El palco y las graderías: algunas reflexiones alrededor de Nica Libre

¿Son distintas las élites de izquierda y las de derecha? Este documental sobre la Nicaragua de los noventa permite indagarlo.

Fotografía de Sergio Palma (ver galería completa).

Nica Libre, de Félix Zurita [1], es —entre otras cosas menos triviales— una prueba de que el humor involuntario y el absurdo político no son monopolio exclusivo del orteguismo, si no constantes en los discursos con que las élites de izquierda y derecha en Nicaragua han justificado o promovido sus visiones sociales, económicas y culturales de Nación. Visiones, por lo demás, harto contradictorias no sólo entre sí, si no consigo mismas, y que han significado “cambios sumamente vertiginosos pero que tienen antecedentes igualmente profundos”[2] en nuestra cultura y praxis política.

Imaginemos algo así como una Antología del absurdo político en Nicaragua. Sería un proyecto titánico, sin dudas, pero para el cual contamos con fuentes como Nica Libre, pieza documental de inestimable valor, que podría nutrir todo un volumen con muestras del absurdo político de mediados de la década del 90, cuando Nicaragua se encontraba en pleno proceso de neoliberalización y ajustes estructurales. Años que, además, contienen los primeros recuerdos claros con los que contamos las generaciones milénicas que hoy vivimos (y de nuevo lamentablemente morimos, migramos o desaparecemos) en Nicaragua.

Años vertiginosos que, seguramente sin que lo comprendamos a plenitud, tuvieron un influjo decisivo en nuestro imaginario político y cultural. Es en ese sentido que la actualidad visual de una Nicaragua que quizá para muchos tiene esa consistencia volátil y no totalmente discernible de la que están hechos los recuerdos de la infancia se condensa y reconstruye bajo una nueva luz en Nica libre, al promediar la segunda década del actual milenio. Nos reencontraremos, sobre todo, con paisajes políticos que sólo eran concebibles en esa Nicaragua, que ahora parece una distopía retrospectiva, narrados y comentados por algunos de sus actores estelares.

Pero también, y quizá este sea el mayor valor del documental, los acontecimientos de esos años son enunciados y narrados por esos actores secundarios, esos sujetos subalternos que tienden a desdibujarse en el paisaje de fondo o a confundirse con la escenografía de los eventos, y que muy pocas veces tienen la oportunidad de hablar, y muchos de nosotros la disposición de escuchar. Por Nica libre vemos aparecer como espectros dolorosamente reales a huelepegas, carretoneros de Ben-Hur, exmilitares rearmados, campesinos desplazados —una vez más— por grandes terratenientes, lisiados de guerra que fueron dejados en el abandono y demás deshechos del neoliberalismo y de sus alianzas con el FSLN como partido de oposición. En esa medida, quizá Nica Libre pueda también ayudarnos a atar algunos cabos sueltos o a comprender mejor algunos actores y procesos sociales de nuestra más inmediata actualidad.

