Heterocity - 3 fragmentos

Ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo en 2010, fue publicada por Lanzallamas (Costa Rica).

Foto de Álvaro Cantillano Roiz. Ver galería completa.

Fragmento 1

—Tiempos de tribulación, eso son estos –dijo el arzobispo monseñor Jeremías Pasos.

—Los tiempos no son nada, sino lo que las mujeres y los hombres los hacemos ser. Lo que hay es revoltosos, en este nuestro tiempo –dijo Lucrecia de Casariego, mientras veía la espalda de monseñor, quien a su vez veía hacia la calle desde la seguridad de la ventana del segundo piso–. Y si me permite, monseñor, eso hace toda la diferencia –agregó–. Si los tiempos fueran revueltos, no tendríamos más remedio que quedarnos de brazos cruzados y dejarnos arrastrar por ellos. ¿Quién se opone al tiempo?; en cambio, si son algunos hombres los revoltosos, solo tenemos que señalar por qué y en qué son revoltosos, para que la gente no confunda a esos hombres con los tiempos y se deje llevar.

Monseñor volvió a ver hacia Lucrecia por sobre su hombro izquierdo, sonriente, avalando complacido, se diría, a juzgar por la expresión de deleite dibujado en su rosáceo rostro de aspecto irlandés.

—Cada día me convence usted más de que es una guerrera en Cristo, doña Lucrecia. Madre de familia y luchadora del bien. Usted es una bendecida del Señor.

—No, monseñor. Una madre preocupada. Una esposa preocupada. Solo eso.

—¿Pero hace falta más? …Dios quiera iluminar las mentes de estos jóvenes diputados. Me parecieron sensatos.

—Pues por si acaso, los cientos de miles de firmas que estamos reuniendo los tendría que conducir hacia la sensatez. Nuestra red de ONG’s hacen lo suyo. Mi pluma y la de otros abnegados defensores de la familia también. Sin embargo, vea usted: esos insensatos siguen hablando por hablar, paranoicos. Mediáticamente convierten nuestra defensa de la familia en un ataque a su estilo de vida. ¿Quién está atacando su estilo de vida? Allá ellos con lo que hagan de sus vidas. Pero de ahí a pervertir a nuestros niños…

—Sabias palabras, doña Lucrecia. Pero vaya usted a convencerlos. Oyen lo que quieren escuchar. Y ahora sí, ya hasta sacaron las uñas. Antes no querían casarse, ahora resulta que siempre sí. Por eso hoy es cuándo se debe estar del lado del pueblo. Me deshago la voz los domingos desde el púlpito, doña Lucrecia, usted lo sabe. Hacemos lo que debemos hacer, me parece. No hay día que no eleve mis oraciones al Señor para pedirle que ilumine las mentes de los que no quieren escuchar razones. Tengamos, fe, doña Lucrecia. La fe mueve montañas.

—A Dios rogando, monseñor, y con el mazo dando; porque de quedarnos con los brazos cruzados… Pero además he venido a visitarlo para comentarle algo que tiene que ver con el presbítero de una de sus parroquias, relacionado en parte con lo mismo –dijo Lucrecia–. El padre Rogerio Díez.

—Ah, el padre Rogerio. Uno de nuestros más constantes luchadores. Hombre sabio. Un poco sombrío, pero de gran valía –dijo sonriente–. Entiendo que dirige la parroquia a la que asiste usted con don Darío y su querido hijo –Lucrecia asintió–. Un gran trabajador de la fe. Aunque joven aún, ha hecho a la fecha más que el conjunto de muchos otros de mayor edad. Algún día habrá que reconocerle sus esfuerzos sobrehumanos. ¿Sucede algo con él?

Lucrecia hizo un gesto ambiguo, como si no supiera cómo empezar a explicar después de las apologistas palabras del arzobispo.

—Vea usted, monseñor. Es un asunto bastante incómodo. Y que conste que no hablo desde una certeza sino desde una mera sospecha. Sin embargo tengo mis razones para compartírselo. De lo contrario no me expondría a dar un falso testimonio.

—Pues hable usted, mujer, por Dios, que me tiene en ascuas.

Lucrecia tomó un hondo respiro.

—Resulta, monseñor –dijo–, que hay graves sospechas que tienen que ver con una posible conducta atípica del padre Díez, en relación a que podría, y recalco, podría tener ciertas peculiares tendencias que lo conducen a gustar de otros hombres, o niños, no lo sé; incluso hay quienes afirman que en ocasiones pudiera haber sido… un tanto demasiado condescendiente, digamos, con estos impulsos. Usted sabe. Es muy difícil de expresarlo.

—Entiendo –dijo monseñor, asumiendo una expresión intensamente reflexiva–. …Déjeme decirle aquí en confianza, doña Lucrecia, que no me sorprende del todo la observación que usted hace del presbítero Díez. Con toda la pena del mundo le debo confesar que algo de eso ya ha llegado antes a mis oídos. Nunca nada en concreto, como podría ser la denuncia de un indecoroso acto explícito que me indicara que el padre hubiese podido obrar alguna vez, dejando libre algún instinto malsano que se alojara en su cabeza. Sino, más bien, comentarios…, observaciones de conductas que no son del todo las usuales; pero como le digo, sin que eso, hasta donde yo sepa, haya pasado a más. Usted sabe que hay todo un proceso canónico, y ahora resulta que también una obligación legal, que se debe seguir de tener una certeza respecto a un acto concreto de esta naturaleza, y este, se lo puedo afirmar con toda honestidad, no ha sido el caso.

