El erotismo como acto de voluntad y subversión en Memorial del Convento de José Saramago
En este ensayo, Missael Duarte Somoza se adentra en Memorial del Convento de José Saramago para explorar cómo el erotismo y la voluntad se convierten en gestos de resistencia frente al poder político y religioso del siglo XVIII.
Espejo líquido, de Manny Aguilar
Las novelas de José Saramago representan una propuesta literaria compleja, más allá de la forma y del contenido. Saramago trabaja con temas recurrentes como la historia, la política, los medios de comunicación y la familia. Una de sus novelas más famosas es Memorial del Convento (1982), escrita en torno a un acontecimiento histórico de Portugal: la construcción del convento franciscano en la ciudad de Mafra durante el reinado de João V.
El interés de Saramago por la historia es evidente, y él mismo lo manifiesta: “La historia que nos enseñan nos da apenas un recorrido, cuando serían posibles otros mil. Esa es mi actitud con relación al pasado: ver lo que hay más allá de aquello que ya está dicho y, si es posible, corregir y poner otra cosa en su lugar” (citado en Bueno 62).
Memorial del Convento ha sido estudiada como una novela histórica que critica la historia oficial portuguesa durante la monarquía de João V. Esta novela representa una propuesta narrativa que interroga el pasado, pero también explora la relación con la historia, la cultura, la combinación de ficción y acontecimientos reales y, sobre todo, una profunda revisión del pasado. Como escribe Rosemary Conceição dos Santos: “La obra Memorial do Convento, mezclando ficción e historia, busca reconstruir de forma imaginativa figuras y hechos importantes de la cultura portuguesa. En el transcurso de esa reconstrucción, la combinación entre ficción e historia permite al autor abordar valores sobre la raza, la lengua, las costumbres, la religión y el folclore que, entre otros elementos, constituían la sociedad portuguesa del siglo XVIII” (Santos 65).
En este marco interpretativo, la reconstrucción crítica de la historia que propone Saramago no solo ilumina las tensiones culturales y sociales del siglo XVIII, sino que también prepara el terreno para comprender cómo esa misma estructura histórica se articula en la novela a través del ejercicio concreto del poder. Así, João, como muchos otros monarcas, ejerció el poder de manera despótica, independientemente de la organización político-legal del Estado monárquico, con el fin de cumplir sus propósitos. En la novela es evidente cómo ese poder monárquico invade los espacios y las relaciones privados de los ciudadanos. La voluntad del monarca y la voluntad religiosa predominan en casi todas las actividades de la sociedad de la época. Sin embargo, la relación de Baltasar y Blimunda escapa a esa voluntad casi absoluta: son ellos quienes deciden cómo vivir su relación, al margen y de forma ilegítima según las leyes y costumbres del momento. Por este motivo, este trabajo se centra en su relación, que se manifiesta de distintas maneras; el erotismo será el foco de interés del artículo. Como tesis central, sostengo que el erotismo representa en la novela un acto de voluntad que escapa a todas las manifestaciones de poder de la sociedad de la época y constituye un acto de subversión frente al status quo de la sociedad monárquica y religiosa portuguesa. En la primera parte del trabajo estudio cómo se ejerce el poder monárquico en los personajes de João V y de su hermano don Francisco. En la segunda parte reviso el control que la Iglesia ejercía sobre el cuerpo y la sexualidad. Después analizo cómo se expresan en la novela la voluntad y el erotismo de Blimunda y Baltasar.
La voluntad y el poder del Estado monárquico
Como dije en la introducción, la voluntad del monarca y la voluntad de la Iglesia controlan todos los aspectos públicos y privados de la sociedad portuguesa del siglo XVIII. Siguiendo esta idea, el ejemplo que evidencia tal afirmación aparece cuando el rey João V decide que el convento debe ser consagrado el 22 de octubre de 1730: “Da lo mismo que el templo sobre o falte, que salga el sol o que llueva, que caiga nieve o sople el viento” (Saramago 293). Tal decisión obliga a todo el aparato jurídico-político monárquico a forzar y perseguir a todos los trabajadores, independientemente de dónde vivan, para que trabajen en la construcción del convento en Mafra:
Se dieron las órdenes y llegaron los hombres. Por voluntad propia algunos, atraídos por la promesa de un buen salario, otros por gusto de aventura, también por desapego de afectos, pero casi todos a la fuerza. Se pregonaba en las plazas y, siendo escaso el número de voluntarios, iba el corregidor por las calles, acompañado de los cuadrilleros, entraba en las casas, empujaba los canceles de los patios, salía al campo a ver dónde se escondían los remisos; al final del día reunía diez, veinte, treinta hombres, y cuando eran más que los carceleros los ataban con cuerdas, variando el modo: unas veces sujetos por la cintura unos a otros, otras con una improvisada correa al cuello, otras ligados por los tobillos, como galeotes o esclavos(Saramago 294).
