“Este que habla” desde “Los bordes profundos” del poema

Lectura de la poesía del nicaragüense Iván Uriarte en uno de sus libros primigenios, publicado hace ya medio siglo.

«Hacia ninguna parte». Foto de Víctor Ruiz.

En un ensayo sobre Fernando Pessoa, Octavio Paz afirma que “los poetas no tienen biografía”. Si queremos conocerlos, tendremos que abrir las páginas de sus libros y abismarnos en los laberintos verbales de su poesía. Igualmente Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, dijo que “el estilo es el hombre.” Por eso, para conocer esa voz que murmura poemas de amor a la muchacha perdida y encontrada, vocifera también cantos de protesta contra la voracidad del poder, sumergiéndose en los “bordes profundos” del lenguaje y en el misterio “genealógico de las puertas” o emprende una desesperada búsqueda de “la inmortal” que quedó incrustada en su pecho y que a veces retorna al escuchar alguna canción francesa o bien en la melancólica voz de Leonard Cohen; para esa búsqueda y encuentro será necesario bucear  el código genético-poético, regresar a sus orígenes, a esas primeras obras en que la poesía se revela como un “pequeño pueblo en armas contra la soledad”.

Sólo así sabremos que esa voz es la de Iván Uriarte, el poeta que a los 19 años emprendió un viaje a la Costa Atlántica de entonces y concibió “7 poemas atlánticos” utilizando un lenguaje objetivista, libre de las frivolidades barrocas y experimentales de la juventud; pero esa misma voz es también la del autor de Este que habla, poemario medular y fundador de toda la obra uriartiana. Quien por primera vez se acerque a esta bitácora vital no se sorprenderá al encontrar los ejes temáticos que Uriarte desarrolla en Pleno día, Cuando pasan las suburban, Escatología, Imágenes para Dalí, Genealogía de las puertas, La inmortal y otros poemas de amor, pero especialmente en Los bordes profundos, publicados treinta años después de Este que habla. Los bordes… es una especie de reencuentro con esa voz del desgarro erótico-amoroso, jugueteo verbal y metáforas insólitas, con la diferencia de que quien nos habla ahora es un poeta en plena madurez, empoderado de una visión del mundo.

Este que habla arranca con “Mi sangre”, poema de violenta individualidad, radiografía personal en la que el poeta, con aullidos y alaridos, afirma su identidad mirándose “la cara en un charco” o sumergido en el “horrible deseo de vivir”; a pesar de que el texto es una afirmación del “yo”, su tono es pesimista, y en esta aparente paradoja se nos revela lo que Friedrich Schlegel denomina la ironía romántica. Y así, para conocerse, “saber si vive bajo o debajo”, el sujeto poético debe internarse en la ensoñación del poema y luego distanciarse críticamente; el viaje hacia las profundidades del inconsciente nos revela a un yo “encerrado de miedo”, sumido en una realidad en la que el sueño y la vida se trastocan; sin embargo, la voz crítica nos muestra a un yo que afirma: “yo llego a ser siempre / yo que ahora cierro mi amargo círculo de miedo… yo, que me llamo Iván”. De la imagen fragmentada y descentrada del que se mira “la cara de un charco” se nos presenta al final del texto un individuo que es dueño de su Bien y de su Mal.

Desde el punto de vista de la forma es interesante observar cómo Uriarte en Este que habla ya era dueño de recursos poéticos que en su obra posterior lleva a una mayor complejidad. Los más evidentes son la enumeración caótica y la técnica del fundido. En “Mi sangre” la enumeración caótica rige todo el poema,  pretende afirmar la figura del sujeto extrañado, indefinido e incierto. Al inicio del poema solo vislumbramos fragmentos de ese ser “semejante a una tempestad o una nube”:

Este que habla

que soy yo

que aúlla

que da un alarido

que se mira la cara en un charco

que es semejante a una tempestad o una nube

que es encorvado, torcido,

que chorrea sangre por dentro

….                                             

que sonríe porque sueña conocerse algún día…

Pero es en “Retrato de un hombre muerto” donde la enumeración caótica y la técnica del fundido operarán juntos para darnos una visión totalmente deshumanizada del mundo:

