Tres informes de carnaval (fragmento)

Con esta obra, su autor mereció en 2017 el Premio de Novela Distrito de Barranquilla, en Colombia.

Lucía

En la ducha canto siempre. A veces fantaseo con ser una cantante reconocida, una estrella ganadora de Grammy, MTV, Billboard y otros tantos premios de la industria de la música. Imagino que cuando canto salvo a la gente, que los libero de sus sufrimientos particulares y que ellos me lo agradecen eterna e incondicionalmente. Participo en multitudinarios eventos gratuitos, o cuyos ingresos ayudarán a fundaciones de países en guerra. Las mujeres imitan mi estilo y los hombres me desean. Y un día, cuando mi fama no puede ser mayor, me retiro y desconcierto al planeta entero.

Por eso me demoro en la ducha, por andar fantaseando. Mi madre no entiende lo importante que es para mí bañarme dos o tres veces al día durante media hora. Si comprendiera eso no me jodería mientras lo hago. Antes ella golpeaba con furia la puerta del baño y vociferaba ¿Qué es lo que tanto haces? Yo le respondía estoy cantando, madre, cantando. También le gritaba porque me gustaba escuchar mi timbre de voz encerrado en el cuarto de baño, era como un sonido breve sin mucha resonancia. Ahora, como está paralítica, mi madre se planta al lado de la puerta y golpea con una escoba. Yo ya no le grito, no tengo motivos para hacerlo. No atiendo sus escobazos y sigo cantando con la misma intensidad.

 

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Ella nunca creyó que cantar era lo único que hacía mientras me bañaba. Hace un tiempo descubrió entre mi ropa interior un consolador color morado: de nada sirvió que le dijera que no era mío sino de una amiga. Mi madre desconfió: de sobra sabía que yo era una mentirosa.

Lo que ocurría también era que ella tenía su propia teoría sobre el desarrollo humano: decía que los niños y adolescentes pasan por un montón de etapas entre las que están la de rebeldía con los padres, la de la glotonería, la del sueño enfermizo, varias etapas depresivas y claro, la sexual. Así que yo estaba en la etapa sexual y el consolador era para satisfacer mis impulsos sexuales. Su misión como madre consistía en evitarme tentaciones hasta que otro momento del desarrollo llegara a mi vida.

Mi madre no entendió antes y no entiende ahora: en el baño canto y en el cuarto me masturbo, y me molestan sus confusiones de tiempo y lugar. Mamá mezcla mis gustos con mis temores y esperanzas, es decir, se porta como la madre mal informada que es.

 

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Andrés me animaba, me decía Lucía, tú debes tener algún talento. Lo hacía para hacerme sentir bien porque sabía que soy una inútil. Ser hacendoso está en desuso; además, me cuesta mucho servir a otros, lograr que se sientan bien gracias a mi esfuerzo. Tiendo a destruir lo que poseo y con Andrés no fue la excepción.

Cuando hacíamos el amor lo primero que Andrés usaba era el consolador. Yo me tumbaba en la cama, abría mis piernas, él introducía ese aparato y miraba perplejo mi rostro. Nunca le pregunté por qué me observaba tanto pero era evidente que le gustaba. Yo gemía de placer y así cada quien disfrutaba a su manera.

Andrés debió pensar que yo era una ninfómana: así era mi forma de ocultar la angustia por una posible ruptura. Supuse que el sexo le gustaba tanto que me di a la laboriosa tarea de hacerlo con él sin descanso. Vi tanto porno que aprendí las posturas más extrañas y consulté libros sexuales de la India buscando potenciar sus orgasmos. Estábamos contentos y el sexo tapaba las aberturas que tenía nuestra vida mancomunada. Cuando Andrés me metía su verga las grietas se dilataban irremediablemente. En el fondo los dos sabíamos que era así, pero pensar en otras soluciones implicaba dejar de tener sexo y ninguno de los dos escogía tal iniciativa.

 

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Ahora uso el consolador a diario. Instalé un espejo en la pared que está frente a mi cama, de manera que puedo ver cómo me masturbo. Me miro y sigo sin entender qué era lo que a Andrés le fascinaba cuando me veía. Yo me reconozco, veo un vacío, esa cosa indeterminada en la que me he convertido desde que Andrés se marchó.

Tampoco comprendo por qué mi madre cuestiona que me encierre en mi habitación. Cuando me espía escucho el chirrido de las ruedas de su silla, casi puedo sentir su respiración en mi nuca. A veces creo que confundo su presencia con mis temores, pero es que ambos me acosan todo el tiempo y no puedo separarlos del todo.

No le hago caso a mi madre cuando grita para que salga del baño, aunque admito que me perturba. Sus golpes a la puerta son mortales para mis fantasías. Procuro abrir la ducha al máximo y cantar cada vez más fuerte, pero el hecho de saber que mi madre está allá afuera tratando de inutilizar mis pensamientos es fatal. Sigo cantando por varios minutos más para demostrarle que no me doblego ante sus amenazas, aunque mis fantasías estén desechas por su culpa.

Algunas veces pienso que ella conoce bien el efecto de sus golpes. Yo actúo natural, con la altivez que ostenta el que cree tener la razón, pero alguna parte de mí falla y ella se percata de mi malestar. Nunca he tenido una imagen precisa, una idea clara sobre ella. Pareciera que cada mañana tengo una madre diferente obligándome a hacer ajustes a mi modo de ser. De ahí mi fracaso al intentar entenderme con ella, al pretender asirla. Es como si nunca estuviera completa para mí, por eso creo que ella debería habitarme para no sentirme tan vacía. O tal vez soy yo quien cambia a diario y no me doy cuenta.