Otra de las manifestaciones absolutas de poder que vemos en la novela aparece cuando don Francisco, hermano del rey, decide sobre la vida de un ser humano desde la ventana de su palacio, mientras prueba su puntería disparando contra los barcos anclados. La estrategia narrativa utilizada por Saramago convierte el crimen en algo más que un crimen: en una escena cotidiana y normal en la vida del duque:
Levantemos ahora nuestros propios ojos, que ya es hora de ver al infante don Francisco disparando, desde la ventana de su palacio, a la orillita del Tajo, contra los marineros que están encaramados en las vergas de los barcos, solo para demostrar la buena puntería que tiene; y cuando acierta y ellos caen a la cubierta, todos sangrando, uno u otro muerto, y si la bala erró no se libran de un brazo roto, el infante aplaude con irreprimible júbilo, mientras los criados le cargan de nuevo las armas; bien puede suceder que ese criado sea hermano de aquel marinero (Saramago 83).
A partir de estas ideas sostengo que en la novela existen dos actos en los que la voluntad humana se manifiesta plenamente: la construcción de la passarola* y la relación entre Baltasar y Blimunda. La comunidad formada por el padre Bartolomeu, Blimunda, Baltasar y, más tarde, el músico Scarlatti, se sostiene básicamente en el interés por el conocimiento y en la confianza mutua existente entre sus miembros; en otras palabras, el padre Bartolomeu no usa ningún poder coercitivo, en su condición de sacerdote, para obligarlos a trabajar en la passarola.
El inicio de la relación entre Blimunda y Baltasar es narrado por Saramago de manera casi cinematográfica, como el encuentro de dos personajes que se atraen con una fuerza sobrenatural y se dejan llevar por la emoción, la intuición y la voluntad, como si un nombre fuera suficiente para iniciar la relación. Dicho encuentro tiene lugar cuando la madre de Blimunda es condenada a la deportación a Angola en un auto de fe, y madre e hija parecen hablar telepáticamente. Entre las palabras de Blimunda, el hilo narrativo y el diálogo entre Blimunda y Baltasar, tiene lugar el encuentro: “Y Blimunda le dijo al padre: Ahí va mi madre; y después, volviéndose hacia el hombre alto que estaba a su lado, preguntó: ¿Cómo se llama usted?, y el hombre dijo, naturalmente, reconociendo así el derecho de esa mujer a hacerle preguntas: Baltasar Mateus, también me llaman Siete-Soles” (Saramago 53). Después de que termina el auto de fe, “ahora, en su casa, lloran los ojos de Blimunda como dos fuentes de agua” (Saramago 55). Blimunda llora por su madre; el padre Bartolomeu y Baltasar también están en la casa, y en un ritual particular el padre Bartolomeu declara que Blimunda y Baltasar están casados. Sin embargo, un aspecto que destacar del ritual es la manifestación expresa de voluntad que hace Blimunda: “Y como Blimunda ya había dicho que sí antes de que se le preguntara, Entonces os declaro casados” (Saramago 56). Finalmente, los lectores tenemos noticia de otro momento de manifestación de voluntad entre Baltasar y Blimunda, cuando ella le dice que puede quedarse en la casa, pero Baltasar responde que tiene que ir a Mafra con su familia: “Y ahora, Si no tienes dónde vivir mejor, quédate aquí, He de irme a Mafra, allí tengo familia, Mujer, Padres y una hermana, Quédate, mientras no te vayas, siempre habrá tiempo para partir, Por qué quieres tú que me quede, Porque es necesario, No es razón que me convenza, Si no quieres quedarte, vete, no te puedo obligar, No tengo fuerzas que me saquen de aquí, me has echado un encanto” (Saramago 56). Queda en evidencia cómo el poder monárquico se expresa en la sociedad portuguesa de la época, limitando la manifestación de la voluntad del pueblo y explotándolo hasta la muerte. Sin embargo, vemos cómo Baltasar y Blimunda logran decidir por sí mismos la manera de vivir sus vidas.
