Bleeding out on the dance floor

"Siempre pienso en esos días de Obelio. Internado en la jungla malaya, de día persiguiendo tigres y de noche siendo perseguido por ese gran tigre que es la ruptura y el duelo".

Obelio dice que no se puede conseguir mejor punk en este país. Estamos en un concierto de la banda local The Movement in Codes (TMIC), cuyo nombre es, en realidad, muy poco local. El mismo padecimiento lo sufre su música. Pero esto no es de extrañar: hemos sido amigos el suficiente tiempo como para que ‘globalización’ dejara de ser la palabra con que todo se explicaba en las aulas de Estudios Generales de la UCR y empezara a manifestarse en forma de conciertos en La California. En fin, la música es buena y se pasa bien con Obelio.

El apodo surgió en una mejenga durante los años de escuela. Esteban Felipe Brenes Mora era un regordete víctima de un bullying puntual, certero, limpio: el apodo “Obeso”. Obeso se acercaba al marco, corría con todo lo que su reservorio de grasas trans le permitía. Entonces el delantero debutante de la tarde le gritó “¡Obelio, pásela!”. Quizá el desconocimiento que el delantero tenía de los apodos de sus compañeros de equipo fue lo que contribuyó a que Tebitan abandonara las filas de la obesidad infantil y diera paso al biólogo flaco de casi dos metros que es hoy.

Suena Papercuts, canción que abre el nuevo disco de TMIC y cuya solidez fue la culpable de que a Obelio y a mí nos costara trabajo disfrutar el resto del disco. Esa pieza tenía que ir de número cuatro o de número seis. Poner la mejor de primera es un desatino. “It was my brightest day but I can't remember it but for / what must have been the sound of you not being around…” Señalamos con fuerza hacia el frente con el dedo índice cuando se oye el mortífero pronombre you. Pero no es solo el dedo: las piernas ya están moviéndose desde hace rato, nuestras columnas son un péndulo invertido y la cabeza exagera el asentimiento.

Durante Trouble in Legoland - ya todo un lugar común para los seguidores de la banda - Obelio y yo estamos abrazados. Él tiene una especie de paso donde me frota el pelo y me acerca la cabeza a la suya; despúes, más movimiento. A los dos nos tocó nacer donde esto se ve raro, donde ‘bailar’ no es un infinitivo, sino una institución de poder. De acuerdo con la mitología tropical, saber bailar significa dominar el arte de guiar a la mujer – quizá el machismo no se disuelva totalmente hasta que las mujeres nos guíen en el baile – a través de una bachata, salsa, merengue o cualquier otro género que ponga el acento en la imagen de latin lover (si es en Castro’s, con una camisa ceñida de cuadros, los dos botones de arriba desabrochados y con un rosario colgando del cuello: golazo olímpico al minuto noventa). Esto que Obelio y yo hacemos no es entonces saber bailar; es, simplemente, bailar. Pero eso nos basta. Nos gusta movernos con ritmo, a veces solos, a veces acompañados, Nos gusta bailar sin más.

Pero antes que mi teoría autojustificante sobre el baile se ponga demasiado pretenciosa, Dirty Rainbows, pieza que, aunque no figura oficialmente en los discos de TMIC, fue compuesta por el vocalista Marcos Monnerat para su antigua banda Nada. En una entrevista al sitio web Dance to the Radio, cuando le preguntaron a Monnerat por una canción para su funeral, respondió Dirty Rainbows. Antes de tocarla en otro concierto, el vocalista dijo haberla escrito tras la muerte de su gato.

Dirty Rainbows tiene para mí una lectura clarísima, pero que solo a mí me atañe: es mi declaración de ingeniero no practicante y mi consecuente entrega a las letras. “Give my goodbyes to the good life” y “If I wanted anything, would it be as good as this?” son las dos líneas en que yo condensaría mi decisión de no ejercer la que me vendieron como profesión del futuro y, a cambio, dedicarme a escribir. Cada vez que la canto, no puedo evitar pensar en que en algún punto me rehusé a elaborar ecuaciones que se tradujeran en casas de lujo para los políticos, piscinas para las mamás de las estrellas de fútbol que pasaron de la liga nacional a la UEFA, o bien, túneles y represas hidroeléctricas que no engrosan tanto la cobertura eléctrica del país como el ego del gremio. En una ocasión le comenté esto a Obelio, a lo cual él solo me respondió: “Mae, para mí esa pieza es mi abuelo”.

A Moncho lo vi mucho y lo conocí poco. Siento que fue tras su muerte que empecé a saber algo de él. Obelio estaba por segunda vez en el sudeste asiático, específicamente en Malasia, colaborando para una investigación que tenía que ver con tigres (felino que se llegó a convertir en su arma de ligue). Desde allá nos llegó al grupo de amigos un mensaje seco: “Maes, Moncho murió”. Inmediatamente recordé que unos cuantos meses atrás, faltando unas pocas semanas para que Obelio partiera a Malasia, me había llegado un mensaje de él con un tono similar: “Mae, Mari y yo terminamos”.

Siempre pienso en esos días de Obelio. Internado en la jungla malaya, de día persiguiendo tigres y de noche siendo perseguido por ese gran tigre que es la ruptura y el duelo. Y no es exagerado decir que el duelo fue para Obelio un espécimen biológico, pues Moncho fue uno de los grandes contribuyentes a que su nieto se interesara por la biología. Durante sus años de infancia, Obelio entró en contacto con las columnas de revistas National Geographic. Difícilmente la meta actual de Obelio sea hoy publicar en tal revista (“Eso es divulgación, no ciencia” o algo así diría), pero gracias a que Moncho las coleccionaba, él conoció las selvas de Malasia donde ganaría como biólogo y perdería como nieto.

Lo de las revistas nunca lo supe hasta el día que Moncho falleció. Obelio se apuró a escribir a mano una carta, tomarle una fotografía y enviármela por correo electrónico para que la leyese en la vela de su abuelo. Recuerdo las primeras palabras: “Esta noticia me llegó en un momento ya de por sí difícil…” A veces nos parece que ese momento no se va, que los tigres no solo los hay en Malasia.

A los meses, Obelio regresó y trajo una botella de Langkao – el licor de arroz que le hacía las veces de Pilsen los viernes por la noche en el medio de la jungla – para compartirla conmigo. Estando en su casa en Coronado, descorchó (aunque la tapa estaba más bien hecha de una lata de pésima calidad) con el fin de investigar si este sería mejor que el Cuchi – licor que trajo de su primer viaje, pero esta vez de Vietnam y que lleva el mismo nombre de la localidad donde el Vietcong construyó un complejo sistema de túneles de unos 40 kilómetros de longitud, el cual les servía de refugio y centro de operaciones – y para agradecerme por leerle la carta a su familia frente al cuerpo velado de Moncho.

  • Mae, yo estando ahí paso perfectamente por malayo. Hasta podría sacar ventaja haciéndome pasar por Manny Pacquiao.

  • Pff, usted por lo menos eso. Allá todos creían que yo era hindú y a esos los tratan como una mierda. (Risas)

  • Mae, el jueves toca Movement, jale.

  • Vamos.

Obelio ha sido el único hombre con quien he bailado.

William Pérez

Nacido en 1987 en San José, Costa Rica, tiene estudios en Filosofía y en Ingeniería en construcción, de los que se graduó. Su bibliografía consta, hasta ahora, de dos títulos publicados: Resonancia magnética (2007) y Armas robadas (2014). Su obra más reciente se centra en la crónica, parte de la cual publica en el sitio web La Cuarenta (http://willy1818.wixsite.com/la-cuarenta).