 

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Andrés y yo nos conocimos en una fiesta familiar. No recuerdo quién cumplía años, pero tengo bien presente el momento en que lo vi. Yo estaba sentada en esas sillas incómodas que hay en la barra de toda casa de eventos. Él bailaba con una mujer que según supe era su novia. Posteriormente coincidimos en otras reuniones familiares, siempre mirándonos de reojo y sin saber qué más hacer después de eso.

La primera vez que hablé con Andrés fue en un velorio. Me senté cerca del ataúd para que creyera que yo era una familiar cercana del difunto y me diera el pésame. Me saludó de mano con una cortesía que jamás le volví a ver. Nunca tengo fortuna dando primeras impresiones pero las segundas son más acertadas y efectivas. Ese mismo día me lo topé afuera de la casa fúnebre fumando un cigarrillo. En realidad yo lo había seguido y me cercioré de que lo notara: así creería que tenía una ventaja sobre mí. Funcionó. Una semana después salíamos juntos y el sexo llegó por añadidura.

Abandonó en pocos días a la mujer con la que salía. Tiempo después le pregunté (por esa cuestión mía de creer que valgo cualquier sacrificio que los demás hagan por mí) si le había dolido dejarla y me respondió que no, y yo quedé pasmada porque no era la respuesta que esperaba. Eso sí, aparenté desinterés porque al fin y al cabo él estaba conmigo. Andrés me hizo saber desde un principio que iba a estar apoyándome en todos los momentos de mi vida, alegrándose de mis triunfos, reconfortándome en mis derrotas. Es decir, iba a estar vigilándome.

 

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La etapa sexual que mi madre pregonaba comenzó en mí mucho antes de lo que ella creía. Tal vez la causa sea lo que llaman la ausencia paterna; no extraño a mi padre (una vez vi una película con Andrés y la protagonista dijo que uno no podía extrañar lo que no conoce, y yo entendí a qué se estaba refiriendo) pero dicen que eso jode, te raya la cabeza y terminas haciendo cualquier cosa para solucionarlo. Debe ser como tapar una especie de hueco propio que otro cavó. De niña, cuando me enteré en qué consistía el sexo, creí que mi madre solo lo había hecho una vez en su vida y yo era el pasmoso efecto, la prueba reina. Más tarde, cuando empecé a culear, rechacé mi idea inicial y comencé a cazar pruebas que demostraran que mi madre se acostaba con otros hombres. Nada. Ni una débil sospecha.

Tal vez ella sí pudo llenarse sola y no necesitar a nadie. Quizá mi hueco emocional es enorme o tiene alguna fisura. Puede ser lo segundo, por eso cualquier cosa se escapa de mí y no logro asir algo, ni a mí misma. Pero lo intento: una vez comí tanto que vomité, y justo antes de trasbocar me sentí completa e íntegra durante unos pocos segundos. Otra vez tuve sexo con tres tipos: una verga para cada agujero; mis fisuras quedaron tapadas, metafóricamente hablando. La experiencia fue diferente a la anterior en cuanto a forma, pero de fondo tenía la misma expresión de totalidad que tanto persigo y me es esquiva. Cuando Andrés se fue supe que el amor no es más que una ficticia sensación de completud, lo que pasa es que uno no se percata porque es abstracta y multiforme, capaz de llenar todos los espacios. Love is in the air, dice la gente. También se dicen te amo, te amo mucho, cuánto te amo, lo hago porque te amo, empecé a amarte, ya no te amo. Y así le otorgan estatus de cosa a un fantasma.

 

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Pude intuir la partida de Andrés. Cualquiera puede hacer esas premoniciones si se remite a los datos externos y no a las impresiones internas. Sabemos cuándo alguien va a irse, pero como al hacerlo se lleva la parte que le corresponde preferimos evitar la situación para tratar de quedarnos con todo.

Andrés dejó de venir seguido a casa y cuando lo hacía quería hablar del futuro: ¿Qué pasaría si…? Esa forma de preguntar era su favorita para iniciar conversaciones. Se estaba despidiendo. El último día me dijo que me amaba y por eso debía irse. Las frases paradójicas son las más comunes cuando se quiere terminar con alguien. Lo sabía. Y al saberlo me di cuenta de que mientras Andrés se largaba yo me iba haciendo más sabia y fuerte, como si de lo evidente pudiera extraerse algún poder. Se fue sin reproches de mi parte, sin llanto, sin ruegos. Mi reacción lo dejó profundamente consternado.

Andrés tenía razón. Yo sí tengo un talento: soy imperturbable. Me volví transparente, vacua, incapaz de reaccionar ante la suerte de alguien que no sea yo. Entendí que si nada te importa, nadie es capaz de saber qué pasa contigo. Soy de mantequilla y todo me resbala. El vacío dejó de ser un lastre y se convirtió en un apoyo. A veces hay inconvenientes, pero procuro que no se noten. Con el tiempo aprendes a hacerlo cada vez mejor, porque al final cualquier talento se convierte irremediablemente en un hábito.

Fabián Buelvas

Nacido en Corozal (Sucre, Colombia) en 1985, es autor del libro de cuentos La hipótesis de la Reina Roja (2017, Collage). Sus cuentos y crónicas han sido publicados El Malpensante, El Heraldo, Literariedad, Cartel Urbano, Corónica y The Clinic. En 2015 fue finalista del V Premio Nacional de Cuento La Cueva. En 2017 obtuvo el Premio de Novela Distrito de Barranquilla, con Tres informes de carnaval. En 2018 ganó el VI Premio Promigas a la Mejor Crónica del Carnaval “Ernesto McCausland Sojo”. Actualmente trabaja en su segunda novela, titulada Ilusiones derivadas de un supermercado.