Los muertos

Novela en proceso escrita al calor de la represión estatal sufrida en Nicaragua. Primera entrega.

Foto de Álvaro Cantillano Roiz. (Ver galería completa).

Este documento en papel no es capaz de revelar la integridad de una realidad alarmante. No es capaz de traducir los dramas humanos que viven las personas en Nicaragua.
Paulo Abrao
Secretario General de la CIDH
22.6.18
 
Cuando hablamos de “seriedad” en la ficción, en última instancia nos referimos a una actitud hacia la muerte: por ejemplo, cómo pueden actuar los personajes en su presencia o cómo la tratan cuando no es tan inminente.
Thomas Pynchon

 

I. MALINCHES DE MAYO

 

En abril, en Nicaragua, los campos están secos.
Es el mes de las quemas de los campos,
del calor, y los potreros cubiertos de brasas,
y los cerros que son de color de carbón;
del viento caliente, y el aire que huele a quemado,
y de los campos que se ven azulados por el humo
y las polvaredas de los tractores destroncando;
de los cauces de los ríos secos como caminos
y las ramas de los palos peladas como raíces;
de los soles borrosos y rojos como sangre
y las lunas enormes y rojas como soles,
y las quemas lejanas, de noche, como estrellas.
 
En mayo llegan las primeras lluvias.
La hierba tierna renace de las cenizas.
Los lodosos tractores roturan la tierra.
Los caminos se llenan de mariposas y de charcos,
y las noches son frescas, y cargadas de insectos,
y llueve toda la noche. En mayo
florecen los malinches en las calles de Managua.
Pero abril en Nicaragua es el mes de la muerte.
Ernesto Cardenal

 

1. Poetas de abril

En Nicaragua el que no es poeta es guerrillero. Puede que así diga algún refrán. Aunque sería más exacto decir que en Nicaragua ser guerrillero se ha vuelto una forma de poesía. Que la runga es nuestro canto épico, la sinfonía que tensa los nervios entumecidos de esta sociedad. Incluso los de quienes nacimos y crecimos durante ese extraño compás de espera de los 90s.

Podríamos decir también que los términos guerrillero y poeta son, a la vez, avatares mutables y arquetipos inamovibles de la historia moderna de Nicaragua.

Como poeta, podríamos identificar a todo sujeto que, sin necesariamente haber escrito nunca un poema, percibió más de una vez el extrañamiento de su propia experiencia cotidiana como si se tratase de la de otro. A todo sujeto que ha logrado intuir un significado profundo, una identidad compartida entre ciertos temores o esperanzas y el flujo gris de ciertos cauces o el rosa dorado de los ocasos de Managua. Redondeando: poeta es todo aquel que del sufrimiento o del miedo ha logrado sacar algo que antes no tenía, algo que equidista del dolor y del placer.

Por guerrillero, designaremos a todo aquel que simplemente, en algún punto de nuestra historia, empuñó una lanza, piedra, fusil, molotov, mortero, bomba de contacto y se dejó ir, como polilla contra las llamas, poseído por una certeza que trasciende la razón, hacia el carrusel nacional de la Muerte.

Yo, por tanto, soy un poeta y un guerrillero. Digo, un poeta y un guerrillero de estos tiempos ¿Cuáles? Unos en los que la poesía y la guerrilla no son siquiera concebibles. Los tiempos que regresaron al país, como siempre regresan, al promediar el cuarto mes de 2018. Es decir, los tiempos de mi captura, tortura y asesinato.

 

2. April is the cruelest month...

La influencia de Eliot en Cardenal es clarísima: Abril en Nicaragua es el mes de la muerte.

A uno se le puede ocurrir que Cardenal (aunque sería más exacto decir Coronel) intuyó una suerte de principio fascista-estético, según el cual la poesía, cuando es capaz de simplificarse hasta estimular ciertos puntos concretos del imaginario social, histórico, puede llegar a tener efectos mágicos (en el sentido más antropológico), una especie de poder atávico, una clave ancestral también intuida metafísicamente por el último Heidegger en la poesía de Hölderlin, y cristalizada poéticamente en el exteriorismo, una clave difícil de precisar, capaz de fijar patrones en el devenir, de generar una realidad colectiva espectral o metafísica que, desde un tiempo fuera del tiempo, re-significa la Historia. (Aquí El estrecho dudoso y Hora 0 resultan relevantes). También se puede conjeturar que el mes de abril tiene  alguna relevancia histórica en estas tierras (que hay un patrón, una secuencia numérica reveladora en los eventos acaecidos en abril, me lo hizo ver Fernanda). Por eso llevo un registro de eventos históricos acaecidos en Nicaragua durante dicho mes que trata de dar sentido al patrón[1].

