El fotógrafo

«—Mamita, aquí llamaron y dijeron que estaban haciendo unas fotos con pura sinvergüenzada, y en un lugar público».

Foto de Luigi Esposito Jerez (ver galería completa en Álastor).

—Mostrame la que tomaste —le ordenó el oficial.

—Es que no puedo —le respondió.

Atrás de él había otro oficial. Estaba sentado en la silla cerca de la puerta de la oficina, abanicándose con la visera de la gorra.

—A pues es cierto —le dijo el agente sentándose en la silla del escritorio—.  Es verdad que vos andabas tomándole fotos a esa chavala en un lugar público… ¡y desnuda!

—No, hombre. Cómo se le ocurre, si nomás yo le estaba tomando fotos a ella, pero así, de las normalitas. Nada más eso.

—Enseñámela, pues.

—Pero ¿por qué?

—¿No decís que no sale desnuda, pues?, ¿qué tanto escondés si no tienen nada de malo?

—Hasta que venga mi abogado —le replicó el fotógrafo.

El oficial se levantó ofuscado. Caminó hasta el fondo de la oficina y buscó una carpeta en el antiguo archivero que estaba en una esquina, debajo de la propaganda política donde aparecía el presidente de la república con la mano derecha levantada, un saludo petrificado y con los dientes blanquecinos de su fría sonrisa.

En el cuarto de al lado estaba la muchacha. Una morena alta de pelo rizado, con las piernas cruzadas en el banquillo de metal sin respaldar. Tenía una actitud serena y apaciguada. Los lentes oscuros no dejaban filtrar la mirada helada que esbozó tras el percance. Después de quince minutos arrastró el trasto de metal y lo acercó a la pared para descansar la espalda. Recostada, sintió un alivio en la espalda.

—Y ¿qué es lo que andaban haciendo? ¿Lo conocés? ¿No querés que llame a alguien? ¿Ah? —La fulminó con un torrente de preguntas la oficial de policía que la atendió esa tarde.

—Pero es que si no andábamos haciendo nada —le respondió, quitándose los lentes.

—Mamita, aquí llamaron y dijeron que estaban haciendo unas fotos con pura sinvergüenzada, y en un lugar público —le aseguró la mujer.

—¡¿Qué?! —respondió alterada la muchacha—. ¿Y usted qué piensa que soy?

—Ve, mamita, calmate, que no estás con tu mama.

—Me está ofendiendo con lo que dice.

—Y yo qué culpa tengo, eso fue lo que dijo quien llamó. —La oficial se sentó en la silla cerca del escritorio—. Nosotros solo hacemos cumplir la ley.

La muchacha se arregló la blusa amarilla semitransparente. La oficial la examinó. Calculó en pulgadas el tamaño del tacón de plataforma de los zapatos de la muchacha, “dos pulgadas, al menos”, pensó. Se fijó también en el short negro, más corto de lo normal, y le dijo: “¿No cree que es mucho descaro andar así?”. La muchacha ardía por dentro. Se contuvo por un instante, pero reprimió el enojo mordiéndose los labios. Se había vuelto a poner las gafas, tuvo ganas de llorar. Afuera el sol ardía como en verano. Hacía calor. Las oficinas, demasiado pequeñas, parecían saunas soporíferas a las tres de la tarde. La mujer se levantó, tomó de la mesa una revista y la dobló, la usó para soplarse. Recibió una ráfaga vaporosa que le hizo bailar las hebras del mechón furtivo que se escapaba por los bordes de la gorra.

 

 

—¿De modo que no nos vas a enseñar las fotos? —le repitió el oficial.

—No puedo —le respondió el fotógrafo.

El hombre estiró los brazos hacia arriba y movió la cabeza de un lado a otro y luego bostezó.

—Es que las tengo en la cámara —argumentó.

—Dame el rollo, pues.

—Es que es digital —le dijo, con una sonrisita medio burlona—. Además, si ya le dije que no está desnuda la muchacha.

El hombre de atrás lanzó un bostezo bullicioso. Y arrastró la silla haciéndola rechinar contra el piso. —Si no es por eso —le dijo el hombre—. Solo para verificar que no es cierto lo de la llamada.

—Pero si ustedes llegaron y nos encontraron ahí mismo, nada malo estábamos haciendo. El oficial que está con ella llegó. Me agarró por el brazo y dijo que lo que estábamos haciendo era un delito…

—Y lo es —interrumpió el agente.

—¿Tomar fotos? —preguntó.

—¡Tomar fotos a mujeres desnudas en un área pública sí!

—Pero si no está desnuda.

—¡Enseñalas, pues! —le dijo el policía. El hombre de atrás se levantó de su silla, se puso la gorra y salió de la oficina.

La muchacha miró fijamente a la agente que la acompañaba. Le preguntó por el fotógrafo y le explicó que eran amigos. —Están interrogándolo —le dijo la mujer—. Eso es un delito. Ya han perdido el pudor.

—¡Pero si no estaba desnuda! —le dijo la muchacha, un poco alterada, mientras se ponía de pie—. Así como ando, así estaba allá.

La mujer la vio de frente. Sentada no parecía tan alta. “Son los tacones”, se dijo. El pelo rizado era realmente largo. Lo notó cuando ella se levantó y se le extendió por la espalda como una cortina parda y arrugada.

