Al otro lado de la ventana

Entre el humo del tráfico, las rutinas de oficina y las ventanas que se convierten en espejos del alma, Nelson Alonso nos invita a mirar la vida desde el otro lado: el lado de las dudas, las pérdidas, los recuerdos y las pequeñas fugas de esperanza.

Rótulo, fotografía de Manny Vanegas

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel.
—NERUDA

 

1:15 p.m.

 

No sé cómo comenzar el poema. 
Miro al frente, a mis costados,
esperando encontrar las palabras adecuadas
para que la vida sea más metafórica,
como si eso fuera suficiente.

No sé cómo llegué a este punto:
esclavo de los teclados y de los aromatizantes en la oficina,
esclavo de los lunes y su tráfico,
de la ciudad y su humo,
de los cigarros luego de comer
o como un escape de la jornada,
porque hasta eso, fumar,
ahora es parte de la rutina.

No sé cómo comenzar el poema.
Podría decir, por ejemplo,
que esta mesa, en la cual reposa mi computador,
es el universo donde se gesta la vida.
Sin embargo, no hay más que los celulares,
una bolsa pequeña con lapiceros,
un estante de libros que ya no leeré
y una foto familiar.

Las impresoras me han visto con lágrimas,
los baños han guardado el secreto de mi llanto.
Tal vez por ello, escribo no para mí,
sino para otros que me pagan
para que viva con lo justo.

El verdadero poema, entonces,
es el banco que se lleva hasta el último centavo
y las llamadas que convierten la hora de la comida
en un nudo gástrico.  

Compruebo que todo me remite a lo mismo:
a la esperanza de encontrar,
a través de la poesía,
por lo menos un refugio
para convertirme en alguien que sufre,
pero con palabras bonitas.  

Nada más lejos de la verdad.
He vivido en el mismo apartamento
desde que me mudé, por fin,
de la casa de mamá.
He convivido con la misma casera,
cuya mayor enseñanza fue la puntualidad
para cobrarme el mes.

También, he sospechado que alguien entra,
cuando no estoy, a mi pieza:
explora el frigorífico
y roba las últimas manzanas que me quedan,
o el último yogur,
o las sobras de anoche.  

Son imaginaciones mías, quizá.
Pero pienso en que cada una de esas cosas,
cada situación que se me presenta,
pertenecen a lo poco que quedó.

Soy, por tanto, el sueño de muchos
que sueñan que el mañana será mejor,
aunque no haya evidencia de ello.

Soy el que avanza por la carretera,
desorientado,
con el pantalón a medio planchar
y con la camisa correctamente ajustada,
con el propósito de no encontrar su destino.

Cabizbajo, con la consciencia destrozada por los días,
entiendo que la calamidad también lleva mi nombre.
Me siento observado,
expuesto en las páginas de algún periódico,
mientras continúo hasta llegar a la adscripción
de todos los hombres y de todas las mujeres
que desconocen cuál es su meta en la vida.

No sé cómo comenzar el poema.
Tal vez podría decir que es domingo,
que los pájaros hermosos chocan contra mi ventana
porque la piensan como otro cielo,
que las mariposas encuentran su alimento
en las flores que me regaló mi exesposa,
que quizá la convivencia sea el mito más terrible
en esta ecuación cuyo destino es la sociedad.

El poema podría comenzar, quizá,
diciendo que fui feliz.
Que, por un instante,
comprendí qué era el abrazo verdadero,
la sonrisa en las mañanas y el sol.
Uno cuando ama siente en la atmósfera un nosequé
que permite asimilar, en otros tactos, la saciedad.  

No obstante, lo que fue ya no lo es más.
Ahora, lo que sí me arrulla en lo oscuro
es el sonido de los autos
y no la respiración de mi amada,
o la calidez de sus manos.

Odio lo que quedó de mí,
como si eso fuera suficiente.
Odio lo que quedó de mis gestos y de mis costumbres,
como si eso lo remediara.

Tomar cartas en el asunto ni siquiera es posible
con los trastes sucios que se mantienen igual desde ayer.

Mañana será lunes.
Odio el tráfico del lunes.

En algún punto, Neruda mencionó
que los lunes daban a los seres una cara de cárcel.
Yo pienso que es más potente que eso,
más criminal.  

Soy, por tanto, el tráfico matutino,
el calor que se produce en los autobuses
por la cantidad de personas que viajan,
el choque entre el auto y la motocicleta,
la enfermedad y el sueño.

He visto a tantos dormir en los buses
que ya perdí la cuenta.
Yo he dormido en los buses
y me sueño libre de trabajar,
con una casa construida en el campo,
con ventanas transparentes
y con vista a la laguna.

