Que nadie inscriba mi nombre sobre la lápida
Michael Waters nos ofrece una visión irónica sobre la cultura occidental,sobre el paso del tiempo,sobre el vínculo entre el amor y el lenguaje en la épica de lo cotidiano. Una selección de la poeta Marisa Martínez Pérsico traducida por Frances Simán.
Rótulo de la memoria, fotografía de Manny Aguilar
Karakul
Rumanía / 2015
En verano, las cigüeñas anidan en los postes de teléfono.
Sus crías asoman por los bordes redondos de paja,
Y a veces caen sobre el asfalto
Donde los gatos salvajes devoran sus huesos en un instante.
Los nidos permanecen vacíos todo el invierno, hasta que
Las cigüeñas regresan otra vez a los mismos nidos.
Este invierno, ISIS ha estado en los noticieros,
Pasándoles el cuchillo por la garganta a los periodistas,
Prendiéndole fuego a los soldados cubiertos de gasolina adentro de una jaula,
Arrojando estudiantes homosexuales desde los techos de las mezquitas,
Reduciendo a escombros los sitios históricos—
Mejor comenzar de nuevo con crueldad
Para que el mundo pueda ser purgado de su pasado.
Aquí, como en muchas partes del Este,
Todo hombre de cierta edad
Lleva un karakul de lana en invierno.
Los mejores sombreros se cosen con pieles
De fetos de cordero sacados del vientre,
Comprados por políticos para ostentar y agitar
Mientras marchan en los desfiles de la fiesta nacional.
Luego sigue la piel de los recién nacidos
Sacrificados cuando se deslizan desde la madre al prado.
Cada piel equivale a un sombrero.
Es la artesanía y el material,
La aguja de madera que teje infinitos
Mientras la bobina desenrolla el pelaje,
Su incomparable textura suave y líquida,
Con matices sutiles que van
Desde el cáscara de huevo hasta el negro noche del norte.
Eso distingue al karakul, pero aun así,
En el fondo de mi mente perviven
Los cadáveres arrugados, las madres
Que claman por sus crías, y los hombres
Que siguen perfeccionando su arte.
Magdalena
Donatello, 1453
La madera parece llorar,
El álamo blanco todavía vive.
El pelo suelto sujeta el vestido
Harapiento en la cintura y tiras rotas
Cubren las llagas de los muslos.
Junta las manos hacia la oración,
Aunque las palmas nunca se tocan.
Ojos cavernosos y labios resecos
Expresan su angustia—
Después de haber sido testigo de que su hombre
Saliera de la inmensa tumba
Solo para desvanecerse y dejarla atrás,
Ella sabe que su fe no necesita
Más profundidad, pero al igual que su carne
Debe petrificarse. Tú y yo
Vacilamos ante esta estatua de metro ochenta y ocho
Ignorados por la pecadora,
Nosotros, los que no importamos.
Su mirada no es al cielo, es al infinito,
Y si nos volteamos podremos vislumbrar
El mundo que seguirá existiendo
Cuando uno de nosotros se haya ido.
para Mihaela
Muerto el hombre bueno
Te ruego que nadie inscriba mi nombre sobre la lápida,
O ponga ahí un pasaje de mi libro favorito.
No tengo libro favorito.
Te ruego no cincelar las fechas sobre mi…
Te ruego que no me compren una lápida.
Te ruego no sembrar flores en mi sepultura.
No tengo flores preferidas.
Lo que tengo son alergias.
Te ruego que no me visiten cuando las flores enrojezcan,
O gire la nieve, o leviten morados los copos del azafrán.
Te ruego que no rayes en círculo el calendario
Para marcar el aniversario de mi muerte.
No digas “seis años de su partida” o “hace doce años de su partida”.
Cuando nuestros hijos pronuncien mi nombre
Insiste en que ya no me recuerdas.
Diles que solo recuerdas mi amor,
Siempre presente como la luna
Sobre Malta, Rumanía, la República Dominicana.
Recuerda, cuerpo…
Después de leer a Cavafis
Recuerda, cuerpo, cómo brillabas como lámina,
Envuelto con luffa y mirra, y confitado con talco,
Enamorabas al espejo mientras deslizabas la camisa
De su percha de madera para cubrir con seda
El serpentino músculo de los brazos extendidos
Y el yugo de bueyes de tus hombros, su cola
Entregada como la hija del granjero de la fábula
Mientras palmeabas la parte baja de los vaqueros negros.
Ahora, tu espina dorsal se curva como el gancho de esa percha
Y tus hombros se encogen como la bajamar.
Tus gemelas, compactas y elegantes nalgas
Sobre las que tu amante podría rebotar una moneda
Cuelgan y se contraen como las quijadas de un mastín.
Recuerda, cuerpo, tus crímenes sensuales,
¿Convocados ahora por los pulgares de los masajistas?
Alguna vez fuiste tan musculoso. Alguna vez fuiste todo brillo.
Posdata para Recuerda, Cuerpo...
Recuerda, vieja lengua, cómo te encanta mentir.
Nunca fui musculoso,
Y emitía menos brillo que una luciérnaga.
Romance en el hogar de ancianos
Primero él se ofreció a leerle,
pero ella tenía miedo
hablaba como un fanático religioso, así que declinó.
Luego, él sumergió varias
tisanas de hierbas para su mesa -
ella sorbía sin levantar la mirada.
Él recortó fotos de revistas
y las pegó en la puerta,
pequeñas ventanas hacia el pasado:
parejas que patinaban en Highland Pond,
bailando cuatro días en una maratón,
durmiendo en techos sobre la avenida Flatbush.
Ella sabía que le hablaba
en un idioma largamente olvidado,
perdido como el latín después de la escuela.
Cuando encontró la caracola
cerca de su salón, en el césped,
la presionó contra su oído
para escuchar el incesante susurro,
sabiendo que el anhelo había reemplazado
a la perezosa criatura que allí moraba.
La noche siguiente ella apareció
con el cabello recién lavado
sujetado con un peine de marfil,
y llevó a ese tímido espíritu
su libro favorito -
El fauno de mármol de Nathaniel Hawthorne
a quien le gustaba meditar sobre el pecado -
mientras las viudas desmayadas, se ruborizadan
y susurraban su nombre - ¡oh Anna! -
y ella le pidió que por favor comenzara.