—Sin embargo, monseñor, en vista de que el padre Díez se rodea rutinariamente de niños inocentes, en mi opinión, lo más conveniente sería mantenerlo en una especie de observación. Algo muy discreto, claro. Porque debo decirle que yo sería la primera en poner el grito en el cielo si uno de estos muchachos se viera incomodado por una conducta fuera de sitio del padre Díez, de quien no cuestiono su sapiencia y su valía. Simples medidas profilácticas, ¿sí me entiende?... Es más –dijo Lucrecia, abriendo su bolso, y sacando de él una tarjeta–. Si usted no me lo toma como un abuso de mi parte, me permito sugerirle que contacte usted con este señor para que pueda hacer un muy discreto seguimiento de la conducta del padre Díez, y así salimos de dudas.

Monseñor tomó la tarjeta, y no sin dificultad la enfocó con el brazo a medio estirar, contraídos los músculos alrededor de los ojos.

—…Néstor… Guatemala… Periodista –descifró.

—He hablado con Darío y de su parte le manda a decir que de considerarlo pertinente, con el mayor de los gustos correrá con los honorarios de este señor, de su plena confianza. Por supuesto, sin vincularlo en acuerdo alguno, o de cualquier manera, con el arzobispado.

—¿Un acuerdo privado?

—Entre usted y mi esposo.

—Pues no lo sé, doña Lucrecia. Como le he dicho, y usted mejor que nadie sabrá, existen mecanismos clericales y procedimientos seculares establecidos para estas cuestiones tan delicadas. Usted sabe que un escándalo de esta naturaleza, con lo que pudiera salir de semejante investigación, comprenderá usted que…

—No habrá ningún escándalo, monseñor. Mi esposo está determinado a llevar a cabo la investigación de todos modos. Pero creemos que lo mejor es contar con su venia y bendición, y que lo vea como un auxilio a esos mecanismos que usted menciona.

Monseñor quedó en silencio unos momentos, con la vista fija en la tarjeta.

—Bueno…, supongo que…, supongo que no estaría de más la discreta intervención de un profesional en este asunto…, viniendo la iniciativa de tan probos e intachables feligreses como lo son usted y don Darío. Hasta me sentiría descortés si no aceptara tan responsable y, pensándolo mejor, pertinente ofrecimiento –dijo, con una dulce sonrisa de nuevo instalada en su rostro–. …Aunque si pudiera don Darío hacerme el favor de contactarlo por mí…

—Sin ningún problema, monseñor.

—En ese caso, no se diga más. Cuentan ustedes con mi venia y bendición.

 

Fragmento 2

Cuando comenzaron a manar los ejércitos de lumbre líquida del miembro del hombre, el padre Díez pensó en poner retenes para que aquellos no pasaran más allá de puertas que comprometieran luego un cargo de conciencia aún mayor que el que de seguro se gestaría con cuanto ya había acontecido hasta ese instante. Al principio lo logró. Lo logró a pesar de estar enamorado del goce de sentir la tibieza del fluido deseado desparramándose en él, mientras el propio lo empapaba vientre abajo. Sin embargo, la llenura inicial, quizás turbada por nuevas detonaciones líquidas cuya presión se estrellaba incontrolada en las irregularidades de las paredes contenedoras, hizo que un movimiento involuntario de los músculos del esófago del cura diera al trasto con el cerco defensivo con que cerraba paso a invasores, y que las huestes acuosas irrumpieran ahí donde solo personal autorizado podía ingresar, con una deglución inevitable que encendió la alarma en su conciencia y lo hizo pensar en folletos que hablaban de cómo evitar el contagio de sida.

 

Con un bienestar de entrañas que le hacía temblar las manos asidas al volante, y un poco la quijada, el presbítero Rogerio Díez había salido a recorrer San Salvador; se había desviado de la Calle Juan Pablo Segundo, a la altura de Puerto-bus, buscando la Calle Arce.

No era la primera vez que en esas calles buscaba refugios fáciles a las ganas de estar con alguien. Lo hacía cada vez que se sentía demasiado tenso, y casi siempre después de estar en clase de catecismo con los chicos. Para él, entrar al circuito de los chaperos representaba rendirse al insulto de lo más abyecto de su naturaleza, y, sumiso, esclavo de unas botas sucias que lo aplastaban de pecho contra el suelo mientras él se masturbaba de placer, buscar la carne por la carne, volverse vil, depredador y carroñero, lanzarse a la irracionalidad sin corazón que, sin embargo, le procuraría a cambio un bienestar embalsamado en el olor de un glande anónimo apenas púber, vaciado en un cuartucho (¡no podía nunca ser un cuarto lujoso de hotel la catedral para esas misas!: un cuartucho de sábanas de blancura dudosa, hasta la transparencia ralas por el uso y hasta rotas, ¡ese era el altar adecuado para sus nocturnos rituales!).

Había incursionado en el circuito, metiéndose directo al centro del mismo en su Volkswagen desvencijado, como espermatozoide triunfal que, rota la membrana del óvulo, se abalanzaba sin cola por el núcleo para fertilizarlo. Se había acompañado de un vino de cartón, y se había puesto a buscar algún compañero mancebo, andrógino de preferencia. Ya desinhibido por los efectos somáticos de ese dios Baco tetrapack, había invitado a subir a su auto a un mozalbete que para su extrañeza estaba parado en un punto inusual a aquellos en donde los conocidos putos de la zona y otros anexos eventuales hacían campamento a la espera de clientes. Esos dos factores: la inusual y solitaria colocación del personaje dentro del circuito, y la extrema juventud viril del mismo, debió encolerizar mucho más a sus abejadas ganas de hacerse de miel en aquella colmena nocturna de placeres, y lo había conducido a detener el auto a su lado, bajar el vidrio y empezar un montaje de teatro mímico de sonrisas y cabeceos que el otro mesuradamente había respondido con solo cabeceos sin sonrisas, y que había sido el preámbulo del fastidioso “¿qué-haces-por-acá?” y del tedioso “por-acá-viendo-qué-sale” y de los posteriores “¿qué-te-gusta-hacer?” y “¿cobras-algo?”.

