Tres poemas inéditos

Presentamos un adelanto del poemario que prepara la autora.

Fotografía de Daniel Ulloa (ver galería completa).

I

Hay sol
mi taza de café
y Where are you from? me pregunta una australiana
en la cocina de mi casa-hostal.

Hay
tanto
sol.

II

Yeah, let’s make a fire
dice ella en la serie.

El fuego
como rito en el bosque
de un país sin estado.

III

Dos mil diecisiete:
una capa de turistas
nos recubre el aire
los ojos
hay
un bucle
de sucesivos nombres y lenguas de afuera
que arrasan
y me pegan
todos-esos-nombres
de ciudades y de playas y lagos

mientras

me hago

un agujero en la arena.

Así como infancia
o poesía
como refugio en el agua.

IV

Where are you from?
Ella vino de Cuba
él es de Nigeria
Eugenia fue a Bali
y todos marchan a California

Quedo
y las historias pausan aquí
en la Barcelona
pausa

donde el precio de los alquileres
importa más
que los refugiados muertos en el mar,
aquel cementerio a cielo abierto
donde nos bañamos
bajo las estrellas que refulgen
y contemplamos,
puestas de ácido
en una gruta desierta
en las rocas santuario de nuestro limbo

acá-limbo

entre el pasado borroneado que nos hizo
y el torrente de Babel del que descienden las voces,
tan suaves pero juntas,

revolotean,

como humo en el techo

nos empujan
a la noche de siempre
de ebrias de fiesta
de polvareda blanca
semi tóxica y nueva

de sin visión de futuro y todo-es-posible-cruzamos las caras
de los hombres y de las mujeres
que ya hemos besado,
cruzamos las caras de los refugiados que han llegado con vida a las costas,
de las negras traídas violadas a latigazos
prostituidas en la Rambla
y en la esquina de la Filmoteca
cruzamos las caras
de los paquistaníes que nos facilitan la vida y van como islas
cruzamos las caras de los blancos de paso
con más dinero en los bolsillos que…

V

Where are you from?

Mi obsesión por vos de otro siglo
mi olvidarte
y tu cara
de pronto
en la fiesta yo

había creado un personaje de ficción
y vos
sos tan parecido a mi personaje de ficción

tan ausente.

VI

Me despojo

te escribo

porque todas las cartas son cartas de amor
porque todos los poemas son poemas de amor
aunque hablemos de la turbia humareda de
ciudades ardidas yo

he mirado aquella serie feminista

donde ella le escribe cartas
al amor encarnado en un cowboy absurdo
él
es su objeto de deseo
él
es su objeto.

Where are you from?
Tu acento ya lo había elegido desde antes.

Recuerdo tu ventana,
un montón de edificios asomaban la sombra
a tu foto con ella,
a sus cosas.

Miré los nombres de sus libros
que coincidían con los míos,
imaginé tu cara limpiando mis fluidos sobre la silla
imaginé la fuerza de tu voluntad para borrarme de tu vida antes de entrar
imaginé tu cara en el rincón
mirándome
tendida
tocándome
con las películas
de mujeres fálicas para siempre mías
y

nosotros

somos los dueños de las imágenes
somos los dueños de las mujeres.

Vos
destinatario de epístolas
tan románticas como purgas
sos

carne que fornica

con la ruta.


Te descascarás
en la pared de mi cuarto,
en la fisura
que abrió
el peso de los años.

Mi entrepierna
prefiere
el agua al tacto
vos

tan imagen.

VII

Estoy

menos sola que nunca

sin dinero
el camino de la luna mengua

pero veo
los brotes que germinan en las rajas de las paredes
veo los brotes que germinan en las fracturas de las baldosas
veo el agujero en la arena
que mis amigxs cubren y descubren

el alarido colectivo quiero
las llamas iluminando la nada,
el fuego ritual en el bosque
en el centro de todo,

con mis amigxs,

llenos de historias
y de arena.

Hay
todavía
tanto sol.

 

 

Que por una vez ese vos
no seas vos
sino el tejido del cosmos
que dijo

dijiste

palabras que no importan y yo
quise la unión con el todo,

por un momento,

deshabitar la idea
de que debajo de la cama no hay nada
de que debajo de los órganos
potencialmente tierra no hay nada
sino

hombres rotos buscando todavía verdades
en los libros de filosofía oriental

hay

hombres rotos
que no encontraron
ninguna fuerza de unión bajo la cama
y se derrumban en la esquina de mi casa,
en los portales donde se vende la heroína más barata de Europa.

Hubo aquel hombre,
bajo la lámina de sol de otoño que impide
ver el desastre
en todo su negro resplandor.

Hubo aquel hombre en la tarde
reclinándose sobre su propio fuego
con el vientre plegado
bajo una campera haciendo de sombra.
Ese hombre se inyectaba en mitad de la acera
a la vista de todos los turistas y los hipsters livianos de ciudad
ese hombre se inyectaba la muerte
y yo vi la luz que caía sobre todas las cosas,
sobre los lomos de los autos aparcados
sobre las piedras de aquel edificio de siglos de antes,
sobre las caras de niños foráneos,
tan blancas como solo esas pieles del norte saben ser blancas,
vi la luz que caía sobre mi ropa
y vi la luz que caía sobre la muerte
y pensé en lo frívolo
de mi visión poética sobre el hombre derrumbado en la acera
y ví las piernas

de mi profesor de escritura
explicándome
en un sueño o en el pasado
o en el pasado de mis sueños,
la proporción del número áureo,
las proporciones matemáticas de la belleza,
la importancia de la sonoridad de ciertos verbos.

