La muerte era la patria

La premier del documental Antojolojía sobre la vida del poeta caribeño Carlos Rigby se convierte en la excusa perfecta para tejer estra crónica llena de memoria y poesía.

Crédito de imagen Ernesto Castro Mora

Nunca me tomé en serio la poesía de Carlos Rigby. Ni siquiera me parece que se deba gastar demasiada tinta para justificar una gratuita falta de interés por una obra poética que, al menos personalmente, en los entretejidos del texto, alejada del performance oral y el aplauso del público aplastado en sillas de plástico, (en algún festival supuestamente reivindicador de las marginalidades de las minorías), no me parece una poesía que pudiese sostenerse por mucho tiempo sobre sí misma. Sin embargo, el personaje de Rigby era otra cosa. Poseía la poesía de la espontaneidad por todo el cuerpo. O lo poseía con creces, parodiando las paradojas verbales que tanto le fascinaban, la poesía recóndita de sus ancestros al hablar o al caminar, como si la lírica oral de los chamanes caribeños recorriera cada uno de sus gestos. Ese ritmo en el acento de su voz que era capaz de asesinar, de una vez por todas, al primer asomo, la soledad involuntaria del aburrimiento. 

   Eterno tótem en la entrada de El Panal (ese antro de mala muerte cantado por poetas y narradores y frecuentado por personajes fantasmales que tomaban y tronaban contra el mundo capitalista; hablando, pensando y rumiando la misma retórica acrítica, divertidamente maniquea, de la Guerra Fría, donde cualquier pregunta contra los Castro o Rusia era considerada diversionismo ideológico de mercenarios, como si el jodido muro de Berlín todavía existiese con sus desfiles de soldaditos pro-soviéticos, o como si el espectro de  Lizandro Chávez Alfaro acabase de ganar el Casa de las Américas, para orgullo de la izquierda nacional recluida en ese atemporal antro ochentero). Te recibía con una gentileza no sólo extraña en esos ambientes de Managua, sino además tan fresca y espontánea que, aunque no te conociera, si él estaba solo a esas horas de la tarde, se sumaba a acompañarte, si lo invitabas a hacerlo, con la conversación amena de alguien que conservaba una memoria formidable para las anécdotas literarias, y sabía narrar con amenidad irónica, pero no corrosiva, esas memorias literarias y no tan literarias de la Managua del siglo pasado. Una memoria, claro está, que corregía lo recordado en aras de la oralidad literaria. De ahí mi súbito interés, cuando una amiga de los medios culturales de una embajada europea me invitó, a mi paso por Managua, a asistir a la noche única del estreno de Antojolojía de Carlos Rigby, un documental de Eduardo Spiegeler y María José Álvarez, que se presentaba por una sola noche en una sala de cine en Galerías Santo Domingo. La verdad, asistí al Centro Comercial más por curiosidad que por entusiasmo, acompañado por una amiga guatemalteca, bailarina de danza contemporánea, que, al igual que yo, se encontraba de paso por Managua, en tránsito hacia Costa Rica. 

 En una Managua de por sí (y más aún en medio de la represión estatal por la crisis sociopolítica) carente de propuestas culturales interesantes, me pareció que esa oportunidad era de por sí una ganga. Mientras esperábamos a mi amiga Marjo, la gestora cultural, en un pasillo de Galerías, exactamente frente a una tienda de ropa femenina que ostentaba el nombre de un constructor de violines del siglo XVII, viendo el pasar de las familias tranquilas con sus niños portando camisetas de exclusivos colegios privados; mujeres blancas, rubias y castañas, y hombres de aspecto ejecutivo o porte de empresarios, mujeres y hombres y niños, generalmente guapos, quienes seguramente nunca han necesitado abordar algún bus del transporte público para ir al trabajo, me pregunté por lo surreal de este estilo de lugares, al parecer diseñados para el consumidor de la clase media alta, en una empobrecida ciudad latinoamericana. Los pasillos asépticos que se pierden a los lejos; las vidrieras con modelos exhibiendo ropa de marca o de alta costura; las pantallas intermitentes anunciando el calzado costoso de la temporada; ropa, accesorios, joyas y ese ambiente casi desolado del atardecer en un día de semana. Imaginé cómo sería el ambiente gélido de esos pasillos a horas de la madrugada, esas atmósferas quietas donde pareciera algo de repente va a surgir en la penumbra para estropear el sentido irremediable de la soledad de esos lujosos espacios abandonados. Mi amiga Indira, la bailarina, se retiró en busca de los sanitarios para damas, y, ya solo ante uno de los pasillos más largos de la galería de tiendas, repentinamente evoqué una esquina del Ducualí, entre el año 92 o 94, si mal no recuerdo, cuando muerto de la risa, mi amigo Oscar Laguna, el primer traductor de Shelley que conocí en mi vida, (un alumno perezoso en casi todas las materias en la secundaria del Experimental México, donde estudiaba a regañadientes, pero cuyo dominio del inglés era una cosa verdaderamente surrealista, no sólo por la manera en que lo asimiló, podría decirse, de manera más bien autodidacta, sino por su capacidad para leerlo y escribirlo correctamente, en una época en que las mejores escuelas de inglés no se encontraban precisamente al alcance de los muchachos de los barrios), leía Lágrimas por una puta con una fruición verdaderamente endemoniada. Lo recuerdo sostenido en un pie y saltando en el andén, para luego cerrar esa Antología reeditada por Cardenal, para la inteligentsia cubana, por supuesto, en esa versión bastante destartalada de la Editorial Nueva Nicaragua que alguien, ya no recuerdo quién, nos había prestado, y acto seguido pasársela por el trasero, restregándosela malvadamente, con una irreverencia muy típica de él en esos años turbulentos, cuando profesaba un desprecio visceral, casi gozoso, por todo lo que tuviese que ver con los laureados poetas del sandinismo de la década anterior. Fue la primera vez que escuché, o leí o me leyeron, un poema de Carlos Rigby. 

