Cabalgamos la oscuridad
La poeta rumana Mihaela Moscaliuc nos invita a descubrir el asombro de la vida en el misterio de lo cotidiano. Una selección acertada de la poeta Marisa Martínez Pérsico traducida por la exquisita Frances Simán.
Horizonte dorado, fotografía de Aldo Vásquez
Insomnio
Noche tras noche, enredas tus piernas con las mías
y cabalgamos la oscuridad juntos pero en pistas distintas,
mi mente adormecida, la tuya corriendo hacia el desastre.
¿Cómo puedes hacer esto sin resentir cómo te abandono?
Con los ojos abiertos y dolorida con una costilla magullada, apenas resisto
despertarte. Por una vez, duermes
como si hubieras corrido un triatlón. Un leve espasmo aquí y allá
anunciando una pesadilla. Espanto a la bestia,
te abrazo fuerte. Mi pierna, dormida en el abrazo de tus muslos
despierta y libera nuestro calor. Amor,
puedo asegurar que no estoy tallada de una costilla,
(y que, a diferencia de una costilla, no soy irreparable).
Quizá desde el báculo, ese hueso sexual que al perderse
clama a la vez victoria evolutiva y burla.
Con el primer temblor de luz asoma su fantasma
para anular cada terror, grande o minúsculo.
Bendición
Para mi hijo, aún en gestación
Que coseches tu lenguaje del alfabeto de las mariposas,
que sus alas tracen tu nombre en pergaminos traslúcidos,
filtren aire para tu aliento, te enseñen a volar como yo no puedo.
Que conserves la sabiduría con la que llegas,
las metáforas con las que primero nombrarás el mundo,
la luna siempre un plátano maduro, siempre a la mano.
Que tus dedos sorteen y sondeen todas las verdades.
No es el grano de arena, como apreciamos, sino los organismos
impredecibles en su deriva que, atrapados, roen la carne de la ostra.
Errante respiro mimado en belleza,
la perla tiene su propio canto.
Si la arrastras a la orilla
el lenguaje pierde significado,
así que lleva tu oído al fondo del océano.
Allí, ni pez ni hijo, escucha sigiloso.
Ni pez ni hijo todavía,
llama hermana hermana y yace un instante junto al eco.
Mientras estés allí, bendice el eco y aprende
cómo mentirme tiernamente.
Desde la ventana alquilada
Iași, Rumanía, 2015
Al otro lado de la calle, el hombre que orina contra la verja de la parada de bus
se la sacude como si no hubiera mañana.
El sonido, bastante común, no llama la atención excepto la del borracho
que estalla en una explosión de obscenidades. El hombre alivianado
vacía los bolsillos - aquí tienes - sobre la hierba aplanada
y sube al autobús con destino a su casa prefabricada en la periferia de la ciudad.
Empuñando las monedas, el borracho se tambalea hacia la licorería.
La parada de bus también se ha vaciado excepto por los baldes de peonías blancas
cuyos dueños, cuzcos bajo aleros inclinados, escupen
las cáscaras de girasol como si fueran máquinas industriales.
La verja se curva paralela a los rieles del tranvía, en ángulo alejado
de mi vista solo lo suficiente para desaparecer a los perros callejeros
apaleados allí hace dos décadas, la misma primavera
en que una boca que yo deseaba se acercó tanto que no podía escuchar nada.
Tuve que haber caído en cuenta en aquel momento por qué las peonías rojas y rosadas se venden primero,
cómo se demoran los vendedores hasta que por fin llega alguien
a recoger la abundancia de blancas y se dirige a una tumba reciente.
Mi esposo me hace una seña desde la ventana alquilada para que vea la pantalla de su computadora.
Queriendo conocerme aquí, investigó la historia de la ciudad.
La calle de abajo, 29 de junio de 1941: cuerpos apilados en las orillas,
sangre acumulada en el borde de las aceras, distinguidos residentes pasando por encima, alrededor.
Una mujer se arrastra de rodillas, bastones la empujan de regreso,
este negro domingo de su vida que no está cerca de finalizar
aunque los verdugos pronto se dispersaron a casas a solo unas cuadras de distancia,
se lamentarán brevemente, sobre cucharadas de sopa, la pérdida de sus modistas.
¿Sabías?, pregunta el silencio de mi esposo.
Más de 13,260 judíos, dice el pie de foto. Entre los responsables:
estudiantes, obreros, artesanos, veteranos,
vecinos. Sabías —
Silencio en los cristales y tan crudamente oscuro.
Al otro lado de la calle, el Monasterio de Golia del siglo XVI, el favorito de la ciudad,
toma el sol en los reflectores del estadio. Los vendedores se han ido.
Se han ido los brazos que cargaban peonías blancas.
El borracho sigue ahí quejándose, las manos peleando con el aire salado.
Tú preguntas de dónde vienen estos poemas
las filas de hambre en mi tierra natal y las madrigueras
secretas, largos abrigos y sombreros rusos
colgados en cuernos de ciervo, carne abandonada
sostenida contra contenedores de basura destruidos
tumbas vagamente familiares que alimento
de margaritas frescas y lluvia ácida
una cama amarilla de miedo y un dulce
disgusto en una habitación cargada de libros
y una mente engañándose a sí misma
la parada de bus donde un infante mastica
el corazón de una manzana mientras la madre adolescente trabaja
calentándose un dedo morado a la vez
la niña de la calle cargando un bebé
en la cadera derecha mientras la mano izquierda manipula la bolsa
de pegamento, la melodía clamorosa
sobre la que se mece, y estas monedas
—nunca suficientes— con las que intercambio mi culpa
la lluvia de amento que besa el asfalto amarillo
esas grumosas cerezas siempre verdes
ciento ochenta minutos de tiempo de llamada
comprados con un mes de salario, sin usar, caducados
los dos nudos de sangre que dejaste en mi labio inferior, sanando
mientras haces que mi mente entienda, pero no mi cuerpo - todavía
preguntas de dónde vienen estos poemas
tú que anunciaste tu partida en tan encantadoras cadencias
tú viajaste por mi país lo suficiente para saber
que todo lo que podía hacer era confiar en tu idioma
tú recorriste mi país lo suficiente para saber cómo la lengua,
aun sin hueso, rompe los huesos
Marginales: Baño
El hastío de los domingos: la aspiradora grande como un terner
arrastrada por los umbrales, pan de nuez en el horno,
un rastro de vinagre que flota en las ventanas,
zapatos lustrados con aceite de girasol.
Cuando suenan las campanas del mediodía,
salgo apresurada a encontrar el autobús rural
mientras mamá deja manzanilla en infusión
y hierve agua para llenar la bañera.
La bisabuela baja del autobús
con su amplio vestido negro, pañuelo negro
sobre trenzas plateadas recogidas en la nuca,
y me entrega el balde de cerezas.
No confía en que lleve la canasta de huevos,
pero besa mi cabeza cada vez que nos detenemos
a recuperar el aliento y me pide que recite
los poemas que memoricé esa semana.
De rodillas junto a la bañera, mamá enjabona
la espalda de su abuela con un trozo de sebo de venado,
luego yo desprendo y desenredo las trenzas
antes de que el rostro desaparezca bajo el agua turbia.
Por un lapso que siempre me inquieta,
su rostro emerge, las guerras y los suicidios
desvanecidos de sus ojos, y murmura:
Hijas mías, no teman vivir una vida sencilla.