En mi libreta también solía llevar un registro de notas, de pequeñas ideas emergentes. Por ejemplo, en una hoja en cuya esquina superior derecha se lee 4.4.17, podemos hallar reflexiones del tipo: “el martirio heroico es muchas veces la forma más cobarde de suicidio, y la gloria una zopilotera en el campo y un gran hedor”; “¿Qué pasa con los hijos de los héroes? ¿Qué es más heroico: hacerse matar por un impulso ideológico o vivir el hastío de sobrellevar una familia? Ante la posible elección de la muerte, el niño se inclina al héroe y el adulto al padre”; “Heroísmo y paternidad – posible tema para investigación final de Psicología Social, o argumento para poema”; “sobre el diario de mi abuelo: a él le faltó arte y drogas para no hacerse matar; a mi padre, le faltó (tener y ser) padre para no matarse”. “A los nicas nos han  sobrado huevos pero nos ha faltado cerebro, me dijo el taxista que me trajo de la UCA al antiguo Hospital Militar”.

Ahora regreso a esa tarde del cuatro de abril de dos mil diecisiete, cuando tomé esas notas. Y aún puedo verme. Sigo ahí, acodado al borde de la malla del Parque Nacional Loma de Tiscapa, alternando la vista entre la basura que flota sobre las aguas grises y estáticas de la laguna y una nube  inmensa que avanza imperceptible sobre Managua. Estoy mirando en derredor antes de prender un churro y abrir mi libreta. Espero a Fernanda. Por eso estoy ahí. Es la segunda vez que nos veremos.

 

3. Los nombres de abril

Cuatro de abril. También es el aniversario del asesinato de mi abuelo y del suicidio de mi padre (siempre creí que también sería la fecha de mi muerte).

Regreso, y estoy ahí, en la loma de Tiscapa. Espero a Fernanda mientras pienso en la secuencia habitual, tratando de dar con el significado oculto tras las coincidencias, las simetrías, pero dudando cada vez más que haya un significado diferente al impacto de una voluntad sobre otra: mi padre tenía nueve meses de edad cuando su padre fue asesinado y torturado en este mismo lugar, a manos de Somoza. Yo también tenía nueve meses de edad cuando mi padre descargó su Colt .45 semiautomática sobre su propia humanidad. Me hubiese gustado poder preguntar si aquello fue calculado. Etcétera.

Mis dos nombres conjugan los de mi abuelo y de su hermano, ambos asesinados en abril del 54. Mi padre y su hermano mayor (quien murió asesinado no un cuatro de abril, pero sí a los treinta y tres años, la misma edad que mi padre y mi abuelo tenían al momento de sus respectivas muertes) llevan los mismos nombres, pero por  separado. Sólo en mí coexisten, como en la lápida que nunca tuvieron, los nombres de los dos mártires del 54.

La edad y la fecha han sido reiteradas, causal o casualmente, por generaciones.

Desde que estudio psicología he ido a tres sesiones de “constelaciones familiares”, impartidas por un suizo que reside o residía en Jinotega. Nunca creí en la efectividad objetiva de ese tipo de terapias y, en ese caso específico, me parecían patrañas mal replicadas por charlatanes que cobraban en dólares (45 por sesión individual) a incautos o curiosos del trópico. En una de esas sesiones, luego de moldear y alinear representaciones en plastilina de mis antepasados, el suizo me dijo que lo más probable era que yo iba a morir a los treinta y tres años, igual que mi abuelo, mi padre y su hermano. Y listo. Fue como echar gasolina al fuego de una paranoia que me acompaña desde que tengo memoria.

Pero ahora sabemos que estaba equivocado. No morí a los treinta y tres años, como el resto de mi linaje. Morí a los veintidós, pero sí morí en el mismo lugar que mis ancestros más eminentes, justo aquí, en la loma de Tiscapa. Y es irónico que, desde antes que yo naciera, ya hubiera una lápida con mis nombres en este lugar. Este lugar donde me veo, hace un año y algunos días,  fumando y revisando mi libreta, hasta que la figura de Fernanda aparece al final de la curva, como un punto cada vez más alargado y discernible. La veo detenerse junto a la base del inmenso “árbol de la vida” instalado entre el monumento a Sandino y el monumento a los mártires de abril del 54 y buscarme con la mirada. Yo alzo la mano.

 

4. Lápidas y epitafios

“Es la primera vez que vengo”, me dice Fernanda, inclinándose sobre el borde de la malla, asomándose a la superficie de la laguna de Tiscapa. “Es chill”, le digo luego de pasar la lengua sobre el papel de enrolar, “a veces me vengo en las tardes y me pongo a leer ahí en la grama. Hay un par de zepoles, pero se puede fumar al suave”. “Sí, la verdad que está bastante bonito. Sobre todo por la vista”. “Ajá. Y bueno, tiene su onda histórica que a mi me cuadra”. “A huevo... La Loma. La mansión de Somoza y los calabozos de tortura ¿Era aquí, no? Pero miro como que no quedó nada”. “No, sólo esa pared. Y aquella tanqueta que le regaló Mussolini. De aquel lado hay un parte del búnker. Ahora tienen unas  fotos de Sandino ahí. Si querés vamos a ver, pero no es nada del otro mundo”.