En Nica libre también hay comedia. Son profusas las frases y escenas que, al igual que el contenido mediático del actual gobierno, darán la impresión de ser sacadas de un especial centroamericano de Monthy Python o de un improbable sketch político de Chespirito, de no ser por la dolorosa realidad del contexto en que están inscritas. Por ejemplo, la inauguración de la Texaco de Las Colinas, primera estación de servicio con tienda de conveniencia en Nicaragua, a la que asistieron personalidades políticas del momento, como el entonces embajador de Estados Unidos o el casi eterno cardenal Miguel Obando y Bravo, quien no pudo contener un sincero “¡wow!” al encontrarse ante los rodos giratorios de una máquina de hot dogs, a lo que añade, en respuesta a una observación del embajador, “es lo que le decía, parece que estamos en Miami”. También hallaremos un breve pero contundente cameo del hoy célebre miembro de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, Michael Healy, quien desde las graderías de Expica expone su visión de la nueva Nicaragua neoliberal, en la cual “venimos de un gobierno totalitario que (…) decidía lo que se hacía en el país. Ahora la iniciativa privada es la que va a decidir básicamente lo que se hace en el país, y nuestro gobierno es un gobierno facilitador”, sin duda germen del modelo de consenso entre gobierno, cámaras empresariales y el gran capital que encontró su punto de radicalización máxima e institucionalización estatal en los dos últimos períodos de Daniel Ortega. También en Nica libre escucharemos la apología de Humberto Ortega sobre sus razones para movilizarse en una camioneta de lujo mientras exmovilizados de su ejército no tenían ni para una buena silla de ruedas, la cual, tras una alegoría cantinflesca de Nicaragua como un estadio y las clases sociales como palco y graderías, culmina con un histórico “entonces lo malo no es que si yo ando en camioneta. Lo malo es que qué hice yo por el país”. Aunque, en apariencia diametralmente opuesto a Ortega, el personaje que se roba la película, y que sirve como hilo conductor, es el entonces célebre Pedro Solórzano, alias Pedro “Carretón”, miami boy que a su regreso a Nicaragua ideó Ben-Hur, un ingenioso modelo de marketing mediante el cual literalmente se ofertaba la pobreza extrema y el subdesarrollo como espacio publicitario para que los capitales nacionales y extranjeros ofertaran sus productos, a través de un espectáculo de carreras para las masas. Luego Solórzano corrió como candidato a la Alcaldía de Managua en las elecciones del 96. Ambas facetas del joven empresario que “quería hacer un espectáculo que se llenara como se llena una actividad política, pero de una manera sana” son registradas en el documental de Zurita.

Pero también hay mucho de tragedia en Nica Libre. Como los rostros y testimonios de las bases sociales sobre las que se apoyaba el espectáculo nacional del neoliberalismo, y ahí es donde podemos hallar algunos cabos sueltos. Veremos cómo durante los famosos años neoliberales cuadros importantes que manejaban estructuras significativas del FSLN empezaron a establecer ciertas alianzas con la derecha (entonces no vandálica, sino gobernante) que terminaron por excluir a una gran parte de las bases que engrosaron las filas de los “sandinistas desencantados”[3].

El documental de Zurita da testimonio de eso a lo que Verónica Rueda llama “una política dual” que el FSLN pone en práctica luego de la derrota electoral del 90. Según Rueda, la dirigencia sandinista por un lado daba su apoyo a las protestas

en la medida en que estas respondieran también a sus intereses, y, por otro lado, establecieron acuerdos con el gobierno e incluso llegaron a rechazar las actividades de resistencia que no estuvieran organizadas por ellos mismos, aunque quienes las encabezaran fueran de filiación sandinista.[4]

Uno de los ejemplos más dramáticos es registrado en caliente por Zurita. Se trata de la toma de Estelí en 1993 por parte del Frente Revolucionario de Obreros y Campesinos (FROC). En una breve, pero profunda entrevista el exteniente Lorenzo Baquedano, caído en combate esa misma noche a manos de sus excompañeros de armas, expone las razones de su lucha y envía un mensaje al jefe del Ejército Nacional.

Sin embargo esa política dual o ese pragmatismo oportunista que facilitó una serie de alianzas entre revolucionarios y burgueses se expresa mucho más temprano en la historia del FSLN, como señala Elizabeth Dore respecto a la decisión del gobierno sandinista, luego de tomar el poder en el 79, de no entregar tierras directamente a campesinos, sino conformar fincas y cooperativas del Estado para las cuales los campesinos sin tierras trabajarían. Había una razón pragmática para semejante decisión:[El gobierno sandinista de inicios de los 80] intentó mantener una alianza con sectores de la burguesía terrateniente que temían empoderar al campesinado[5][6]. Esto tuvo su revés lógico en los 90, como lo documenta Zurita respecto al caso de la cooperativa “La Cumplida” de Matagalpa, donde los pequeños productores, antes combatientes y militantes sandinistas, fueron obligados, una vez más, a abandonar sus propiedades, pero esta vez por los nuevos terratenientes: altos mandos del Ejército, también de origen sandinista, quienes en los 90 usaron la fuerza militar y la influencia en el Poder Judicial para secuestrar y forzar a los campesinos a vender sus tierras a precios mínimos.

