación de quien, para acumular referencias, había preparado —yo lo sabía— una edición anotada de El Príncipe de Maquiavelo. Así que al subir a la tarima que presidía el auditorio y ocupar nuestro sitio en la mesa aquella vez para hablar de nosotros mismos, Ulises era los libros.

Esto nunca significó, contrario a lo que podría pensarse, que ese veinteañero mucho más alto (y a vistas claras más serio) que yo, obvio culpable de gula lectora, contaminase sus conversaciones de literatosis: poco o nada recuerdo haberle oído referenciar —como sí a tantos otros de mis contemporáneos— algún libro o cultismo innecesariamente. Y aun así, Ulises siguió siendo los libros. Yo continué mi primera formación literaria, a pesar de mí mismo y mi dispersión y tendencia a —resulta más que obvio— ir por las ramas, y mi involucramiento en la dinámica del reventón se fue profundizando, hice excelentes migas con espíritus afines como el ya mencionado Víctor, o mi muy querida Alejandra Sequeira, la siempre afectísima Madeline Mendieta, el impetuoso Enrique Delgadillo, fui abandonando la facultad de ingeniería, con el alejamiento consecuente de aquel taller de Iván y de otros amigos como Rommel Cruz o José López Vásquez, y luego, por terquedades y gestiones de Francisco, oímos que el volumen de la música aumentaba y vimos que había otros invitados en la sala; me compinché por filias y ‘traidos’ con Luis Báez, Johann Bonilla y Marcel Jaetnschke en un proyecto —Soma, que para mí, deshabilitado intelectualmente poco después, fue casi solo una revista— tras el primer taller de poesía que organizaba el Centro Nicaragüense de Escritores —aquel dirigido por Anastasio Lovo— . La vigilia... de Víctor apareció, poco después del conversatorio en la universidad, sobre la superficie del Leteo de Ulises y Francisco, como antes también los Líricos instantes de Missael Duarte o una edición bilingüe de los poemas de Fran y luego, ya habiéndose este retirado del jolgorio, siguieron brotando títulos que han ido marcando el ritmo de esta reunión de cuerpos y ansiedades que poco a poco hemos asumido como Generación: más de trescientas páginas de poesía de Hanzel Lacayo, la Historia... de Javier González Blandino, unos «relatos de vértigo» de Roberto Carlos Pérez, La fuga de Berman Bans, el Volumen de Luis Topogenario, el Hiperhumano de Emila Persola, y aun mi Antropología... Con una convicción rayana en la demencia, Ulises, a pesar de cuanto ocurriese lejos del ruido o entre el murmurio de la fiesta, jamás dejó de ser los libros.

Sé una o dos cosas sobre locura. No se es consciente —¿quedaba duda?— de estar demente: en arrebatos, digamos, psicóticos, se está en medio de una ficción rigurosamente lógica —para el demente, ¿quedaba duda?— y múltiples, inéditos, sorprendentes significados dejan caer los trapos con que antes la lucidez cubría a la realidad: entonces Todo se explica y un Universo Voluptuoso seduce, desnudo, al nuevo amante con la promesa de un orgasmo perceptual inacabable. Pero la flacidez también le llega al órgano que bombea tanto placer intelectivo —¿quedaba duda?— y es cuando la agonía inicia, se siente como estar dentro del mar habiéndose alejado de la costa sin atención ni respeto a las propias (escasas) artes natatorias: el agua te jala y te sumerge, cada inhalación de aire parece la última, tu cuerpo deja de ser tuyo y se entrega a la fuerza oceánica, ya no sabés si vas a regresar a tierra firme, ya no sabés si otra vez vas a pisar la superficie. En ese empeño estaba yo la tarde en que propuse a Ulises que publicara mi libro en Leteo, en algún punto de la segunda mitad del 2011, en casa de la Maclovia, de mera casualidad. A comienzos de ese año, cuando vivía yo en una casa tipo comuna, había organizado parte de mis escritos en un borrador de libro que compartí con media Managua [menos con Ulises: no éramos por entonces muy cercanos], pero el proyecto de ópera prima debió irse a la gaveta de un escritorio desvencijado en casa de mi mama tras el colapso de mi mente, de mi economía y de mi círculo íntimo. Fue así que aprendí —¿quedaba duda?— una o dos cosas sobre locura.