No era un chapero de los asociados, con tarifa y sonrisa de campo pagado, era un casi niñato que no sonreía y que probablemente se había desperdigado en calles de fama conocida después de una parranda por esos lares, y se había puesto a ofrecer su calentura a cualquiera que pasara por ahí. Al presbítero Rogerio Díez le había parecido perfecto anclarse con él en algún fondeadero de los alrededores, sucio y maloliente, en el que un anfitrión descamisado, de cabello alborotado por interrupción de sueño, sudado y con caminar de zombi, les abriría la puerta a la segunda, los vería de pies a cabeza y restregándose los ojos les dispararía la tarifa, les daría toalla vieja y jabón en pastilla, casi en píldora, los encaminaría unos pasos y levantaría el brazo para, sin mirar a rostros, emitir un apenas inteligible “cualquiera-de-los-del-fondo”, y se iría luego a zambullir en las tinieblas de un camastro diluido en los intestinos del animal hecho cuartuchos que si existían era solo porque el presbítero pensaba que debían de existir en algún lado, detrás de las fachadas en penumbra de la deglución que los conduciría hasta los cuartos del fondo.

Prendida la luz que iluminaba con soles de sesenta vatios, el padre Díez se había podido dar cuenta de que el chico andaba tomado, y que lucía más circunspecto y ceñudo que antes. Más hombre, en todo caso, sin dejar de ser un niño. Se fue directo al cuartito que, tras tabique, era baño, y el sonar de un grueso chorro de orín rompiendo el agua reverberó hermoso en los tímpanos del cura, provocando una taquicardia que inyectó de adrenalina sus santas venas (quizá tocando a la puerta de sus castas gónadas como antes ellos habían tocado a las puertas del hospedaje) y despertando al anfitrión de entrepiernas (quizás como antes ellos habíamos despertado al hombre de los cabellos despeinados). Visiblemente inquieto, el cura Díez había pasado revista al cuarto y a la cama mientras escuchaba la ducha funcionar del otro lado del tabique. Ralas sábanas, hoyos en cortinas de ventanas, rollo de papel higiénico en mesita junto a cama, y más furor en sus bienaventuradas venas cuando pensó en la eventualidad de que el zombi sudado solo hubiera hecho pantomima de desaparecer para buscar camastro y en realidad estuviera detrás de los vidrios, acechando las acciones de los huéspedes. Más que imaginarlo, lo deseaba, y tal vez por eso se prohibió acercarse a la ventana y apartar las cortinas para constatar que afuera no hubiese zombi de cabellos parados. Y decretó que hubiera no uno, ¡sino cuatro y hasta siete zombis turnándose los huecos disponibles en cortinas para no perderse ni uno solo de los malabares que de seguro el chico serio que para él se duchaba al otro lado del tabique, le haría interpretar aquella noche! Luego le había entrado la preocupación de lo pragmático y se había puesto a pensar en condones y en lubricación. Sacó dos Durex Confort de la bolsa del divino pantalón, colocó el botecito de dentífrico blanqueador que había tenido el tino de no olvidar tomarlo de la guantera del auto y depositarlo en su otro bolsillo de pantalón al salir rumbo a la puerta del hospedaje, y que había rellenado previamente con gel-lubricante-base-agua (de esa que usan para tactos rectales en hospitales), al lado de los condones; se había desabotonado la camisa, desabrochado el cincho, bajado la bragueta y desvestido, siempre pensando en ojos furtivos tras hoyuelos de cortinas, hasta quedar en calzoncillos. Luego había doblado el pantalón de tal manera que el acceso hacia la bolsa en donde la piadosa cartera se hallaba (sin muchos billetes en ella) quedara inaccesible a cualquier secular mano curiosa, y lo había colocado sobre una silla, en un lugar que desde la cama le había parecido inalcanzable, y se había sentado a esperar la salida del niño-hombre a quien deseaba entregarse como si de eso dependiera la continuación de su vida y de su especie sobre la faz de la tierra.

El chico salió con la ropa en la mano y la toalla en la cintura. Colocó la ropa sobre otra silla, como un acto ritual de pre-meditación mística, y se dio la media vuelta. Venía empalmado, y, colocándose frente al cura, lo tomó con una mano de la parte posterior de la cabeza mientras con la otra hacía caer la toalla al suelo.

En la rudeza y silencio de aquel acto iba la rendición sin alegatos del cura Díez. Él, buscando ojos de amo con sus ojos, se había dejado llenar la fervorosa boca con el tangible placer de ver convertido en empujones ensalivados la dureza concreta que antes solo fuera un calidoscopio de imágenes sin cuerpo usurpándole el vacío cavernal custodiado por labios enardecidos, que de cuando en cuando eran visitados por su clériga lengua presurosa, a tono con los requerimientos de las fátimas apariciones mentales que lo poseían.

Así habían estado un buen rato hasta cuando, aprovechando pausa breve en el enganche de oraciones, enloquecido por un impulso inexplicable por hacer entrega de sí mismo, el cura Díez no había podido contener el escucharse, con las palabras más llanas y prosaicas que había hallado para ir a juego con lo que sentía y quería, ofrecer a aquel efebo todo cuanto podía ofrecer de su canónigo cuerpo como capitulación a otro cuerpo, y, en eso, la desfachatez de la súplica y la vulgaridad de las palabras eran parte inseparable del armisticio.

—¡Cogéme! –le dijo jadeante.

