Catarsis
Dentro de este coro de voces espirituanas, Yanisbel Rodríguez Albelo nos entrega una poesía cruda, irónica y de fuerte arraigo existencial. Desde el encierro pueblerino en un "pueblo estrecho por todos los costados" hasta el desgarrador estoicismo de sobrevivir en oficinas desabastecidas durante infinitos apagones, sus versos son un retrato vívido y un doloroso grito de resistencia frente a las ruinas personales y colectivas.
Fotografía de Berman Bans
PERFECT EMILY DICKINSON
Escribiendo sola en casa,
perfect Emily Dickinson,
como agobiada por una extraña enfermedad.
En este pueblo estrecho por todos los costados,
yo, minoría absoluta.
Enchufarse con palabras
y subir por encima de los copos de nieve
de los árboles de un país tropical
a 35 grados perfectos de frescor,
y tocar eso, y llorar esto, y amar aquello,
y tragarlo todo y no soltar el humo.
Siempre nos dijeron que podíamos volar
y en realidad esa es la única posesión
que nos queda, un eterno sueño dorado.
Perfect Emily Dickinson,
reaccionaria y frágil,
recluida en casa todo el tiempo,
con miedo a desgajarme y golpear
contra nuestra herencia
de esperanzas acumuladas,
corriendo levemente por los aposentos,
apenas dejando un roce del vestido
para los visitantes en la escalera,
o una pequeña hoja de algarrobo
100 GRAMOS DE VODKA
Tomando ron en la oficina
como un soldado ruso en la trinchera nevada de 1941.
Cien gramos de vodka antes de que todo explote.
Metralla con restos de etiquetas incrustada en los abetos,
así como aquella historia de inundaciones y arenques
de una revista Misha de finales de los ochenta
quedó alojada en mi memoria.
Al amanecer entrando al trabajo con un frío glacial,
cada hueso dolorido por una larga enfermedad
que nos ha barrido a todos como esa misma artillería,
en una guerra silenciosa no declarada
pero con heridos y muertos diseminados por doquier.
Desabastecimiento, hambre y oscuridad.
Me siento en mi taburete carcomido frente a los papeles
y me doy un trago de la botella en la gaveta.
Podría ser declarada alcohólica pero soy una sobreviviente
de décadas de un polvo más espeso que el de cualquier novela
leída con una lámpara en este infinito apagón prehistórico
de los últimos cuarenta años, es decir mi vida.
Al mediodía un trago largo para levantarme de mi postura rígida
y resistir la vuelta a casa, el triste almuerzo, la charla con mi madre
de lo poco que tenemos y del océano que nos falta.
El resto de la tarde es un tiroteo de discusiones de trabajo,
de chistes agridulces que solo entienden los contables,
de mirar por la ventana la calle desierta y los remolinos de hojarasca.
Acurrucada en mi gélido puesto detrás de la computadora,
un soldado que cierra los ojos y espera el final.
Hay un grito unánime de que se fue la luz
y comienza la larga y agotadora marcha de regreso,
más mental que física, sostenida por un hilo delirante del espíritu.
Otro trago largo antes de cerrar la puerta,
aterrorizada mientras avanzo a través del viento y la llovizna,
deseando que cuando llegue no esté la casa explotada
por algún bombardeo real o metafórico.
Qué más da, ya el humo se puede ver a lo lejos.
Abro el maletín y busco en el fondo la botella.
ESTO EXACTAMENTE HIZO MI MADRE AYER
Cuando vino la tormenta
mi madre no corrió
a asegurar puertas y ventanas.
Ella no tenía tiempo
de dormirse en los laureles.
Cuando vino la tormenta
mi madre fue con premura
a buscar el guano bendito
y poner los cuchillos en cruz.
Una vez hecho esto
se sentó tranquilamente
mientras la lluvia y el viento
arrasaban con todo.
CATARSIS
Una madre que no para de hablarte al oído,
la chusma que grita frente a tu ventana,
la sucesión de trastos motorizados aullando a toda hora,
los reproductores de música que no se apagan nunca,
el río de mediocridad subiendo y bajando ante tus ojos,
pueden convertirte en cualquier cosa,
un asesino en serie,
un devoto de la religión más cercana,
un perdedor dándole a la botella,
o un escritor antipático,
no necesariamente genial,
arrojando toda esa cantidad de mierda sobre ti,
libro tras libro,
mientras otros asesinos, devotos, perdedores, antipáticos,
lo elogian y publican y empapelan nuestras librerías
con ese río de mediocridad que sube y baja cada día.
Y yo me digo, demuelan todo el lugar,
basta de lecturas, oraciones, baladas, lo que sea,
y a la madre que se calle un rato,
a los vecinos que se vayan a la mierda,
pero eso sí,
déjenme el bar intacto,
que de algo hay que morirse.
EMPLEADO DE ALMACÉN NÚMERO CUATRO, ABRIÉNDOSE CAMINO
Un viejo jubilado, algunos pesos,
caneca de ron barato,
ropa raída y sucia, barba de días,
cojera y silabeos,
pasto de comedor obrero,
camastro y ventilador roto.
Ahí está, un borracho tirado,
arrastrándose por el pueblo,
nadie le hace caso ni lo escucha.
Por las noches saca de un cajón
sus medallas de lejanas guerras
y se las pone frente al espejo.
Quién lo condecorará
por lo que está peleando hoy.
LA COSECHA
Estaban en el surco,
se peleaban por el agua, los límites, el corte.
Un campo de arroz puede transformarse
de una mansa pradera en un campo de batalla.
De un tajo limpio uno degolló al otro.
Como un jinete sin cabeza regresó a casa,
y no hubo ganancia.
Uno atravesó al otro con el tenedor de cavar.
Con el hígado perforado
se lo llevaron a toda velocidad,
y no hubo ganancia.
Uno macheteó los caballos del otro
que pastaban en sus tierras.
Frente a los estómagos abiertos
el dueño lloraba agachado,
y no hubo ganancia.
Familias solas en el cementerio polvoriento,
una ruina edificada de ruinas personales.
De un horizonte verde a una pesadilla roja.
Paisaje bucólico sólo para los diarios y los óleos.
Se pelearon por una vida mejor,
por prosperidad, éxito, dinero en el banco,
y no hubo ganancia.