Los muertos

Novela en proceso escrita al calor de la represión estatal sufrida en Nicaragua.

Foto de Álvaro Cantillano Roiz. (Ver galería completa).

I. MALINCHES DE MAYO

 

1. Poetas de abril

 

Aquí, el que no es poeta es guerrillero. Puede que así diga algún dicho, pero no lo sé.

Aunque sería más exacto decir que ser guerrillero se ha vuelto en Nicaragua una forma de poesía. Porque, a fin de cuentas, aquí todo guerrillero es poeta. La runga es nuestro canto épico, la sinfonía que tensa los tejidos finos de esta sociedad. Incluso para quienes nacimos y crecimos durante ese extraño compás de espera de los 90s y 2000s.

Si bien “guerrillero” y “poeta” son avatares efímeros, mutables en el incesante devenir del tiempo, son también arquetipos recurrentes o inamovibles de la historia circular del país que valdría la pena definir. Por poeta, ampliando el término, abstrayéndolo, podríamos identificar a aquel que sin tener que haber escrito nunca un poema, ha percibido la extrañeza de su cotidianeidad mediante imágenes, metáforas, símiles que compone con emociones que le nacen en el estómago y se trenzan en la nuca, con ciertos dolores y esperanzas, con flujo gris de ciertos cauces o con el rosa y el dorado de los ocasos managuas; poeta es aquel que del sufrimiento, del dolor y del miedo logra sacar algo que antes no tenía, y que se parece al placer. Por guerrillero entendemos a todo aquel que en algún punto de nuestra historia empuñó una lanza, piedra, fusil, molotov, mortero, bomba de contacto y se dejó ir, como polilla hacia las llamas, poseído por una certeza que trasciende la razón, en el trance del carrusel nacional de la Muerte.

Yo soy un poeta y un guerrillero. Y ya estoy metido con todo el huevo en esta mierda. De aquí para allá, no hay marcha atrás. Digo, un poeta y un guerrillero de estos tiempos. ¿Cuáles? Unos en los que ya no hay poesía ni guerrilla. Los que regresaron, como siempre regresan, al promediar el cuarto mes de 2018. Los tiempos de mi tortura y asesinato.

 

2. April is the cruelest month...

La influencia es clarísima: Abril en Nicaragua es el mes de la muerte.

A veces, casi siempre a la mitad de un churro, solía conjeturar la posibilidad de que la poesía, cuando se mezcla con la historia, cuando estimula ciertos puntos concretos del imaginario social, pudiese tener efectos mágicos, una especie de poder atávico que condensa la poesía en su estado puro, una clave ancestral intuida metafísicamente por el último Heidegger, aplicada poéticamente por el exteriorismo, difícil de precisar, capaz de fijar patrones en el devenir, de generar una realidad colectiva espectral o metafísica que, desde un tiempo fuera del tiempo, da forma a nuestra Historia.

Otras veces solía pensar, no exento de manía, que la relevancia histórica de abril era una tendencia en estas tierras, y me lanzaba a revisar las hojas de mi libreta de apuntes destinadas a llevar un registro de eventos históricos acaecidos en Nicaragua durante dicho mes, tratando de dar sentido al patrón[1].

