La palabra que a menudo no brota
Anisley Miraz Lladosa aporta a esta muestra antológica Poesía espirituana una voz de rigurosa precisión formal y matemática para definir los contornos de lo amargo y la soledad. A través de un lenguaje conceptual que dialoga con elementos universales, la ciencia y la finitud del tiempo, la autora teje un puente entre la pesadumbre del vacío y el efímero refugio que otorga el cuerpo amado.
Fotografía de Lernes Torod tomada de Pixabay
Lógica proposicional
Sentarme en un puntal muy parecido
a la concavidad donde el Poeta
(derramado y auténtico)
extravió la espada Ex Calce Liberatus.
Descansar donde una vez al poeta infalible
transfundieron con sangre de otro siglo,
dializaron con fluido inmortal.
Como yo, el Verdadero,
malgastó su oro, su lengua, sus inviernos,
la mordida del animal correspondiente.
El problema no es el de asentarse:
las manos posadas sobre el filo,
estribado sobre un borde el espinazo…
Son las runas que pronto quedarán olvidadas,
la palabra que a menudo no brota,
la exégesis de la profundidad
en discordancia eterna con la altura.
Si me atrevo a sentarme en el puntal
ya no es para escribir,
acomodar mis miedos, descreer
como el poeta desértico, ultrajado,
que ha sido Homero y en breve será Nadie…
Yo asumo este puntal, el que me toca
por designio, por absurda estadística,
imaginando que las bestias
no afilan sus taludes en mi rostro,
pero sigo sin lengua, sin oro, sin inviernos,
aunque destine un tronco menos áspero
una sinuosidad menos profunda
que la escogida por el gran poeta maldito.
Simplemente traspaso esta sospecha,
este melindre al cáliz de jugo envenenado.
Escribo en las cenizas del tigre de Bengala,
el tigre que jamás conocí, que nunca fue mi tigre,
y se me va la época esperando.
Yo habitaré el puntal posible,
el mástil sin remedio,
la oquedad divergente,
y acaso
me recuerden alguna que otra vez.
Movimiento browniano
He visto ampliarse repetidamente
los círculos del agua,
sin saber hacia que confines van,
de qué confines vuelven. He visto
acaecer la oscuridad sin propósito alguno,
el movimiento de las trizas de polen,
privado de razón como mis pensamientos.
Lento agujereo de sombras.
Lenta la soledad royendo paso a paso…
Y en el umbral del tiempo, el mismo eclipse,
el perdurable fin anunciado por babilónicos y asirios.
Cíclicos los gigantes gaseosos,
la lesión primordial;
pausado ruido de cruzadas volviendo cada vez,
flemática contienda que solo tiene génesis…
Ah… pero el tiempo hoy se ha detenido
en el justo momento en que comienza
el desangrado.
Alecris
¿Acaricio una metáfora holotrópica
sobre las inquebrantables apariencias?
¿Confundo la eventualidad de respirar
con un símil del hambre milenaria,
con la esperanza del futuro unicéntrico?
Puedo equivocarme muchas veces,
pero cuando se trata de definir lo amargo,
el mío es un concepto indiscutible.
¿Aflicción?... Dilatar la podredura,
declive absoluto de la gnosis,
hacinamiento de malditos repliegues.
¿Pesadumbre?
Aguardar para siempre las lunas por caer,
asirse al cigüeñal de la baldía nada,
ver morir a mi estirpe.
Nostalgia este cuerpo vaciado
e irremediablemente abierto.
Todas esas esencias afiliadas
podrían resumirse en un segundo:
el terrible segundo en que no estés,
porque un abismo equivale a que me dejes ir
como equivalen masa y energía según Einsten.
Pero hoy, sobreviviendo a tales cálculos,
teniéndote, tu cuerpo como un todo
dispensa a mis arterias coronarias
agasajos magníficos.