Desterrados fuera de nuestro cuerpo

como piedras melladas después de la batalla

como carne descompuesta en un solo de cigarra

como santas mujeres desnudas en la frente

Como calzones ajustados para concluir un cuento

como zapatos remojados en aguas minerales

como tapices…

El retrato de este desterrado de la materia se construye como una letanía o himno esquizofrénico en el que el yo lírico va juntando las cosas más dispares de la realidad para crear la imagen del “hombre muerto” fundido con el cosmos caótico. Esta mirada irónica de la muerte nos revela también una mirada crítica hacia la vida. El muerto se funde con lo vivo, pero lo que vive es absurdo, fragmentario y deshumanizado, “como condecoraciones repartidas en una compra de avestruces”,

como girasoles dando vueltas alrededor del cuerpo de Van Gogh

como águilas en las bodas de Jesucristo

como demonios en los labios de un perro moribundo

… como aullidos de un féretro

… como nervios encendidos sobre la hierba

Como las Buenas Noches de este retrato de un hombre muerto

No es difícil identificar en este texto la influencia de Lautréamont y los surrealistas. Para Lautréamont un poema es “bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección”, que es la mejor definición de la técnica del fundido. Y para los surrealistas la escritura debe liberarse de las ataduras de la razón y entregarse al libre dictado de la imaginación y el inconsciente. Esto demuestra que en Este que habla Uriarte ya había asimilado la modernidad poética y sus técnicas literarias. No se trata, pues, de ejercicios verbales gratuitos, al contrario, estos poemas, profundamente complejos, nos revelan una personalidad, según Hugo Friedrich, con “fantasía caprichosa”, para quien “el mundo real se desquicia bajo el ámbito poderoso de un sujeto que no quiere recibir sus contenidos, sino que impone su propia creación”. Esta personalidad la iremos encontrando en sus libros posteriores; compárese por ejemplo “Retrato…” con “La vida se compone de muertos”, del libro Roque Dalton entra al tercer milenio y otros poemas, y podremos observar que el poeta no abandonó sus obsesiones ni su exquisita irónica manera de ver el mundo.

Además del hombre que observa su reflejo en un charco de agua para conocerse o llegar a conocerse, Este que habla también es el “Niño”, poema lúdico y caligramático, pero de hondura meditativa; al leer este texto es imposible no pensar en los arabescos que Joan Miró pintó para recuperar o detener los valores de la infancia. Igualmente Uriarte traza líneas y formas de colores para tratar de detener la imagen del niño y su inocencia:

de

ten

te

niño

(tus

piececitos

rosi-oscuros

se pegan

a

l

os

viejos

recuerdos

que hacen

me

amarte)

Es importante aclarar que la estructura caligramática del poema no es solamente adrede, si no que más bien está íntimamente ligada al juego infantil. No estamos frente a un diálogo entre la voz adulta y el niño, sino frente a un monólogo, y aunque el yo lírico afirme que es tarde para darse cuenta de que los globos se hicieron para vagar en el aire, al jugar con las formas del verso y las palabras, vuelve a la infancia porque recupera el sentido de lo lúdico. La escritura de poemas es un juego y el poeta, un niño malabarista que arroja las palabras al aire, las ve inflarse, explotar y caer dormidas sobre la página.

Soledad y locura son temas también presentes en este libro y en la obra de madurez de nuestro poeta. No olvidemos que al leer estos poemas estamos frente a un Uriarte joven, irreverente y solitario, encerrado en sí mismo, el mundo aún no lo ha hechizado, canta para él: príncipe, bien amado y chico bien; How does it feel /How does it feel, canta Dylan en los 60´S, To be on your own / With no direction home / Like a complete unknown / Like a rolling stone. A tono con su tiempo, Uriarte dirá

Ayer escribí un poema

para mí,

donde era el príncipe,

el bien amado

el chico bien;

un poema donde estaba yo

solito

fumando un cigarrillo

y cantando una canción...