En mi libreta también solía llevar un registro de notas, pequeñas ideas sueltas sobre algún tema. Por ejemplo, en una hoja en cuya esquina superior derecha se lee 4.4.17, podemos hallar reflexiones del tipo: “el martirio heroico es muchas veces la forma más cobarde de suicidio, y la gloria una zopilotera en el campo y un gran hedor”; “¿Qué pasa con los hijos de los héroes? ¿Qué es más heroico: hacerse matar por impulso, por compromiso hacia un plan ideológico, corruptible e incierto; o luchar por vivir en la estabilidad y el hastío cotidiano que requiere sobrellevar una familia? En la crisálida de la adultez, el niño se inclina al héroe y el adulto al padre”; “Heroísmo y paternidad – posible tema para investigación final de Psicología Social, o argumento para poema”; “sobre el diario de mi abuelo: a él le faltó arte y drogas para no hacerse matar; a mi padre, le faltó (tener y ser) padre para no matarse. Nos sobran huevos pero nos faltan sesos. El corazón se desboca.” “Hay mecanismos ocultos que echan a andar ese impulso, muy mío y tan recurrente, hacia la muerte, hacia la autodestrucción y el autoboicot. Lo que se encubre bajo innumerables capas de ira, de rebeldía vacua, de malditismo posmo y romanticismo abyecto es un deseo inmenso de regresar con mi padre. No sé qué pasa cuando morimos, pero creo con convicción que todas nuestras muertes se conjugan en el último instante de la agonía, cada muerte trágica de la familia es un instante suspendido en la eternidad como un acorde, donde se produce el milagro. En el instante eterno de la muerte estarán mi padre y sus hermanos y el padre de todos ellos. Siento que esto pasa también en ciertos picos de la experiencia lisérgica. En esos puntos de delirio y de muerte es donde siento más cerca a mis ancestros.” “Debo reconocer cuánto de inconscientemente católico y patriarcal hay en la reflexión anterior. Cultura cerota que nos meten por el culo.”

Recuerdo la tarde del cuatro de abril de dos mil diecisiete, cuando tomé esas notas. Estaba acodado en el borde de la malla del Parque Nacional Loma de Tiscapa, alternando la vista entre la basura que flotaba sobre las aguas grises y estáticas de la laguna, y una nube negra e inmensa que pasaba lentamente sobre Managua, fumando un churro, con la libreta abierta y esperando a la Fernanda. Era la segunda vez que salíamos. La primera no agarré ni la hora. La maje hasta me empujó al suave cuando la traté de besar afuera de Ron kon Rolas. Pero no se puso mala. Digo, accedió a salir conmigo de nuevo.

 

3. Los nombres de abril

Ese día, el de la segunda cita, también era el aniversario del asesinato de mi abuelo, y el aniversario del suicidio de mi padre (siempre creí que también sería la fecha de mi muerte). Claro que se lo iba a mencionar a la Fernanda, pero como de pasada, por casualidad.

Esperaba y pensaba, como solía hacerlo, de manera muy abstracta, la secuencia habitual: mi padre tenía nueve meses de edad cuando su padre fue asesinado y torturado en esta misma Loma, a manos de Somoza. Yo también tenía nueve meses de edad cuando mi padre descargó su Colt .45 semiautomática sobre su propia humanidad. Siempre le he querido preguntar si aquello fue calculado. Que qué nivel de consciencia tuvo de la cruel ironía de escoger ese mismo día para su muerte. Qué nivel de cinismo.

Mis dos nombres conjugan los de mi abuelo y de su hermano, ambos asesinados en abril del 54. Mi padre y su hermano mayor (quien murió asesinado no un cuatro de abril, pero sí a los treinta y tres años, la misma edad que mi padre y mi abuelo tenían al momento de sus respectivas muertes) llevan los mismos nombres, pero por separado. Sólo en mí coexisten, como en la lápida que nunca tuvieron, los nombres de los dos mártires del 54.

La edad y la fecha han sido reiteradas, causal o casualmente, por generaciones.

Desde que estudio psicología he ido a tres sesiones de “constelaciones familiares”. Dos individuales y una colectiva, impartidas por un suizo que reside o residía en Jinotega. Nunca “creí” en la efectividad objetiva de ese tipo de terapias. Promediando, me parecían patrañas mal replicadas por charlatanes que cobraban en dólares ($35 por sesión individual) a incautos del trópico. En una de esas sesiones, luego de moldear y alinear representaciones en plastilina de mis antepasados, el suizo me dijo que lo más probable era que iba a morir a los treinta y tres años, igual que mi abuelo, mi padre y su hermano. Eso fue como echar leña al fuego de una paranoia que me acompaña desde que tengo memoria. Ahora puedo constatar que siempre estuve equivocado, y que la charlatanería del suizo llegaba a niveles nocivos.