   Luego recuerdo haber escuchado su voz por esos años, en un programa de Radio Ya, Contacto 6 20 me parece que se llamaba, el cual mi abuelo, sandinista empedernido, escuchaba todas las mañanas con una puntualidad casi religiosa. Las llamadas de Rigby a ese programa matutino, generalmente eran para ofrecer reflexiones de tipo político, donde, con un sarcasmo divertido, lanzaba serenas diatribas, aprobadas por el locutor, no menos que por mi abuelo, contra el sistema de educación y la falta de promoción cultural que detentaba, según él, el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro. En sus comentarios solía sustituir la preposición “pero”, por el arcaísmo “empero”, y es la fecha y aún ignoro si lo hacía por una especie de convicción gramatical  o por puras ganas de jodernos.

    El otro recuerdo que me asaltó fue verlo en un Festival de poesía de Granada, probablemente en el 2014 o 2015. Una de esas noches, cuando le tocó el turno, sentado, me parece, entre unos poetas sudamericanos y otros europeos, dijo que sabía su poema de memoria, tomó el micrófono, trenzas rastas canosas al aire, camisa manga larga por dentro y pantalón cargo, y empezó a parlar más que a recitar, un fragmento de ese poema donde habla de lo que  le enseñaron su papa y su mama, pero esta vez, cambiando las palabras, ya no lo hacía con la misma gracia con que solía hacerlo en otros ambientes: parecía encontrarse perdido de repente como un animal sagrado fuera de su propio elemento; estaba algo serio, y hasta se diría demasiado expectante de la reacción del público. En primera fila se encontraban muchos de los poetas extranjeros invitados al evento, y, por supuesto, varios de los organizadores del festival que lo miraban con una cara de asombro y decepción inusitada, pues el poet, en su improvisación, pareció perderse un par de veces con las palabras, y eso se notó en las breves pausas que hizo, y cuando terminó, el gesto de WTF en los rostros de algunos de los poetas organizadores, a los que yo tenía a pocos metros de distancia, casi enfrente, desde mi orilla de la plaza, justo detrás de los parlantes, denotaba que, al igual que muchos entre el público, ignoraban si el poet había cometido ese fiasco adrede, (por a saber qué razón a modo de burlesque)  o en verdad se había enredado parlando el famoso poema, que si bien es cierto antes solía arrancar risas sinceras, en esta ocasión, ¿De lujo?, apenas suscitó unos aplausos desperdigados como una especie de apenada cortesía. 

Luego la memoria me trasladó a El Panal, a una tarde del año 2012 o 2013 si no me equivoco. Había llegado a una cita con una amiga poeta. Varios meses antes, ella había sido jurado en un certamen donde envié un poemario de adolescencia, que al final resultó elegido para publicarse.

  Recuerdo que llegué temprano, antes de las 5 p.m, para evitar lo más pesado del tráfico de la hora pico. El Panal estaba casi desierto. Carlos Rigby estaba en una mesa de la entrada del bar, acompañado solo por una botella de cerveza de doce onzas; lo saludé y él respondió con una sonrisa familiar, como si esa no fuese la primera vez que me saludaba en su vida. Como mi amiga se demoraba, seguramente atrapada por el tráfico, y Rigby y yo estábamos solos en mesas vecinas, le pregunté si podía sentarme con él, y asintió de buena manera, diciéndome que no podía quedarse mucho tiempo porque tenía un asunto familiar que resolver. Le expliqué que yo estaba esperando a una amiga, y que si no le molestaba me gustaría sentarme a compartir con él, y accedió con gentileza. A penas sin enterarme, prácticamente le monté un interrogatorio acerca de varios sucesos acerca de su vida que, en las comidillas de la poetada de Managua, habían adquirido un carácter casi mitológico: Que la guardia somocista lo puso en su lista negra en el 78, por unos poemas dedicados a Somoza donde comparaba al tirano con un cerdo; la amistad con Pablo Antonio Cuadra quien le publicó, un poco reticente,  Lágrima por una puta en La Prensa Literaria; si era verdad que había fumado marihuana con Allen Ginsberg cuando visitó Nicaragua; si el Comando Beltraniano no era más que una broma para joder la seriedad del Ministerio de Cultura dirigido en los ochenta por Ernesto Cardenal… A casi todo respondió con una sonrisa amable, con una tendencia a desmentir la exageración, que en las bocas de los otros, hubiese adquirido algún simple suceso que pudiese distorsionar la imagen de otras personas, hoy por hoy tan fantasmales como el mismo antro donde nos encontrábamos. 