Y hasta el día de hoy Este que habla sigue siendo el chico bien, excesivamente amado y ya no tan solitario, pero siempre con una canción en sus labios.

La locura se nos presenta en el breve poema “En jaula”, texto dedicado a Julio Cabrales, poeta marcado por el demonio de la insania: el mundo es una cárcel para el que quiere volar más allá de sus posibilidades racionales, la locura es el precio que tiene que pagar todo aquel que estire sus alas y derribe las puertas de su jaula.

En uno de sus fragmentos la poeta griega Safo definió al amor como una experiencia entre “dulce y amarga”. “Nadie que haya estado enamorado se lo discute”, nos dice la poeta canadiense Anne Carson. En una conferencia sobre su obra poética Iván Uriarte confiesa que Este que habla es un “poemario cercano al desgarrón”; el amor aparece en muchos de sus poemas como una criatura frágil, siempre acechada por la corrupción, la burla y la mentira, así en “Amor pecho de pájaro” se nos presenta:

Con un pequeño sombrero de palma

con una sonrisa de niño

todo vestido de negro

en medio de lo malo y lo bueno.

Amor negocio sucio que vuela dulcemente

… niño tristemente burlado

… gastado a cada km.

... crucificado por la verdad y la mentira

… cosa formulada y recetada,

muchedumbre, estafa, magulladura…

Una metáfora recurrente en los poemas de amor de Este que habla es el viento; al igual que sobre la tierra, el viento también erosiona al amor, le provoca grietas que se abren con el recuerdo, tal como nos lo revela en “Otro tiempo”:

No es que mi amor por ti

se haya ido con el viento

Sencillamente

te recuerdo...

Aunque en “Los ojos de los Amantes” no se haga mención al viento, sabemos que es él quien acecha afuera en la noche; el viento es el enemigo porque recuerda al mundo y su “tiempo carnicero”; los amantes saben que su sueño es efímero y que en las calles hay seres insomnes y grises que los amenazan:

Escucha, amor, en la noche sostenida por las estrellas

sollozos de los que aún no duermen,

escucha el amor de las putas sobre el pasto

como abejas productoras de miel…

En “Nada será como antes” el amor ya no es pájaro cantando en el pecho del poeta, sino la herida dolorosa que han provocado los vientos sombríos; los amantes han sucumbido ante el mundo y ya “nada será como antes” o mejor dicho, “todo será igual siempre”: una errabunda búsqueda que no termina en este libro, sino que continúa en Los bordes profundos y La inmortal y otros poemas, donde vemos que el amor:

recorre las calles de Managua

… Entra a bares y cafeterías

charla con viejos conocidos...

el amor busca ese rostro tuyo que no conoce…

El amor busca y rebusca, fotografías semblantes

una mirada que tal vez se parezca a la tuya

pero no la encuentra.

En Este que habla el amor va del encuentro al desencuentro: primero es un ser indefenso acurrucado en la palma de la mano, luego una fuga constante “pequeña bestia dulce y amarga, contra la que no hay quien se defienda”, nos recuerda Safo; así el poeta busca a la amada en otro tiempo y en otro lugar:

Estarás lejos

en otro lugar

en otra tierra

En Este que habla hay una presencia textual de Jacques Prévert, y no sólo por el poema que cierra el libro. Es un homenaje directo a su figura, porque el humor verbal, lo maravilloso cotidiano, la mirada melancólica pero tierna del amor y la vida fueron los ingredientes de la popularidad del poeta francés en los años de posguerra. En “Peguy l’enfant” nos retrata al poeta contemplando a los hombres como soldaditos de plomo que han perdido la batalla en un juego de niños. En “Mi cuerpo está cansado” se nos muestra la imagen de un hombre desencantado de su especie, pero este desencanto lo refleja con cierto humor más existencial que melancólico:

Mi cuerpo está cansado de las mujeres y los hombres.

No le queda más que morderse por dentro,

sacarse las tripas,

limpiarse con papel higiénico,

estarse calladito…

acurrucarse en un rincón de sus pies

y rascarse y preguntarse…

En “Ciudad” la voz del poeta es la de un flâneur que como los ángeles melancólicos de Wim Wenders pasea derrotado, triste, “cabizbajo y solitario”, y para evitar el fastidio de esta especie de purgatorio siempre pide:

Un trago.