No morí a los treinta y tres años. Morí a los veintidós, y desde años antes ya tenía una lápida con mis nombres en el sitio de mi muerte. Ese sitio donde hace un año y algunos días veía aparecer, como un punto cada vez más alargado y discernible, la figura de la Fernanda, hasta que se detuvo junto a la base del inmenso árbol de la vida instalado entre el monumento a Sandino y el monumento a los mártires de abril del 54, para tratar de localizarme.

 

4. Lápidas y epitafios

“Nunca había venido aquí”, me dijo la Fernanda inclinándose sobre la baranda de la malla, asomándose a la superficie de la laguna de Tiscapa. “Es chill”, le dije luego de pasar la lengua sobre el papel de enrolar, “a veces me vengo en las tardes y me pongo a leer ahí en la grama. Hay un par de zepoles, pero se puede fumar al suave”. “Sí, la verdad está bastante bonito. Sobre todo por la vista”. “Sí. Y bueno, tiene su onda histórica que a mí me cuadra”. “A huevo... La Loma. La mansión de Somoza y los calabozos de tortura. ¿Pero era aquí? No quedó nada”. “No, sólo esa pared. Y aquella tanqueta que le regaló Mussoloni. De aquel lado hay una parte del búnker. Exhiben unas impresiones de fotos históricas de Sandino ahora. Si querés vamos a ver, pero no es nada del otro mundo”.

Caminamos entre los pilares ruinosos del antiguo búnker de Somoza, viendo las fotografías de Sandino con su ejército, de Sandino con Sacasa, de Pedrón con su mujer, de cartas de Sandino, todas impresas sobre vinilos tensados con manilas desde los pilares. Volvimos a subir a la cima de la loma, y llegamos al monumento de los mártires de abril. Ella empezó a leer entre dientes el Epitafio de Ernesto Cardenal, grabado en un costado:

Te mataron y no nos dijeron dónde enterraron tu cuerpo,

Pero desde entonces todo el territorio es tu sepulcro.

O más bien;

En cada palmo de territorio nacional en que no está tu cuerpo

tú resucitaste.

Creyeron que te mataban con una orden de ¡fuego!

Creyeron que te enterraban

Y lo que hacían era enterrar una semilla.

