Las batallas

«Todo me parece parte de lo mismo: el cine, la literatura y la música como artefactos para medir mi vida».

Foto de Víctor Ruiz.

I

Después de algunos años he regresado a mis antiguos discos de Café Tacvba. Me encuentro solo en mi cuarto y recuerdo al joven que fui. Me veo caminar por Carretera a Masaya en dirección a la parada del bus, escuchar hasta el cansancio las mismas canciones en mis audífonos. Mientras recorro las calles, observo e intento retener algunas imágenes: las tiendas de Camino de Oriente y sus estacionamientos vacíos, la vegetación seca del boulevard, el sol que resplandece sobre el asfalto, etc.

Recuerdo un tema en específico, la historia de Carlos y Mariana narrada en “Las batallas”. Una canción cuya letra recrea una de las historias más importantes de la literatura mexicana del siglo XX, la novela Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. El narrador, ya maduro, vuelve a su infancia, a las calles y canciones que conforman su pasado. Se trata del primer desamor, el encuentro con una serie de fracasos que conformarán sus días. Entonces me veo en la sala de mi casa, de noche, mientras leo de un solo tirón las páginas de la novela. Pienso en la alegría y en la tristeza de ese descubrimiento, en el asombro de reconocer algunos versos transcritos en la canción. Se trata de una doble cita. El autor utiliza la letra de algunos boleros para construir una atmósfera nostálgica. Trabaja con la memoria, con el uso del pasado como artificio.

Por alto que esté el cielo en el mundo

por hondo que sea el mar profundo [...]

Entonces, como si de un acto de ósmosis se tratase, me reconozco recreando el mismo procedimiento. El mecanismo por el cual ciertos elementos del pasado provocan la intervención de algunos recuerdos. Camino por Managua al igual que el personaje recorre las calles de su colonia en la Ciudad de México, escucho con cierta alegría los discos de mi adolescencia, etc. Después de intuir una serie de ideas me sorprendo del origen de esta experiencia, de los fragmentos que conforman nuestra educación sentimental.

 

II

Un par de amigos me invitan a ver Roma. Los acompaño a la sala de cine, sin embargo, ya hemos visto la película. Nos impulsa la curiosidad, algunas inquietudes todavía no resueltas, la oportunidad de apreciar la fotografía en pantalla grande. Semanas atrás otro amigo, un poeta y fotógrafo aficionado, me comentó con notable entusiasmo la belleza de algunas escenas. La disfruté y me conmoví sin mayores pretensiones. Me mantuve al margen del debate que provocó entre algunos espectadores y me dediqué a continuar con mi vida.

En la sala de cine, sin embargo, la experiencia se vuelve alucinante. En varias ocasiones me encuentro al borde del llanto. Conozco la trama, espero sin sorpresa ciertos giros narrativos, pero la violencia con que se proyectan las imágenes termina por sobrepasarme. Cedo, me muevo tenso sobre la butaca, escucho, un poco confundido, los sollozos de una mujer en la misma sala. Experimento el hecho estético, pero también reflexiono sobre ciertos aspectos de la vida.

No recuerdo haberme conmovido tanto la primera vez que vi la película. Salimos del cine y mis compañeros me confiesan haber llorado. Estamos un poco agitados y necesitados de cervezas. Durante los días siguientes vuelvo a evadir el debate, las constantes discusiones entre sus admiradores y detractores.

 

III

Sábado a mediodía. Navego en varios sitios de internet y descubro con agrado una publicación reveladora. Una revista especializada en periodismo cultural promueve un paseo por la colonia Roma, una caminata a los sitios mencionados en la novela de José Emilio. De golpe, tomo consciencia de una serie de asociaciones. El protagonista del relato recorre el mismo vecindario donde se desarrolla la película. Tanto el novelista como el cineasta recurren a un conjunto de imágenes del pasado, a la infancia y a los recuerdos como materia prima de la ficción. Vuelvo a escuchar la canción de Café Tacvba y todo me parece parte de lo mismo: el cine, la literatura y la música como artefactos para medir mi vida.

Pienso en esta capacidad para relacionar elementos de distintas fuentes. La experiencia es ajena al contexto. Un grupo de críticos rusos de inicios del siglo XX acuñaron el término “desautomatización” para referirse al cambio de perspectiva que experimenta un individuo con relación a la realidad. El mundo continúa inmutable, pero se percibe de otra forma. Bastó una canción para poner en marcha ciertos procesos relacionados con la memoria. Recordar no significa volver a vivir, sino construir nuevas experiencias basadas en los individuos que somos ahora.

Yader Velásquez

Somoto, 1992. Ha participado en talleres de narrativa (CNE, UNAN-Managua, CAC). Fue incluído en la “Breve antología del cuento novísimo nicaragüense” (UNAN-Managua, 2015). Coeditor y cofundador de ÁlastorLiterario.com.