Siempre bebo,

así me fastidia menos

esta triste ciudad de Managua.

Ciudad de un perro,

una cerveza,

un hombre.

Al igual que en el poema anterior, en otros también reina una visión desencantada del mundo que rodea al poeta, pero en este agujero de desesperanza, que es la ciudad, surge la rebeldía del humor:

Sabe,

algunas veces pienso que todas las ciudades son tristes,

que en todas nos cansamos de ser ángeles pendejos,

mientras Dios,

siempre en el mismo sitio

invernando con las pieles de los osos.

Sí.

Eso.

Nos cansamos de ser ángeles

dispuestos a morir en el centro del torbellino.

Este que habla cierra con el poema “Prévert en Saint-Paul de Vence”, que es una especie de síntesis de todo el recorrido que hasta aquí hemos hecho. En este retrato sobre el poeta francés Uriarte vuelve a la ironía, la enumeración caótica y la técnica del fundido: la mejor manera de homenajear a un poeta querido haciendo uso de sus recursos, apropiándose de su visión y ver el mundo con sus ojos. En este sentido Uriarte se transfigura en Prévert y no es al autor de Paroles a quien vemos “saltar en sus enaguas de muchacha / cantando como un cosaco la danza húngara de un encantador de serpientes /con cara de niño triste”, sino al mismo autor del poema.

Experimentador hasta la médula, Uriarte se da el lujo de jugar con las formas y recursos de la modernidad y en este poema, además de las técnicas surrealistas, introduce el simultaneísmo de Apollinaire y así vemos entonces a Prévert moviéndose por diferentes escenarios:

Prévert en Saint- Paul de Vence

… caminando a lo largo del Sena

… omnibuses regresando llenos de flores como carros…

… barrios enteros en persona gritando Ayes de rodillas

El poema pasa, literalmente, ante nuestros ojos, y el movimiento, el ruido nos hacen sentir que no leemos, sino más bien vemos un film con excelente montaje.

Este que habla podría ser el primer poemario de un joven que está descubriendo “la camisa férrea de mil puntas cruentas”, como dijo Darío de la poesía, cualquier poeta y cualquier lector lo olvidaría, pero este no es el caso, como se dijo al inicio. Este libro es medular y fundador porque en él se nos revela a un poeta dueño ya de una voz, una técnica y una particular forma de ver el mundo. Quienes alguna vez hemos sido parte de la tribu uriartiana con esta obra confirmaremos que el maestro no mentía cuando en sus talleres de poesía insistía —e insiste— en que es necesario que el iniciado conozca la modernidad literaria, solo así se llega a tener conciencia de lo que significa ser un poeta contemporáneo. Este que habla es el diario de un poeta que no solo ha batallado contra la soledad, la muerte, el amor y el desencanto. Es también el testimonio de una voz preocupada por entender el duro oficio de la poesía, una voz que desde su encierro traza las líneas vitales del “espectáculo” de la creación poética:

Uno se encierra a escribir en su cuarto

para que otros vivan

para que otros gusten su espectáculo

Uno apaga la luz, se persigna

piensa:

hay que tener principios

verse la cara,

contemplar el pescuezo de la ciencia,

hacer señales a los muertos,

pero no con el talento de los vivos,

ni la unidad de las bacterias,

sino con el pálpito, la verdad, la neurastenia.

Víctor Ruiz

Nació en Managua, Nicaragua, en 1982; es autor del poemario La vigilia perpetua (Leteo ediciones, 2008) y poemas suyos han aparecido en las antologías Poetas, pequeños dioses (Leteo ediciones), Cruce de poesía (400 Elefantes) y en la revista mexicana Círculo de poesía. Su crítica literaria está publicada en la Revista de Lengua y Literatura del Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de la UNAN-Managua, en donde labora como docente, así como en la revista El Hilo Azul, del Centro Nicaragüense de Escritores. Es jefe de redacción y editor de la revista Álastor.