Maletas perdidas - Avance

La autora salvadoreña narra algunos de los viajes que por razones migratorias debía hacer a Nicaragua cuando vivía en Costa Rica.

Estas crónicas pertenecen a mi libro Maletas perdidas, libro que se subdivide en varios capítulos, de acuerdo con los países o regiones visitados. Uno de los capítulos se refiere a la frontera Nicaragua-Costa Rica.

Por problemas de carácter económico, decidí migrar en el 2005 a Costa Rica. Uno de los mayores inconvenientes que tuve durante mi tiempo allá fue obtener un permiso de residencia con el correspondiente permiso de trabajo. Después de solicitar una prolongación de estancia como turista (que me fue negada) y con el fin de mantenerme legal para poder seguir luchando por la obtención de un permiso de residencia, me vi obligada a salir una vez al mes para volver a entrar y así conseguir un sello vigente de turista. Este proceso tuvo que prolongarse durante más de dos años.

La mayoría de estos viajes los hice hacia Nicaragua, en autobús. Los primeros viajes los hice a San Juan del Sur, una población costera a una hora de Peñas Blancas, el cruce fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua.

El libro fue publicado en el 2018 por la editorial salvadoreña Los sin pisto (puede solicitarlo a editexto@gmail.com). También puede adquirirse en versión electrónica en Amazon.

 

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Lunch en Peñas Blancas

 

Sabés de inmediato que estás en Nicaragua después de esa pequeña verja azul donde obligan a pasar a los peatones que queremos cruzar la frontera y donde hay un revolú de gente, un carretón mal parqueado justo allí, en el estrecho paso y una mujer que no se mueve y otros con bultos, vociferando, y me detengo con mi inútil buena educación, esperando se despeje el desorden, tratando de pedir “con permiso”, “por favor”, “disculpe”, pero nadie escucha mis palabras, así es que me escurro como puedo entre la gente, esquivo un bulto que alguien tira hacia el carretón, camino, entre otra multitud debajo de un palito alguien grita “sshht, ¡el pasaporte!”, un sujeto en actitud de chico-chévere, con anteojos oscuros, mascando chicle con peculiar vehemencia, camisa blanca, es el funcionario de Migración de Nicaragua y quiere ver el sello de salida de Costa Rica, disculpe, le digo, no lo vi, él no dice nada, mira mi pasaporte, me dice que siga y comienzo a chapalear lodo, a esquivar charcos y furgones de carga, a observar con sospecha a los hombres que merodean los furgones, que están por ahí, sentados debajo de unos enclenques palitos que dentro de algunos años, si sobreviven, se convertirán en árboles grandes y fuertes, sigo el letrero que dice “buses, peatones” para llegar al edificio de Migración nica y me pongo en fila, más de alguno me acosa con los formularios, que los pueden llenar por mí y digo que no gracias, insisten, que les puedo dar lo que sea mi voluntad, quiero decirles que soy escritora, que sé escribir, ya no se diga llenar un formulario, pero callo, tengo paciencia ante el acoso que con los minutos se transforma y me ofrecen otras cosas, relojes, fundas para el pasaporte, discos piratas, quesillos, rosquillas, gaseosas, llego a la ventanilla y un hombre gordísimo que suda cebo sella con desgano el pasaporte, me lo extiende y busco la salida por otro enverjado donde me caen encima un montón de hombres ofreciéndome taxi, comida, el bus hacia Rivas está por salir, decido comer antes y además tengo sed, desfilo despacio por las comiderías que tienen un improvisado grill fabricado sobre rines viejos de llantas, carne asada, tortillas, tajadas fritas y e-coli por doquier, cansada por cargar mi maletín, por madrugar tanto, por las 5 horas de viaje, acalorada, con los zapatos enlodados me detengo en un lugar que ofrece pollo con pipián, como mientras escucho la plática de un hombre que tiene 4 niñas y que busca tener un varón, le ofrece a la hija de la dueña de la comidería que tenga un hijo con él, ella ríe, no lo toma en serio, le dice que ella conoce a una mujer que ha tenido 8 varones, que quizás con ella, jajajá, jojojó, yo también río, la plática es para todos los que estamos ahí, no hay secretos, al fin el hombre paga, otra muchacha que está ahí también, reflexiono un par de segundos, es la primera vez que regreso a Nicaragua en 4 años casi exactos, y cuando reí con los otros comensales fue como reír con antiguos parientes, es como volver a la casa que nunca tuve, a la casa que ya no tengo, no me siento extraña como sí me siento en el lugar que me vio nacer, aquí puedo ser extranjera con toda comodidad, pero aunque han pasado años de ausencia, siento que no ha cambiado nada, que no me he ido más que de paseo, que regreso a algo que ya conozco, pago mi comida, tomo mi maletín, salgo y comienzo a andar.

