Fotografía con rostros opacos
Presente en esta antología poética, la reconocida promotora y escritora Liudmila Quincoses Clavelo nos invita a un recorrido por la memoria arquitectónica, afectiva e histórica de la ciudad. Sus composiciones, que emanan de viejas fotografías, verjas de hierro y plazas destruidas, consiguen fundar y rescatar del olvido los espacios del pasado, demostrando que el alma y el territorio se reconstruyen a través de la palabra lírica.
Fotografía de Berman Bans
Fotografía con rostros opacos
Tomada alrededor de 1947
La foto seguramente tenía una dedicatoria,
pero alguien la pegó al álbum familiar.
Mejor así,
algunos rostros no se definen bien,
sin embargo la atmósfera que rodea al momento
permanece.
Puede verse el largo mantel
y los platos abandonados después del almuerzo.
Era un día de fiesta, seguramente domingo,
y los invitados que estaban al fondo
se han levantado para posar y sonreír.
Los invitados
han salido al patio, a la ciudad,
se han ido a la muerte.
Los demás no entendemos
los ojos encendidos, ni la belleza de la fiesta.
Es un instante como este
que seguramente también dormirá en el olvido.
Después de la lluvia
siento el murmullo del agua sobre las tejas,
amparo de la madera,
olor a tierra mojada,
casa que por milagro me amparó.
Verja de hierro
Los siglos pasaron sobre el bronce,
queda la reja donde ya no hay huerto.
Los siglos pasaron y en este lugar se perdieron los bosques,
la reja perdió a su vez
el sentido que los hombres le habían dado;
se ha ido apagando
en la muerte lenta del herrumbre.
Las plantas han deshecho los escudos
que otros hombres forjaron en su espalda,
que otras manos plantaron en este lugar;
ahora debo imaginar que ella guarda las flores,
que yo tengo alma de reja,
tengo muchos años sobre mí,
tengo la suerte que otros me envidian.
Me han dejado soñarla, pero no ser su dueño.
Por eso estoy tan solo,
mi fortuna es el árbol,
un árbol y una reja.
Soy sólo un hombre oscuro
que ha olvidado el destino y el mundo,
que ha olvidado el sentido de las cosas,
que ha olvidado…
Alguien ha cerrado las ventanas a la plaza
Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por qué ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta a las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo,
fundarla.
Plaza de Jesús
Veo la mano aquella que me señalaba la plaza,
como un deslumbramiento.
Miro los bancos,
la iglesia de piedra hermosa y destruida,
del Cristo sólo quedan los pies,
y en las columnas los huecos de los nichos,
el espacio vacío de los santos en las paredes.
Jugamos al eco,
unos pájaros se asustan
y vuelan en círculo sobre nuestras cabezas.
Me muestras la iglesia con mucha atención,
me muestras los techos,
las figuras borrosas de los ángeles.
El viento a veces entra y la luz dibuja otras visiones.
Como si fuera la tarde última
miramos al cielo.
Escucho la campana que no existe
llamando a la misa de la tarde.
Los albañiles toman sus cervezas en jarras de metal,
miran con ojos cansados la fuente seca.
No te vayas,
no dejas destruir la plaza.
No dejes de mirar este sol
como si fuera el último,
como si nunca acabara.