Y el andrógino lo había visto desde lo alto, esgrimiendo miradas de poder con dejos de conmiseración ante lo degradado que de seguro le resultaba ese tipo a sus pies, que de día, seguramente, usaba blindajes de dignidad y orgullo sin tacha, y era incapaz de alguna impropiedad o insinuación fuera de sitio, o de dirigirle un saludo, quizás, y que en esos momentos estaba hincado frente a él, mendigo sediento que pedía la salpicadura de unas gotas de su pozo, dispuesto a obedecer, como el más entrenado de los perros, cualquier mandato, por excéntrico que este fuera, emanado de la boca de su dios, a quien suplicaba ya sin ego, desnudo de orgullos y en la desolación de un desierto de vida, por una salpicadura salida de su pozo.

—Abre bien la boca y saca un poco tu lengua–pidió.

Y el cura Díez había obedecido mirando al cielo, alucinado por la visión sublime de su dios (arbusto de pencas ardientes en el Monte Sinaí), obedeciendo sin saber por qué ni para qué (¿Maná, agua de las rocas, nuevos mandamientos?).

Mirando hacia abajo, directo a los ojos del sediento peregrino de la noche, el pagano dios había comenzado a hacer un movimiento de boca como si en ella estuviese reuniendo ejércitos de creación, y supo entonces el cura Díez qué venía, pues entrecerrando los ojos y dirigiendo mejor sus labios abiertos, comenzó a aliviar a mano la indetenible erección a full de su beatífico miembro.

Pronto espuma muy blanca había comenzado a abandonar los labios del ídolo, y luego a descender desde un séptimo cielo sostenida por un hilillo mínimo de soles de sesenta vatios, haciéndose más fino (como si una araña lo estuviese tejiendo en su morada de puertas carnosas) a medida que el volumen principal, el inferior, se acercaba más y más, como cansado, buscando echarse a reposar en el camastro jadeante y tibio de la boca del siervo que se regodeaba trémulo al anticipar el espumoso aporte de la boca del altísimo. Luego, el contacto esperado, cielo y carne fornicando en la boca del cura, el hilo de plata roto, su humilde recibir en su párroco cuerpo: casa de servidumbre. “No tendré dioses ajenos delante de ti”, parecía decirle al ídolo con una mirada de renuncia, una vez se había diluido en él el húmedo aporte del pozo sagrado, y, entonces, el dios del cura Díez, fuerte, celoso, visitando la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que lo aborrecen, levantó al siervo por los hombros, como en altar lo dispuso sobre el camastro de sábanas ralas, abrió los cielos, buscó y colocó la tela impermeable de látex y así, su miembro vestido de roca, lubricado con la gel que mundaniza la visita de las fuerzas absolutas, en fuego descendió sobre su sacerdote y lo embistió con la intensidad brutal de un terremoto que, usando fuerzas de fricción en la constancia de los ritmos sagrados, intentó expeler magmas ignotos en la tibieza del abismo de la carne.

Lo conoció, pues, el efebo, y si entró solo, solo salió, y el abandono provocó en el cura Díez la urgencia de asistir a la persecución de los magmas que aún no hallaban manera de abandonar las entrañas del ídolo; así, la tela impermeable fue quitada de un tirón y luego lanzada por el caos de los aires hacia el vacío de los suelos imprecisos del cuartucho, y quedó el miembro del ídolo usando solo trajes de roca volcánica, lo cual obligó a la inmediata fricción artificial de una mano que en un principio fue del cura Díez, pero que pronto fue desterrada por la propia mano del ídolo, de seguro poseído por ritmos ocultos que solo él conocía y por tanto solo él oficiaba con propiedad. El cura atendió lo suyo como siervo y, puesto de lado sobre el altar acolchonado, teniendo al ídolo en éxtasis de nuevo sobre sí, y a su miembro a punto en las cercanías de la boca bien dispuesta, esta vez esperó a recibir la calidez que en oleadas extáticas habrían de depositarse en el cuenco de sed en el que su boca se había convertido, mientras también él dejaba salir hecho lluvia de fuego sobre su vientre y su pecho la dicha seminal de estar recibiendo simiente líquida del único dios al cual servía. Profecía en acción a punto de cumplirse: sintió en el brazo del muchacho hecho ídolo la tensión llevada al límite, acompañada de un decrecer en el ritmo de la fricción; de inmediato, la mano libre del efebo haló hacia él la cabeza del idólatra, acercando así la boca del siervo para que los umbrales carnosos aceptaran al glande que estaba a punto de estallar espasmos cuyo acompasamiento iría a depositar, unos segundos adelante, la erupción viscosa del magma ignoto en el receptáculo del pleno vasallaje.

En un principio, el ahogo hizo reaccionar involuntariamente al cura Díez con un conato de vómito. No obstante su intención de querer coadyuvar para que esa reacción involuntaria trascendiera los umbrales del solo conato y se volviera una acción perfectamente materializada que le permitiese deshacerse de la carga de intrusos licuados que ya bajaban hacia su estómago, el afán del efebo por seguir gestando sus efluvios en la boca del cura se lo impidió por medio de un seguro contenerlo con la presión de la mano que halaba la cabeza del pobre ahogado; entonces, aún lleno de ese éxtasis que vuelve impensantes a los hombres que a mares se corren, el cura Díez supo que ya nada podía hacerse, y decidió sacar mejor partido del accidente y abrir fronteras para que toda la carga de simiente depositada hasta el momento en su boca, y la que se seguiría gestando en explosiones vigentes, hasta la última gota, siguieran el camino allanado por las brigadas seminales que hacía un par de segundos habían burlado sus barreras defensivas. Y entonces la dicha de la subyugación lo poseyó de nueva cuenta, y con sus gestos de lucha por hacerse de todo cuanto las entrañas del ídolo pudieran darle, de exprimir hasta el último asomo de fluido que el donante dios no ponía reparos en ofrecer en copas de sacudidas finales sobre los labios receptores, el siervo degustó aquel líquido cuyo sabor le pareció más suave y dulce de lo que hubiera esperado que fuera, a pesar de haberlo ya bebido antes de otras fuentes, incluso de la propia.

