El Contrato

Un viaje de autodescubrimiento en los umbrales del éxito. ¿A qué temer?

Foto de Luigi Esposito Jerez (ver galería completa en Álastor).

Firmé el contrato seis meses después de mi fractura, sucedida mientras acampaba con mi banda en las montañas del norte.

Todos fuimos a buscar algo, y no lo digo por los hongos que recolectamos en el potrero. Queríamos hacer contacto, esa noche habría un eclipse, la luna brillaría roja.

De mis compañeros unos creían en los annunaki, otros en la daimona poiesis. Yo solo esperaba la manifestación de alguna fuerza. Quería sentir y estar seguro de algo.

Desde pequeño me persigue la sombra de no sé qué espíritu. No sólo es la marca en mi pecho, también son los presentimientos que he desarrollado.

No creo en casualidades, todo lo que pasa en mi vida está dictado por un ente incierto. Recuerdo que en la secundaria me vi envuelto en mucha polémica, lo que me costó más de una vez la expulsión. Las monjas enseñaban sobre el conflicto moral del mundo, presentaban al Diablo como la esencia de un mal que no me convencía. Yo opinaba que Lucifer solo era otra víctima de Dios. Estos seres me parecen tan ambiguos. Si existen o no me tiene sin cuidado, son símbolos inmanentes del ideario colectivo y materia para las letras de mis canciones.

Por eso estoy muy agradecido con las monjas, contribuyeron a mi formación. Si no me hubieran importunado con su versión de la historia, yo no habría buscado trasfondos, revisionismos y ciencias ocultas. Fuera de excepciones de este tipo, la religión es de lo peor que se le puede hacer a un niño.

Pienso en esto mientras voy sentado en el techo del bus, ascendiendo a la montaña por un camino polvoso, aferrándome a los barrotes de la canastera, atravesando riachuelos y contemplando un paisaje de misterio. Mis compañeros van retraídos. Son buenos músicos, pero ponen demasiada atención a las notas, yo cuando compongo atiendo únicamente emociones.

A los diecisiete años, antes de completar la formación actual de mi banda, en mis intentos de llamar la atención de alguna fuerza oscura cometí un par de estupideces. Para ese entonces no tenía una banda propiamente dicha, sólo éramos un par de sociópatas con guitarras y una computadora. El enfermero de la muerte y yo, hacíamos black metal sinfónico.

Fue en nuestro primer año de universidad, yo era completamente abstemio y había cometido el error de optar por literatura, las palabras nunca van a entender lo que quiero expresar. Mi amigo cursó enfermería de paciente crítico, tiene un desmedido interés por los bordes de la muerte.

Componíamos en su casa, editando secuencias MIDI en la computadora. Una noche nos vimos interrumpidos por el maullido de un gato. Se trataba de una cría en abandono. El enfermero bromeó con la idea de ofrecerlo en sacrificio. Yo todo me lo tomo en serio, así que le pedí un cuchillo. Se apareció con uno de mesa que apenas cortaba. El gatito era gris, peludo, con los ojos azules. Mi camiseta era blanca.

Desmembré al gato porque siempre me he sentido frustrado. Porque sufro el complejo de no ser lo que puedo ser. Porque tengo miedo de fracasar en lo que sea que estoy intentando. Porque ostento una pesadilla que se repite y el doliente maullido del gato la disoció.

En mi pesadilla, que ahora se ha vuelto parálisis del sueño, hay una jauría de gatos que maúllan endemoniados y rasguñan el techo, las hojas de zinc chillan insoportablemente agudas, mientras mi cuerpo combustiona entre sábanas soplado por un abanico. Tengo miedo de que una aciaga noche esto me suceda, por eso siempre cargo la medalla que me dieron en el hospital.