—Eso lo vamos a ver. ¿Y las fotos? —le preguntó.

—¿Cuáles fotos?

—Las que te tomó el hombre ese.

—Pues ahí está; si quiere, las puede ver. Pero sepa que por esta —cruzó los dedos y los envolvió en un beso sonoro—, por esta que les meto una demanda.

La mujer sonrió, se levantó y salió de las cuatro paredes sofocantes. La muchacha quedó sola, envuelta en un aura oscura.

 

—Y ni tardaron en llegar —les dijo el fotógrafo.

—Para que vea, pues, es la eficacia de la policía —le respondió el agente, con una leve brisa de orgullo.

—Pero la vez del pleito en el barrio hasta que les dio la gana aparecieron.

—No me cambiés el tema —le replicó el agente, sorteando la conversación—. La cosa es que vos tomaste unas fotos a esa chavala y atentaste contra la moral de las personas, y eso es un delito.

—¿Ajá? —le respondió el fotógrafo sin volver la vista al oficial.

—¡A ver, dame el aparato ese y le sacas el rollo!

—¡No se puede, es digital!

El oficial dio media vuelta y salió tirando la puerta.

 

 

La muchacha ya estaba afuera cuando el oficial terminó de interrogarlo y escuchó claramente cuando el hombre se le acercó a la mujer de la recepción y le preguntó por la cámara del fotógrafo.

—No, rollo no, memoria —alcanzó a oír la muchacha—, es una memoria.

 

El abogado llegó antes de que el agente regresara a la oficina donde estaba el fotógrafo. Saludó a la mujer de la recepción y después al oficial. Le extendió la mano y el agente le correspondió.

—Es amigo mío —le dijo sonriendo el abogado al oficial cuando preguntó por el fotógrafo.

—Bueno, ahí está. —Y se dirigieron a la oficina. La muchacha los vio con repugnancia. Estaba sentada en la sala de espera, frente a la recepción de la comisaría municipal.

En la pared, sobre la cabeza de la recepcionista, el reloj daba las cuatro y quince de la tarde. Hasta entonces la muchacha supo que habían estado ahí desde las dos y treinta y uno. “Una hora y cuarenta minutos, más o menos”, se dijo mientras esperaba sentada con los brazos y piernas cruzados con aires de sofocación. Ya no tenía los lentes puestos y miraba atentamente a la mujer de la recepción absorta en la pantalla del televisor. No había nada más molesto que la tranquilidad de esa mujer. “Claro, se dijo, no tardaron ni quince minutos en llegar y traernos en esa camioneta vieja, paseándonos vergonzosamente por las calles del pueblo. Cualquiera que nos hubiera visto nos habría tratado de delincuentes o quién sabe de qué más”.

En la enajenación de la recepcionista apareció por el borde de la entrada principal un muchacho andrajoso, agitado aún por la convulsión del viaje en bicicleta. Las palabras se le ahogaban en la desesperación del socorro: —¡Mi mamita, mi mamita, ayúdenla, ayúdenla! —le suplicó a la mujer.

—¡Pero calmate! —le ordenó la mujer desde atrás del escritorio.

Dos policías llegaron. La oficial que atendió a la muchacha salió del baño con el ceño fruncido, aún componiéndose el uniforme y con las manos húmedas.

—¿Qué es lo que te pasa? —le dijo la agente, secándose las manos en el pantalón, dejando una marca que se evaporó con el calor.

—Mi mamita… es que el Horacio llegó picado otra vez y amenazó a mi mamita que leiba matar. Yo le escondí el machete la otra noche que llegó bien bolo y también le quiso pegar a mi mama.

 

La oficial se llevó al muchacho del brazo y lo condujo por un pasadizo que daba al patio. Desde ahí la muchacha vio a la oficial que se sentó en una piedra, pero al muchacho lo perdió de vista porque la pared no la dejaba ver.

 

El abogado salió con el fotógrafo. —Eso es todo —dijo, y le hizo de señas a la muchacha para que saliera. El agente se quedó en el marco de la puerta esperando a que los tres salieran.

—¿Y las fotos? —preguntó la muchacha.

—Nada —dijo el fotógrafo—. El abogado dijo que no tenían derecho a revisar mi cámara y no las podían ver.

 

El titular en el diario de la mañana siguiente le descompuso el ánimo a la muchacha. En letras grandes y gruesas, con una imagen de la mujer ensangrentada, la primera plana decía:

“Mujer fue asesinada en su propia casa: La Policía no acató denuncia interpuesta con anterioridad. No había gasolina para transporte”

Un hondo asco se le produjo cuando vio una foto del muchacho que había visto en la delegación policial el día anterior. Se mordió los labios con una débil impotencia y perezosamente una lágrima se le escurría.

Manuel Aguilar Vanegas

Nacido en 1989 en San Marcos, Carazo, es narrador y fotógrafo. Graduado de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, sede Carazo, como licenciado en Ciencias de la Educación con mención en Lengua y literatura Hispánicas, ha participado en talleres impartidos por Sergio Ramírez y en el taller de novela negra con el escritor español Juan Bolea, en el marco de Centroamérica Cuenta. Actualmente tiene un libro con diez narraciones inéditas.