Coros comenzó a escuchar cuando ya todo se hubo consumado. En el alivio de estar echado de espaldas en la cama del cuartucho, con el efebo agitado a la par por la recién terminada labor de haber depositado la dádiva en él, en nadie más que en él, solo en él, los escuchaba persistentes. Coros que repetía con el pensamiento obsesivo de los locos, y que hasta la exacerbación decían lo obvio: “He sido tuyo, el depositario de tus esencias. Y quiero serlo otra vez, quiero volver a serlo, ser tu vaso de carne, tu hombre, tu mujer, tu puta. Quiero oírte decir ‘eres mi puta, mi amante, mi mujer’, y yo llamarte mi hombre, de cuyos almácigos yo bebo a diario para nutrirme, para hacerme más tuyo”. Coros, que habrían de acompañarlo luego por las calles, y que lo harían masturbarse incontrolado en el auto en marcha, cuando se dirigiera a casa saciado por la última cena de esa noche.

 

Salieron en silencio del cuarto y volvieron a atravesar el pasillo en penumbras que guardaba la ilusión de las fachadas de cuartos donde seguramente más historias como la suya se estarían gestando. Entonces el presbítero Díez supo lo falso que había sido todo aquello. Ahora era un fantasma caminando en la penumbra a la par de otro fantasma de la noche. Ambos se habían despojado de la carne y la carne había quedado esparcida en sábanas ralas que quizá nunca existieron, y si existieron fue solo en un pasado mentido tras otra fachada de invento, del otro lado de la cual no había nunca existido el tiempo, ni el mundo de afuera, ni la realidad de un hospedaje, ni siquiera el espacio. En sombras llegaron a la puerta. El presbítero pulsó el timbre interior, el cual sonó como un corto alarido de cabra que quería asfixiar a la noche. Segundos después, el hombre sin camisa volvió a nacer desde alguno de los cuartos que nunca probarían su existencia, y sin emitir quejidos ni mucho menos palabras, viendo siempre al aire y nunca a los cuerpos o rostros de los huéspedes, abrió la puerta y dejó que el mundo de afuera volviera a existir.

El presbítero se metió al auto y abrió desde adentro la puerta al compañero. Inició la marcha y hasta entonces comenzaron a hablar. Le dijo el muchacho que se llamaba Héctor y que venía de una fiesta. Le dijo que apuntara un número, que lo llamara. Ni Héctor ni él andaban en qué tomar el dato, y le dijo el chico que tendría entonces que confiar en su memoria. Le soltó un número de teléfono, que el presbítero repitió con lentitud, concentrándose en cada dígito, asociándolo con fechas de nacimiento, años importantes y otras mnemotecnias que lo hicieran imperdible en su memoria. El presbítero estaba decidido a hacer de Héctor un frecuente feligrés de su iglesia personal, y por eso mismo se esmeraba en repetir y repetir el número telefónico que no debía olvidar. Volvía a ver a Héctor, que le indicaba por dónde llevarlo a su casa, solo para hallar placer en verlo circunspecto y desafiante, absolutamente sin plumas, sin una mínima sonrisa que lo hiciera ver amable, pero tampoco adulto. No, no lo quería amable ni adulto, lo quería niño y seguro de su hombría.

—Vivo solo, con mi padre, así que me puedes llamar por las noches. Yo contesto siempre. ¿Te aprendiste el número? A ver, dilo.

El presbítero se lo decía y Héctor le decía que sí, que no lo olvidara, que lo apuntara al llegar a su casa.

Llegaron a San Miguelito. Cerca del mercado vivía Héctor. Por una de las callejuelas a la altura de la Iglesia Don Rúa (en la que el cura Díez había sido bautizado), pidió que detuviera el auto.

—¿Ves ese pasaje? Pues ahí vivo yo, en una de esas casas. ¿Cuánto vas a darme?

Por un instante el presbítero se quedé frío, sin hallar qué contestar; pero pronto reaccionó y le tendió un billete de veinte dólares que sacó de la cartera.

—¿Tienes unos veinte más? –preguntó Héctor.

—Es todo lo que ando.

—Está bien entonces. La próxima te invito yo.

Y Héctor se bajó del auto, pidiéndole de nuevo que repitiera el número para asegurarse de que estaba correcto. Como obediente periquito, el presbítero repitió y repitió. Todo bien. Lo había dejado imborrable en su memoria de tanto y tanto repetirlo. Imposible un olvido.

Al llegar a la parroquia, buscó papel y pluma y apuntó el número de Héctor, pensando en hablarle al día siguiente en la mañana, al despertar.

Y fue la mañana del día siguiente; el presbítero Díez despertó y se puso a pensar en el cuerpo y en la boca deliciosa de su niño. Buscó el papel y marcó. Una grabación sonó del otro lado de la línea. Decía que el número marcado no estaba asignado. Marcó de nuevo, y de nuevo la mecánica voz de la mujer le confirmaba el hecho de que Héctor (si es que Héctor se llamaba) había hecho con él lo que muchos hacían con duendes sexuales de una noche: dar un número cualquiera, hacer que el duende repitieran el número como periquito obediente en todo el trayecto, para que no jodiera, para que al día siguiente descubriera que había sido usado por las ganas de alguien que no tenía la menor intención de volverlo a ver en su vida.

 

Fragmento 3

 

En efecto, Wally Vargas había conocido a Tito hacía unas pocas semanas: había detenido el auto y un Tito Castro hecho de sombras se había acercado, lo había saludado como si fuesen viejos conocidos o amigos íntimos de infancia.

—¡Ando treinta, y veinte para el motel! –disparó Wally esa noche, como diciendo lo tomas o te lo pierdes.