Otro testimonio desgarrador es el del teniente Marvin Matamoros Blandón, quien sufrió la desprotección total del Ejército tras quedar lisiado prestando servicio a la institución. La realidad de Matamoros se condensa en una pregunta que duele por su honestidad, por su transparencia, por no ser nada retórica sino más bien algo que muchos excombatientes encontraban francamente incomprensible... una pregunta que repite tres veces: “¿Por qué se nos abandonó directamente? ¿Por qué se nos abandonó? ¿Por qué se nos ha abandonado tanto?”. Las cifras multiplican la pregunta de Matamoros hasta el vértigo y la náusea: “en sus distintas fases y procesos, entre 1990 y 1995 unos 65,000 combatientes dejaron las instituciones militares sandinistas, de ellos sólo 11,331 fueron contabilizados como parte del Retiro Activo, es decir, dejaban las instituciones con algún tipo de beneficio”[7]. Sin embargo, todavía no hay una respuesta clara a esa pregunta.

La pobreza y el desamparo se convirtieron, tras el fracaso revolucionario, en el componente ya no ideológico, sino estrictamente material que identificó a las más amplias bases sociales de Nicaragua durante los años neoliberales (que, dicho sea de paso, no han culminado), o para ponerlo en palabras de un excombatiente sandinista rearmado durante los 90: “Nuestra identidad, lo que nos unía con la Contra ha sido la pobreza, la exclusión, la falta de oportunidades y sobre todo que somos útiles para las elecciones o para agarrar el fusil”[8]. La exclusión social, las organizaciones verticales y autoritarias, el pragmatismo que menosprecia las variables humanas y sociales y dan gran valor al consenso económico-político de élites han demostrado una y otra vez su fracaso a lo largo de nuestra historia moderna. Sin embargo, pecando de un optimismo conscientemente ingenuo, uno se inclina a creer que los sucesos de abril, mayo y junio de 2018 demostraron la posibilidad de un giro significativo en nuestra cultura política.

Gracias a las nuevas tecnologías (cada vez más difundidas entre gran parte de clases sociales y grupos minoritarios del país, incluyendo las rurales), otras formas de organización, comunicación y consenso son posibles entre los ciudadanos, entre las bases autoconvocadas y autogestionadas que acorralaron a las cúpulas por varios meses, y por primera vez en la historia del país prescindiendo de dirigentes y estructuras verticales y, sobre todo, de las armas; mediante tranques, marchas y protestas articuladas espontáneamente a través de las redes sociales, se demostró que el músculo social está en las calles, en las bases excluidas y no en las alturas inaccesibles de las cúpulas. Ninguna organización puede resistir, sin embargo, el embate brutal y sin miramientos que se ordenó desde El Carmen en contra de todos los nicaragüenses. Debe existir “un respaldo”, una forma de representación y presión que convierta a las grandes bases excluidas en sujetos políticos con una posibilidad de incidir y participar con igualdad de condiciones en las agendas políticas y económicas del país que vaya más allá de los modelos de Estado o partido. Esto no le conviene ni a Dios ni al Diablo. O para ser claros: ni a la Alianza Cívica —quien parece preocupada únicamente por crear una nueva parte negociante que sustituya al orteguismo en su modelo de consenso— ni a Ortega-Murillo. A ellos les conviene mantener el prebendismo, el clientelismo y la desmovolización autónoma. En palabras del rearmado anteriormente citado, el “respaldo económico, político y social no es para ser apéndices de una estructura partidaria o de una Estado, sino para conquistar y recuperar lo que el Estado no ha sido capaz de cumplir”[9].

A la experiencia de las protestas y masacres de abril, mayo y junio nos toca sumarle la consciencia de la complejidad del fenómeno, y de las fuerzas sociales que hemos entregado históricamente (igual a como lo estamos haciendo hoy) a las élites. También toca rescatar y desarrollar algunas nuevas, modestas pero significantes posibilidades de re-dirigir estas fuerzas “desde abajo” que surgieron fugazmente en el contexto de las protestas. Para ello, creo, nos toca ponernos al día con la historia y con la política del país. Nica Libre, insistiré, no deja de ser un documento de gran valor en ese sentido.