Y Ulises, que era los libros y que ese viernes llegó en short a casa de Maclovia porque ella, que fue mi profe en una escuela de inglés y que era —sin que al principio yo lo supiera— amiga de varios amigos de mis amigos y luego, por un tiempo breve en que todos fuimos sabios y hermosos e indestructibles, fue también mi amiga, había iniciado un pequeño negocio usando sus conocimientos y artes culinarios, me sonrió desde la acera [yo estaba aún sentado a una mesa en el zaguán-restorán-macloviano] con su comida empaquetada colgando de una mano y, antes de abordar el vehículo en que había llegado, me dijo algo así como que lo íbamos a hablar. Y en algún momento antes que terminara ese año para mí tan difuso, lo hablamos. Y en una cena en casa de Nela Sequeira, reunidos para esa Navidad con Víctor, Alejandra, Ulises Huete, Serdán Zelaya y otros que omito porque psicofármacos duros, volvimos —con todos ellos— a hablarlo. Y Ulises, que era los libros, tuvo entonces una de esas convicciones casi dementes —y yo ya sabía algo de locura—: Leteo publicaría el mío, aunque no hubiera en ese momento un modo de financiarlo. Y luego, cuando ya había hecho una magia recaudatoria entre allegados [el propio Víctor aportó una cantidad, igual que Serdán y hasta Roberto Carlos, Marina Moncada, que pronto sería mi amiga, y Daisy Zamora y Francisco Javier Sancho Más y Francisco Larios, a quienes nunca agradecí apropiadamente] y orquestado la voluntad de instituciones y artistas [sobre todo, la de la gran Valeria Zelaya Lacayo, que ilustró magistralmente la portada], Ulises dejó por mí de ser los libros y fue para mí, comprometidamente y sin mayor recompensa que el trabajo bien hecho, mi libro.

En un momento en que las olas de la insania pudieron haberse llevado al olvido mi actividad intelectual, Ulises tomó en su bote mis textos y los desembarcó en terreno firme, a fuerza de remos y a contracorriente, con la presentación que organizó el 20 de marzo de 2012, cuando mi libro tomó al fin su propio rumbo y él pudo seguir siendo lo que siempre había sido: los libros, propios y ajenos, todos suyos. Los libros y sus convicciones.

Así fue como conocí a Ulises.

 

Un tal Ulises

Por Berman Bans

Si mal no recuerdo, la primera vez que vi a Ulises Juárez Polanco, sin tener, por supuesto, la más mínima idea de quién rayos era, fue en la presentación de la novela El cielo llora por mí, de Sergio Ramírez. El salón de conferencias del edificio Lafise, como era de esperarse, estaba atestado de gente y muchos que no pudimos llegar temprano tuvimos que presenciar en pie el diálogo del autor con sus dos presentadoras desde la atiborrada puerta de entrada. Ulises apareció pidiendo permiso para pasar, seguramente a su puesto en las primeras filas, mientras involuntariamente golpeó con el hombro al chico barbudo que a la par mía leía el Anticristo de Nietzsche con una avidez insólita en medio de semejante tumulto. Ulises se volvió para pedir disculpas al muchacho, y en ese giro de cortesía golpeó a otros dos de nosotros ante la mirada acusadora del aprendiz de filósofo. Luego nos dirigió una sonrisa amable, y continuó abriéndose paso entre el gentío «con permiso, con permiso» ante los gestos malhumorados de los asistentes que tenían que apartarse para dejar pasar a semejante pesadez de hombre que avanzaba sin detenerse hacia las primeras filas. Vestía un blazer negro de cura anglicano, y su aspecto caribeño: un tipo alto, moreno, cabello afro y más bien gordo que corpulento, daba la impresión de ser una especie de guardaespaldas de actor de cine o portero de discoteca de zona rosa, sobre todo cuando, en medio del jaleo post-presentación: bocadillos, compra y firma de libros, conversaciones de lobby, etc., se movía muy de cerca, con evidente autoridad, entre el personal que dirigía el evento. —¿Y ese quién es? —había preguntado la chica de lentes que acompañaba al nietzscheano peripatético, —El tal Ulises —le había respondido este con un tono de reprobación digno de Zaratustra cuando se refiere a la gente que vegeta en su camello mode on, mientras Ulises se alejaba de espaldas, luego de habernos sonreído sin ser correspondido, por supuesto.