Ante el desierto de las perspectivas, Tito Castro no se lo pensó dos veces.

—Por esta vez está bueno –dijo–. Además ya te conozco, así que considéralo precio de introducción por ser famoso –agregó.

En ese mismo instante se acercó al auto un chapero viejo, con aspecto de proxeneta, y algo comentó sobre lo enrarecida que estaba la atmósfera por esa zona.

—Ya van a hacer la pesca estos cabrones –dijo, aprovechando para sobar el brazo que Wally Vargas había puesto con descuido en el borde inferior de la ventanilla de la BMW.

Wally quitó el brazo y dirigiéndose a Tito Castro le preguntó con voz bien clara:

—¿Diez y pongo el cuarto?

—¡Vah!, está bueno –dijo Tito, cazándola al vuelo.

—Sube.

—Regálame una soda, maestro –le pidió a Wally el viejo chapero-proxeneta.

—Te la mando con él –le dijo Wally.

—Pero en serio.

—En serio. ¿Cuándo te he mentido?

—¡ah, loco! Ahí nos vemos, pues.

Y siguió su rumbo.

—No le hubieras dicho que le ibas a dar la soda al Caballo –se lamentó Tito ya adentro del auto, como si aquello hubiese terminado de joderle la noche–. Este cabrón a mí me la va a pedir luego.

—Pues se la das.

—No, hombre, este vato no perdona. Me saca diez dólares cada vez que me halla levantando. Si no, hay lío.

—Dale cinco y la soda, que para hacerte el quite te dije diez y el cuarto.

Tito se quedó pensando un momento.

—¿Y si nos ahorramos lo del cuarto? Además tú solo quieres…

—No, no. No te salvas.

Lo diablo que se veía Tito Castro en ese instante. A kilómetros se le notaba que no era un chapero cualquiera. Con esa cara y ese cuerpo bien pudiera ser súper modelo y ganar millones. Parecía más bien un chico fresa jugando a hacer el rol de chapero. Mirada intensa, cabello corto, labios perfectos, y algo que para Wally Vargas era indispensable: cero plumas.

—¿La quieres chupar? Quiero que me la chupes –le dijo Tito.

—Hasta que acabes –respondió Wally.

Diablo sonriente.

—Bueno, ya sé dónde. Dale por acá.

Y Wally Vargas se dejó llevar por Tito Castro, que de sentidos de calle no tenía idea, porque lo metió por callejuelas que volvieron la travesía tan complicada como esos laberintos gráficos en donde hay que hallar la ruta a base de entramparse en una secuencia de topes, retrocesos y desvíos, para, al final, darse cuenta de que la solución era una línea casi recta que por simple había resultado improbable a la mente del jugador.

Doce minutos después llegaron a las inmediaciones del Gimnasio Nacional, y Tito Castro le indicó que llevara el auto hacia uno de los espacios exteriores del estacionamiento, hasta dejarlo bajo unos árboles que se volvían cómplices protectores al impedir a la luz de calle (voyeurista pública por excelencia) que llegara a fisgonear por ahí, metiendo sus ojos entre cualquier ranura que el viento provocara en el bamboleo descuidado de las ramas.

—Debe haber vigilancia aquí –observó Wally, quien de ninguna manera podía dejarse atrapar en un acto público semejante al que estaba por realizar. Miró alrededor en la negrura, esperando que una sombra inoportuna se hiciera ver sin previo aviso y luego encendiera linterna y dejara expuesto un uniforme con armas, sin rostro y sin manos: la luz pública habría saltado de la calle a la linterna para hacer de las suyas en el acto privado que estaba por ocurrir en la BMW que había dejado su color original en otro lado, al ponerse bajo la protección del testigo silencioso hecho de hojas.

—No hay nada, ya he estado antes acá –respondió Tito, que ya desataba su cinturón y se desabrochaba los botones de la bragueta. Porque era un pantalón de botones en bragueta el que llevaba puesto Tito, y al parecer eso le hacía olvidar a Wally la posibilidad de que espectros muy de carne deambularan por los alrededores. Le excitaban los pantalones de botones en bragueta, así un mal rato llegara y les tocara la ventana lateral del auto, iluminara adentro y les preguntara qué-hacen-ahí-par-de-pendejos-maricones–. ¿Tienes condón?

—¿Condón?

Ya el asiento alineaba en horizonte, y la tela del bóxer había bajado por los muslos de Tito, dejando expuesto el miembro de buenas proporciones sin ser bárbaro. Tamaño perfecto. Ya en las manos de Wally se sentía una cuidada limpieza que lo volvía tierno y deseable al paladar más exigente. La tela que cubría el glande deslizaba suave entre sus dedos, y hacía nacer con su huida el delicado botón que se hinchaba generoso, invitando al olfato, como una flor que se abre, a participar del milagro de la expansión. Pero, ¿condón?

—¿Tienes?

—No.

—Bueno, no importa, yo sí tengo –escuchó Wally, tratando de apresurar la cercanía del miembro hasta apenas verificar la fragancia natural que expelía.

Se sentía algo amargo, pero suave, con un dejo de mar que ocasionó que se le encendiera un infiernillo en el vientre.

Olía a océano en llamas, a incendio de olas, a reventazones inmoladas, hoguera cálida que invitaba a la navegación de mareas saladas llenas de espuma. Con las brasas de los piélagos quería llenar su boca, inundar a sus papilas gustativas con ese hálito de arrecife de coral vestido en texturas de piel de tiburón. “¡Devorar!”, pensaba sin pensar, sintiendo la salivación premonitoria. Devorar, antes que la prudencia vistiera látex y arponeara la brisa caliente de costas que anunciaban al olfato dureza de ostiones detrás del suave repliegue de la piel.

