Dulce telaraña

Vestida de luto y oculta tras un velo de fingido dolor, Marybeth observa el desgarro de su hijo frente al féretro con una mezcla de irritación y secreta victoria.

Fotografía de Aldo Vásquez

 

Oír su llanto durante el funeral la irritaba. Sin embargo, debía mantener la postura porque el plan resultó exactamente como ella lo esperaba. Vestida de negro, elevo una de sus manos y apartando el velo de su sombrero lo observó llorar amargamente frente al féretro. Un chasquido de dientes se escuchó luego que volviera a cubrirse el rostro. Aquel encaje oscuro era el escudo que cubría su enojo al verlo tan vulnerable ante “aquella mujer”, que a pesar de estar muerta ya, nunca dejaría de referirse a ella de esa manera.

Llorar por ella al punto de ridiculizarse ante los presentes, de rodillas, jalándose el cabello, dándole tirones a la chaqueta como queriendo deshacerse de la prenda, pero sin lograrlo. Se había marchado por más de seis meses. La llamaba ocasionalmente, llamadas que solo duraban poco más de cinco minutos. Cuando finalmente regresó, un cuerpo helado, inerte y sin alma le quitaba su amor. Marybeth deseaba que le quedara algo de percepción a sus restos para que la muerte la tocara de nuevo, haciéndola morir una segunda vez. Se imaginaba de distintas maneras, lugares y posibles escenarios. 

Una mujer traicionada tiene el derecho de imaginar la muerte de su rival, perdonar una traición es posible, únicamente si uno de los involucrados deja de existir. Pero a pesar de que aquella mujer estaba muerta Marybeth no estaba satisfecha. 

Solo quería que todo terminara lo más pronto posible para regresar a casa, ya tenía planeado cómo recuperar su atención. Sería su consuelo, arreglaría su cama, cocinaría para él y también fingiría estar abrumada para que él se quedara unos días más, y luego convencerlo para que se mudase nuevamente con ella. 

Después de todo era lo menos que él podía hacer. Pero no iba a ceder fácilmente, tenía que hacerle ver que lo que hizo estuvo mal, jugaría un poco con él. Sin embargo, a pesar de tener cada paso planeado recordó el monólogo que desde hace un tiempo deambulaba en su cabeza: “Cuando salen de casa por primera vez y regresan, sus cerebros han sido envenenadas por ellas. Nos acusan de manipuladoras, pero ¿no usan ellas el mismo método para embobarlos? ¡Son hipócritas! Arpías escondidas bajo la gracia de la juventud. Los tontos empiezan a ponerse de su lado y dejan de llamarte, de visitarte, e incluso, de amarte ¿es justo eso después de todos los sacrificios hechos?”

Metió la mano en el bolsillo de su vestido para confirmar nuevamente si el frasco que contenía la sustancia seguía ahí. Lentamente la gente empezó a dejar el cementerio y ella como aliviada de que todo hubiera acabado, miraba a su hijo pensando que nadie rompería aquella red de amor materno, si no, ya sabía que hacer la próxima vez. 


 

Anlly López

Anlly López (Managua, 1998) es estudiante de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Su línea de trabajo e investigación se orienta hacia la narrativa contemporánea, con un enfoque específico en la producción y análisis del cuento corto. Actualmente, desarrolla un proyecto de narrativa breve orientado a la publicación, con el propósito de contribuir al panorama literario actual y fomentar el relevo generacional en las letras nicaragüenses.

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