La segunda vez que oí de él, ignorando absolutamente que se trataba del mismo gordito moreno, gentleman hasta lo británico como el inspector blufileño de esa novela policíaca de Sergio, fue en los comentarios de la hoja web del Centro Nicaragüense de Escritores respecto del premio para publicación de obras literarias 2011. Después de diez años fuera del país, y desconectado absolutamente del mundo literario nicaragüense, me decidí por enviar a esa convocatoria un poemario inédito que me acompañaba en papeles manuscritos, metidos en una vieja caja de zapatos Converse que cargaba desde que ingresé a la Orden de los Capuchinos a principios de milenio. Eran mis poemas escritos entre 1995 y 2002. Cuando uno cree que es inmortal. Que puede vivir de sus visiones. Que lo invisible es más real que lo visible. Que le puedes decir mierdas a Dios, y patear el trasero de los ángeles en nombre de los hombres.

La cosa es que el resultado de la convocatoria estaba retrasado por casi un mes, y de vez en cuando ingresaba, con tensa curiosidad, en la hoja web del CNE para ver los resultados. En una de esas ocasiones alguien había comentado que estas convocatorias eran «pura argolla… que siempre ganaban los mismos: Mario Martz, Enrique Delgadillo, Ulises Juárez Polanco…». Luego de otros tres comentarios, no exentos de sarcasmo gratuito, de otros tres comentadores apoyando esa premisa condenatoria, aparecía el comentario del mismísimo Ulises Juárez Polanco aclarando muy serenamente: «Los miembros directivos del CNE no podemos participar. Gracias por sus comentarios. Pronto se harán públicos los resultados de la convocatoria de este año».

Una semana después ocurrió la llamada inesperada. Mi poemario había sido uno de los tres seleccionados para ser publicados ese año. Me parece que a los dos o tres días recibí un email de un tal Ulises que decía más o menos así: «Buenos días Berman. Soy Ulises Juárez Polanco. ¿Podrías enviarnos tu poemario versión digital para seleccionar algunos textos con la intención de publicarlos en el Hilo Azul?», a lo que yo, en estado paranoico debido a los ataques furibundos en las redes, dirigidos contra los dos poetas jóvenes que constituyeron el jurado de tres que eligió mi poemario; el poemario de un completo desconocido, cuyo nombre de pila sonaba a pretencioso seudónimo gringo, un tipo más que oscuro del que nadie había oído hablar en ninguna capillita de la finca nacional, ni siquiera en las alcantarillas de ese submundo, respondí algo así como: «Mirá… no sé quién sos. No sé cómo conseguiste mi email. Gracias por el interés. Pero no voy a enviar mi poemario a un desconocido. Ni siquiera lo he enviado a los encargados de la edición ¿Y te lo enviaré a vos? Saludos cordiales». El tal Ulises. ¿Quién jodido se había creído?

Algunos días después pude intuir mejor esa respuesta. Me encontraba en el CNE, en la oficina de Luz Marina Acosta, recibiendo instrucciones de ella respecto de mis compromisos adquiridos con la publicación del poemario, cuando de pronto entró en la oficina el gordito moreno de la presentación de Sergio. Luz Marina lo presentó como miembro del consejo directivo del CNE; editor del Hilo Azul, la revista del Centro; editor de Carátula, y aquel bendito currículum de pergamino egipcio que para mí duró por lo menos alrededor de cinco eternos minutos. Por supuesto, acto seguido de estrechar las manos, él le contó el episodio de los emails con un «¿Sabes lo que me hizo Berman?», y acto seguido de sus quejas, tuve que escuchar el sermón de Luz Marina acerca de los poetas que se las dan de terroristas, de misántropos mal heridos, de paranoicos antipublicidad, anarquistas incoherentes, etcétera.  Y Ulises sonreía con gracia, con la amabilidad de un niño curioso ante la aparición de un alumno neófito. Como si al mirarme y sonreírme con esa dulzura inverosímil tuviese la convicción de haber encontrado un nuevo amigo. Un nuevo amigo luego de una travesura siniestra ante la directora del colegio.

