Poemas del centenario

A cien años del natalicio de este poeta panameño, una selección de su obra hecha por Javier Alvarado.

«El eco de tu voz sobre la piedra». Foto de Víctor Ruiz.

Tobías Díaz Blaitry, poeta y filósofo panemeño, nació el 23 de marzo de 1919 en la ciudad de Panamá. Fue profesor de filosofía y lógica en la Universidad de Panamá y secretario perpetuo de la Academia Panameña de la Lengua. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró en cuatro ocasiones, con los libros: La Luna en la mano (1943), Poemas del Camino (1947), Pájaros de Papel (1980) y Sueños ante un espejo (1997). En 2001 recibió el Premio Ricardo J. Bermúdez por toda su obra poética y trayectoria como escritor. En 2007 su familia editó póstumamente su obra poética (1943-2002) bajo el título Tiempo de luz y de sombra. Dedicó también tiempo a la traducción de poesía, y en 1998 publicó Poesía en lengua inglesa (edición bilingüe limitada), donde vertió al español poemas de Thomas Merton, Charles Wright, Deborah Gottlieb Garrison, Laura Mullen, Thom Gunn, Celia Gilbert, Mark Strand, Rachel Hadas, Louise Glück, Philip Levine, Charles Simic, Joseph Brodsky, Gabrielle Glancy y Jhon Burnside. Falleció el 2 de octubre de 2005.

Otros títulos en poesía:

Imágenes del tiempo (1968)

Sombras en la noche de bahía serena y carta de amor (1975)

Poemas para el polvo y para el viento (1975)

En punto sur las brumas (1976)

Observaciones sobre el amor (1976)

Voces en la noche (1976)

Catálogo de sombras (1977)

Memorial de arena (1977)

La ventana alucinada (1984)

Las Exclamaciones de Orfeo (1989)

Soy piedra, soy arena (2002)

 

 

 

Poemas

 

La luna en la mano

 
Ya tengo entre las manos la luna de este sueño.
Va destruyendo sombras, abriendo mil canales.
Opaca los faroles de las aceras pardas.
Ya tengo entre las manos su bosque de ramajes.
 
Su ojo sideral las cosas ilumina.
Las agrias sombras huyen y nadie les da alcance.
Ya tengo entre las manos la luna de este sueño.
Cabellos que se enredan en viejos ventanales.
 
¡Ay ojos que se empañan y corren hacia el sueño!
¡Ay larga luz silente de flores que se abren!
Senderos escondidos la luna va encontrando.
¡Oh manos de la luna! ¡Oh júbilo que cae!
 
 
 
 

Todo es amor

 
Todo es amor en esta tarde
fluvial de octubre.
Agua y fuego se detienen
con mesura exacta.
 
Invisible la espera
un instante demora
y globos serenos vuelan a las nubes.
Un vello hirsuto, sí, para la mano abierta,
se levanta como un abrigo pidiendo manos,
moviéndose en medio del grito de las aves.
 
Tormenta que mueve ramas, abismo en el tiempo.
De qué color la quería?
Su mejilla en mi mano a veces enrojece
y se torna de fuego.
 
Quizá así precisamente
el dolor en el límite es como presentido.
Exacta situación en que el ardor rodea
todo el ámbito del cielo y de la tierra
y no hay lugar para ángeles ni dioses;
sólo nosotros abrigados de desiertos y de noches
y de tiempos.
 
Y va el amor rodando por todas nuestras venas,
arterias, nervios, horizontes fisiológicos.
Todo es amor, amor
en esta tarde en que juntos
hacemos el amor!
 
 
 
 

Un pájaro de papel

 
Un pájaro hecho de papel
una pelota hecha de trapo.
Un golpe en la barbilla
El galope del mar sobre mi pecho.
La arena entre chocolate y negra
sobre mi pecho.
 
Cabeceo la pelota y caigo
Me sangra la rodilla.
¿De dónde saco estos recuerdos,
estas miserables ausencias?
Despierta, cabeza hueca,
es el día, no la noche.
 
Si solamente despertaras de estos sueños,
o los dejaras abandonados entre los tamarindos o en la playa,
como el cangrejo deja su caparazón, para siempre.
Con estas memorias deben construirse nuevos mundos,
hay que romper los viejos espejos
El pájaro de papel.
 
 
 

 

Sueños ante un espejo

 

11

 
Busco la cimitarra y no la encuentro.
Busco mi cara en el espejo, es otra.
Jorge Luis Borges, El oro de los tigres
 
Una palabra he visto en el espejo. No hay luz,
No puedo ver las arrugas en mi cara. No es una palabra,
Es un hecho como el río y la luna y la nube.
El espejo refleja lo que tiene enfrente.
No modifica nada, ni un matiz en mi tristeza,
No altera nada.  Ofrece cosas sobre su piel de azogue.
Tomamos lo que place, damos la espalda
A las palabras amargas. Las otras se van desdibujando.
 