 

 

La vuelt’el perro

 

Tres hombres en una mesa toman cerveza Corona. En Peñas Blancas, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica, la cerveza se sirve en vasos con hielo. El calor es tanto que hay que beber pronto, antes de que se entibie. Los comensales suelen pedir una segunda para suplir la prisa con la que se bebió la primera.

Contrario a lo que podría pensarse, en este restaurante, que ocupa la mayor parte del edificio donde están las oficinas migratorias, una minúscula sucursal bancaria y una fotocopiadora, se come bastante bien. Es el único lugar decente y limpio donde comer en varios kilómetros a la redonda de ambos lados de la frontera.

Es parte de mi rutina al llegar a Peñas Blancas: sellar mi pasaporte en migración y almorzar. En esta ocasión comí osobuco con arroz y vegetales al vapor y estaba delicioso. La carne suavecita, casi desbaratándose, la salsita con zanahorias en su punto y las verduras crujientes. Y no me dio pena tomar el hueso entre mis manos y chuparlo hasta dejarlo pelón. Riquísimo.

Ya en San Jorge, Anderson[1] me dice que hay un hotel que han estado renovando. Que parece quedó muy bonito, que tiene piscina, que no sé qué.

–Pero aquí a San Jorge no viene tanto turista como para hacer tantos hoteles –le digo, extrañada.

–No –dice Anderson–. La verdad es que la gente viene mucho aquí para embarcarse a Ometepe o para dar “la vuelta’el perro” que le dicen.

–¿Qué es eso?

–Pues venir de Costa Rica, pasar un par de horas acá y luego volver a entrar.

–Ah… como lo que hago yo.

–Pues sí.

Vaya, pienso, lo que hago tiene nombre. Ya sabía que lo que hago no es novedoso ni exclusivo. Cientos de personas que no logran su residencia en Costa Rica hacen lo mismo. Varían los períodos, claro. Los europeos, los gringos y la mayoría de los suramericanos tienen 90 días de estadía permitida. Los centroamericanos sólo 30. Y los nicas necesitan visa. Es la desgracia de ser centroamericano. Ni nosotros mismos nos queremos.

Camino al hotel, al frente de las casas, puede verse a gente preparando altares. Hoy es la noche de “la Gritería”, la festividad en honor a la patrona de Nicaragua, la Purísima Virgen de María.

Es una tradición hacer altares, rezar rosarios, cantarle a la Virgen canciones que sólo se entonan en esta época. El que levanta un altar en su casa regala a los asistentes bocadillos especiales preparados para esta festividad. Dichos bocadillos varían de acuerdo con la capacidad económica del dueño de casa: Gofios, cajetas de coco, pedazos de caña de azúcar, limón dulce (limas), nacatamales especiales (un tamal grande de masa de maíz lleno de arroz, papas, carne de cerdo o gallina, ciruelas, tomate y otros ingredientes), chicha de maíz y juguetitos (como sonajitas de colores).

Siempre consideré esto una especie de “halloween” criollo. La verdad es que el aspecto religioso de la festividad se ha visto borrado por el deseo, sobre todo de los niños, de recibir dulces, frutas y ojalá un nacatamal. Se organizan pandillas de chiquitos que van de altar en altar, cantan a la virgen, le gritan “¿quién causa tanta alegría?” y se auto responden “la Purísima de María” y reciben a cambio los bienes deseados. Hasta se pelean por ellos.

Me paso la tarde sobre una hamaca, revisando un artículo sobre la participación política de los pueblos indígenas del Perú. Preferiría estar leyendo una novela, pero tengo mucho trabajo y estas vueltas de perro me hacen perder dos días de mi precioso tiempo.

No lo veo, pero puedo escuchar el oleaje del lago, el rumor de las aguas.
Por la noche, en la televisión, veo el noticiero tico del canal 11 que entra con toda claridad acá. Veo la transmisión en vivo del encendido de las luces del árbol navideño del Hospital de Niños, toda una tradición en San José a la que acuden cientos de personas. Y en los balcones del Hospital, los pequeños pacientes se asoman a ver el suceso. Es curioso cómo en la televisión el árbol se mira inmenso y frondoso. En la vida real, no es tan así.

Las luces del árbol se encienden. Es como no haber salido de Costa Rica.

El desayuno del día siguiente en el hotel incluye gallo pinto, huevos revueltos con jamón, un pedazo de queso fresco, dos rebanadas de pan blanco y una taza de café.