Meses después, el tal Ulises resultó ser una de las personas más agradables con las que me solía reunir a tomar un smoothie en mi paso por Managua, cuando tuve que salir de nuevo del país, por compromisos con la Orden Capuchina, para residir por tres años en Honduras. Así fui conociendo algo de su mundo. No sólo de sus libros, sino de sus proyectos como promotor cultural, interesado en las obras y proyectos de los otros; de su historia vocacional: la del niño devoralibros en una casa del barrio san Antonio que era regañado por sus padres por gastar más en libros que en ropa; la del adolescente curioso y entusiasta que cayó de paracaidista en una reunión de Literatosis, para profundo malestar del poeta Ruiz Udiel, uno de los reclutadores del grupo; la historia del muchacho persistente que se ganó el respeto y la profunda amistad de ese poeta, hasta el punto de que en esos años quienes los conocieron a ambos difícilmente podían imaginar a Francisco sin Ulises o a Ulises sin su amigo «Fran». Así conocí el germen y la evolución de Leteo Ediciones. Los gozos y sinsabores de la vida editorial casi underground. Un proyecto que, en sus más de 30 títulos publicados, logró congregar a poetas y a narradores de una generación dispersa, como a la larga nadie lo ha logrado en Nicaragua en estos últimos dieciocho años. La manera heroica en que publicaron el poemario de un autor nada fácil como Víctor Ruiz. O el gran acierto de arriesgarse a publicar el primer poemario de Carlos M-Castro en un momento en que nadie en su sano juicio se hubiese atrevido a publicar a ese chavalo; quien resultó ser uno de los poetas más importantes de su generación.

Luego de la trágica muerte de Ruiz Udiel, Ulises se convirtió en esa especie de arconte congregacional desde Leteo Ediciones. El editor con olfato de sabueso. El promotor paciente con las inesperadas rabietas de los narradores o los giros de ánimo, a veces violentos, de los poetas pendencieros. Quiso congregar, fracasando unas veces, acertando en otras, la visión de una sola generación para todos sus colegas contemporáneos. Algunos lo acompañaron entusiastas, otros no le negaron el «cariño» de la sorna, de la difamación y la condena. Pero él continuaba sonriendo con la paciencia estoica de una especie de buda de la buena fortuna. Porque Ulises fue muchas cosas: Lector empedernido. Roedor de periódicos olvidados. Narrador de chismes divertidos. Editor apasionado. Promotor cultural aguerrido. Conversador ameno. Hombre comprensivo de las diferencias de criterios, tremendamente diplomático. Preguntón indiscreto. Pero jamás fue un hombre amargado. Ni siquiera cuando lo atacaban sin cuartel al mejor estilo del pandillerismo literario, que ha sido un deporte muy desgraciado practicado comúnmente en este desorientado y fallido proyecto de país.

Así fue como, en una de esas salidas por un somoothie a la Crema Batida, le ofrecí el material para mi primer libro de relatos, titulado La Fuga. Él había andado algo absorbido por su proyecto de presentación de «Los dos mil», y había tenido una ruptura, aún no sabía si definitiva, con su novia; una linda muchacha delgada y de lentecitos que él me había presentado en uno de esos eventos a los que apenas pude asistir en mi paso hacia Honduras. Le entregué el material en una USB, y le aclaré que, además de él, sólo Manuel Membreño y yo conocíamos esos textos. Él prometió revisarlos y contactarme pronto.

Más o menos a los ocho días recibí su email redactado con el entusiasmo de un niño con juguete nuevo. El material le había gustado mucho, y quería editarlo conmigo para publicarlo en Leteo. Posdata: «Te informo muy contento que Marjorie y yo hemos vuelto». Nunca conocí a un hombre más feliz por una muchacha y por esas cosas, casi anónimas, de la literatura. La alegría y la pasión del editor que te va a pelear párrafo a párrafo, frase a frase, escena a escena, coma a coma sin cuartel, hasta que el texto entregue todo lo que tiene que ofrecer a la complicidad del lector y su concepto de limpidez en una obra. Y la verdad es que, a pesar del rigor, luego nos enteramos de que se nos desubicaron algunas comas, pero todo lo echamos a la buena del azar y la pericia del eventual lector.

Ese trabajo de edición de La Fuga ha sido una de las experiencias más lúdicas que he tenido en mi breve experiencia como escritor. Primero gracias a la perspicacia y la intuición de mi amigo Manuel Membreño, el primero en revisar con entusiasmo el material en crudo, y luego gracias a la fe y la paciencia del mismo Ulises. Tres escritores tan distintos, pero a la vez tan cercanos trabajando en el mismo material. Y nunca, a pesar de mis obsesiones, lo vi desistir de sus puntos de vista en ese trabajo de editar cada texto vía Skype. Siempre se mantuvo afable como en cualquier otro momento de la amistad.