   Recuerdo que prefería hablar, más que de Cardenal o de Guinsberg, de una de sus hijas, de la carrera que ella había estudiado, o de su vida en Laguna de Perlas, cuando tenía más días de los necesarios de no estar por allá. No contento, y recordando a mi amigo Oscar, el anglófilo, en aquella esquina del Ducualí, le pregunté, con intención  maliciosa, cómo fue posible que Pablo Antonio Cuadra, un católico conservador, miembro activo del Opus Dei hasta el final de sus días, le publicara ese poema Lágrima por una puta en un número de La Prensa Literaria en esa época de finales de los años sesenta. Fue cuando Rigby, con sus ojos grises, nublados por el tiempo o las avanzadas cataratas, me contó que a PAC el poema le había gustado mucho, pero tenía reparos editoriales con el título del texto. Esto porque en ese entonces el suplemento literario de ese diario, conservador por excelencia, era leído y patrocinado, por ejemplo, por los colegios católicos para señoritas como el Pureza de María, pero que estaba dispuesto a publicar el texto íntegro, si Rigby accedía a cambiar el título. En esa tensión estaban cuando entró a la oficina Ernesto Cardenal quien, al ser consultado acerca del dilema del título por el mismo Pablo Antonio, le expresó a ambos que el título era el más idóneo, y que Jesucristo mismo, el poeta oral de los poetas orales, también fue acusado de andar con prostitutas y con gente de mala calaña, para escándalo de los fariseos, y que muchas de las mujeres que lo seguían eran consideradas mujeres de mala vida, putas en otras palabras, a quienes él puso como las preferidas del plan de salvación, advirtiendo incluso que entrarían primero en el Reino que los mismísimos escribas y maestros de la ley mosaica. Y, según Rigby, fue así que PAC decidió publicar el texto con el título original, el mismo que unos treinta años después, mi amigo Oscar me dio a conocer en voz alta, saltando en un pie, como una celebración agónica del fenómeno cadavérico que, en ese entonces, le parecía a él la cultura literaria de la revolución popular. 

    A veces el pasado es una enfermedad resistente. Una especie de cáncer crónico. Y cada cual quiere escuchar, sin cuestionar, el historial clínico que le conviene. En Nicaragua, ese historial dantesco, suele adquirir una cartografía para la búsqueda de la desdicha que se aviene muy bien con los facilismos, por lo demás fanáticos, de las posturas maniqueas más acomodaticias que, al contrario de los tonos grises, más brutales y escurridizos, nos protegen de las innecesarias complejidades de la vida. En la narrativa de cada ciudadano, hay una tendencia a esconder los secretos más escabrosos del propio bando ideológico, para exacerbar, siguiendo al pie de la letra el manual de la propaganda partidaria, las monstruosidades del bando contrario. El objetivo: Desautorizar el discurso del otro hasta criminalizarlo para el juicio histórico. Luego se procede, sin miramientos ni medias tintas, a llevar a los altares a los “héroes y mártires” de la propia causa hasta el punto de deshumanizarlos a lo divino, por más que, humanos al fin y al cabo, en vida hallan vivido o muerto, amparados por alguna de tantas guerras, en la praxis de conductas definitivamente criminales, rayanas incluso en lo socio-patológico. Tanto el fascismo como el comunismo han usado esa receta en sus respectivos manuales. En Nicaragua, conservadores y liberales, demócratas y sandinistas, han llevado esa capacidad de anular o enmascarar su propio duelo, en aras de ridiculizar el duelo del otro, a extremos que superan cualquier ficción apocalíptica. De ahí la tendencia, por lo demás generalizada, al fanatismo ideológico o religioso, y a la violencia, (física, verbal o psicológica), en los encontronazos cotidianos con aquel o aquella que piensan o sienten la realidad de manera diferente. He ahí la fuerza de todos nuestros fantasmas. Tal vez esa sea la razón por la cual, ese atardecer en El Panal, al compartir ese par de cervezas con Rigby, presentí que conversaba con alguien que, de alguna forma misteriosa, era una especie de ficción, en su versión apacible y agradable, que ya pertenecía a uno de los reinos de la muerte; un remanente de un pasado con su discurso construido, de manera absorbentemente imperiosa, hacia la “construcción ideológica” de una realidad no sólo fallidamente utópica hacia el futuro, en los contextos del neoliberalismo global, sino que se parecía más bien a una especie de retrovisor romantizado hacia un pasado sospechosísimo de ocultar, con todo su bagaje cultural y literario y musical, que le sirvió de oportuna propaganda, la propagación de tradiciones evidentemente nefastas para la diversidad del tejido social, en una sociedad cuasi feudal históricamente preparada para convertirse, a plomazo limpio, en un hervidero para el barbarismo cíclico.

