Pochos, gringos y latinos: Todos vamos al Tap

¿Y si David Lynch rodara una película de ficheras? Aquí se arriesga una conjetura: la locación sería este bar de frontera.
The Wall. Foto de Mike Kniec.
No todos los días se llega solo a un bar. Y quienes lo hacen es porque traen una depresión o un desamor, algo así como un cliché en una película de ficheras. Y el Tap bien podría ser el set de una escena de Lola la trailera. El baño es un espacio no apto para claustrofóbicos, ni siquiera un suicida confeso podría lograr su cometido. Se trata de un espacio muy chico y sólo resaltan las notas escritas en las paredes, como Te la mamo por 40 dlls. Llama al 915-345 ---el resto del teléfono lo he borrado para que nadie robe tan interesante oferta.
 
También recordemos que estamos en la frontera y, por tanto, se trata de un bar bilingüe y las notas en inglés son válidas: I need your fucking chile- call me 915-779-629. Y dicho lo anterior, no puedo evitar pensar que el Tap es una analogía perfecta de la literatura chicana, pues ese verso ni a Sandra Cisneros se le hubiera ocurrido. Por eso he dejado el número completo, para que logren contactar al poeta. Le auguro buen destino. Después de todo o nada, esa es la literatura chicana de los últimos años: Guadalupe, tortillas, border, chiles y abuelita; todo eso es el campo semántico de un poema perfecto que bien podría ganar un galardón literario gringo.
 
El Tap bien puede parecerse a una escena de Lynch en su película Terciopelo Azul, la poca iluminación y la decoración retro pueden dar la ambientación perfecta. En el decorado resalta el color rojo. Las mesas son rojas, el menú es rojo y la falda de las dos meseras: rojo absoluto.
 
Aclaro que realmente no sabía nada respecto a ese fetiche, así que aproveché el wifi que tiene el bar: lo único relacionado que encontré en internet es un blog donde habla de las tonalidades de los bares. ¿Quién puede creer que el rojo da elegancia a los bares? La regla se rompe cuando conoces el Tap; de eso no me queda duda. 
 
 
La mesera pasa a mi lado y me pregunta si quiero otra jarra, le digo que me espere. Las cervezas no son muy variadas, no importa lo que tomes, pero eso sí: acompaña tu bebida favorita con unos nachos o con un burrito de chile relleno; es lo más decente —por no decir lo único— de este lugar.
 
Hay un pequeño rectángulo en el piso, y se me ocurre que su única función es para bailar, ¿quién chingados baila en un rectángulo tan corto? Bueno, eso es lo que pienso, pero no lo que sucede: los dueños han hecho del baile algo minimalista.


Hoy no veo tanta actividad como otros días. El bar no está tan lleno y la mesa de billar luce tan vacía, que de soslayo logro ver la cocina que está al fondo: junto a los baños. Del lado de mi mesa hay un mapa enorme de México. Y en estas dos jarras ingeridas observo con detenimiento a todos los que se detienen a escudriñar cada rincón: es como si desde el Tap lograran ver su casa.
 
 
La rocola suena más fuerte y comienza el repertorio musical: Bob Dylan, Juan Gabriel, Amanda Miguel, Morrissey, Tigres del Norte, Caifanes y otra vez: Bob Dylan. (Asumo que los dueños del bar no saben que quien canta es el último ganador del Premio Nobel de Literatura).
 
¡Vaya, Dylan: hasta dónde has llegado!
 
La poca gente que veo tiene caras largas. Hay dos pochos con playeras largas y sus cabezas brillan como la única lámpara que cuelga del techo. En la barra un señor tipo vaquero mira su celular y luego vuelve a su Blue Moon. Una gringa de unos 40 años luce ansiosa, su mesa está muy cerca del baño. Quizás el amoniaco que se desprende del bar la está drogando. Yo estoy en medio, en un punto donde logro una panorámica entre los clientes. Veo un catálogo de espaldas, no necesito verles la cara para saber que hay tres gringos, dos latinos y el resto son mujeres que platican entre ellas; curiosamente las cinco son güeras, tatuadas y gringas. En una mezcla de inglés y español, las conversaciones van en torno a Trump, Dylan, Juan Gabriel y los análisis semanales de la NFL.
 
 
Muy poca gente ríe. El Tap pareciera un grupo de Neuróticos Anónimos. Nadie se queda borracho o impertinente, parecen almas en pena que moran por unos momentos y luego se desvanecen. No hay tantos gritos, la música les ha quitado a todos el habla. Tampoco la gente hace selfies ni mucho menos presumen que están en El Tap.
 
¿Quién decide la atmósfera que un bar debe tener? El Tap es de pasada, comer, dos jarras y luego irse. 
 
Hace unos minutos vi una señora con cabellera al estilo Gloria Trevi noventera y con rostro de Jack Nicholson, me pidió que le vendiera cigarros. “Agárralo, no hay pedo”. Su rostro fue marcándose de sombras y salió del bar sin mirar a nadie atrás.
 
La gente que regresa de fumar no vuelve a sus asientos: se van directo al baño.
 
La mesera cincuentona se llama Jessi, o eso pienso cuando escucho que un tipo que está sentado en una esquina de la barra la llama con insistencia “Jessi, Jessi”.
 
Luego la llamo yo y pido la tercera jarra de Rolling Rock.
 
Juan Gabriel vuelve a cantar con nostalgia Querida, no me ha cerrado bien la herida, te espero y lloro más cada día…
 
En media hora van a cerrar, pero como ya te conocemos, dice el barman, no hay pedo: quédate hasta que levantemos todas las mesas. Y poco a poco el bar va quedándose vacío, hasta que en el lugar yo soy el único que toma su último trago de cerveza en medio de la oscuridad.

Jorge Manzanilla

Nacido en 1986 en Mérida, en el estado mexicano de Yucatán, estudió la licenciatura en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guerrero y luego ha ingresado al programa de Escritura Creativa (MFA) de la Universidad de El Paso, en Texas. Su bibliografía arranca en la segunda década del siglo e incluye poemarios como Que me sepulten recostado en la palabra (2011) y Vitral de todos mis cuerpos (2015), entre otros títulos. Es miembro del consejo de redacción de la Revista de literatura mexicana contemporánea.