“Me gusta ese poema”, dijo finalmente. “Sí, es interesante. Pero no sé, como que es uno de los orígenes de ese mito del martirio heroico del que padecemos aquí”. “Mmm... sí, interesante. ¿Como que le dan un valor sagrado al asunto de que te maten por andar en cosas políticas, verdad? Yo he pensado eso, que es medio estúpido, esa gente que murió supuestamente por una mejor Nicaragua. O sea, mirá la mierda en la que estamos de nuevo... Y lo peor es que a nadie le importa. Todo mundo vive como dormido”. “Exacto, exacto”, le dije mientras le pasaba el churro, “pero con lo del martirio, sobre todo hay que ver el costo personal, maje. Vos sabés, luego del dolor de perder a un miembro de la familia en circunstancias de ese tipo, viene el impacto económico, social, histórico para la familia, se replican los modelos. No sé, ese tipo de muertos deja preguntas abiertas que atormentan a su descendencia, por ponerlo bien dramático...”. “No, pero sí. Te entiendo... No sé, no me imagino cómo sería en esos tiempos. La Guardia de Somoza disparando a la gente en las calles, sacando muchachos en la noche para torturarlos y desaparecerlos...”. “Sí, a huevo. Eso, exactamente. Maje, yo tengo una fijación con la historia de este país, no sé, por mi familia, supongo. Y siempre leo los testimonios, las historias de las luchas armadas, sobre todo de los últimos años de Somoza, y es como una realidad de fantasía, como mitológica, que pasó aquí, pero en la cual no me logro imaginar, en realidad... No logro imaginar Managua así”. “Sí, tal vez por eso es que de nuevo pareciera que vamos a lo mismo...”. “Pareciera, pero ojalá que no. No porque este gobierno no tenga tendencias dictatoriales obvias. Sino porque no veo a la gente alzándose. Todo mundo está muy cómodo, muy ciego”. “Sí. Pero mirá, ¿por qué por tu familia?”. “¿Qué cosa?”. “Dijiste que por tu familia te has obsesionado con leer sobre la historia de Nicaragua...”. “¡Ah! Sí, a huevo. No sé, hay como un mito fundacional en mi familia, la muerte de mi abuelo en el 54, y después una tradición de morir como pendejos en estas cosas, o por resultado indirecto de estas cosas...”. “¿En serio?”. “Sí, a huevo. Ese epitafio, de hecho, lo escribió Cardenal para mi abuelo. Cardenal participó en la rebelión de abril. Bueno, participar es una palabra muy fuerte para decir que, junto a Pedro Joaquín Chamorro, dio apoyo ideológico en una fase inicial del movimiento, pero después se cagaron por católicos y se retiraron antes de la operación”. “¿Cuál era la operación?”. “Asesinar a Somoza. Por eso se echaron para atrás. Dijeron que eran católicos y que no podían participar en un asesinato, por mucho que fuera Somoza. Después Cardenal dice en sus memorias que se dio cuenta por un profesor en no sé dónde de que el tiranicidio está justificado según Santo Tomás, y ahí sí, tan dogmático el pendejo, cambió de parecer”. “Mmm... ya veo. Entonces, ¿cuál de todos estos es el nombre de tu abuelo?”. “El segundo”. “Ah, sí, allí está tu apellido. Y también en el que le sigue, y tiene tu nombre. ¿Eran hermanos y murieron juntos?”. “Sí. Y mi segundo nombre es el de mi abuelo, así que tengo ambos nombres”. “Qué pesado”. “Normal. Pero bueno, todos en Nicaragua tenemos algún muerto en la familia por alguna guerra. El peso es nacional”. “Sí, yo tengo dos tíos que murieron en los ochenta. Y mi papá perdió un ojo en la insurrección. En la toma de Diriamba. Siempre habla de eso”. “Sí. Tanta sangre que se puso para que nosotros podamos andar aquí, tranquilos, yéndonos en pega o paseando en este campo de tortura convertido en parque”. Ella volvió a ver a un grupo de niños que jugaban en unos columpios donde alguna vez Somoza se paseó, bajo la luna cartilaginosa de Managua, observando sus dominios. “En realidad que sí”. “Siempre he dicho que cuando muera tiren mis cenizas en esta laguna. De todos modos ya tengo esta gran lápida con mis nombres y epitafio incluido”. Ella sólo me miró, y me pasó el churro. “Tomá. Se apagó”, dijo con una sonrisa.

Dicen que los españoles obligaban a indios y criollos impíos a contemplar durante horas, a veces días, la lava incandescente del cráter del volcán de Masaya, para que encararan por tiempo suficiente la imagen del infierno que les esperaría si no enmendaban sus actos. “Como un bosque de malinches ardientes debe haber sido esa mierda”, le digo a Fernanda mientras bajamos por la curva de la loma, y señalo una hilera de malinches cargados de vainas que franquean la acera. “¿Por qué de malinches?”. “Por la flor. En la montaña le dicen llamarada. Cuando florece, se ve como una llamarada en medio del bosque. Es linda la flor”. “Ah. Pero estos no están florecidos”. “No. Pero regresemos en mayo y vas a ver estos malinches florecidos. El mero infierno florido”.