Sin embargo, despierto y veo extenderse
a la Panamericana,
y comprendo que ni siquiera recordé pagar la renta.

Es domingo.
Reproduzco música para pensar en otra cosa.
Me pongo a barrer.
Luego, ordeno la cama
y pido a domicilio una orden de comida china.

Desde hace mucho quise dejar los gastos hormiga,
pero no puedo.
Siento que lleno algo que siempre estuvo vacío,
aunque sea por un instante,
mientras como el pollo agridulce
y la porción de arroz con camarones.

El arroz cantonés también sería
una buena experiencia para comenzar el poema.
Es decir, no hay nada más hermoso
que saciar el hambre al mismo tiempo
que se piensa en la verdadera fuerza del universo
y nos asumimos mortales,
en una tierra que nos terminará olvidando,
porque al final somos polvo.

Mi hija poco comprende que prefiero la soledad.
Mi madre murió el año pasado.
Papá aún vive y es un buen hombre.
Ojalá que cuando lea el poema
sepa que lo respeté mucho
hasta que lo encontré con la vecina
teniendo relaciones sexuales.

Así debió comenzar, quizá.
No con toda la introducción,
con toda la perorata que, al final,
no dice nada más que quejas,
quejas y más quejas.

Luego de comer, lavaré la ropa.
La tenderé en el barandal
y, a continuación, haré café
para enfrentarme a la página
con la mejor disposición de la tarde.

 

 

2:00 p.m.

 

Si lees esto, papá,
ojalá que comprendas
que mamá murió no solo de pulmonía,
sino también con el corazón roto.
O quién sabe.

Siempre quise echarte la culpa de esta suerte,
del destino al que me sometí
luego de comprender que nada sería igual en casa.
Pero no pude.

Trato de darle el sentido a las palabras
para callar frente a ti,
para asimilar que cada una de las piezas
que estaban construidas,
ninguna de esas permanece en pie.

Yo, por lo mismo,
solo quiero permanecer oculto.
Ocultos los ojos y las manos,
la boca y el estómago,
mientras termino de almorzar,
mientras pienso que las oraciones
no fueron suficientes,
que nada es suficiente
cuando se tiene que convivir con el abandono.

Supongo que, a mis años,
todavía no supero este dolor,
cuando sé que tendría que haber sido así.

Veo por la ventana,
desde este segundo piso,
cómo las personas avanzan,
cómo los autos transitan sin chocar
y cómo, después de las dos de la tarde,
poco a poco, la ciudad va llenándose de vida.

Siento que esta tarde ya la tuve,
que es una tarde similar a la de hace años,
cuando era un niño en la casa de la abuela.
A lo mejor, fue otra tarde,
cuando recibí mi primer beso.

Estábamos con una niña mayor que yo por dos años
entre los claveles.
Jugábamos al escondite
con los demás niños del lugar,
una vez que fui de visita a otra ciudad
cuyo nombre olvidé.

También olvidé el nombre de ella,
olvidé su rostro.
Fue hace tanto.
Así es la memoria:
siempre nos traiciona.

Veo por la ventana el mundo que avanza,
que cambia,
que se transfigura
para convertirse en el carnaval nocturno.

Yo, en el mundo,
soy una sombra que aprendió a mirar
desde el infinito.
Cada uno de los ángulos que tomo para observar
se convierte en una palabra adicional en esta página,
en un sendero que exploro
hasta que no haya nada.

Nada somos.
Es la gran respuesta ante el mundo.
Estamos llenos de suposiciones,
estamos buscando la verdad en cada molécula
porque no nos gusta sabernos ignorantes.

Al final, uno nunca termina de aprender
e, incluso, lo conocido,
es una pérdida de tiempo.
Quedarnos con los brazos cruzados
es la mejor alternativa,
es lo que he aprendido con los años.

Es lo que aprendí en la escuela básica
y en la universidad
y con mi primer beso.
Luego de tratar de entender y arreglar todo,
uno llega al límite de solo hacer
lo mínimo indispensable para vivir en paz.

El espíritu de la juventud queda
como una anécdota divertida
para contar a los amigos de confianza,
pero nada más.

La ventana es el único acto de rebeldía,
es el único exterminio de la soledad.
Así como papá hizo lo que hizo
y así como yo traté de comprenderle
para tirar la vida por la borda,
así también es la ventana que da hacia la calle
y me arrulla con las historias que imagino
con las personas que van de aquí para allá.

El poema, por tanto,
debería haber comenzado con la ventana.
Miro al frente, luego a los costados
y sé que no hay más sabiduría de las cosas
que la que habita en las cosas mismas.

Tratar de encontrar algo superior a las cosas,
es como buscarle los tres pies al gato.
El poema es el resultado de añadirle el siguiente pie
a la fuerza,
con la medida justa
para no caer en la esquizofrenia.