En mi recuerdo, antes de abandonar El Panal, con mi amiga poeta entrando en el perímetro del bar con la última luz de la tarde, le insistí a Rigby si alguna vez PAC, (ya saben, ese granadino criollo y conservador, católico y de derechas, admirador del fascismo español, prácticamente el Paul Claudel y Jacques Maritain monstruoso que nos vendieron en los ochenta para despreciarlo a nuestras anchas, pero utilizando lo que de nicaragüenses nos inventó para utilizarlo desde la izquierda en la masiva propaganda a ultranza para la formación de la conciencia nacional ; así como los altares de la Inmaculada en los diciembres ochenteros de la Avenida Bolívar; altares religiosos y golosinas para las masas, a pesar de las cartillas marxistas leninistas traídas de La Habana), había mostrado, aunque fuese de manera sutil, alguna forma de asimetría de tipo fascista en el trato con el poeta venido de la mera periferia blufileña. Rigby, al inicio se extrañó de mi pregunta. Entonces la reformulé de manera más directa. Le pregunté si PAC alguna vez lo había tratado con evidente o molesta condescendencia por ser costeño. Y Rigby, mirándome a los ojos, sonrió ampliamente y movió de manera negativa la cabeza, mientras daba punto final a su último trago de cerveza. Nunca, me dijo. El poeta siempre fue muy amable, muy abierto con los más jóvenes. Muy respetuoso con las culturas étnicas. Incluso con los que pensaban distinto que él. Le interesaba conocer de todo,  y que los poemas fuesen buenos para publicarte. Nunca recibí de él ningún tipo de racismo o clasismo. Nada de eso. Nosotros le quisimos mucho por eso. Era un gentleman. El único que lo molestaba, sobre todo cuando le dio por andar leyendo cosas de marxismo, era Beltrán. Y él sí, lo recuerdo, a veces lo sacaba de quicio. Pero es que Beltrán jodía mucho. Podía ser muy insoportable cuando se ponía a molestar. Pero Pablo Antonio, si el poema de Beltrán lo convencía, igual se lo publicaba. No era hombre rencoroso. Que vaaaa. Luego nos despedimos casi al mismo tiempo que dábamos la bienvenida a mi amiga.

 Recuerdo que durante la cena, le conté a Ale, mi amiga poeta, el episodio. Vieras que intenté sonsacarle cualquier cosa bochornosa sobre PAC, y el tipo lo defendió casi a capa y espada. Ella me miró un poco extrañada y dijo algo como: Bueno, o el PAC era en verdad un tipo ecuánime, buena onda, a pesar de la mala fama que le dieron, o el poeta es demasiado fino como para caer en esa trampa de andar hablando mal de los muertos. Tal vez mi pegunta prejuiciosa le generó desconfianza, o simplemente Rigby quiso ser en ese momento el gentleman que siempre había sido bajo su apariencia de rastafari  un tanto descuidado. Con ese último recuerdo regresé de El Panal a Galerías. Mi amiga Marjo, la gestora cultural, e Indira, la bailarina, coincidieron casi al mismo tiempo para sacarme de mi letargo. Sólo fue presentarlas, e irnos por un café mientras daban las 7 p.m para la presentación del documental. 

Los tres avanzamos por el largo pasillo central del mall. Un  pasillo amplio con su luz de morgue que parecía irse tragando a la gente por las salidas principales hacia el parqueo o los ascensores. Al encontrarnos en sentido contrario con un grupo de unas cinco señoras en uno de esos portales, me hice ligeramente a un lado de manera instintiva, mientras seguí explicando a Indira quién era Carlos Rigby: poeta oral, afrodescendiente, anticapitalista, que nunca publicó un libro, etc etc…fue cuando Marjo me preguntó sin salir de su asombro ¿Viste quién iba ahí?, Mm No, le respondí. ¡La Aminta! Insistió. Me volví para constatar la información y, en efecto, con una bata desabrochada, color malteada de fresa, que le llegaba debajo de las rodillas, y unas pantuflas color pastel  que arrastraba con cierta gracia al caminar, conversando efusivamente con sus interlocutoras, moviendo ambos brazos y manos de un lado a otro, ya de espaldas a nosotros, iba la ex comisionada de la Policía Nacional, desaparecida hacía ya meses de los espacios públicos. Por hacer la broma, le dije a Marjo que me extrañaba ver a la comisionada sin guardaespaldas. Acto seguido intenté explicarle a Indira quién era esa señora delgadísima que pasó en bata y en pantuflas tan cerca de nosotros: ex comisionada de la policía nacional, bajo cuyo mando se cometieron crímenes de lesa humanidad contra estudiantes y civiles durante las protestas del año 2018, y la agente de mayor rango durante el período de desprofesionalización de la fuerza pública, en la cual esta institución pasó a ser un organismo estatal al servicio directo del Partido de Gobierno, comandado, sin mediaciones constitucionales, por el alto mando del Ejecutivo. 