Andamos por las ruinas del búnker de Somoza, viendo las fotografías de Sandino con su ejército, de Sandino con Sacasa, de Pedrón con su mujer, de cartas de Sandino, todas impresas sobre vinilos tensados con manilas desde los pilares, mientras hablo sobre el contexto de las imágenes. “Te gusta bastante la historia”, me dice mientras subimos las gradas, de regreso a la loma. Ahora llegamos al monumento de los mártires de abril. Ella lee entre dientes el Epitafio de Ernesto Cardenal, grabado en un costado:

Te mataron y no nos dijeron dónde enterraron tu cuerpo,

Pero desde entonces todo el territorio es tu sepulcro.

O más bien;

En cada palmo de territorio nacional en que no está tu cuerpo

tú resucitaste.

Creyeron que te mataban con una orden de ¡fuego!

Creyeron que te enterraban

Y lo que hacían era enterrar una semilla.

“Me gusta ese poema”, dice. “Sí, es interesante. Pero no sé, como que es uno de los orígenes de ese mito cristiano-marxista del martirio heroico del que padecemos aquí”. “Mmm... sí, a huevo ¿Como que es la gran cosa, la cosa más sagrada del mundo el que te maten por andar en política, verdad? Y todo ese rollo de la resurrección. Yo he pensado eso, que es medio estúpido, esa gente que murió supuestamente por una mejor Nicaragua. O sea, mirá la mierda en la que estamos de nuevo... Y lo peor es que a nadie le importa. Todo mundo vive como dormido”. “Exacto”, digo mientras le paso el churro que habíamos armado antes de bajar al búnker”. “No sé”, continúa diciendo Fernanda, “la verdad no me imagino cómo eran esos tiempos. Con la Guardia de Somoza disparando a la gente en las calles, capturando muchachos en sus casas para llevarlos presos, torturarlos y desaparecerlos... Hasta cuesta imaginarse que todo eso pasó en esta ciudad, y que había en este país gente dispuesta a asumir ese costo”.   “Sí. Eso ha sido un tema recurrente para mí. De esas cosas de la familia que uno se cuestiona siempre. Ese epitafio lo escribió Cardenal para mi abuelo. Estuvieron juntos, y eran amigos para el tiempo que asesinaron a mi abuelo. Mi tío, su hijo, también murió asesinado, pero en los ochenta, y tampoco hallaron nunca su cuerpo, y así...”. “Entonces, ¿cuál de todos estos es el nombre de tu abuelo?”, dice Fernanda mientras señala el monumento. “El segundo”. “Ah, sí, allí está tu apellido. Y también en el que le sigue, y tiene tu nombre ¿Es su hermano?”. “Sí. Y mi segundo nombre es el de mi abuelo, así que tengo ambos nombres”. “Qué pesado”. “Normal. Todos en Nicaragua tenemos algún muerto cercano en la familia por alguna guerra. El peso es nacional”. “Sí, yo tengo dos tíos que murieron en los ochenta. Y mi papá perdió un ojo en la insurrección. En la toma de Diriamba. Siempre habla de eso”. “Sí. Tanta sangre que se puso para que nosotros podamos andar aquí, tranquilos, yéndonos en pega o paseando en este campo de tortura convertido en parque”. Entonces Fernanda guarda silencio, y vuelve la mirada hacia un grupo de niños que juegan en columpios dispuestos donde también, en otra parte del tiempo, Somoza se pasea bajo la luna cartilaginosa de Managua, observando sus dominios. “En realidad que sí”, dice Fernanda luego de un largo silencio. Después me pasa el churro. “Tomá. Se apagó”, dice con una sonrisa.

“Cuentan que los españoles obligaban a indios y criollos impíos a contemplar durante horas, a veces días, la lava incandescente del cráter del volcán de Masaya, para que encararan por tiempo suficiente la imagen del infierno que les esperaría si no enmendaban sus actos. Como un bosque de malinches ardientes”, le digo a Fernanda mientras bajamos por la curva de la loma, y señalo una hilera de malinches cargados de vainas que franquean la acera. “¿Por qué de malinches?”. “Por la flor. Parece  de fuego. Cuando florece, se ve como una llamarada en medio del bosque”. “Ah. Pero estos no están florecidos”. “No. Pero si regresamos en mayo vas a ver todos estos malinches florecidos. El mero infierno florido”.