Eso digo yo,
pero los locos nunca admitirían su condición.
No sé.
Que se me queme la lengua.

 

 

4:30 p.m.

Luego de pensar,
llegó la hora del café.
La vecina del cinco me trajo
una bolsa de café de altura
que, según sus palabras,
era el mejor de la región.

Me lo vendió a un precio exorbitante
y, sin cuestionarla, acepté.
Con una rápida búsqueda de internet,
me di cuenta de que era un café ordinario
y que su precio era para nada semejante
al que yo había pagado.

Ahora imaginen esto,
pero con el poema.
Es lo mismo.
El poema que ustedes leen
es el café que recibí
y el que ahora me tomo sin remedio
y sin reproche,
porque la única solución que encontré
fue ya no comprarle más a la señora,
aunque el dinero no regresará a mí.

Me queda, por lo menos,
esta taza humeante.
Me queda, al menos,
el paladar quemado
porque sorbí de más
y tuve que escupirlo.

El poema debería haber comenzado con el café.
Quién sabe.
A lo mejor no tendría que haber mencionado a papá,
ni a mamá,
ni mi soledad viendo a las personas en la calle.

No obstante, pretendo que nada de esto ocurre,
que esta documentación es solo un suspiro
que, dentro de 50 mil millones de años
ya nadie recordará.

Es, por lo menos,
evidente la sonrisa que se me dibuja
cuando caigo en cuenta que,
en tanto tiempo en el futuro,
ya no existirá, quizá, ni la Tierra misma.

No me emociona especialmente el fin,
aunque me lleve a la conclusión
de que es tonto preocuparse por cosas
como el tráfico, el café, la vecina, los padres, el trabajo…
si al final terminaremos muertos.

Quizá por acá tendría que comenzar el poema:
por la muerte.

Hace poco vi las fotografías de un colega,
en Facebook,
y supe que los años no comprendían de permisos.
Estaba envejecido, con la cara triste,
como suplicando que alguien le salvara.

Luego me vi al espejo
y rompí a llorar.
Pienso, desde entonces,
en la muerte como algo que llegará tarde o temprano.

Qué peligrosas son las redes sociales.
Uno ve a personas que conoce y no conoce, morir.
Ve a recién nacidos crecer
hasta convertirse en personas
con el criterio y las capacidades
para crearse una cuenta
y contar, por sus medios,
la vida que sus papás comenzaron a hacer pública.

Luego, la muerte llega.
Llega.

Tanto vacío soporté durante la pandemia.
Tanto temor de ser el siguiente,
de ser el triste,
de no comprender el oxígeno en mis pulmones,
ni de abrazar el porvenir como lo que es:
una sentencia.

Ya no queda más.
Miro hacia el frente,
con un dolor de espalda que,
en otro día, lo pensaría como habitual.

Veo a Jesucristo representado por un adolescente,
quien está a su vez rodeado de personas
con camisas azules.
Veo los puestos de comida,
de plantas y de artesanías de barro.

En medio de eso,
¿qué sentido tiene buscar asemejarnos
al hijo de dIOS
si ya somos semejantes al pADRE?

No hay ninguno,
como tampoco lo hay
en la búsqueda de la verdad
en esta representación de la vida.

Es imposible encontrar el todo
en donde apenas existe algo.
Como tampoco es posible descubrir el firmamento
cuando las nubes anuncian la lluvia.

Sin embargo, es domingo.
Es de tarde.
Observo al frente
y la luz entra por la ventana sin permiso,
dejándome deslumbrado.

Ojalá que papá lea esto
que ya ni siquiera es un poema.
Ojalá que pronto deje de ser tarde.
Ojalá que el invierno llegue,
que nos abrigue hasta convertirnos en agua.

Ojalá.
Ojalá.

No sé cómo terminar el poema.
Ahora no basta el punto y final.
Quizá lo mejor sea matarme
o, en su defecto,
tomarme este café horrible
mientras me vuelvo cada vez más viejo.

Nelson Alonso

Quezaltepeque, La Libertad, 1997. Poeta. Licenciado en Letras por la Universidad de El Salvador. Ganador de los XLVII Juegos Florales de Zacatecoluca, La Paz (2024) con En la primavera oscura; de los XXX Juegos Florales de Santa Ana (2021) en la rama de Poesía con Autobiografía de mis pasos, y segundo lugar en el Primer Certamen Estudiantil Universitario (2018), organizado por la Universidad de El Salvador. Autor del poemario digital Basta de anécdotas en la poesía (2023, Claroscuro Editores). Ha sido incluido en las antologías Dos naciones en verso (Editorial Shushikuikat, 2019) y en una antología hispanoamericana de poesía joven …

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