Las piernas de mi profesor
llegan hasta mi cara en el sueño y llegan hasta mi boca
y son las piernas del amigo
que
dijo palabras turbias
en la misma calle
donde un hombre devastado se iba para siempre
sin que nadie lo detuviera
sin que nada lo retuviera
en la fugacidad
de la estampa
de la luz

cayendo sobre el mundo.

Vuelvo a ver las piernas de mi profesor de escritura
el pelaje grueso como de animal sin palabras
que no
entra
en mi cuerpo.

Juego o

rehuyo o

me quedo sin vista
en la síntesis onírica
me derramo
sobre todos las cosas juntas.

Pero en el día

voy
a la conexión
enfermizamente romántica
que me liberaría del tiempo,
de lo fútil y de las luces fosforescentes que grabo en las fiestas
de la vida de
otra ciudadana
yo
sensible y sin futuro,
bailando cumbia,
como si nos fuera la vida en ello.

Grabé la cocaína del baño del viernes
como si fuera trascendente
pero el polvo
ya no viene de las estrellas
el polvo viene de las plantas
y es
pura carnalidad o desesperación bajo un cielo
tan
hecho

de silencio.

Quise abrevar nuestras distancias para hacernos posible,
la semana pasada deposité mi fuero
en lejanías móviles,
en el pelo de unos cuantos hombres
y en sus piernas

y olvidé
por un momento

en una noche de desesperación ante la falta de alcohol
ante la falta,

que la poesía es cauce de todos los fuegos
y
si lo escribo
tal vez
se pliegue el decurso del tiempo.

Tal vez
las luces de los antros se vuelvan destellos de Dios
y la jeringa del hombre tumbado en mi calle se funda a lo eterno
y yo
me haga como infinita
de una vez.

 

 

Los campos no son de nadie

Sueño que mi padre me echa de casa.

Hay un humo grande que lo abarca
del que solo sé la niebla.

Mi padre vuelve
a echarme de casa en sueños.
Mi madre
lo secunda
en silencio.

Soñé que encontraba un dibujo
que le había regalado de niña,
se lo mostraba de mayor y le decía:
"ves, yo te quería":
Cuando desperté lloré,
había habido otros dibujos,
pero supe que ese no existía.

Fue tan nociva
–y lo sigue siendo–
esa forma de la familia,
la familia insular al principio del tiempo
la imagen del padre tejida a la imagen de los hombres
del resto de los hombres.
Esa primitiva sustancia del sueño.
Hombre come carne roja.
Hombre no habla de sus sentimientos.
Hombre juega al fútbol.
Hombre traduce silencio en violencia.
Hombre sano traduce violencia en creación de torres y sus variantes.

Bajo la luz del día,
cada tanto los veo.
Mi madre dice: el feminismo es un invento –como si el mundo entero no fuera un invento–
Mi padre dice: limpiate las uñas, tenés treinta años, limpiate las uñas.
Ambos preguntan por qué sigo saliendo
con hippies y pobres que reciclan basura.
Les digo que yo también reciclo,
que el freeganismo
y que yo también soy pobre.

Omiten lo que ya: "sí, pero vos sos mujer".

Digo que las uñas también son mi cuerpo,
que no deberían seguir opinando sobre mi cuerpo
¿Por qué hablás de tu cuerpo?
¿Quién está hablando de tu cuerpo?
Les pediría que leyeran algo de Silvia Federici
pero no.

Cada tanto despierto llorando.

Porque hace doce años que me fui de su casa
y él me sigue echando.

Porque
hay palabras que no se terminan.

Hace poco entendí:
no es mi padre el que habla en sueños,
es su imagen.
Una humareda que me llega
desde antes de las palabras.
Me aleja de lo cierto,
de lo fin,
de la casa solemne donde solo habitan las familias,
de lo estable,
del jardín al fondo del pasillo,
de mi país.

Me fui.
Cuando me fui lloraron. Dijeron: "quedate, no te vayas tan lejos".
Bebí hasta agotarme la fuerza
y nadie vino a buscarme.

Me dije: no necesito a nadie.
Luego entendí que esa era una premisa de necios.

Ahora quiero todo,
y me fui o me iré a lo verde
y no sé si habrá hombres en lo verde,
donde el amparo es tan abierto como los campos.
Pero me quedaré
así,
en lo abierto de esos campos.

 

 

Miryam Hache

Nacida a finales de la década del 80 en Buenos Aires, reside actualmente en España. Ha cursado estudios de teatro, cine, fotografía y literatura. Publicó textos varios en distintas revistas digitales y en papel. Escribió la novela Quema y el poemario Las niñas que no saltan del tejado, ambos aún inéditos. Dirige la revista de ficciones y feminismos imaginacionesfilmicas.com, donde también escribe.