Luego vino la ominosa retirada de carnada. Tito escudriñaba en las bolsas de su caído pantalón, y hacía emerger de su fondo el empaque del aro de la, según lo que al parecer pensaba Wally, matanza plástica de los sentidos. Rompió todo un extremo del envoltorio y un olor a chicle como el que se produce cuando se mezcla gaseosa de naranja, uva y cola, salió disparado de la abertura e inundó los fuegos de la mar en llamas, hasta sofocarlos.

“¡Mierda!”, Pareció pensar Wally, y tras eso el joven Neptuno dueño de las reminiscencias de hombre-pez cosmogónico, ensayaba arpegios de voz que habrían de marcar la nota tónica de las oralidades que estaban a punto de ocurrir:

—Nunca la chupes sin condón que es peligroso –amonestó, poniendo voz de folleto preventivo.

Y Wally callado, viendo cómo la noche pintada en el miembro que tenía al lado se iba al carajo mascando chicle.

Puesta la red sintética sobre el médano lúbrico, rompiente y farallón, Tito invitó, Wally se fue de pesca; pero ya no era lo mismo: lo que hubiera sido mar en llamas zozobrando en la permeabilidad de su boca, era ahora un objeto-garrote algo esponjoso metido en los trajes ahulados de un buzo antiséptico que expelía por doquier la sapidez sacarosa del artificio chicloso del látex (un poco parecido a lo que era su vida normal, la que dejaba ver a todos). Era como haberse metido uno de esos globos con forma de chorizo en la boca, un entra y saque sin sentido que hacía pensar en impermeables de crudo invierno, rótulos amarillos de rento-y-vendo, guantes de odontólogos, toldos sobre las entradas de colegios de monjas, forros plásticos de libros de escuelitas y laminación de tarjetas de Número de Identificación Tributaria. El mundo envuelto en celofanes con olor a preservantes, la retirada del mar: millas y millas de playas insípidas. “Nada que ver con tener en la boca las pieles tiernas de una vida de verdad, fuera del clóset, parecía estarse lamentando Wally Vargas, mientras trataba de hallar consuelo enterrando las fosas nasales en las profusas bolas expuestas de Tito y luego en los vellos copiosos de su pubis, volviéndose ballena que salía a respirar para luego sumergirme en el linóleo insulso con aliento de goma de mascar. ¡Cómo se les ocurría untar de chicle el forro que habría de contener el miembro palpitante por antonomasia, que nunca, bajo ninguna circunstancia, óigase bien, debía ser mordido y mucho menos masticado!

El miembro; pero, ¿y el látex, la tela, la cortina aislante, eso que aún en esas circunstancias lo seguía marginando de la realidad? ¿Adónde decía que el látex no podía morderse?

Sediento estaba él, y le excitaba pensar en repetir la experiencia de acaparar el substrato líquido de la virilidad del dueño del miembro exacto que tenía en su boca a pesar de hallarlo a miles de millas de distancia a causa de esa mierda de plástico untada con lubricante con sabor a desechos tóxicos –era como chupar un bombón de fresa sin quitarle el envoltorio–. Ese mismo dejo debía quedar en la boca después de una sesión de quimioterapia, estaría pensando Wally. Él quería más, lo quería todo, algo que lo hiciera olvidarse de su vida envuelta en látex: quería los caudales de ese sabor que combinaba lo dulce, lo salado y lo amargo, y el olor a lejía, estrellando las reventazones contra las concavidades de su boca. Todos los distanciamientos de ese su mundo real que debía de negar a diario ante los otros los vengaría ahí con él esa noche, por más diques y rompeolas que hubiera intentado Tito poner: se tragaría la esencia de Tito, su alma, su sangre, y la llevaría con él a su casa sin Magda, se nutriría de ella, la asimilaría en sus tejidos y la sudaría después por sus poros. Ni siquiera se daría cuenta Tito. Por cierto, Tito tensaba una erección a full y le pedía que siguiera y no se detuviera, mientras uno de sus dedos allanaba, furtivo, vistiendo camuflajes de caricias, los límites de la conveniencia de la masculinidad de Wally Vargas, y la empezaba a poner en entredicho, acercándose al calor de la fisura a la que nunca un hombre-hecho-y-derecho permite el acceso de otro hombre. A medida que los incisivos de Wally aprovechaban cada receso para atacar la resistencia de la punta del látex que estaba supuesta a contener en su llenura los baños termales desbordados desde las entrañas del placer de un hombre que goza, el dedo primordial que habría de escribir el hágase-la-luz de un nuevo génesis en las páginas abiertas de los territorios inexplorados, astuto zapador de seducciones impensadas, avanzaba sigiloso ante el repliegue imprevisto de las fuerzas de la resistencia, que habían sido emboscadas por todo un ejército de apetitos repentinos que engendraban, como consecuencia, un empeño indetenible por llegar al éxtasis. En el medio del mandala de placer que se había dibujado dentro de la BMW, los incisivos comprobaban la resistencia ruidosa desplegada por la integridad de los hules en contienda, que rechinaban como si una piara de cuches enanos, microscópicos, se revolcara en el lodo de sangre de un matadero –címbalos y panderos rompiendo el himen de silencio con que la noche enarbolaba la obligada virginidad del contacto de semen y saliva–, por lo que el coribante volvía a distraer los oídos del dueño de la antorcha vedada en látex, haciendo llegar, una y otra vez, la felación hasta la base del monte, y reiniciando el sabotaje antes de cada nueva arremetida, mientras el dedo al acecho, tras un discreto remojón en saliva, friccionaba los márgenes del esfínter y hallaba dispuesto el camino para la final penetración. BM doble Wally machacaba con rabia el látex, provocando el continuo “¡ay!” del material. Era como estar triturando un globo de cumpleaños. ¿Qué vendría primero: el destemple de los dientes o la rasgadura deseada? Machacando con fuerza el filo del colmillo contra el hule, pareció por fin producirse en este un mínimo desgarre que con el reiterado rechinar de premolares (la tela de látex entre ellos) se expandió lo necesario como para permitir que el inminente caudal tuviera la certeza de poderse verter sin mucha reticencia en donde debía cuando el momento llegara. Envalentonado por el logro, Wally no fue del todo consciente de que Tito terminaba de extraviar ese dedo que pronto cobró vida propia dentro de la carne blanda que, llena de alborozo, le cantaba los vítores de bienvenida y lo estrechaba con la fuerza de varias contracciones jubilosas acompañadas por un discreto abrirse de la entrepierna que no podía significar otra cosa más que rendición. “¡Vítor! ¡Vítor!”. Ambos gemían con los ojos cerrados, la piel de Tito se crispaba, estaba, pues, a punto de suceder el estallido en el sitio exacto en que el hule con olor a chicle había abierto paso a la furia de los siete mares enardecidos por el milagro de la transustanciación de la simiente, y se unía con la bien dispuesta cavidad que temblaba con la anticipación del que sabe que está a punto de ser poseído. Una última serie de estimulaciones dactilares bien ejecutadas acentuó el quejido de dicha de Wally, que acompañó al quejido con el que Tito entregaba lo suyo con la ficticia seguridad de que en depósito previsto quedaría incautado. Pronto, con succiones de sediento caminante de Saharas, Wally activó la transfusión, y el paladar quedó henchido con el sabor de las espesas brasas líquidas provenientes de las entrañas del Neptuno joven de las prohibidas avenidas, y, con plena voluntad de reo diurno, consciente y pensante, tragó a sus anchas los caudales del caldero.