     Al llegar al pie de la escalera para subir a las salas de cine, de repente caímos en la cuenta del por qué la ex comisionada andaba sin guardespaldas en el mall. Pudimos detectar aproximadamente unas seis patrullas de agentes boinas rojas, fuertemente armados, desplegándose  con disciplina tensa, por los principales pasillos. Marjo dijo: seguro vino gente pesada del gobierno a la presentación del documental. ¿Todavía quieres entrar? Ni que me fueran a morder esos jodidos, le respondí en tono de broma, más por no asustar a mi amiga chapina que, a esas alturas, me lo confesó después, ya presentía la paranoia en el ambiente, como si fuésemos personajes secundarios en el relato de Josef K, a punto de ser interrogados de repente por los agentes de la tristemente célebre policía nicaragüense. Ella, que había residido en un pueblito muy tranquilo de Austria por bastante tiempo, y tenía pocas semanas de haber regresado, pudo percibir en la atmósfera del mall esa especie de pesadez, de falsa pasividad peligrosa, cuya violencia podía ser detonada de repente  por la cosa más tonta: un banderín azul y blanco, el estallido de un globo, un comentario público contra el gobierno. Solo le tomaron esos cuarenta minutos en la mesita del Café, y los comentarios de Marjo y mis respuestas a sus preguntas para constatar qué tan cierta era la información en los videos de las redes que ella vio en el extranjero, antes de arribar a la ciudad, para saber que, a pesar de las tensas apariencias, en esa jodida ciudad, abril 2019, la vida transcurría con una anormal normalidad.

   Llegamos a la sala de las golosinas del cine. El ambiente estaba atestado de gente. Muchas personas vestidas de manera ejecutiva, otros más en estilo casual. Las guayaberas blancas de los viejos. Los blazers oscuros de las señoras. Las camisetas alusivas al gobierno que portaban periodistas treintañeros dando cobertura al evento cultural.  Ni debo decir que ahí, al menos a primera vista, no había alguien a quien saludar. 

   Una vez que Marjo, rodeada por lo que parecía ser un grupo de funcionarios públicos, constató con el muchacho portero que la entrada era gratis, los tres entramos por la puerta de cristal y nos dirigimos hacia la sala, rodeados por los posters gigantes de los próximos estrenos. Es curioso, le dije a Marjo, que presenten este documental en un sitio donde Rigby seguramente no solía asistir. ¿Te imaginas a Rigby entrando a estos cines o cotizando precios de zapatos en Zara? A lo que Marjo respondió con la misma mirada con la que suele mirarme cuando, según ella, me pongo de amargado por buscarle al gato las cinco patas. La sala nos recibió con las luces amarillas aún encendidas, y la pantalla de proyección apagada. A pesar de que la mayoría de las filas ya estaban ocupadas, logramos conseguir tres asientos en la parte media superior donde nos acomodamos, rodeados más que todo de reconocibles empleados del gobierno, quienes se saludaban de un lado a otro fingiendo, con un entusiasmo poco convincente, que todos eran grandes amigos. La nueva burguesía de izquierda, y el triste olor a cultura de sus agentes complacidos. Delante de nosotros, en la butaca inferior, justo a unos centímetros de mis pies, se encontraba uno de los diputados más cínicos del régimen; con su calvicie avanzada, y los nudillos de ambas manos, pequeñas y regordetas, reposando entrelazados sobre su enorme panza, escuchaba las pláticas sobre anécdotas en común que sus acompañantes le compartían. Un señor alto de abundante cabello canoso, vestido con una chaqueta roja, de Ralph Laurent,  y pantalón de tela negro, de aspecto europeo, no dejaba de hablarle al diputado acerca de la vez que Rigby bailó Palo de mayo con su cuñada en un evento del gobierno. 

