Salvador Castelblanco, vendedor de veneno | Fragmento

Pieza perteneciente a Historias Espeluznantes (Managua: Tipografía y Encuadernación Nacional, 1922).

«Mujeres junto al muro». Foto de Víctor Ruiz.

—¿Salvador Castelblanco?

—Servidor de usted —me dijo un hombre rechoncho, de cara bondadosa, ojos vivos y mostacho grueso y tupido—. Pase usted, adelante, pase —y me introdujo a las relaciones de su mujer, más vieja que él, gorda como él, de cara amarga, ojos de furia y hablar pausado. Pregunté por su salud.

—Ah —me dijo ella— él no está bueno todavía, y tenga cuidado que ha estado loco.

Castelblanco se echó a reír con naturalidad y la miró con ojos bondadosos. Notando mi asombro, me dijo:

—Son cosas de ésta. No tenga temor.

—No tiene usted cara de loco, don Salvador —le dije.

—Sí señor, pero a ella se le ha metido que estoy loco por las cosas que he visto.

—¡Cómo! —exclamé asustado—. ¿Usted mira visiones?

—Propiamente eso, no. Pero me suceden cosas extrañas, extrañísimas.

—Señor —dijo ella casi con furia—, ¿tendrá usted la imprudencia de ponerse en peligro junto a este loco del demonio? Esta mañana se ha bebido la última tanda de diez litros de guaro. Éramos patentados, y en término de dos meses se ha rempujado trescientos.

—¡Trescientos! —repetí asustado. Él se echó a reír con naturalidad y añadió:

—No es cierto, mi amigo, apenas han sido cien.

Con todo, aquello era una barbaridad.

—Puede ser que usted esté loco —le dije.

—Sí, señor —interrumpió ella—; loco de remate. ¡Tenga usted cuidado!

—Pues le voy a decir la verdad —dijo él enseriando el rostro—: la que está loca es ella. Mírele usted los ojos...

Me intrigó aquello. ¿Quién de los dos estaba loco? ¿A quién creerle? Él me dijo al oído:

—Pase usted, adelante, allá dentro le contaré algo interesante para que escriba una de sus novelas. Le juro que no encontrará cosa más digna de escribirse...

La mujer oyó y, con ojos de llama, me dijo:

—No lo haga usted.

—Gudulia, no te entrometas, o me voy a la calle.

Ante esa amenaza, ella cerró la boca. Y él:

—¡Pase usted adelante, mi amigo, pase!

Yo estaba verdaderamente intrigado. Miré mi cronómetro; eran las seis de la tarde.

—Las seis, ¿verdad? —dijo él con una intuición maravillosa—. No se aflija, vamos a cenar.

Bajo el verdor de una especie de glorieta formada por el bejuco llamado bellísima, junto a una mesita redonda y limpia, nos sentamos. Estábamos lejos de la casa, en el fondo del patio. Él llamó:

—¡Obdulia! ¡Obdulia!

Se presentó una muchacha gorda, de faz y ojos melancólicos.

—¿Qué dice, papá?

—Trae cena para los dos.

—No obedezcas, Obdulia, no estamos para gastar —gritó Gudulia desde la casa.

—Dígale que yo pago —le dije a la muchacha, y saqué dinero sobre la mesa.

—Eso es —dijo Castelblanco—, el señor paga. Traigan un banquete.

Obdulia regresó. Vi a las dos mujeres conferenciando y luego separarse. Obdulia vino a nosotros:

—Traeré la comida, señor, pero sólo pagará la de usted. Yo me las arreglaré para que mamá no sepa. ¡Con tal que coma mi pobre papá!

—Está bien —le respondí; cuando se marchó, me volví a Castelblanco—. Ahora puede usted decirme. ¿Es verdad que se ha bebido trescientos litros de guaro en dos meses?

—Es verdad.

—¿Y que está loco?

—No. Usted juzgará por mi aspecto. Lo que me pasa es que he visto y veo cosas muy extrañas. Lo que me ocurre es que mi mujer se ha confabulado con mis enemigos para robarme mis propiedades y, guarde usted el secreto, asesinarme.

Me eché a reír francamente diciéndole:

—¡Usted está loco, mi amigo!

—¿Usted también? —dijo él, resentido—. ¿Acaso no se cometen crímenes de esta clase todos los días y en todas partes del mundo?

—Es verdad.

—Pues entonces, créame. Pero antes de todo, quíteme ese puñal que acaba de poner sobre la mesa. No lo puedo resistir.

—Dispense usted, fue un descuido —y aparentando coger el imaginario puñal, convencido de su locura, añadí:

—Ya está.

—Gracias.