Todo está delicioso, menos el café. Pero me lo tomo, disciplinadamente. Fue en Nicaragua donde dejé de tomar café. Siempre me supo tan mal que me cambié al té. Eran aquellos años de la guerra cuando no había ni papel higiénico. Imposible conseguir un café decente. El poco, buen y mejor café se exportaba. A nosotros nos quedaba “la charbasca” (como dicen los nicas), la basura, los sobrantes. Se rumoraba que ese café que tomábamos localmente incluía cáscara, maíz tostado y quién sabe qué aditamentos raros más. La verdad es que siempre me supo mal, igual que el que tomo esta mañana.

Tampoco era fácil conseguir té. Así es que siempre les pedía a los amigos que viajaban o que vivían en el extranjero que me lo mandaran. Lo cual me hizo probar toda suerte de variedades y marcas.

Irónicamente, sería también en Nicaragua donde me enseñarían a apreciar el sabor del café. Mi último jefe, un coronel del Ejército (de cuando trabajé en el Hospital Militar), me vio un día a punto de echarle azúcar a una taza de café. Él sembraba café. Me regañó. Me dijo que el café había que tomarlo negro, precisamente para sentir su sabor. Un buen café pierde su sabor, lo disfraza y distorsiona con el azúcar. Desde entonces, obediente, comencé a tomarlo negro.

 

 

Buses llenos de viajeros llegan a la frontera. Filas de gente se forman para recibir sus sellos de entrada o salida. Me alegra haber llegado antes que todos ellos.

Entro al salón de migración silbando el estribillo de la canción de Cumbia Kings, “Mi dulce niña (na na na)” que se me quedó pegada porque la escuché por ahí, en el camino entre fronteras.

La oficial de migración estampa mi entrada y salgo silbando la misma canción. Me recuerda a Mauricio Orellana Suárez y a mi último viaje al Salvador, porque nos agarró por bromear con aquella canción de “altísimo contenido intelectual”. La remedábamos a cada rato, para exasperación de los que tenían que aguantarnos.

Debo comprar el boleto de vuelta y un sandwich para comer en el camino. Pienso en eso mientras tomo un café en el restaurante de la frontera, mientras espero la salida del bus de las 9 y media.

El regreso es más largo que la venida. Por lo general entre 6 y 7 horas. La policía detendrá el bus por lo menos 3 veces, si no 5, para revisar los papeles. Y ojalá no nos toque una policía mujer, que a ellas les da por revisar también las maletas y atrasar aún más el viaje. Así, el viaje entre Liberia y Peñas Blancas, que normalmente dura una hora, tardará dos. Y luego vendrá aquel trecho en subida, lleno de curvas, cuyo nombre siempre olvido y en el que el bus sube muy despacio. Y ojalá no estén reparando la carretera o haya un accidente en el camino o se nos ponche una llanta o nos tardemos demasiado almorzando en Malinche.

No hay más que armarse de paciencia. Siento eso, que estas vueltas de perro me han dotado de una profunda, ilimitada, inquebrantable paciencia. Total, los pasajeros somos prisioneros, estamos secuestrados y a merced del conductor del autobús que hará con nosotros exactamente lo que él quiera. Y no importa si uno grita, se enoja, se duerme, aúlla o se impacienta. Hagas lo que hagas, llegarás cuando llegues, nunca antes, nunca después.

Termino mi café. Ese delicioso café que estaba (parafraseando un dicho turco sobre el café perfecto y que nunca recuerdo bien) negro como la noche, caliente como el infierno, amargo como la vida.

Y salgo.

 

 

Ojos verdes

 

El hombre que va sentado junto a mí en el bus tiene los ojos verdes con algunas pringas amarillas. Me gustaría verlos con más detenimiento, nada más que para satisfacer mi curiosidad científica porque ojos así son muy raros, pero por supuesto no lo hago.

Es delgado, con los pómulos huesudos, bigote, barba a medio crecer. Lleva puesta una gorra azul, una camiseta rojo con azul, bastante desteñida, sin mangas y un blue jean. No soy muy buena calculando edades pero puede ser que tenga entre 30 y 35 años.

La primera vez que lo vi fue en la fila de espera en migración. Él estaba delante de mí. Luego lo vi en la fila para subir al bus. Él estaba detrás.

Cuando entramos al bus, él se sentó detrás de mí. El bus iba lleno casi a totalidad. Sólo el asiento junto al mío y otro iban vacíos. Pero subió una mujer con su niña y quería sentarse con su hija, así es que le pidió a Ojos Verdes si podía sentarse en uno de los vacíos. Claro, dijo Ojos Verdes. Y se sentó junto a mí.

Es nicaragüense, como casi todos los que siempre van en ese bus. El pasaporte lo llevaba en el bolsillo de atrás de su pantalón. Lo sacó en cada una de las tres revisiones que hicieron los policías ya en territorio tico.