     La sala terminó de colmarse de gente, al punto que un buen grupo tuvo que quedarse en pie para la función. Al pie de la pantalla, María José Álvarez tomó la palabra para darnos la bienvenida. Luego nos habló de las motivaciones para trabajar este film sobre la vida y la obra de Carlos Rigby, a quien recordaba con afecto, admiración y gratitud a casi dos años de su fallecimiento. También compartió un breve, pero sentido discurso acerca de su colega y cómplice de esa aventura cinematográfica, Eduardo Spiegeler, a quién evocó con calidez y respeto, invitándonos a ver el film como un homenaje póstumo a su trabajo creativo. Luego agradeció a la bancada del FSLN en la Asamblea Nacional por apoyar la presentación del documental, pero tuvo la elegancia de abstenerse de decir la consabida fórmula con la cual los empleados del gobierno suelen terminar sus intervenciones en los eventos públicos: “Gracias al buen gobierno del C… y de la C…. etc etc”. Mientras ella se extendía en sus agradecimientos, no dejé de pensar en lo difícil que debe haber sido, ya con el trabajo de post producción en México, que ella y su colega, ambos reconocidos cineastas en la región, hayan quedado en los lados opuestos de la opinión acerca del estallido social del 2018. Tal vez el film era un homenaje, no sólo a Rigby, a su comunidad y  a su familia, o a la mitología de la Revolución, sino también a ese momento en que los artistas de izquierda aún podían trabajar juntos, antes de la irremediable escisión, no sólo de las opiniones, sino de los vínculos amistosos, creativos y hasta familiares, que vino después de la tendalada de muertos, y del ambiente de terror calculado, y la brutalidad de las bestias de choque, en los distintos niveles de la represión. Luego de los aplausos finales, las luces se apagaron y, con el sonido de los parlantes, el chorro de imágenes en la pantalla nos trasladó al Caribe, al océano, a la lluvia, al indomable mundo de las aguas embrionarias. 

Podría decirse, sin ninguna condescendencia gratuita, que Antojolojía de Carlos Rigby, es un documental esmeradamente realizado; una eficaz banda sonora, una fotografía exquisita, y una edición con una trama impredecible de los cuadros que mantienen la atención del espectador sin decepcionarlo. En esto el manejo de los tiempos, dentro del tiempo del film, se encuentra calibrado con una precisión de metrónomo suizo que no cansa ni vapulea el interés general del espectador. La cámara capta el carisma innegable de Carlos Rigby en su palpitar cotidiano. Esto sin abusar de las combinaciones repentinas de los planos en blanco y negro y de los encuadres a color. El personaje de Rigby, tan escurridizo a las cámaras durante tantos años, se mueve con una soltura de león en su estepa en los distintos escenarios: caminando por una calle desolada de algún barrio viejo, en cuyas paredes alguien estampó algunos de sus versos contra el capitalismo; sentado en su casa, con una pared cuadriculada, de bloques color cemento, a sus espaldas, leyendo desde un legajo grueso de páginas sueltas, sus poemas inéditos; navegando la bahía de Pearl Lagoon bajo la lluvia incesante en una panga envejecida; cantando a capella un coro de Gospel en la iglesia Morava de Bluefields; o compartiendo una perrera de baloncesto con los muchachos del barrio creole. El film no carece de momentos realmente conmovedores. Por ejemplo, cuando Rigby cita poemas de Beltrán Morales y habla de la poesía de su amigo con sincera admiración, o cuando sujetando el busto de Darío, se escucha tras las cámaras la voz de Eduardo, quien le pide que tire ese busto por el suelo, y Rigby, con una sonrisa de niño culpable, aferrándose al busto de Darío, le dice: No puedo. 