En eso llegó la comida. Ya era oscuro. La muchacha dejó su candil en una macetera.

—Si necesitan algo, me avisan —dijo.

—Tome usted —le respondí, deteniéndola, y le aboné el valor de la comida. Cuando ella se hubo marchado, dije a Castelblanco—. Comamos y en seguida me referirá usted.

—Espere un minuto —repuso. Entonces se dirigió a un rincón, rascó la tierra y sacó dos litros de aguardiente. Rascó en otro lugar, y sacó otros dos. Vino con ellos y me dijo—. ¿Quiere usted tomar un aperitivo?

—Tomémoslo a su salud.

Entonces me sirvió un vaso lleno

Es demasiado —le dije.

Vacié mi vaso en la botella, y me serví lo necesario. Él me vio tomar y fruncir el ceño por la ardentía del licor, y sonrió:

—Me permitirá usted que tome en la botella...

—No tenga cuidado.

Tomó el primer litro y comenzó a beber hasta vaciarlo. Tomó el segundo, el tercero, el cuarto... y apuró todo el líquido sin dejar una gota. Yo me quedé asombrado y no pude reprimirme:

—¡Qué barbaridad...! —le dije.

—No es nada —repuso. Y comenzó, más que a comer, a devorar la comida. Yo no tomé más que una taza de café. Cuando hubo terminado, encendió un cigarro, volvió la silla hacia el fondo del patio y me dijo—. Venga, acérquese y le voy a dar material para una novela. Todo lo que me sucede es curioso.

Y durante media noche me estuvo refiriendo lo que oía y veía y las imaginarias persecuciones de su esposa.

Cuando él me abrió la puerta del zaguán, sin haber bebido yo, y no habiendo presenciado más que el desenterramiento de seis litros más de aguardiente qué él bebió sin vacilar, yo iba con la mente llena de las más horribles y ridículas fantasías, y me tambaleaba como un ebrio.

Al día siguiente me puse a escribir las historias diversas que me refirió el borracho como auténticas, asegurándome que nunca mis oídos habían escuchado cosas más ciertas y verídicas.

 

[...]

La lluvia de turpinita

 

Salvador Castelblanco pasó una noche agitada entre los cuidados de su hija y de su mujer que fueron a traerle al patio, asustadas. Amaneció, nervioso, triste, como si presintiera algo.

Tomó su trago habitual, dos litros, y comenzó a tomarse doce tazas de café con dos libras de carne asada y quince bollos de pan. Después de esto quedó tranquilo, conversador, casi alegre. Su mujer le dijo:

—Procura comer y no bebas más guaro, o te vas a enloquecer de verdad. En otra ocasión no me vuelvo a levantar de noche por tus tonteras.

—¿Llamas tontera a eso, Gudulia? Has de saber que los espíritus me persiguen. Anoche me querían asesinar.

—¡Estúpido! —repuso su mujer con ira. Y no volvió a hablar. Continuó en su tarea de enrollar cigarros.

Fumaba tranquilamente Castelblanco, cuando alguien le dijo al oído:

—Hoy tendrás en tu casa una lluvia de turpinita.

Volvió la vista hacia el lado de la voz y sólo pudo ver una sombra que huía. Se quedó callado. Talvez sería una alucinación.

—¡Miserable! —volvió la voz—, ¿no tomas ninguna medida para salvar tu casa? Yo soy un espíritu amigo que te avisa. Ya, dentro de un minuto, comenzará a llover dentro de tu casa la turpinita.

Una profunda aflicción entró en el ánimo de Castelblanco.

—¡Dios mío!, la turpinita, el terrible explosivo. ¿Qué va a ser de mi casa, de mi familia?

En ese momento, como nevada profusa, comenzó a caer copitos de algodón que se amontonaban sobre las mesas, en las camas, sobre las sillas, en el canasto del tabaco que estaba ocupando Gudulia. Gritó:

—¡Dios mío, sálvame! Huye, Gudulia, la turpinita...

Gudulia le miró con airado ademán, se sumió en su tarea y guardó silencio. Entonces Castelblanco salió al patio, llenó un cántaro en la llave más cercana y vino con él hacia adentro.

Gudulia no reparó en él, absorta en su oficio de reparar el hondo vacío que Castelblanco hacía en las arcas con su bebedera. El loco —pues ya podemos llamarlo así— vio que el canasto del tabaco estaba repleto de turpinita. Entonces, rápidamente, asustado, vació el cántaro dentro del canasto.

—¡Salvador, animal, me arruinaste el tabaco, bandido!

Pugnaba ella por apartarlo, pero él, inflexible e inamovible, continuaba vaciando el cántaro hasta que lo dejó sin una gota. Gudulia casi lloraba:

—¡Obdulia, ven a ver a este cerdo, me arruinó el tabaco!