El erotismo como acto subversivo y de voluntad
Para hablar del erotismo es necesario hablar del cuerpo como espacio de materialización de aquel. En este sentido, una de las instituciones que trabajó en el control del cuerpo fue la Iglesia. La Iglesia construyó discursos como el pecado y la culpa, que funcionaron como instrumentos de dominación de las personas. Tal vez la Edad Media sea uno de los momentos de la historia en que ese poder se manifestó con más fuerza al regular la vida y el cuerpo de las personas. Maria Oliveira de Souza recuerda: “Durante casi toda la Edad Media, el cuerpo fue visto por la Iglesia como algo pecaminoso. Desde esta postura de pensamiento, la Iglesia pasó a emitir normas sobre el acto sexual para que hubiera control de la población y para que todos empezaran a tener una noción de pecado cuando el acto sexual se practicara de forma desenfrenada” (Souza 2). Continuando con el análisis del control del cuerpo y de la sexualidad, Michel Foucault, en su libro Historia de la sexualidad, se refiere a otro momento de ese control en el siglo XVII–XVIII, que muestra nuevas formas de ejercerse, centradas en el control del discurso, pero con el mismo objetivo de dominación:
El siglo XVII sería el inicio de una época de represión propia de las sociedades llamadas burguesas, de la cual quizás aún no nos hemos liberado completamente. Nombrar el sexo sería, a partir de ese momento, más difícil y costoso. Como si, para dominarlo en el plano real, hubiera sido necesario primero reducirlo al nivel del lenguaje, controlar su libre circulación en el discurso, expulsarlo de las cosas dichas y extinguir las palabras que lo hacen presente de modo demasiado sensible. Diríase incluso que esas prohibiciones temían llamarlo por su nombre. Sin siquiera tener que decirlo, el pudor moderno lograría que no se hablara de él exclusivamente mediante prohibiciones que se completan mutuamente: mutismos que, de tanto callarse, imponen el silencio. Censura (Foucault 21).
En el caso de Memorial do Convento, esa forma de control que Foucault caracteriza en el párrafo anterior no es tan visible, porque la sociedad portuguesa del siglo XVIII —periodo en que se sitúa la novela— aún conserva otra forma de control que Saramago narra de manera extraordinaria: la Inquisición. Saramago escribe: “Otro ejemplo, más provechoso para el alma, si el cuerpo tan repleto está, será dado hoy aquí. Comenzó a salir la procesión, vienen los dominicos al frente, llevando la bandera de Santo Domingo, y los inquisidores después, todos en larga fila, hasta que aparecen los sentenciados” (Saramago 51–52). En los párrafos siguientes continúa la narración del Santo Oficio, ahora descrita como una gran demostración de advertencia que recorre las calles de Lisboa:
El populacho grita furiosos improperios a los condenados, chillan las mujeres asomadas a los alféizares, aúllan los frailes, la procesión es una enorme serpiente que no cabe recta en el Rossio y por eso se va curvando y recurvando como si determinara llegar a todas partes u ofrecer el espectáculo edificante a toda la ciudad; aquel que va ahí es Simeão de Oliveira e Sousa, sin beneficio ni magisterio, pero que el Santo Oficio declaraba como calificador y que, siendo seglar, decía misa, confesaba y predicaba, y al mismo tiempo que hacía esto proclamaba ser hereje y judío (Saramago 52).