 

Sí. Volvimos a estar aquí en mayo, pero del año siguiente. En mayo de 2018. Y aunque volvimos a la loma, no estuvimos en el parque. Tampoco pudimos ver los malinches en flor. Estuvimos en los calabozos de la Dirección de Auxilio Judicial de la Policía Nacional, torturados por días y noches enteros (días y noches atemporales en esos calabozos donde el tiempo se estanca), hasta implorar por nuestras muertes, sin que se nos concediera tan siquiera eso. Horas y horas contemplando el infierno en la Tierra. Sintiéndolo trepidar en la carne. Un infierno que no se parece en nada a un bosque de malinches.

El mecanismo de la tortura ha sido la clave de nuestra historia. Pero en estos tiempos la clave ha cambiado. El terror psicológico y físico ha sido tradicionalmente disuasorio, así era en tiempos de Somoza. Pero no en estos tiempos. Hoy, en Nicaragua, se tortura por placer, por tradición, por una pulsación del inconsciente colectivo. En estos tiempos, el dolor del torturado es parte del pago, del incentivo que cobra el torturador.

Yo llegué a estos calabozos la noche del 20 de abril de 2018. Fernanda también fue capturada esa noche, pero nos llevaron en vehículos diferentes. Yo fui asesinado el 16 de mayo, y mi cuerpo incendiado y abandonado en una zanja de los alrededores de la Cuesta de Plomo.

Tenía que regresar aquí, para ver de nuevo a Fernanda (pero a como la vi en ese segundo encuentro, y no como la veo hoy, lanzado a una mazmorra, tiritante y desfigurada por las torturas y el terror). Era algo que tenía que hacer, antes de seguir mi viaje por esta ciudad de muertos.

 

[1]     Algunos ejemplos aleatorios en un espectro de 334 año : el repliegue de las tropas invasoras de Gil González (quien moriría el 21 de abril de 1526) provocado por el ejército de resistencia de Diriangen, teyte de los Chorotegas y señor de los Dirianes, el 17 de abril de 1523;  en abril de 1527, Diego López de Salcedo y Rodríguez, quien disputaba con Pedrarias parte del territorio nicaragüense, logra someter al cabildo de León, quien termina por reconocerlo como gobernador de Nicaragua, sin embargo, cuando la Corona decreta la separación del territorio de Nicaragua de la gobernación de Castilla del Oro, y nombra a Pedrarias Dávila gobernador, el pueblo de León se encarga de entregar a López de Salcedo; sábado de Ramos, 13 de abril de 1583, nueve años después que Fray Francisco de Bovadilla en su afán de exorcizar al demonio que daba designios a los indios y cuya morada eran las entrañas ardientes del volcán de Masaya clavara una cruz en el borde del cráter, fray Blas del Castillo desciende hasta la propia boca del  infierno a extraer lo que creía se trataba de oro fundido; 15 de abril de 1576,  Diego de Artieda Chirino y Uclés se embarca para asumir la capitanía general de la Provincia de Nicaragua; el 7 de abril, el corsario británico Guillermo Dampier desembarca en el puerto de Escalante, y emprende una invasión hacia la ciudad de Granada, donde los colonos españoles ya preparaban su defensa (dos días después, cuando los piratas arribaron a Granada y desde el primer contacto con la resistencia española ésta no representó mayor dificultad, según relata en sus crónicas Raveneau De Leussan, un francés que acompañaba la incursión pirata, luego de una hora de combate contra un retén fuertemente armado en la primera bocacalle de la ciudad “pasamos sobre cadáveres con la sola pérdida de uno de los nuestros”), que resultó en el primer gran incendio de la ciudad; 10 de abril de 1825,  Manuel Antonio de la Cerda asume como primer Jefe Supremo del Estado de Nicaragua;  30 de abril de 1838, Nicaragua suscribe su separación de la Federación Centroamericana, siendo el primer Estado Soberano del istmo, y redactando su primera Constitución; 9 de abril de 1844 el Partido de Nicoya se transforma en el Departamento de Guanacaste, y pasa a formar parte del territorio costarricense; 4 de abril de 1845, José León Sandoval es nombrado Jefe Supremo del Estado de Nicaragua y el 9 de abril el Gran Mariscal Casto Fonseca es fusilado en la ciudad de León; 19 de abril de 1850, se firma el  tratado Clayton-Bulwer; 1 de abril de 1853, Fruto Chamorro asume como Supremo Director del Estado de Nicaragua; 11 de abril de 1856, en la Segunda Batalla de Rivas se logra repeler un ataque de las tropas de William Walker; 15 de abril de 1858 se firma el  tratado Cañas-Jerez; 30 de abril de 1857,  Charles H. Davis se ofrece para mediar la rendición de William Walker ante las Fuerzas Aliadas.

 

[La segunda parte de Los muertos puede leerse en la edición 8 de Álastor, siguiendo este enlace].