     El golpe más poderoso del film es la primera parte. La voz en off de Rigby nos narra el inicio de la represión de la GN contra los estudiantes de la UNAN desde el 78 al 79. La voz en off nos cuenta el in crescendo inesperado de esa violencia durante más de un año. Y el film acompaña esa voz con el vértigo de la masacre indetenible. Estudiantes con el cráneo roto por un certero disparo, el cabello tupido ensangrentado, tirados en el pavimento; muchachos con pantalones acampanados agonizando en las camillas improvisadas; las patrullas de BECATS (los jeeps de la muerte usados por la guardia), disparando a mansalva contra los civiles que huyen despavoridos; adolescentes sucios, de rodillas en la calle, y los rostros impávidos de los guardias a sus espaldas, portando fusiles Garang y Galil; madres llorando delante de las cámaras, hablando de sus hijos torturados o desaparecidos; las pilas de cadáveres sin nombre, calcinados en predios baldíos; las caravanas de jeeps militares, y la infantería con palas mecánicas arrasando las barricadas alzadas en los barrios ante el terror de los civiles. La voz en off de Rigby continúa narrando de esos días de sitio en el recinto de la UNAN, cuando asistía a dar lecturas de sus poemas para animar la lucha de los universitarios. Aparece así el poema del zoológico del Señor presidente, que culmina comparando al tirano con un cerdo. La represión de la GN, que no se abstiene ni siquiera de ejecutar adolescentes y niños, ni de violar mujeres (en la voz en off, en los gritos de los sobrevivientes), es acompañada por el apoyo de los militantes del PLN, civiles y turbas de la APRE, las temibles fuerzas de choque de los empleados públicos que no dudan en atacar en grupos, armados de palos, pistolas, tubos, a los civiles disidentes. La voz de Rigby nos cuenta cómo tuvo que sobrevivir en casas de seguridad durante todo ese período, y de cuando la inteligencia del gobierno descubrió sus poemas enterrados en el patio de la casa de un amigo, y procedió a pegarles fuego como material subversivo, lo que para Rigby era el mejor homenaje que a su poesía le hicieran esos esbirros de la GN. La secuencia termina con un poema contra los Somoza, el marketing de Pepsi y de Coca Cola, y la bota del imperialismo, lo que suscitó las carcajadas  aprobatorias y los aplausos del diputado, seguido por el de sus amigos. Y es, más o menos en esa parte, donde empiezan las imágenes que más me sorprendieron: La insurrección popular como respuesta a la desmedida represión estatal; cierres de los negocios en los paros generales; el alzamiento de nuevas barricadas en los barrios; la respuesta violenta de la población decidida a derrocar el omnímodo poder del Estado. Aparecen las escenas de un grupo de muchachos con las caras cubiertas de pañuelos rojinegros, mostrando un encendedor prendido y un trapo mojado, seguramente con gasolina o kerossene, a punto de encender una pila de cadáveres con los brazos tiesos al aire; cuerpos con uniformes color kaki de agentes de la GN apilados a la orilla de la calle. En ese momento, el diputado hizo un movimiento de rigidez que lo hizo aferrarse a su butaca. Sus acompañantes guardaban un silencio, podría decirse no sólo sorprendido, sino también de tensa expectación, porque por primera vez en lo que iba de la filmación, dejaron de murmurar entre ellos los breves comentarios laudatorios que, de manera pedante, solían expresar casi a cada momento. Durante esos minutos el tiempo se suspendió, y me encontré de nuevo en el Ducualí de mi infancia. El barrio de los tirabombas, enemigo acérrimo de la estación 13 de la GN, ubicada en el costado sur del mercado periférico (hoy Jonathan González); la guarida del Macho Negro. El barrio de donde salió el Repliegue del 79, premiado por la Revolución con alcantarillado, andenes, cunetas, y calles adoquinadas. Me encontré de nuevo en la escuela Sagrada Familia #1, delante de las tumbas anónimas que, de niños, nutrían nuestra imaginación, ubicadas en el costado oeste del patio de recreo. Nos decían que eran tumbas de guerrilleros en los últimos días de la insurrección. Pero luego supimos que el barrio también tuvo fosas comunes, donde enterraron cadáveres incinerados de muchos guardias. Incluso guardias desarmados que ya se habían entregado al Frente Urbano, y civiles simpatizantes del PLN sacados a la fuerza de sus casas, acusados de ser informantes en el momento de la represión, o familiares de miembros de la EEBI. Recordé las historias de mi abuela paterna y de otros vecinos, que de niño me contaban sobre los ajusticiamientos en el puente el Edén. De los muchachos llenos de ira, que con sus escuadras desordenadas, en plena celebración terrorista, dirigían los ajusticiamientos y las quemas de los cadáveres en ese sector a mediados de julio del 79. Montículos de cadáveres chamuscados, y el hedor a carne humana que persiguió a mi abuela en sus pesadillas durante años, cuando le tocó pasar a pie con sus niños por ese sector, acompañada de sus vecinos, buscando una zona más segura desde El Dorado hasta el barrio el Edén en medio de aquel caos. O la caravana de unos treinta jeeps que, el 18 de julio, pasó por el barrio con  oficiales GN de las tropas especiales, hombres y mujeres, dirigiéndose probablemente hacia el aeropuerto, en su último intento de escapar de la debacle. Según mis parientes, los guardias pasaron disciplinadamente, muchos diciendo adiós a la gente que se ocultaba rápidamente en sus casas a su paso. Al parecer, cuando iban por el sector de Rubenia los emboscaron; las ráfagas duraron media hora aproximadamente. Y a pesar que muchos, muy mal heridos, decidieron entregarse, no quedó ni uno vivo; todos fueron ejecutados. Esto último me lo aseguró, por el año 95, un testigo presencial, habitante de la colonia Nicarao, que en ese entonces servía como correo para los insurgentes. Las historias que nunca nos contaron en los ochenta. Porque hablar de esos ajusticiamientos no sólo era diversionismo ideológico, sino una manera pequeño burguesa, sospechosamente somocista, de cuestionar la justa ira de ese ente universal abstracto llamado “pueblo”, por el cual el Partido, y sólo el Partido, puede hablar y pensar y justificar sus acciones en su histórica condición de víctimas. Y ahí estaban, en el film de Spiegeler, como un mensaje del más allá, las llamaradas consumiendo los cadáveres anónimos de los guardias apilados como piltrafas ante las consignas de la insurrección popular. ¿Cómo era posible que le permitiesen, en el proceso de post edición, presentar esos videos censurados en Nicaragua durante tanto tiempo? Seguramente iban a censurarlos, una vez que los agentes de propaganda del gobierno, entrenados en Cuba, los calificasen como no recomendables, tomando en cuenta nuestro actual contexto. 