Salvar el alma del infierno eterno representaba para la Iglesia utilizar todos los recursos necesarios, incluso cuando esos recursos implicaran la muerte de la persona. Octavio Paz, en el ensayo La llama doble, señaló la relación que Occidente ha tenido con el erotismo. Según Paz, esta manifestación humana ha sido vista en el mundo occidental con desprecio, prohibida e incluso pagada con la vida; al contrario —dice el ensayista mexicano— de ciertas tradiciones culturales, como en la India, donde el erotismo ha sido concebido como una expresión humana que se vincula con la divinidad. Además, Paz ofrece una diferencia importante entre erotismo y sexualidad cuando afirma: “En suma, la metáfora sexual, a través de sus infinitas variaciones, dice siempre reproducción; la metáfora erótica, indiferente a la perpetuación de la vida, pone entre paréntesis a la reproducción” (Paz 11). Por alguna razón, al referirse a los poderes de Blimunda —que el narrador no profundiza—, Blimunda nunca ha estado embarazada; en ese sentido, sería “metáfora erótica”, como escribe Paz (11). Siguiendo esta idea de Paz sobre el erotismo y el control ejercido por la Iglesia, visto en los párrafos anteriores, el erotismo presente en Memorial del Convento, representado por Blimunda y Baltasar, es un acto subversivo, porque transgrede totalmente los valores religiosos, sociales y culturales de la sociedad portuguesa del siglo XVIII. Baltasar y Blimunda escapan al control social ejercido por las instituciones de la época. En el siguiente pasaje, el narrador de Memorial del Convento confirma una vez más la idea que venimos desarrollando en este trabajo: el erotismo como acto de voluntad y como acto subversivo:
Baltasar duerme en el lado derecho del jergón, desde la primera noche duerme ahí, porque de ese lado tiene el brazo entero, y al volverse hacia Blimunda puede, con él, ceñirla contra sí, correrle los dedos desde la nuca hasta la cintura, y más abajo todavía si los sentidos de uno y de otro despertaron en el calor del sueño y en la representación del sueño, o si ya bien despiertos iban cuando se acostaron; porque esta pareja, ilegítima por su propia voluntad, no sacramentada en la Iglesia, cuida poco de reglas y respetos, y si a él le apeteció, a ella le apetecerá, y si ella quiso, querrá él. Tal vez haya aquí obra de otro sacramento más secreto: la cruz y la señal hechas y trazadas con la sangre de la virginidad rasgada cuando, a la luz amarilla del candil, estando ambos acostados de espaldas, reposando, y, por primera infracción de los usos, desnudos como sus madres los habían parido, Blimunda recogió del jergón, entre las piernas, la sangre vivísima, y en esa especie comulgaron, si no es herejía decirlo o, mayor aún, haberlo hecho (Saramago 77).
La voluntad de Blimunda y Baltasar de vivir en matrimonio ilegítimo, contrario a las reglas de la Iglesia, representa uno de los actos más trascendentes de subversión en la novela. Sin embargo, para seguir profundizando en el tema es necesario observar los papeles de la sexualidad en la novela. En mi opinión, los roles sexuales se representan de dos maneras. La primera, encarnada por el rey y la reina, corresponde a un papel de reproducción de la especie humana (herederos de la corona portuguesa); la segunda, representada por Baltasar y Blimunda, expresa la sexualidad como manifestación de libertad y placer. Las primeras páginas de la novela describen la primera forma de representar la sexualidad: Saramago hace una descripción detallada de todo el encuentro sexual entre el rey y la reina, donde todo está bajo control, con el objetivo de que la reina quede embarazada. En cuanto a la segunda forma, los lectores vemos que la sexualidad se manifiesta como voluntad, deseo y placer de dos seres que viven una conexión profunda. En otras palabras, hay una función de la sexualidad como obligación social y otra función de la sexualidad como manifestación erótica.
También es importante señalar que el ritual es un acto subversivo. Así, el ritual-matrimonio que el padre Bartolomeu realiza para casar a Blimunda y Baltasar puede entenderse como un acto subversivo que se rebela contra todo el poder del matrimonio establecido por la Iglesia católica. Otro ritual que tiene una lectura subversiva es el primer encuentro sexual entre Blimunda y Baltasar. En los párrafos anteriores mencioné la descripción que hace Saramago del encuentro sexual entre el rey y la reina; ahora conviene ver cómo describe ese primer encuentro entre Blimunda y Baltasar: “Corrió algo de sangre sobre la estera. Con las puntas de los dedos medio e índices humedecidos en ella, Blimunda se persignó e hizo una cruz en el pecho de Baltasar, sobre el corazón. Estaban ambos desnudos” (Saramago 57). Una escena de profundo simbolismo que muestra la manera espiritual y ritual con que los protagonistas de Memorial del Convento viven la experiencia erótica.