 

Notas

 

[1] 

Alba-Films, 1996. Se puede ver en www.youtube.com/watch?v=EsM_hInPkIw

[2]

Verónica Rueda Estrada, Sandinismo y pragmatismo político. Generaciones militantes en Nicaragua 1979-2016. Chile: Palimpsesto, Vol VIII, N° 11. 2017 - http://www.revistas.usach.cl/ojs/index.php/palimpsesto/article/viewFile/2820/2561

[3]

Y aquí haré una digresión para mencionar un tema de actualidad. Pues se trata de una práctica de las clases dirigentes que en las últimas tres décadas ha permitido, entre otras cosas, el regreso de Ortega al poder (a través, pero no sólo, del famoso pacto con el PLC de Alemán, que representó la cristalización de una cultura política de alianzas pragmáticas, introducidas por el tercerismo, y perfeccionadas por el orteguismo, como bien sugiere el ensayo de Rueda, que ha terminado por permear en toda la sociedad), así como, más recientemente, la consolidación de su capital económico e institucional a través del modelo de consenso mantenido desde el gobierno con los grandes capitales nacionales, inversionistas extranjeros y organismos monetarios internacionales. Ortega, fogueado en este tipo de alianzas de conveniencia, sabe que la estrategia siempre debe ser volver el consenso cada vez más difícil para la otra parte negociante, hasta encontrar la forma de prescindir de ella y establecer un monopolio absoluto, primero político, luego económico de aquello sobre lo que se negociaba. El triste final de Alemán no sirvió de ejemplo para los empresarios que, desde las cámaras gremiales del Cosep, decidieron operar e incluso legislar durante los últimos once años dentro del marco de un modelo binomial de consenso público-privado mediante prebendas, privilegios y lealtades. Modelo que fortaleció su músculo político excluyendo sistemáticamente cualquier tipo de forma de representación u organización social de base verdaderamente independiente. Esto, sin lugar a dudas, permitió que se acumulara un amplio y diverso descontento social que las cúpulas no querían escuchar. El catastrófico agotamiento del modelo de consenso o Modelo Cosep, según fue definido por su ideólogo más visible (El modelo COSEP, por José Adán Aguerri, en: https://www.laprensa.com.ni/2017/04/11/columna-del-dia/2213727-el-modelo-cosep), y cuyo catalizador fue la aprobación unilateral de las reformas al INSS, surgió simplemente de una desavenencia en las negociaciones entre las partes, y no de un verdadero disenso ideológico o un reconocimiento autocrítico de parte de los empresarios sobre el costo social que su alianza con Ortega ha representado. Fue como resultado del evidente fracaso de este manejo oportunista de cúpulas a espaldas de las bases sociales que estalló la actual crisis política que en los últimos seis meses ha cobrado la vida de más de 500 nicaragüenses. Nicaragüenses que, podemos estar seguros, fueron jamás tomados en cuenta en las reuniones a puertas cerradas entre el sector privado y el gobierno donde se determinó las circunstancias materiales de sus vidas y, finalmente, de sus muertes. Por lo demás, quienes hemos sobrevivido a los que han sido los mayores niveles de violencia de Estado vistos en el país durante el último medio siglo ahora nos enfrentamos a lo que se viene perfilando como una de sus mayores crisis económica.

[4]

Verónica Rueda Estrada, Sandinismo y pragmatismo político. Generaciones militantes en Nicaragua 1979-2016. Chile: Palimpsesto, Vol VIII, N° 11. 2017 - http://www.revistas.usach.cl/ojs/index.php/palimpsesto/article/viewFile/2820/2561

[5]

Inglés en el original: “attempted to maintain an alliance with sectors of the landed bourgeoisie who feared empowering the peasentry

[6]

Elizabeth Dore, Myths of Modernity: Peonage and Patriarchy in Nicaragua, Duke University Press 2006, p. 6

[7]

Verónica Rueda Estrada, op. cit.

[8]

Op. cit.

[9]

Op. cit.