Finalizados los últimos estiramientos del placer, Tito sacó un kleenex de la bolsa del pantalón, y después de limpiar con él el dedo que había dado un innombrable placer a Wally, con el mismo envolvió al pellejo farsante con el que había protegido al símbolo más obvio de su hombría, de la indeseada saliva de otro hombre, lo desenrolló, lo hizo bolita dentro del papel y lo botó por la ventana después de abrir el vidrio, creyendo que bien seguro habían quedado sus humores en las paredes del látex del condón. Mientras tanto, una y otra vez Wally se aclaraba la garganta, sintiendo cada vez los rezagos de la semilla líquida que había robado esa noche.

En el camino de regreso a la esquina en donde había encontrado a Tito, Wally Vargas miraba hacia adelante a través del parabrisas, negando con la cabeza como si se reprochara alguna cosa. Iba furioso con él mismo, y entre dientes algún murmullo se escapaba.

—¿Qué dices?

—¡Pura mierda! …¡Digo que he llenado los asientos de esta mierda! –dijo por fin.

Tito Castro sonrió.

—¿No será otra cosa lo que te molesta? –preguntó, mostrando y moviéndole el dedo con el que lo había penetrado.

—¡¿De qué estás hablando, maricón?! –le respondió Wally.

—De ni mierda –dijo Tito sin ganas, sonriendo todavía. Parecía cansado–. ¡Detente aquí! ¡Aquí mismo! –pidió, cuando pasaban frente al On the run de la Rubén Darío.

Wally obedeció.

—¿A qué vinimos acá?

—La soda del Caballo, ¿se te olvida?

—¡Que se vaya mucho a la mierda el Caballo!

—Ajá, como el chingado seré yo… Tú tienes la culpa por andar ofreciéndole mierdas. ¿No te vas a ir, verdad?

—Acá te espero.

—Acompáñame.

—Acá te espero.

—Te vas a ir.

—Si te digo que acá te espero es porque acá te espero. Tienes que aprender a confiar en mí si quieres que nos sigamos viendo, niñito.

Pero puso cara de que solo un pendejo confiaría en él. Aunque igual parecía sentirse bien diciendo aquello. Es más: quizá hasta lo esperaría solo para que Tito viera que él era una persona de fiar.

Tito Castro se bajó y entró en la tienda. Un minuto después, Wally Vargas había cambiado de opinión. Encendió el auto y salió del estacionamiento del On the Run. En el camino a casa iría probablemente pensando en el látex vulnerado por sus dientes, sintiéndose quizá un ladrón que llevaba la prenda robada en el estómago, apretaría y haría rechinar los colmillos para revivir otra vez la sensación. Por el retrovisor dio un último vistazo al On The Run. Vio a Tito Castro parado en el estacionamiento. Tenía una lata de gaseosa de naranja en su mano derecha.

Mauricio Orellana Suárez

Nació en San Salvador, El Salvador. Ha publicado las novelas Heterocity (Lanzallamas, Costa Rica, 2011); Ciudad de Alado (Uruk, Costa Rica, 2009); La dama de los velos (DPI, El Salvador, 2011); Te recuerdo que moriremos algún día (DPI, El Salvador, 2001); Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto (Uruk, Costa Rica, 2011); Las mareas (Germinal, Costa Rica, 2013) y Cerdo duplicado (Uruk, Costa Rica, 2014); además del libro de cuentos La Teta mala (Germinal, Costa Rica, 2014). Obtuvo en 2011 el Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo y en varias ocasiones venció en los Juegos Florales Salvadoreños en novela y cuento. Cuentos suyos aparecen en las antologías Puertos abiertos (FCE, México, 2011) y Un espejo roto (GEICA y Goethe Institut, Centroamérica y Alemania, 2014), entre otras. Dirigió y editó tres números de la revista Cultura, de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de El Salvador, y es editor y curador de las revistas en línea Entradas de emergencia, sobre notas culturales y literarias hispanoamericanas con especial énfasis en voces independientes; y Heterocity, sobre notas de minorías LGBTI de Centroamérica.