Porque yo también conocí a ese Ulises de sonrisa impertérrita que te preguntaba si alguna vez habías estado enamorado ya siendo religioso, o si alguna vez habías tenido alguna experiencia mística con ruido de sirenas y fecha registrada con el Dios Uno y trino acariciándote la espalda sin permiso… Sí, conocí a ese Ulises curioso de aprender y conocer, y que también era un tremendo pícaro. Y por supuesto, al Ulises enamorado hasta los tuétanos de su Marjorie. Esa religión donde Ulises ya no podía ser un agnóstico. El gordito de las cursilerías recalcitrantes que daba pena ajena y a la vez nos hacía reír con sus mensajes para su «amada» en su muro de Facebook. El Ulises aguantabromas hasta lo inverosímil cuando nos juntábamos con Manuel Membreño, al que, valga decirlo, le encantaba jocharlo porque soñaba con verlo algún día arrecho, pero no importa cuánto lo jodiera jamás lo miró dejar de sonreír con sincera condescendencia. O el que soportaba las insolencias de Carlos M-Castro, que en sus jodederas con el lenguaje un día le llamó Ulises Juárez Palanca, pero que jamás lo vio reaccionar con saña, como si todas esas cosas para él fuesen un juego menos importante que la gratuita amistad o la dicha de existir. Conocí a ese Ulises enamorado, cursi, y preocupado por las obras y las vidas de sus amigos. Pero jamás a un Ulises Infeliz. Alguien me decía que el amor de Ulises y Marjorie le hacía creer que el amor aún existía en esta ciudad infame. Y yo no pude más que estar de acuerdo con semejante afirmación. Porque es verdad que de un tiempo para acá uno ya no podía imaginar a Ulises de otro modo que junto a Marjorie. Para muchos de nosotros ambos eran como un símbolo viviente. Una amistad doblemente enriquecedora para quien tuviese la suerte de toparse o salir con los dos.

Por eso y por tantas otras cosas nos golpeó tanto su muerte. Una muerte repentina que ha dejado un cráter desolado para la joven literatura nicaragüense. Una pérdida de la que no vamos a recuperarnos tan fácilmente.

Recuerdo una vez que conversamos mucho de la poesía de Kavafis, de la cultura mediterránea, y de la dicha que se entrega y se nos escapa. Los amados de los dioses mueren jóvenes. No importa que sepamos que nadie se muere realmente. No hay manera de sacarte la tristeza infinita que viene con ciertos golpes.

Mi editor ha partido. Y nada puede contra semejante hecatombe. El desastre que tu editor sea además un amigo tan entrañable.

Cuando Ulises regresó de Roma me trajo un obsequio de su alegre visita a la ciudad de Asís; una bonita agenda con la imagen de san Francisco. Una agenda para garabatear, según él, notas de mi próximo proyecto narrativo. La dedicatoria dice: «A fray Berman Bans, para que nunca olvide quién es», en alusión a la manera fallida, y luego risible, en que nos habíamos conocido. Y ese fue el Ulises que conocí. Alguien que tras sus modales de señor, revelaba la pureza indiscutible de un niño. Una criatura dichosa que te contaba cosas de su vida como si realmente creyese en el sigilo confesional que deben guardar los sacerdotes, no los escritores empedernidos. Un joven curioso que, a la manera de un bar tender paciente y generoso, te escuchaba cosas sobre el amor y la muerte que no te atreverías a compartir ni con tus amigos religiosos. Y un amigo que una vez que creía en vos, jamás desistía por dónde debías ir. Un editor perspicaz que sabía lo que significaba para nosotros crear y escribir. Por eso no quería que uno olvidase nunca la verdadera vocación, no importaba tu forma de vivir: Crear y escribir, pero, sobre todo, el deber de ser feliz.

Ese tal Ulises que celebró las palabras, el amor y la amistad, y para quien Ítaca siempre fue la felicidad que halló en compartir con los demás lo mejor de sí mismo; un viajero que pasó por esta tierra con un propósito y nos dejó, cargado de sueños, un sabor irremediable a soledad de puerto. Ese es el tal Ulises que, más allá de la lluvia sobre la tierra de su túmulo, se quedará para siempre entre nosotros.

Álastor

Editada desde mediados de 2016, fue fundada en Nicaragua por los escritores Berman Bans, Víctor Ruiz y Yader Velásquez. Se concentra en la actualidad literaria y cultural de su país de origen, pero también explora el acontecer regional e internacional. Más información en este enlace