12

Hay una palabra escrita en el espejo.
Se acerca y se aleja, se muestra y se esconde como la torcaz
Entre el rocío tibio y delicado.
Un pequeño cuerpo casi transparente,
Donde el tiempo no ha dejado su huella, todavía,
Donde el espacio apenas ha marcado
El territorio. Grácil,
Apenas encendida con la luz de la vida.
 

13

También es un pórtico este espejo.
A veces entra una paloma, un limón,
Un jazmín, un toro y su espada rota.
Todo se junta en su garganta fría
Y se queda de pronto detenido,
Esperando un momento debajo del dintel
Donde la ventolera muestra las heridas
Que la vida nos ofrece sin prisa o pausa.
 

14

La soledad dormida aprisiona
Las memorias del corazón.
Un poco de nieve, un beso, el plomo de la bruma
Se instalan en esta calesa de marfil y plata.
“Ah de la gente”, nadie nos responde
En este frío yermo.
Nadie columbra que hay más allá,
Más allá de las rizadas olas del espejo.
 

15

Siento el fluir del río en medio del espejo.
Va arrastrando las palabras que uso Dante,
Las del sufrido Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre…”,
Y las que usaron algunos soldados en su falansterio;
“!El agua, el agua! Y las del Decamerón que lee la virgen.
Fluye el río, fluye el espejo en su duermevela.
Sólo yo atisbo la morada aproximada de las cosas.
 
 

Los ángeles avaros

 
Dedicado a la memoria de don Rafael Alberti, con la misma admiración
Y respeto con que leí su Ángel Avaro, en mi adolescencia y que hoy
He vuelto a leer con ojos más cansados.
 
En su morral llevaban, una colección de urracas,
Entrenadas para el robo y la trampa.
No dejaban huella.
Dormían por el día,
Tenían toda la noche en su poder
Y todas las cosas que llenaban el mundo.
 
Comenzaron a robar mentiras, calumnias bien pensadas.
A veces robaban algún dolor,
Alguna cosa simple que preocupara a un joven.
También los viejos eran despojados del morral del silencio
Y de la pena antigua.
 
Limpiaban la tierra, la luna y las estrellas
De memorias hirientes y de aquellas palabras que dicen
Los que envidian alegrías sencillas,
El simple estar en la tierra
Como una semilla cualquiera.
 
¡Pobres ángeles avaros!
Ahora que los busco y no los hallo.
Son unos más
De los desterrados de la tierra.
 
 
 

 

Lugares secretos

 
He perdido el arcoíris y la sandalia de piel de jaguar,
Unas canicas y algunas trampas en el juego.
Era un juego ¿no? Era un juego y no lo sabía,
Mientras la lluvia de la tarde caía lentamente,
Como empujada a hacerlo, sin ganas de mojar
Un recobrado sueño de muchacho.
 
Pero entonces ¿qué son esos lugares que llamo secretos,
Dónde estarán,
Quién los ordena, los dirige, los arregla,
Qué duelo de Aquiles y Héctor encierran
Cuando la lluvia de la tarde cae lentamente,
Como empujada hacia los ciegos lugares secretos?
 
Hay lugares secretos. Hay lugares donde están
Algunos sueños, algunas horas, algunos gestos.
 
Esperaré la luna de este enero.
Quizá entonces sepa qué son, qué guardan
Estos lugares donde alguna vez je visto
Un arcoíris que ilumina la sandalia de piel de jaguar.
 
 
 
 

Cuando la muerte llegue

 
Me estrechará tan fuerte
Que no tendré miedo.
Ni hablaré:
Sobrarán la lengua
Y la palabra.
 
El viento no se oirá;
La luna
No mostrará su cara
En el río,
Junto a Li-Po borracho.
 
Ningún poema recordaré.
No habré escrito ninguno
Entonces.
Cuando
La muerte llegue.

 

 

 

 

 

Tobías Díaz Blaitry

Nació en la ciudad de Panamá en 1919 y falleció en 2005. Fue profesor de filosofía y lógica en la Universidad de Panamá y secretario perpetuo de la Academia Panameña de la Lengua. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró en cuatro ocasiones, con los libros: La Luna en la mano (1943), Poemas del Camino (1947), Pájaros de Papel (1980) y Sueños ante un espejo (1997). En 2001 recibió el Premio Ricardo J. Bermúdez por toda su obra poética y trayectoria como escritor. En 2007 su obra poética (1943-2002) fue editada póstumamente bajo el título Tiempo de luz y de sombra.