Genealogía de mujer en el mar y otras visiones

Un poeta reciente en el panorama lírico nicaragüense. Aquí, seis de sus piezas inéditas.

Fotografía de Sergio Palma (ver galería completa).

Aquella mujer sentada en nuevas fórmulas de farmacéutico
cansada de dormir y de no poder mirarme
alterada por las visiones titubeantes de aquellos ojos de anaquel
florece
dueña de la tarde hasta oír mi nombre
volátil en ausencia
¿quién eres? —pregunta derrumbada— después de bañarse en el mar
 
aquella mujer
incurable congreso de piernas abiertas al sol
retrato de agua diluyéndose del lado equivocado
se pierde en otro tiempo
bajo los nombres de mis calles
 
aquella mujer repentina marejada
tendida en frente su tristeza  
 
aquella mujer se sacudía el cabello de antorcha
sus dedos desprendían caricias de tipografía
callada en su quietud de poema
no hay más que pueda decirse sobre ella
 
 

Genalogía de mujer en el mar

a Eneida, desde ahora                                             
 
“y ahora nuestra sed es llegar a un puerto                                            
donde esté la mujer que en la piedad de su abrazo                                            
nos reciba y nos adormezca”                                            
José Emilio Pacheco                                            
 
mojada                                                       en una gota
el mar cubriéndote los dedos             entrañable apenas discurriendo
sonata de agua                                         crótalo nutrido en ola de mujer
disuelta en la arena de tu cuerpo      o mirada de amplificadora de corrientes
 
de noche                                                   salvavidas relumbrando tus ojos
alguna luz guía a los náufragos         que deslizan continuo

 

a un puerto                                               con los remos           
reflejo de otros                                        en ultramar
—entonces supe—             
estabas provista de mar                 
vientre de coral remojado
de algas en tus pechos
y peces serenos vistiéndote
con mi deseo
 
 

Carl Zeiss desciende a una gruta por primera vez

 
Hay trozos de la tarde que uno tiende
para esperar algún rostro
—acaso tu rostro que se devuelve
desde la línea fragmentada de un recuerdo—
 
a veces es el día más largo
y uno desciende a buscarte
donde despliegan tus reflejos:
angustia oceánica de portada abrumadora
 
quizás soy el hombre que llegó a los límites del universo
   sin encontrar la sombra de una hora
avizorada en la extensión de un espejo
más cerca del ojo que colisiona una mirada de aquel tiempo
en la inagotable extensión de este pasaje
 
el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti
entonces separo el abismo
y dejo un pasadizo
para que algún resquicio de ti vuelva
y estos ojos se enciendan en una llama que prende un barco nuevo
 
quise conocerte otra vez en otro tiempo
y tú pensabas lo mismo desde la punta del cielo
liberándote a ti misma
 
dijiste que volvías desde un destino
que yo desconocía
y tu regreso sacudió mi cama
 como una ciudad que se derrumba al contacto del viento
 
asumimos el adiestramiento del profundo estrecho
  y por ahí fuimos a recordar aquella costumbre de abrazar el vacío
y sentir apenas la tranquilidad
de un eco que se prolonga espontáneo.
 
 

Mis pupilas son ruedas

   escucho cómo un ente les da vuelta

   y se sube para llenar de pesares mis visiones
 
Acaso eras vos jugando a las palabras escondidas
   acumulando algunas fijaciones
   que se perdían entre el área de Panum.
Acaso eras vos sentada a la orilla del iris
    cosiendo una fibra de color
    que aparentaba la belleza de tus pies.
 
Mis miradas se confundieron en tu presencia
   echamos a correr nuestra capacidad
  como aviones entre nubes
   y la caja negra de mis órbitas
      quedó perdida entre la profundidad de mis ojos
escondida entre el revoltijo de tus palabras
—nos dimos cuenta de la realidad que se estrelló sobre las casas—
me derrumbé con las criptas de mi iris
    se desmoronó mi pupila
y sólo vi cruzar de lado a lado
  tu nombre recorriendo una calle deshabitada.
 
 

 

Me nombraste y una matriz braille deletreó cada sílaba
            nubes con precipitados de hielo
                        intervención de haces punteando un rostro
desperté a tu lado
            oculto tentáculo en la sombra
   palpé la silueta de tu cuerpo
                                  los bordes caían
  te nombré
 un remolino inaudito reconstruyó un árbol junto a mi pecho
   en otra postura vi un rostro cubriéndose entre una rama
 
palidecía la luz que de mis ojos te daba
    hasta quedar inmóvil
 
la herida de mis ojos
      arde en la combustión de la retina.
 
 
 

Fibonacci

 
no podrán reconstruir la estatua de la mujer apagada
   la simiente de una figura que se perdió al separar gases
 
inexacto ha sido el rostro que te han dado
    sumergido entre al agua no ha renacido un nuevo gesto
la palabra que te modula se corrompe entre la arena
   tu cuerpo ya no es tu cuerpo
    las formas hierven mal logradas por la cadencia
 el límite se ha colmado de fragmentos
 
estás a pedazos entre un espiral
                                                      imbricada desde el fondo del mar
   
destronar la espera
aunque la realidad se yerga sobre la autopsia hacia tus recuerdos
forjados en un elástico que se precipita en la hondura de la despedida.
 

Jairo Hernández Murillo

Nacido en 1993 en Masatepe, Nicaragua, es licenciado en Optometría Médica. Poemas suyos pueden ser leídos en la antología Frutos de Invierno (Managua: Sociedad Nicaragüense de Jóvenes Escritores, 2010), así como en las revistas literarias Letras Raras de México, Central American Literary Review / Revista Literaria Centroamericana, Nagari Magazine y El Gran Serafín. Obtuvo mérito en el concurso de poesía Altino Italia (2015).