Al bajar del bus lo primero que hacemos es explorar la zona, recolectar hongos y buscar un lugar para el campamento. Estamos a mil cuatrocientos metros de altura y hace frío. Llegamos a una pequeña cascada, el sonido de agua corriendo será propicio para la invocación. Todos mis compañeros se bautizan en la posa, excepto yo, que no sé nadar. Después del baño procedemos a ingerir una cantidad grotesca de hongos, los míos los puse en yogurt. Hacemos una fogata y preparamos la comida, para que esté lista cuando se abra el apetito.

Ya salió la luna. Lobo está inquieto sonando notas agudas en una armónica, va sin camisa, con el pelo suelto, escala un árbol e interpreta un mantra de invocación. El Incrédulo danza con su propia sombra, como en un ritual sufí. Febo está triste, concentrado en la caída del agua.

Al fluir de una hora la psilocibina hace efecto, percibo todo tipo de emanaciones. Un demiurgo nos fagocita, todo está vivo y respira y te observa, todo vibra y oscila sin ningún movimiento, los insectos orquestan la noche primitiva en el anfiteatro de mi oído, mientras en la luna una mancha de vino tinto se diluye.

Invito a mis compañeros a ir a la explanada y apreciar mejor el evento. Tiramos una manta en la hierba y nos recostamos. Las estrellas brillan ansiosas, algunas se transportan describiendo rectas. A uno de mis compañeros lo ataca la risa. La luna está completamente roja. Se respira una atmósfera de tensión y las aves nocturnas pían inquietas.

La explanada en la que yacíamos resultó ser un campo de cultivo, cuyo sistema de riego se activó a esa hora. Los aspersores comenzaron a escupirnos, rompimos nuestra oscura solemnidad y salimos corriendo.

Cerca estaba el potrero donde habíamos recogido los hongos. Al parecer asusté a un becerro, era negro y me persiguió hasta derribarme. Perdí la conciencia. Me quebré la clavícula izquierda, de donde cuelgo mi guitarra eléctrica. Mi medalla contra la combustión espontánea se perdió en el accidente. Ya no me da miedo quemarme, porque ya nada me importa. Soy un esperpento, de hombro izquierdo encogido, me dejé crecer la barba, no me amarro el pelo y cultivo ojeras en mi rostro. La transfiguración está completa. Puedo decir que hice contacto.

Esa mañana un perro nos guió hasta la salida, iba caminando adelante de Febo. Nos dejó en una caseta, luego un camión nos dio ride al pueblo más cercano.

En el hospital me hicieron radiografías. La radióloga se rio en mi cara, la clavícula me quedará chueca. Una doctora me recetó inyecciones, colocó su rodilla en mi espalda y me vendó en forma de cruz.

Las semanas que siguieron fueron tortuosas. No me sentía cómodo en ninguna posición. El enfermero de la muerte me consiguió "analgésicos" más fuertes. Fueron de ayuda, pero no me aliviaban. Para colmo terminé mi relación con la psicóloga. Alegó abandono. Comencé a componer una música muy depresiva.

Una noche, mientras miraba porno en internet, me enteré de la convocatoria de producción musical de un sello discográfico en Noruega. A mi solicitud adjunté un demo y las letras de las canciones que deseo grabar.

Venga a mí el mecenazgo, que yo quiero dominar el mundo. Tengo un contrato para cuatro discos, el primero sale el mes próximo. La tetralogía se titula “La Tragedia de Abaddon”.

Joel Molina

Nacido en 1990 en Managua, es filólogo y comunicador por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Miembro del colectivo Cierto Güis Producciones, clasifica en 2013 para el Talent Campus del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, y al año siguiente dirige el cortometraje Vano Urbano, selección oficial por Nicaragua en el Festival Icaro XVII. En 2015 realiza el montaje del videoclip Enano Cabezón, premio a mejor video musical en el Feel The Reel International Film Festival, Glasgow, Reino Unido. En 2016 publica algunos de sus primeros cuentos en la revista Carátula. En 2017 hace cámara adicional en Las Mujeres del Wangki, candidata a Mejor Película Iberoamericana en la 32 edición de los Premios Goya.