Y él, con voz agitada:

—¿No ves la turpinita? ¡Dios mío, va a encenderse... una mano anda con un tizón! —y corrió a coger la escoba. Comenzó a barrer agitado. Sacó el polvo a la calle y le echó agua.

Durante todo el día pasó cogiendo puñados de turpinita y arrojándola en la calles. Ya por la tarde, a eso de las cuatro, la lluvia de turpinita cesó. El desgraciado se sentó en una mecedora, exhausto, sudoroso, adolorido.

 

El doble

 

Pasó una hora. Bebió sus dos litros, cenó con diez tortillas, un jarro de chocolate, dos libras de queso y ocho huevos.

—No fumes ahora, loco —le dijo su mujer—. Nos puedes incendiar la casa.

—Pero... Gudulia... ¿no me agradeces que te haya salvado de una explosión?

Una profunda tristeza lo invadió. Su mujer no conocía el peligro... quién sabe si ella trataba de asesinarlo.... Incontinenti, se echó a llorar.

—¡Ingrata! —le dijo—, ¡tú no me quieres!

—Cállate, papá —dijo Obdulia, afligida. Y Gudulia:

—Borracho de todos los demonios; ¿cuándo nos vas a dejar de fregar?

Calló él, apesarado. Hubo un intervalo de silencio. De pronto comenzó a sentir un profundo dolor, desde la cabeza hasta los pies, y cada pelo de la cabeza y del cuerpo lo sentía él tenso como un alambre. El dolor era espantoso.

—¡Ay, Gudulia! —gritó—, yo creo que estos malvados me van a hacer una horrible maldad. ¿Me puedes explicar cómo es el momento de dar a luz?

Una gran risotada fue la respuesta. Gudulia y su hija, de continuo silenciosas, no se pudieron contener ante lo grotesco del nuevo tema. Castelblanco se avergonzó y se quedó callado, sufriendo de aquel terrible dolor.

A eso de las diez de la noche, cuando ya habían cerrado el estanco, escondido los garrafones y echádose a dormir las mujeres, una voz le dijo a Castelblanco:

—Prepárate que se va a desprender tu doble...

—¡Dios de justicia! ¿Qué horrible suplicio será eso de mi doble?

Comenzó a sentir más fuerte el dolor... Y más y más... Y luego, con gran asombro, vio que salía de él, de su cuerpo todo, otro Salvador Castelblanco, con los mismos ojos, el mismo pelo, la misma barba, idéntico gesto dolorido y el vestido igual. Este nuevo Salvador Castelblanco, en cuanto salió de su cuerpo, comenzó a hincharse monstruosamente.

Se hinchaba, se hinchaba... y él, el auténtico Salvador, sentía la tensión de la piel del otro, se sentía abultado, monstruoso, horrible.

—¡Me muero!

—Estúpido —oía la voz de su mujer— ¿no ves que no eres tú, sino el otro?

—Ah, es verdad. Y entonces, ¿por qué siento esto yo?

El otro seguía hinchándose. Ya llenaba todo el cuarto y Castelblanco sentía la apretura de las paredes, el peso del techo... ¡Oh!, aquello era horrible, el otro se iba a reventar. ¿Y él qué? Él estaba quién sabe dónde, viendo aquello, sintiéndose como el otro, hinchado, próximo a la muerte. Sonó una carcajada, y luego una horrible detonación. Castelblanco gritó desesperado:

—Ay, ay, Gudulia... los santos óleos... ya reventé...

En eso sonó la gran sirena de la planta eléctrica. Eran las cinco de la mañana. Gudulia, malhumorada, gritó somnolienta:

—Obdulia, levántate a sacar los dos litros de este loco infeliz que no me ha dejado dormir toda la noche.

Cuando Castelblanco bebió su dosis de licor, se quedó profundamente dormido.

 

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Transcripción y edición: Luis Báez.

Manuel Antonio Zepeda

Periodista, narrador y dramaturgo nicaragüense. Nació en Rivas y murió en San Pedro Sula, Honduras, en los años treinta del siglo XX. Publicó, entre otros, los libros: Recuerdos de Lilliput (1916), sátira política; Breves consideraciones acerca de un discurso de Mr. Wilson (1913), ensayo; La ley Castrillo (1920), obra teatral; Historias espeluznantes (1922), relatos; Tonalidades del trópico (1923), cuentos y estampas; En desagravio de la más hermosa (1924), ensayo, y De mi viaje a París (1919), crónicas imaginarias sobre la Primera Guerra Mundial. Dirigió la Revista Industrial de Nicaragua y la Biblioteca Nacional (1920-1923).