En efecto. Volvimos a estar aquí en mayo, pero no de ese año. Un año después, en mayo de 2018. Tampoco precisamente en el parque, ni en las aceras que flanquean los malinches. Estuvimos en los calabozos de la Dirección de Auxilio Judicial de la Policía Nacional, torturados por días y noches enteros, hasta implorar por nuestras muertes, sin que se nos concediera tan siquiera eso. Horas y horas contemplando el infierno en la Tierra. Sintiéndolo trepidar en la carne. Así, con ciertas variaciones en la forma, ha funcionado aquí siempre la tortura. El terror psicológico y físico ha sido tradicionalmente disuasorio. En tiempos de Somoza, muchas veces fue así. Pero no en estos tiempos. No en mis tiempos. En mis tiempos se tortura por placer, por tradición, por una pulsación que ha sido provocada en el inconsciente colectivo y que urge sangre. En estos tiempos, el dolor del torturado es parte del pago que cobra el torturador.

Llegamos a estos calabozos la noche del 20 de abril de 2018, Fernanda y yo. Yo fui asesinado el 16 de mayo, y mi cuerpo incendiado y abandonado en una zanja en los alrededores de la Cuesta El Plomo. Pero tuve que regresar aquí, a saber de Fernanda, antes de seguir mi viaje por esta ciudad de muertos.

 

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[1]     Algunos ejemplos aleatorios: el repliegue de las tropas invasoras de Gil González (quien moriría el 21 de abril de 1526) provocado por el ejército de resistencia de Diriangén, teyte de los Chorotegas y señor de los Dirianes, el 17 de abril de 1523;  en abril de 1527, Diego López de Salcedo y Rodríguez, quien disputaba con Pedrarias parte del territorio nicaragüense, logra someter al cabildo de León, quien termina por reconocerlo como gobernador de Nicaragua, sin embargo, cuando la Corona decreta la separación del territorio de Nicaragua de la gobernación de Castilla del Oro, y nombra a Pedrarias Dávila gobernador, el pueblo de León se encarga de entregar a López de Salcedo; sábado de Ramos, 13 de abril de 1583, nueve años después que fray Francisco de Bovadilla en su afán de exorcizar al demonio que daba designios a los indios y cuya morada eran las entrañas ardientes del volcán de Masaya clavara una cruz en el borde del cráter, fray Blas del Castillo desciende hasta la propia boca del  infierno a extraer lo que creía se trataba de oro fundido; 15 de abril de 1576,  Diego de Artieda Chirino y Uclés se embarca para asumir la capitanía general de la Provincia de Nicaragua; el 7 de abril, el corsario británico Guillermo Dampier desembarca en el puerto de Escalante, y emprende una invasión hacia la ciudad de Granada, donde los colonos españoles ya preparaban su defensa (dos días después, cuando los piratas arribaron a Granada y desde el primer contacto con la resistencia española ésta no representó mayor dificultad, según relata en sus crónicas Raveneau De Leussan, un francés que acompañaba la incursión pirata, luego de una hora de combate contra un retén fuertemente armado en la primera bocacalle de la ciudad “pasamos sobre cadáveres con la sola pérdida de uno de los nuestros”), que resultó en el primer gran incendio de la ciudad; 10 de abril de 1825,  Manuel Antonio de la Cerda asume como primer Jefe Supremo del Estado de Nicaragua; 30 de abril de 1838, Nicaragua suscribe su separación de la Federación Centroamericana, siendo el primer Estado Soberano del istmo, y redactando su primera Constitución; 9 de abril de 1844, el Partido de Nicoya se transforma en el Departamento de Guanacaste y pasa a formar parte del territorio costarricense; 4 de abril de 1845, José León Sandoval es nombrado Jefe Supremo del Estado de Nicaragua y el 9 de abril el Gran Mariscal Casto Fonseca es fusilado en la ciudad de León; 19 de abril de 1850, se firma el  tratado Clayton-Bulwer; 1 de abril de 1853, Fruto Chamorro asume como Supremo Director del Estado de Nicaragua; 11 de abril de 1856, en la Segunda Batalla de Rivas se logra repeler un ataque de las tropas de William Walker; 15 de abril de 1858, se firma el  tratado Cañas-Jerez; 30 de abril de 1857, Charles H. Davis se ofrece para mediar la rendición de William Walker ante las Fuerzas Aliadas.