   El ciclo de malestar social, violencia, miedo, se volvía a repetir. Los exiliados, los perseguidos, los asesinatos selectivos, los torturados, las masacres en nombre del orden estatal. En la penumbra de la sala, una desagradable sensación empezó a subirme por el esófago. Sentí pena por Rigby. Pena y rabia. ¿Cómo era posible que un hombre tan valiente contra la represión del somocismo, contra el capitalismo transnacional; esa especie de profeta rasta que a veces el film nos quería presentar, fuese tan complacientemente acrítico con un régimen corporativista, que no sólo lleva años auspiciando la expansión de la palma africana como monocultivo, y la extracción minera y maderera mafiosamente organizadas,  sino la invasión de los colonos ex militares en las mismas tierras de sus ancestros, se limitara a escribir poemas donde sustituía la palabra Panadol por Sandinosol como el placebo contra la barbarie del capitalismo? Sentí impotencia, compasión, pero también una callada reverencia por Spiegeler y su equipo. Ni al inicio ni al final, por más que se usara un tono de victimización, me convenció la postura de que Rigby no pudo nunca publicar su libro, fuese por cuestiones familiares, o falta de gestión pública o privada. Rigby, aunque suene grosero decirlo, al igual que muchos de los escritores bien mirados por el FSLN, siempre detentó un capital simbólico cultural que bien le pudo haber valido para encontrar ese apoyo, incluso en estos últimos once años. El que Rigby no haya publicado un libro, y en esto estoy en franco desacuerdo con muchos de los que, con motivo de su muerte en 2017, se lanzaron infantilmente a buscar culpables por todos lados por semejante “pérdida” e injusticia editorial, probablemente obedeció más a una postura personal respecto de su obra, que lo emparenta más bien con la misma tradición de los poetas nacionales con los que se sentía identificado o con los que se consideraba, en algún sentido, un deudor. Y cuando digo que Rigby no usó su capital simbólico para publicar, o para obtener algún tipo de escabrosa prebenda pública con el FSLN en estos años, ( era un hombre muy sencillo que vivió con alegre simplicidad, y cuya riqueza siempre fue más bien ética y cultural), me parece más bien algo digno de un hombre íntegro que, al contrario de la pandilla de pseudo intelectuales trepadores del sandinismo, al parecer lo hizo mantenerse al margen del mundillo decadente  de la corrupción cultural que hemos presenciado en este país durante tantos años. Como si se tratara de una película de Marvel, decidí quedarme hasta la última imagen para ver los créditos. Pude cerciorarme que Spieleguer recurrió a los archivos de cine en ciudad de Guatemala. Probablemente ahí encontró el material sobre los incendios post mortem de los guardias, y los otros videos post ajusticiamientos que nos dejaron estupefactos delante de la pantalla.

Cuando salimos del cine, ya casi no había gente entre las filas. Pasamos de largo por el lugar de la recepción para llevar a nuestra amiga chapina a tomar algo en algún rincón decente de Managua. En el lobby del cine, lleno a reventar, los meseros se apuraban entre el público que atacaba los canapés y el vino, departiendo alegremente la velada. Nos retiramos de ahí con la desagradable sensación de que estábamos sobrando. Al ir por la carretera no dejé de pensar en los muertos. Los muertos de mi familia en los años setenta y ochenta. Los muertos de un bando y otro en los setenta, ochenta y noventa. Mis muertos y tus muertos. Los muertos de los otros que, a pesar de los ataúdes sellados  con un pedazo de tronco de árbol de plátano adentro y banderas rojinegras envolviendo sus féretros, y los himnos, (esos himnos falaciosos ante tanta podredumbre), nadie supo nunca dónde jodido quedaron enterrados. Los muertos de los campesinos y de los estudiantes y de los exiliados. El inmenso cementerio de muertos vivos y de vivos muertos en que nos hemos convertido, sin lugar para las “mariconadas” del duelo, a lo largo de estos años. Las calles y las rotondas atestadas de patrullas de las fuerzas especiales nos recordaron la pútrida patria de las fosas comunes, de los crematorios al aire libre, de los olvidos fallidos, desde 1821, y desde mucho antes, y por los siglos de los siglos, como si la muerte fuese la única bandera que nos ha venido cobijando en nuestra condición falaz de impotentes ciudadanos. 

Berman Bans

Fraile capuchino y escritor. Graduado en Filosofía y Humanidades por la Universidad Católica de Costa Rica. Ganador del Certamen de Publicación de Obras Literarias 2011 del Centro Nicaragüense de Escritores en la categoría de poesía con Bitácora de un naufragio (2011). Es, asimismo, autor del libro de cuentos La Fuga (2013) y del poemario Huésped de tu sombra (2017). Es director de la revista Álastor.