Manuel Frias Martins, en el capítulo “La erotización de la vida” de su libro La espiritualidad clandestina de José Saramago, sugiere que la sexualidad representa un acto sagrado en la obra de Saramago: “Saramago y D. H. Lawrence unidos por una actitud creativa que parece no querer separar la sexualidad de lo sagrado ni, al mismo tiempo, del fondo mitológico de una religión que de ello parece estar cada vez más necesitada” (Frias Martins 79). La novela ofrece otros encuentros eróticos que también tienen una gran profundidad simbólica y sagrada, y quizá este sea uno de los más poéticos:
En una oscuridad profunda se buscaron, desnudos, ávido entró él en ella, ella lo recibió ansiosa, luego la avidez de ella, la ansia de él, por fin los cuerpos encontrados, los movimientos, la voz que viene del ser profundo, aquel que no tiene voz, el grito nacido, prolongado, interrumpido, el sollozo seco, la lágrima inesperada, y la máquina temblando, vibrando, tal vez ya no está en la tierra, rasgó la cortina de zarzas y enredos, flotó en la alta noche, entre las nubes, Blimunda, Baltasar, pesa el cuerpo de él sobre el de ella, y ambos pesan sobre la tierra, al final están aquí, fueron y volvieron (Saramago 272–73).
Fueron y volvieron; al final, están aquí. Tal vez hayan vislumbrado un encuentro trascendente, donde el pasado y el presente, donde los pronombres “yo” y “tú” dejan de existir y solo queda un momento pleno de conexión. Además, quizá el erotismo, en Saramago, sea otra forma de espiritualidad clandestina, como señala Manuel Frias Martins.
Conclusión
Memorial del Convento es una novela que combina historia y ficción y presenta diversos temas que pueden interpretarse desde distintos puntos de vista y disciplinas. La novela reescribe la historia de João V y la construcción del convento de Mafra. En este juego de historia y ficción, Saramago narra la vida de la sociedad portuguesa del siglo XVIII.
Los lectores conocemos la manera absoluta y caprichosa con que el poder monárquico se ejerce, independientemente de cualquier costo humano o material, así como la forma en que la Iglesia, con su interés en salvar almas del infierno, llegó a crear la Inquisición.
En esa sociedad, Blimunda y Baltasar viven una historia de amor y erotismo que expresa la voluntad de sus protagonistas al margen y en contra del matrimonio y de las normas sociales y culturales establecidas por las instituciones de poder. Voluntad y erotismo: un acto subversivo contra el status quo monárquico de João V y de la Iglesia católica portuguesa.
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* La passarola es un artefacto volador inspirado en los experimentos reales del sacerdote brasileño Bartolomeu Lourenço de Gusmão (1685–1724), quien en 1709 presentó ante la corte portuguesa un proyecto de máquina aérea. En Memorial do Convento, Saramago retoma esta figura histórica y su invención para convertirla en un elemento central de la novela. Más allá de su base histórica, la passarola adquiere un fuerte valor simbólico: representa la imaginación, la libertad y la posibilidad de trascender las estructuras opresivas de la monarquía y la Iglesia en el siglo XVIII. Su presencia en la trama combina datos históricos con elementos fantásticos, subrayando la capacidad de la ficción para reescribir y resignificar el pasado.
Bibliografía
- Bueno, Aparecida de Fátima. “Três momentos do romance histórico de José Saramago.” Boletim do Centro de Estudos Portugueses (Boletim do CESP), vol. 19, no. 24, 1999, pp. 61–82.
- Conceição dos Santos, Rosemary. “O mundo literário de José Saramago.” Literatura y Lingüística, no. 17, 2006, pp. 65–82. SciELO.
- Foucault, Michel. História da sexualidade I: A vontade de saber. Traducido por Maria Thereza da Costa Albuquerque y J. A. Guilhon Albuquerque, 13.ª ed., Edições Graal, 1999.
- Frias Martins, Manuel. A Espiritualidade Clandestina de José Saramago. s.d.
- Oliveira de Souza, Maria, Franciele Marcelino da Silva, y Valeria Maria Santana Oliveira. “O corpo na Idade Média: entre representações e sexualidade.” Anais do Encontro (Aracaju), 21–24 Oct. 2014.
- Paz, Octavio. La llama doble: Amor y erotismo. 5.ª reimpresión, Seix Barral, 1994.
- Saramago, José. Memorial do Convento. 30.ª ed., Editorial Caminho, 1999.