Escupir el fuego
La escritora mexicana Aniela Rodríguez nos ofrece una reflexión honesta que nos interpela sobre los vínculos telúricos, las matrices umbilicales, la experiencia del asombro y la rebeldía del lenguaje donde lo onírico es otra expresión de lo sagrado.
Piedra de sol, fotografía de Berman Bans
Larga distancia internacional
Mamá llama todos los días para preguntar por mis pulmones.
No sabe que otra vez apagaron la luz. Es de noche. El cielo descansa
y el revólver está a salvo.
El animal dentro de mí cierra filas, madre.
¿En qué cuerpo habitará ahora? ¿A quién habrá de quitar la máscara?
Mamá cree en las academias y las normas religiosas
yo creo en el poder del desprecio. En el olvido como un mantra
que se reproduce y anhela cosas que ya no existen.
Creo en un solo Dios que hace tiempo está mudo.
En el hábito de llevarse los dedos a la boca
y escupirlo todo: altura, memoria, intermitencia. Escupir el fuego.
La mala órbita
(uno)
Nunca me he sentido más sola que el día que mi abuela dijo que iba a cruzar la calle
en veinte años yo tendría que ayudarla y aprender a seguir sus huellas,
me volvería el jinete que guiaría sus pasos.
Ella sería ese alazán negro
que cada día amanece mudo en el retablo
y queremos en silencio.
No hay más vida que donde falta la palabra.
Mi abuela me enseñó el misterio del fuego y el poder de la alquimia
cuando yo no sabía contar hasta el treinta.
Repitió las tablas de multiplicar y el inglés y las matemáticas.
Dijo en inglés how are you y tuvo lealtad a una reina
que no sabe siquiera que existimos.
Cruzar avenidas es más importante que quemar las naves,
decía, o algo se volvió elástico.
Destruía la comezón en forma de etiqueta o en forma de rubeola.
En forma, a veces, de simple aburrimiento
esa mala costumbre que me obligaba a contar los rieles
y derramar mi helado
enormes rosetones de fresa de cara al piso.
El tren, a lo lejos, rascaba la sombra que hacían nuestras piernas.
Eso era, en nosotras una fiesta. El mundo cantaba.
Todos los caballos en ella volvían en sí, de súbito
alazanes negros y crines doradas. Broncos y mansos
espichaban el camino de su memoria
cuando mi abuela cruzaba a trompicones
y levantaba la frente
para galopar con ellos.
La cicatriz en su cerebro
está secando al sol.
La siguen a los tumbos
los fantasmas de mi infancia.
(dos)
Alguien me dijo
que se cerrarían sus ojos como catacumbas
y trasluciríamos el miedo. Lo bendeciríamos
cuando las máquinas agotaran, finalmente, su lenguaje.
Somos únicos, pero no hay nadie más aquí.
Nos convertimos en todo lo que nadie quiere ser:
viejos amigos que no vuelven a hablarse
la mala órbita de la vida
insectos devorando el cadáver de una fruta.
Alguien me dijo
que nuestro rostro quedaría hecho ruinas
después de observar el parte médico.
La luz, que corrompe y desnuda
el color de los labios.
Alguien me dijo que debo creer en la esperanza.
Ahí está escrito tu futuro en mayúsculas
y en tus manos, la promesa de la Atlantis destruida.
Porque me quedé esperando y doliendo.
Despedacé el futuro. Eso quise, o eso me dijeron que querías:
despedázalo todo y recuérdame
después de todo, ahora es ahora.
(tres)
Nuestros miedos son dos cometas
que se estrellaron hace tiempo
en el jardín de casa.
Tienen las rodillas destrozadas. Nadie sabe por qué.
Nuestros miedos son débiles, enfermizos.
no tienen la ferocidad del tiempo ausente
se estrellan en los muros
dejan costras del color de la mentira
no se caen ni se levantan
aprenden a volverse insaciables.
Nuestros miedos dan tumbos por las calles, perdidos de borrachos.
Nadie recuerda por qué está ahí
ni el nombre de sus dioses. Nunca lo harán.
Nuestros miedos no son nuestros.
No lo fueron nunca.
Unos días inútiles, otros de cal viva. Los miedos son el cosmos
y las estrellas que lo circunvalan.
A veces, son de todos y todo lo cubren con su manto. Son el rostro vuelto al cielo
la risa y el bullicio, las condenadas horas muertas.
La muerte chicha. La calma después de la vela
y luego, caer fulminado
ante el monumento
de nuestras cicatrices.