En algún momento me pregunta cuánto tardaremos en llegar a San José. El viaje apenas comenzaba. Eran las 11 de la mañana, el bus había salido de Peñas Blancas a las 9 y media y si no había retrasos en la carretera, con suerte llegaríamos poco antes de las 4.

Pensé que era uno de los nicas que vienen por primera vez a Costa Rica. Muchas veces me ha tocado sentarme junto a uno de ellos. Viajan con una mezcla de ansiedad, angustia, tristeza y esperanza. Muchísima esperanza. Y preguntan cinco mil veces durante el camino si “ya vamos a llegar”, como los niños cuando van en un carro en el paseo familiar.

Siempre, cuando el bus va sobre la autopista y dobla de La Sabana al Paseo Colón, al final del viaje, los que vienen por primera vez se pegan a la ventana y sienten que están entrando a La Gran Ciudad Prometida. Miran con tanta ilusión los negocios, los edificios, el congestionamiento de tránsito, los policías con sus chalecos verde fosforescente dirigiendo el tráfico dizque para agilizarlo, la gente caminando en las calles. Si vienen en grupos de tres o cuatro, se miran unos a otros, sin cruzar palabra, pero con una mirada que dice “lo logramos, ahora todo no puede ir más que bien”. Siempre me enternece mucho verlos.

Ojos Verdes vuelve a preguntarme un par de veces más cuánto faltará. En realidad no pregunta, sino que lo dice como para especular en voz alta. Entonces me cuenta que tiene que tomar el último bus a Limón a las 4 de la tarde. Me sorprende. Tomar otro bus a Limón desde San José significa otro viaje de 4 o 5 horas. El solo pensarlo me agota.

Así comenzamos la plática. No va exactamente a Limón sino a una bananera cercana, en un lugar llamado Batán. Trabaja en la bananera, en la empacadora. Vive allá con unas tías que llegaron de Nicaragua desde los años 70. No paga casa pero les da algo a sus tías por la comida. Tiene más de un año viviendo allá. Le habían dado unos días libres por algún problema médico y aprovechó eso para ir de visita a Nicaragua. Tenía una semana fuera.

Le dije que en realidad no conozco Limón. Sólo he pasado en bus las veces que he ido a Puerto Viejo. Me dio entonces por contarle de cuando fui a Tortuguero, porque en el camino, la gente que nos invitó (junto a un grupo de escritores) nos llevaron a conocer una planta empacadora de banano.

¿Es bonito Tortuguero?, pregunta Ojos Verdes. Sí, le digo, mucho. Hasta le cuento de cuando vi desovar a las tortugas en la playa, de madrugada, y de cómo salían las pequeñas del huevo y corrían torpes hacia el mar. Y de cómo no era posible bañarse en aquellas playas porque están llenas de tiburones y barracudas que esperan, precisamente, a las tortuguitas cuando entran al mar.

Ojos Verdes no es un gran conversador. Hablamos frases cortas intercaladas por silencios que duran kilómetros. En mi interior agradezco que no me haga preguntas ni sea impertinente con su conversación. Voy cansada, mal dormida, mal comida, adolorida por aquellos asientos tan incómodos, acalorada y fastidiada. Nadie tendría muchas ganas de conversar en una circunstancia así.

Mira su reloj. Antes de llegar a San Ramón comienza a llover y lloverá varios kilómetros. Me ayuda a cerrar la ventana para que no se meta el agua. Veo que tiene un aro matrimonial. Supongo que la esposa y los hijos estarán todos en Rivas, de donde me dice viene. Pero no se lo pregunto. Tampoco me gustaría que él se sintiera fastidiado por mis preguntas.

Hago cálculos en mi mente y si tiene suerte, llegaremos con el tiempo completo como para que se monte en un taxi, corra a la Estación del Atlántico y alcance el bus a Limón. Pero el chofer es rápido. Llegamos faltando 20 para las 4. Antes de que pare el bus, Ojos Verdes ya está de pie en el pasillo, listo para salir volando.

Adiós me dice. Que le vaya bien le digo. Y sonríe, mostrándome una dentadura increíblemente perfecta.

 

 

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[1] En el primer viaje realizado a la frontera, estaba demasiado cansada como para montarme en otro bus así es que me subí a un taxi para que me llevara a San Juan del Sur. Aunque más caro, el viaje era más rápido. Después de madrugar y pasar toda la mañana sentada en un bus, quería llegar lo más pronto posible a mi destino. Desde ese primer viaje conocí a Anderson quien se convertiría en el taxista que me llevaría de y hacia la frontera en cada ocasión y de quien hago constante referencia en varias crónicas.

Jacinta Escudos

Escritora nacida en El Salvador. Ha publicado hasta ahora diez libros, entre novela, cuento y crónicas. Ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo por A-B-Sudario (2003). Vive en El Salvador.